Mostrando las entradas con la etiqueta El Izcuintle. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta El Izcuintle. Mostrar todas las entradas

domingo, agosto 04, 2013

EL IZCUINTLE: La nata mediática de México


La nata mediática de México

Luis Enrique Anguiano Torres


La nata es una capa gruesa, concentrada, rígida hasta cierto punto. Se forma en la parte superficial de los volúmenes de leche aunque fenómenos parecidos se dan en otros químicos como la pintura o la sangre.
México tiene en su haber una gran tradición en películas under, por así decirlo, que nunca han gozado de la fama o el renombre de las que hacen Gael y Diego. Películas de todo tipo, desde la experimentación con los tintes documentales o costumbristas estilo “Mecánica nacional” o “Presagio” hasta fantasías más despegadas y ramplonas como la saga de Los albañiles o las de Alfonso Zayas.
Ahora, una de las cosas que más se producen en México son las chingaderas televisivas. Contrario al cine b mexicano que podríamos clasificar como harto variado, la televisión mexicana tiene una gama más limitada. A menudo se reciclan fórmulas y más que darle prioridad al fondo argumental se lo dan a la forma: ¿Qué si Soraya Montenegro de la Vega Montalbán no es un personaje con los suficientes matices y la complejidad necesaria? ¡Ah! Pues déjame decirte que aparte de tirarse a Nandito le metió sus chingadazos a la maldita lisiada y a media docena de güeyes.
¿Qué si la saga de las Marías (Mercedes, del Barrio y del Mar), Las vías del amor y varias de las novelas que pasan a las 9 por el canal 2 en realidad son repeticiones de la misma fórmula? ¡Qué importa! Lo que el público quiere es esa masturbación cerebral de desear que a fulano o a sutana se la chinguen de una vez y deje de estar inventando cosas porque la pobre Tita ya cree que Nandito la ha dejado de amar para siempre.
Fotograma de "Entre ficheras anda el diablo".
Las chingaderas televisivas de ese tipo no son registros fieles de la vida típica mexicana. Vamos, ni siquiera mucho del cine del que me refería hace rato, apadrinado por los Fábregas, los Garcéses, los Ibáñez o los Polivoces eran registros exactos de sus tiempos pero veías una diferencia muy grande entre, por ejemplo, la saga de las Marías y la película de Canoa.
Bueno, igual y no es justo comparar una cosa con otra y salir con algo estilo “Oh sí, claro, la producción televisiva en México es muy deficiente”. No, eso último es algo que no está a discusión. El estrato de la producción audiovisual contemporánea, entonces, forma esa suerte de nata de identidades en la que se ve reflejada la vida mexicana sólo que en lugar de leerse pa’ fuera, hay que leerlo al revés. O sea, para adentro.
Vaya, que una película como Entre ficheras anda el diablo no quiere decir que en México se coja un chingo o que si le hablabas chiqueado a lo que en ese entonces era Sasha Montenegro, a los 3 minutos ya estuviera aflojando el calzón. No. La producción del cine de ficheras habla del comienzo de la decadencia mexicana a mediados de los 70’s en todos los sentidos. No es que la película lo retrate, es que es una imagen motivada por condiciones de otro tipo (la rentabilidad de enseñar chichis y explotar una sexualidad satírica) vaya, que es una cuestión capitalizada de la misma manera que EU capitaliza la figura del héroe de acción.
Vaya, que puede haber referencias o similitudes a un nivel máximo pero no total. Y eso por hablar de obras consagradas en el imaginario estilo Mecánica nacional donde el costumbrismo rezuma por todos lados y es creíble en muchos sentidos, inclusive la escena de los yuppies que pierden los modales al comer –En la película se ve de manera harto chusca, pero sé de gente que es así– aunque, claro, es cine y aunque evite exagerar para parecerse lo más posible a una situación real siempre quedará ese resabio de “meh, es una película… excelente, pero es una película”.
Por otro lado, las pinches novelas tratan de exagerar lo más posible para que uno al verlas diga “no mames, es una novela pero así me siento yo, totalmente… Sí, así soy… Y esa pinche chismosa es igual que las vecinas… ¿Cuándo llegará mi Fernando Colunga?” y a veces uno termina pasando por alto la primer parte, el reconocimiento de que se trata de una representación basada en la emocionalidad.
Ambos productos (una excelente película y una novela cualquiera) forman parte de esa nata de narraciones. Una nata motivada, por así decirlo, en un estira y afloja entre la producción de material audiovisual que “refleja” la historia de nuestros días y la aparición de nichos de mercado que desean recibir tales mamadas. Aunque, bueno, de repente aparecen excelentes obras entre tanta mamarrachada.
El tema de los cholos, por ejemplo, que siempre tiene una buena fracción en la producción videohomíl, va reculando poco a poco con la aparición de títulos dedicados al narco. Es lo que vende ahora. El movimiento alterado. El mafioso sinaloense que se da una vida de lujo y glamour. El cuerno de chivo. El reloj de diamantes.
Nada de lo anterior es parte de la vida común del mexicano, representa una aspiración solamente. La nata mediática se forma de relatos, espejismos y sueños. A lo que Calderón de la Barca se refiriera con “la vida es sueño y los sueños sueños son”.

domingo, julio 28, 2013

EL IZCUINTLE: Los idiomas de las personas


Los idiomas de las personas

Luis Enrique Anguiano Torres


Una oficina ordinaria de esas que rentan las compañías. Fotos de gente junto a maquinaria de construcción. Un par de cascos de protección a un lado de la puerta. Una docena de hombres y una secretaria. Al centro, una mesa con algunos refrescos, platos, servilletas, cucharas y un pastel en forma de rosca decorado con frutos secos. Es el cumpleaños del arquitecto en jefe y toda la oficina está ahí.
La atención recae en la voz de la secretaria quien empieza a pedir orden “…Orden todos, por favor.” –Silencio no muy sepulcral– El ingeniero se levanta de su asiento y dice unas palabras en tono ceremonioso: “Colegas, compañeros, señorita… Agradezco hoy el que estén aquí, acompañando a éste su servidor en mi cumpleaños. Quiero decirle al licenciado Díaz que es un excelente colaborador y el pastel es un gran detalle de su parte. Reitero mi agradecimiento a todos y cada uno de ustedes, son un excelente equipo, un aplauso para todos los aquí presentes y ya, sin más preámbulos, adelante con la primer rebanada… Lupita, si me hace el favor…”
Los aquipreséntes aplauden y Lupita, la secretaria que pidió orden prestidigita un cuchillo de pala. Todos en la sala continuaron la charla y aparecieron algunas risas. El arquitecto comienza a cuchichear y a reír a carcajadas con alguien que se sienta a un lado. Hablan sobre asuntos del vulgo como dos ciudadanos normales. Grupúsculos de comensales dialogan sobre temas que no son de la oficina. Ríen, bromean.
Una llamada. Todos callan; es el teléfono de la compañía. El cumpleañero se levanta, carraspea un poco la voz y responde el teléfono con voz firme y oficial. “Hernández… Sí… Sí licenciado… El avance se contempla que para octubre esté todo concretado… Sí, la lista de colaboradores decrece y… Sí, el tiempo apremia, claro… No, no es necesario, las condiciones de desarrollo se han vuelto positivas…”
Los aquipreséntes se miran entre sí. Se oye algún cuchicheo que es escudriñado por una mirada de pistola proveniente de los ojos marrones del cumpleañero.
“…Claro licenciado, cuente usted con eso… Claro, buen día… A usted…” y el cumpleañero cuelga el auricular. Camina rumbo al asiento que dejó hace un instante, trae una cavilación atorada al cincuenta por ciento. Se deja caer en la silla de manera pesada. Su anterior interlocutor, un señor de corbata gris y lentes amarillentos ya algo entrado en años pregunta “¿Era Genaro?” a lo que el cumpleañero le responde “Sí ca’on… Ese hijo de la chingada le va a dar en la madre al proyecto… ¿Tú crees? Le habla a Manríquez y le dice que los periodos de construcción se adelantan para junio, y el muy cabrón lo aprueba todavía, como si tuviéramos la suficiente maquinaria y el tiempo para andar haciendo pinches carreteras donde sea…”
Estresado, el arquitecto mueve la cabeza en señal de negación. Golpea ligeramente sus rodillas con las manos abiertas y suelta un enérgico “En fin…”. Levanta la cabeza, mirando a todos los aquipreséntes y dice “¿Qué? ¡Todavía no me muero! ¡Órale, sírvanse! ¿O esperan que les sirva yo?” acto seguido sigue carcajeando, secundado por las risas ahora un poco nerviosas de los aquipreséntes. La tertulia se reanuda.
Entre el estanque de voces se escucha algún “sssse–hijo’esuputamadre…” o algún “…pinches deslaves con las lluvias…” o algún furtivo “…calcular el peso del puente…” en un parloteo mixto, entreverado de tecnicismos y vulgaridades. Un coctel lingüístico que lo mismo arroja frutos meramente políticos como el ceremonioso agradecimiento del ingeniero o más personales como la queja que escuchó el señor de los lentes amarillentos. En una fracción de hora, la retórica será muy distinta. Pongan atención:
Los aquipreséntes comienzan a regresar a sus escritorios después de una fracción de hora y la oficina se llena de un momentáneo y no muy grave ajetreo. Algunos en ropa de trabajo se catean los bolsillos y revisan sus herramientas. Los de camisa y corbata intercambian números y pendientes. Alguien había escondido un teodolito detrás de la puerta y está preguntando por el odómetro. Otro más le grita a un sujeto de gafas obscuras y tez morena si el GPS está calibrado correctamente. La secretaria pregunta a alguien sobre las circulares del departamento tal y el oficio cinco de la zona quince.
La vida en la oficina se reanuda y en pocos minutos del festejo habrá algunas risas reminiscentes entre dos o tres trabajadores. Personas ordinarias con una preparación extensiva que les permite hablar el idioma del carnicero y del herrero, pero también del político, del laboratorista y del burócrata, del amigo y de la familia. Todos ellos imbuidos en el mismo lenguaje, el español de toda la vida invadido por anglicismos y barbarismos. Capas de compatibilidad lingüística creadas por una raíz empírica que sale desde lo más individual de todos los aquipreséntes.
No es evidente al principio, pero una observación más a detalle y un poco de lógica nos dictan que cada uno de ellos habla idiomas extra que no suele compartir con sus compañeros de la oficina; El resto no lo sabe, pero el del sombrero habla el idioma cholo y aquel del bigotito habla el idioma del narco, la secretaria habla el idioma de los músicos y el del chaleco habla el de los motociclistas.
Quién sabe, igual y entre ellos hay alguno que hasta hable inglés…

domingo, julio 21, 2013

EL IZCUINTLE: ¡Puta madre…


¡Puta madre…

Luis Enrique Anguiano Torres


¿Qué sería de nuestras vidas sin los putos corajes? ¡Ah! El enojo, una de las emociones primarias más incomprendidas pero a la vez más disfrutables.
Este es el escenario: llegas a tu casa y encuentras a tu novia con otro güey. No tu mejor amigo, no. Un güey que nunca habías visto. ¿Es el del camión? ¿Trabaja en la paquetería? ¿Lo vi una vez en la pinche cola del banco?
*La cara de sorpresa de ese güey no se aparta de tu vista. Sorprenden que te ponga cara de sorpresa, bien sabía que existes*
¿Quién putas es este güey que tiene a tu bizcocho en el sillón? ¡Es tu sillón, güey, es tu puto sillón, el que le había gustado a Clara! No mames. Güey, no mames.
La ves a ella con cara –ahora sí, más o menos válida– de que nunca te había visto. Le gritas a ella. Le gritas a ese imbécil. Te encabronas. Descubres que no es lesbiana de verdad sino que por algo estaba contigo. Vaya, que ni siquiera le gustas. O, podrá escudarse después en el hecho de que fue cosa de la curiosidad.
Miente.
Esa víbora te está mintiendo.
Ese hijo de su puta madre, pinche bastardo…
Así que era eso
¡¿Cómo es posible que…!?
Y ¡Zaz! Los confrontas. Amenaza a ese hijo de puta con lo que tengas a la mano ¿O qué? ¿Vas a negociar con ese imbécil? No, claro que no. Ojalá y fueras su igual y pudieras cortarle la pinche aorta, dejándolo en el suelo, muriéndose.
-La imagen se congela con un parpadeo ligero y un poco de intermitencia. Se queda fija. Hay un resplandor un poco extraño y un sujeto aparece por un lado de la pantalla-
“El enojo ¡Ah! El pinche enojo. Es en esos momentos de desconcierto, cuando las cosas salen mal, que llega… ¡El enojo!” dice el presentador con la expresión de un padre que anima a su hijo a echarle ganas a su partido de esta tarde. Continúa con entusiasmo. “Díganme ¿Cuándo fue la última vez que sintieron ese ardor en el estómago? ¿Cuándo fue la última vez que sintieron ganas de estamparle el florero en la cara a ese hijo de puta? Si usted tiene *señala a la cámara* más de cuatro semanas que no grita un nombre o un apellido, precedidos por el adjetivo pinche y continuados por sus respectivos hijo/a de su puta madreeeeeeeehhhh… Entonces NO está viviendo la furia”
La mera mera verdad es que todas, todas las personas, de vez en cuando experimentamos el deseo de romperle los dientes a alguien o estrellar un mazo contra algún objeto. Todos. Alguien que diga que no sería un pinche poser o un mentiroso, debería estar enajenado totalmente para no sentir un enojo así.
Nunca escuché “St. Anger” pero creo que tal cosa se puede disfrutar con otros géneros y otros autores. Beethoven, Burzum, Storm, Cannibal Corpse, Lupita D’Alessio…
Bueno, dejando nombres por un lado, la verdad es que la ira puede ser bastante disfrutable. Por ejemplo, cuando se te poncha la llanta de tu BMW F5 color rojo rubí. Te bajas queriendo asesinar a alguien pero no te queda de otra mas que sacar al gato de la mochila y ponerte a darle vueltas a los birlos. Es bien pinche sabroso, cómo no, hacer catarsis con el enojo recién exprimido. Sea provocado por alguien más o no.
Catarsis. Catarsis madafaker que nos hace sacar a flote varias situaciones. Acabar con varias situaciones ¡Cielos! Uno de mis momentos favoritos durante la universidad era cuando los trámites no me salían bien y tenía que ir yo personalmente a hablar con los encargados de algún área. Exigirles. Llegar con el “Oye cabrón ¿Dónde está mi acta?”
Bueno, la verdad es que nunca le llamé cabrón a un administrativo. Me tocó ver a gente que lo hacía, pero yo nunca. Por lo general me conformaba con tirar una vista hacia el suelo, apretar los puños y preguntar “¿Qué más necesito?”.
La muina me llegaba hasta los molares, me sentía moribundo. Me sentía con ganas de explotar y cargarme a, no sé, unos 13 o 14 mil ciudadanos nada más por el puto coraje de que el contralor no estaba al día con mis documentos. A más de uno le ha ocurrido eso de querer asesinar a la persona que no puede darle mate al trámite.
Al mal paso darle de putazos. Esa es mi reforma para el tradicional dicho.
El enojo o la ira, por tratarse de emociones primarias, están enclaustradas en nuestros huesos de la misma manera en que está la supervivencia. Son instintos terriblemente básicos. Vaya, inclusive en los pinches cómics, hasta el puto loco en turno que desea explotar el planeta está de malas. Andando de buenas no lo haría. Lex Lutor no amenazaría con acabar a Superman si anduviera de buenas. No. Nada de eso. Nein.
La ira es un sentimiento primario. Básico. Cuando lo experimenten no sientan que sufren, no, porque en ese momento son gorilas llenos de músculo, cerebro e ira y son capaces de tomar el control de la situación. Cada que nos encabronamos es una puta oportunidad. Aprovéchenla, no sean idiotas. Agarren un hueso, griten y…
*comienza “Así habló Zaratustra* de Strauss…*
La verdad –y el enojo– os hará libres.

domingo, julio 14, 2013

EL IZCUINTLE: Güeyeando, que es gerundio.


Güeyeando, que es gerundio

Luis Enrique Anguiano Torres


Uno de los rasgos más característicos del mexicano es –cómo pinches no- el güeyeo: se ha teorizado bastante sobre ésta práctica y ríos de tinta y pixeles han corrido hablando sobre el tema. Si la memoria no me falla, y parafraseándolo con su “cito de memoria, así que puede que no lo esté haciendo bien”, Carlos Monsiváis hablaba que probablemente guardaba su origen en la igualdad de condiciones de los dos bueyes que jalan una yunta.
Los dos bueyes se encuentran bajo el mismo yugo, ambos en la misma ruta y bajo el mando del mismo agricultor. Un mismo motor, dual core agrario. Decirle a otro “buey” era, para Monsiváis (recalco que no estoy del todo seguro si fue él quien teorizó todo lo anterior pero la memoria dicta que sí) llamarle a otro “buey” o “güey” era reconocer una igualdad de circunstancias. Una fraternidad astada y atada a un yugo de madera.
Decirle a otro “güey” pues, es reconocerlo como un igual.
No sé ustedes, pero a mí me basta y me sobra –para fines prácticos– con ésa definición porque hasta donde la experiencia me permite ver, es casi del todo cierto.
La escena que les voy a contar se desarrolla en la fila de acceso a un concierto de Roger Waters en el Distrito Federal. En la fila van dos señores maduros, ambos de cabello ya entrecano, uno con chamarra de mezclilla de letras bordadas y un logotipo: Alan Parsons Project. El otro de vestimenta un poco más ordinaria.
A escasos centímetros de ellos, un joven y apuesto aspirante a columnista de revista contracultural escuchaba de manera etnográfica la cantidad de güeys que se decían el uno al otro. No era una cantidad asombrosa, digamos en el rango de lo normal. Hice un pequeño experimento, les pregunté si ese era el acceso que decía en mi boleto, el de la chamarra normal me respondió “Sí, es éste, joven. Va bien” para voltear con su compañero y decir “Sí güey, y el del pinche jetta…”
¿Por qué a mí no me güeyeó? Porque no compartía su circunstancia. Debió ser el acento, igual y la edad, igual y lo que sea, pero no ameritaba yo que ese cuarentón amante del rock suave me güeyeara.
¡Cielos! Hasta mi papá me ha dicho así. Mi hermana me dice así. A mi novia se le sale de repente decirme así. ¿Por qué? Porque comparto la circunstancia de todos ellos. Mis amigos, igual. Bueno, con algunos nos decimos cosas peores pero ya es cosa de los Average Crew® insultarse y llevarse pesado. No nos decimos “güey” no. Los Average® nos decimos “Pinche perra” o “Puta sifilítica, hazme un paro pinche niño cagón”.
Cosa curiosa (y quizás esto es la respuesta al episodio de la fila del concierto) no entiendo que desconocidos con los que no comparto mi rango de edad me güeyeen o yo güeyearlos. Si llego con un señor “en onda” un hippie ya de edad o algún rocker que comenzó a vivir tarde por lo general uso otro apelativo como “hermano” o inclusive el muy tibio “amigo”. Ya en el último de los casos igual y hasta “vato” o de plano ninguno y todo se queda en un “Disculpa ¿Cómo llego a la cantina del Cito?”
No sé por qué me incomoda terriblemente güeyear a alguien que no está en mi circunstancia o no parece compartirla; Desconocidos me han dicho, pidiendo ride por ejemplo, “Te vas derecho y llegas a tal entronque güey” o “Nel güey, por acá no llegas a Sinaloa” y son gente más o menos de mis años. Pero cuando se trata de alguien muy joven –las peripecias de los veinteañeros– o muy mayor que me dicen “sí güey…” no me queda de otra que ignorar esa palabra. En el peor de los casos pongo cara de “Puta madre, ganó Peña Nieto” y pedir que por favor no me hablen así.
Alguna vez compartí casa con un taxista. Un señor ya sesentón, con un hijo en secundaria. Cuando llegó a la vecindad y le estaba yo mostrando en la cocina qué cosas eran mías, él comenzó a güeyearme. “Sí güey, para que no haya confusiones… Sí güey, poner nombres a los tópers del refri… Sí güey, yo trabajo en el Sitio Anaya…” hasta que al tercera o cuarta güeyeada le dije “Disculpe si esto no le parece, pero si por favor se abstuviera de decirme güey me llevaría mejor con usted” ya nada más puso cara de pendejo y me dijo “Sí, no hay problema ‘mano…”
El chiste era que el señor ese quería sentirse en onda conmigo o quería que sintiera yo que la circunstancia era la misma. No, no era la misma por estar viviendo en la misma casa. La circunstancia no es la pinches misma aún si los dos escucháramos la misma música (por cierto, cuando se fueron de ahí, su hijo me robó “Famous Monsters” de los Misfits). La circunstancia no era la misma porque él tenía sus problemas, yo los míos y nada tenía yo que andar haciendo en sus cosas. Igual y estoy siendo muy duro con un señor que sólo quería fraternizar.
Creo que a estas alturas del relato –aplauso a quienes llegaron hasta éste párrafo– el punto queda bastante bien explicado: güeyear es un acto simbólico de decir “yo comparto tu circunstancia” pero, como la oración misma lo dice, no lo puedes decir a cualquiera. No puedes ir por la vida güeyeando a todos, es irresponsable y es estúpido. Hay que elegir a la persona y, ahora sí, güeyeando que es gerundio.

domingo, julio 07, 2013

EL IZCUINTLE: Sobre la acción y poesía.


Sobre la acción y poesía

Luis Enrique Anguiano Torres


Acción poética su pinche madre.
La poesía no es acción. Puede haber poesía en la acción, pero siento que me quedo corto de entendederas al pensar que exista tal cosa como lo es una acción poética.
El cine, por ejemplo, es una manera poética de decir cosas. Pero lo que se dice –el objeto de la expresión, el happening que penetra por los ojos del espectador, lo que ocurre en pantalla- no es necesariamente poético sino que es la forma en que la cámara, la iluminación, el guión y demás son aprovechados como recursos de una narración. El cine es lenguaje y es en la lengua en la que está la poesía.
Por ejemplo, “Pukahontas” o “Ponchahontas” de Barney Gómez. Es la manera en que el alcohólico de Barney diga algo respecto a su condición. Que lo diga de manera… Poética…  Aunque raye en el exceso para fines cómicos, claro está. ¿Qué es lo poético en el cortito? ¿La condición del alcoholismo? ¿Barney tirado? ¿Barney “filosofando” en una reunión de niñas exploradoras? No, nada de eso lo es. Nada de eso es poético. Es la manera en que todo eso es dicho..
Hay una escena en la que Barney está bebiendo, tirado junto a la banqueta, bebe con avidez. A Barney “se le apagan las luces”, desparrama el cuerpo, la botella se le escapa de las manos y termina tirando el líquido por la alcantarilla.
Todo lo anterior, dicho de otra manera, podría parecer una escena terriblemente ordinaria. A alguien le puede ocurrir o pudo haber ocurrido. Seguro que en algún celular existe una grabación de alguien en la misma estampa que Barney.
¿Qué ocurre? Que la escena es en blanco y negro, que hay un close-up al pico de la botella como insistiendo en el hecho de que la coladera está recibiendo el vital líquido, Barney queda boca arriba y de repente el cielo se cubre de nubes que viajan rápidamente, regresando a un Barney envejecido y con una lágrima en la mejilla.
Algo quiso decir Barney con todo lo anterior. Hay un mensaje que aparece entre las juntas de las escenas. ¡Cielos! Hasta la música de ópera hace que el abandono del que es víctima Barney comience a exhudar. Si le cambiaran el fondo musical por algo más vernáculo, le dan completamente en la madre a toda la secuencia.
El lenguaje y la poesía son tierra y flores, respectivamente. Pero ¿En dónde queda la acción? ¿Qué tanto de poesía tiene la acción? Pues, ora sí que como dijera el compañero: ahístá la cuestión. Un objeto puede ser poético o no en la manera en que se diga, pero él puede contener una infinidad de mensajes y es en donde el empoetizador debe elegir uno. Debe hacer una toma. Debe tomar una foto. Debe escribir un párrafo. Debe elegir un movimiento…
Los objetos son, como dijera Thoureau, infinitos. No se pueden retratar en su totalidad. Por eso es mejor ser modestos y retratar lo que más nos interese del objeto. Sólo tenemos un cerebro y lo que queremos decir tiene facetas a rabiar.
Acción poética, entonces, viene a ser algo como el cine: la acción de hacer poesía.
No existe tal cosa como una acción que sea poética, ya dijimos, sino que es aquí en donde se deja ver la tendencia política de las actividades con ese título. El olor a izquierda que aparece entre los espacios de las letras de cada muro que lo mismo dice “No haremos el amor, el amor nos hará” que “Puto el que lo lea”.
“Acción” entonces.
No sé mucho del tema. La verdad me declaro un incompetente para ello, pero si algo sé es que la poesía no necesariamente debe ser cursi, románica o easythinking. Los de acción poética abusan de tales categorías. Nunca verás “Al gravitar rotando”, por ejemplo. Porque no se le entiende ni madres a la primera y es en la disección de cada palabra que uno encuentra el sabor a las oraciones –sí, oraciones– de Girondo. O poesía en prosa; “Ulises” de Joyce no figura en el top-10 de los vatos que hacen “acción” poética ¿Por qué? Porque Cortázar, Benedetti y el Che son más nosotros.
Son barrio. Son entendibles. Están in.
¿Qué acción provoca un anónimo “Te pienso, luego existo” en una pequeña masa de transeúntes? ¿Qué tipo de mensaje es ese que sacrifica la poesía en el afán de ser entendido por un alto número de personas? ¿Se puede ser masivo y a la vez poético o la poesía poesía, como se supone que son las bellas artes, es un espacio cerrado a los que somos cortos de entendederas?
A tenor de mi definición anterior (acción poética: la acción de hacer poesía) me queda la dudotota de qué tipo de poesía es hecha pintando poesía en las paredes.
Una pinta no busca que hagas algo sino que te quedes con algo. Que leas y te quedes pensando en un mensaje más claro y entendible que el de las formas del gravitar rotando de Girondo que se sobreempapela en las imágenes compartídicas con partidítis aguda minusrelacionada y sentida en el roncopechointelectualoso del reluctuoso ejecutante variante, desarrollado en la socioeconomía segregada por los mandamases en masa y demasiados demases de más que obligan a decir en las paredes “el sentimiento colectivo”. Así, entrecomillado. Un supuesto.

domingo, junio 30, 2013

EL IZCUINTLE: ¡Ganamos, ganamos!


¡Ganamos, ganamos!

Luis Enrique Anguiano Torres


Hay fútbol por todos lados en este momento; España, México, Brasil… Bueno, de hecho en Brasil la gente está que se agarra a pedradas y macanazos por el gasto del gobierno en el mundial. Pero hay fut. Hoy hay fut.
Hoy se sacan las chelas y el amigo que tiene la pantalla más grande terminará sufriendo la visita del resto de la pandilla. A la esposa o a la novia le tocará armar una buena botana y si es soltero, entonces pedirá una cooperacha para los sabritones.
Básicamente es un ritual. Algo muy simbólico todo: las banderas, la playera, la comida, inclusive el canal por el que se vea es parte de los ingredientes de un espacio simbólico. Vas por el súper y varios empleados están con algunos espectadores en la zona de televisores y electrónicos. Compradores de la high fraternizando con los vendedores, unidos por un evento deportivo en el que ninguno de los dos está participando pero con el que se identifican en algún sentido.
La sala, el apartado de electrónicos, la taquería, la caseta de los taxis e inclusive el camión se convierten por un momento en gradas fuera del estadio en donde juega el tricolor. O el América. O las Chivas. O lo que sea. Se trata de un sentido de pertenencia a la tribu bien cabrón. Esa es la columna vertebral de los espacios simbólicos: la similitudes, no físicas, evidenciables que pueden hacer que un fresa pipirisnaiscotorrée con la prole en la que, en otro momento, pudo haber insultado por traerle la televisión equivocada o dejarla caer mientras la subía a su camioneta.
Un espacio simbólico es la línea invisible que rodea a los vatos que se juntan para ver fútbol y dice “de aquí para acá, es nuestro territorio y acá creemos que el Atlante le va a ganar al América”. Bueno, hay definiciones más rigurosas, más atropológicas y más académicas, pero una aplicada a la vida cotidiana viene a ser más o menos eso. Un espacio físico que goza de características virtuales, éstas pueden ser definitivas como es el caso de una iglesia o una mezquita. O temporales, como la casa del Pepe.
Tomada de futnius.com
Las casillas durante los tiempos de elección son, por ejemplo, un espacio simbólico. Diría que es uno de los espacios simbólicos-temporales por excelencia en nuestra vida “democrática” de las últimas décadas. Salir a elegir a nuestros verdugos, identificados todos como ciudadanos con una preferencia partidistBRRRRTTTT…
No ¡No, no, no y no! Eso no está bien.
No está bien la “democracia” que hay en México, pero no es mejor la posición partidista del voto duro. Del voto que se otorga por el color, no por el mérito.
En las elecciones del año pasado nos quedó bien claro que los que votaron por el PRI pertenecían a uno de tres grupos: el primero es la gente de zonas marginales (a nivel nacional) que está más preocupada por sobrevivir que por las formas en que la política se desenvuelve. Ellos fueron los que recibieron su tarjetota de Soriana.
El segundo grupo (que está relacionado con el tercero) son las personas allegadas a alguna figura en el partido y que mueven redes entre sus vecinos, familiares, empleados, etc. con el fin de promover el voto. De viaje por Hidalgo me di cuenta que éste sector, por aquellos rumbos, es mayoría: que si el dueño de la tienda de pastes le va al PRI, ahí va el resto de los empleados a tomarse una foto con el candidote, a pesar de que el descontento sea evidente en el rostro de algunos de ellos.
El tercer grupo son las familias tradicionalmente priístas. A menudo el pater familias es un allegado a alguna figura ya con posición en el partido.
Cuando las elecciones pasadas, hubo mucha gente que le iba al PRI (perteneciendo a alguno de éstos tres grupos) que nos echaron en cara, a los no-priístas, que habíamos perdido. Gritaban, tocaban el claxon, sacudían las banderas, brincaban de sus sillones, no gritaban “¡Goooooool!” pero gritaban alguna otra cosa. Se abrazaban, daban saltos, coreaban “ooooe-oe-oe-oe…” como si fuera domingo y hubiera ganado la selección. El espacio simbólico del voto de medio día se había convertido en una celebración en la que los celebrantes gritaban “Les ganamos, LES GANAMOS”.
Nos ganaron. ¿A quiénes? ¿A los que no votamos por el mismo pendejo? ¿De qué pinches me perdí o en dónde estaba que no puse atención cuando dijeron que las elecciones eran más un partido de fútbol y no un evento en donde se decide el futuro de la república por los siguientes 6 años? Sí, nos ganaron.
Y entre esa confusión, se cuela una gran verdad: no importa quién chingados gane el partido, es sólo el color de la camiseta lo que cambia porque la copa sirve para entregarse y México así como está sólo sirve para venderse por piezas, por refacciones.
Había escuchado que decir “¡Ganamos!” después de ver un partido de fútbol es igual que decir “¡Qué bien cogimos!” después de ver una porno. Me parece muy cierto eso.
El espacio simbólico, en pocas palabras, es cuando terminas poniéndote la camiseta tan, pero tan en serio, que terminas pensando en colores y logotipos. En ningún momento te acuerdas de ponerte en los zapatos del otro. Bueno ¿Quién necesita ponerse en los zapatos del seguidor de un güey que acaba de perder?

domingo, junio 23, 2013

EL IZCUINTLE: La masculina obligación del deber.


La masculina obligación del deber

Luis Enrique Anguiano Torres


Uno como hombre tiene bastantes deberes: debe ser independiente o debe ser proveedor. Debe afrontar, debe hablar, debe dar la cara, debe dar mantenimiento a la casa, debe la mensualidad del coche, debe hacer fila para el re-emplacado, debe firmar el contrato del teléfono, debe educar al niño para hacerlo un hombre de verdad o debe de poner lo mejor de su parte si el niño no tiene rastro de que le gusten las niñas.
El hombre debe un chingo de cosas. Uno nace ya sin la torta bajo el brazo; ésta ha sido sustituida por una pequeña lista con las cosas que debe cumplir a lo largo de su vida si es que quiere ser un hombre de verdad. Un triunfador de nuestros tiempos.
Aún al más rebelde le entran ganas de un poco de comodidad cotidiana ¿Les repito el monólogo de Renton? “Lo deseo, quiero ser igual que ustedes…” ¿Lo recuerdan, no? Cuando va por la calle con los fajos de billetes y va pensando en el coche, la casa, el plan dental, el perro, el “seguir adelante hasta el día que te cargue la chingada”.
Pues, más o menos a eso me refiero. A que uno como hombre debe hacer y cumplir con una ristra de requisitos. El problema es que para cumplir con algunos puntos en la lista que traías en el sobaco cuando apareciste entre las piernas de tu madre, es necesario endeudarte porque simplemente no se puede tener todo y pagar de un madrazo el coche.
Los que lo hacen, son otro tipo de hombres. No es que sean menos o más hombres o que su hombría esté en duda. Son otra especie y ya. Son vatos con los que no te debes meter. Son gente que reacciona de malas maneras. Son narquillos. Son hijos de papi. Son mirreyes. Lavan dinero o su familia lo hace. Hacen “chambas”. Se chingaron a alguien. A ese otro tipo de hombres me refiero. A “los que están por encima”.
¿Qué tienen en común todos esos güeyes aparte de cierto halo de superioridad? ¿Por qué son necesariamente más hombres que uno? ¿Por ser más violentos, más agresivos o por tener una ventaja tan de peso y a la vez tan simbólica y etérea como es el dinero? Todos esos cabrones sienten que han venido a este mundo cobrando, no debiendo. Que son los que dicen que tienen las riendas de la casa y del mundo.
El policía que es capaz de hacer obedecer al infractor. El papichulo que amenazó con cerrar tu restaurant. El narco que tiene propiedades de proporciones más bien pantagruélicas y un sentido de la ostentación mal educado. Esos güeyes no deben nada y lo que deben seguir no lo siguen. Siguen siendo hombres, pero sin los deberes del hombre común. Sin seguir el camino de la gran mayoría.
A ellos debes guardarles algo de distancia. A menos, claro, que seas un trepador social, un lamehuevos, igual de falto de valores que esos cabrones, en cuyo caso déjame decirte que ya no habría mucha diferencia. Retomando nuestro punto, vaya, son hombres de otra naturaleza. El humano es curioso, pero también es precavido y desconfiado: no se fía del otro. Los que se fían del otro a la primera terminan jodidos.
Es lo que la historia muestra. Hubo un periodo de la humanidad en que todo mundo era Europa: tierras conquistadas, terrenos ganados, naciones saliendo de la tierra al amparo de banderas ajenas. De gente que venía de allá, de donde no sale el sol, donde no hay calor. Donde la sangre nunca se sacrificó por un amor.
Los que les extendieron la mano se chingaron. Los pasaron a putear. Los robaron, los despojaron, los relegaron. Les quitaron derechos y arruinaron la virtud de sus culturas.
Si te confías, te carga la chingada. Si abres las puertas para que el desconocido entre, probablemente te quedes sin comida. Sin espacio. Sin comodidades.
Por eso es que debes ser precavido y no abrir la puerta a cualquiera. Ah, pero para eso debes saber quién es cualquiera y quién no lo es. Debes leer el periódico cada mañana –que aunque a muchos les parezca extraño, siguen siendo una forma bien organizada de compilar información– y debes estar al tanto de las noticias.
Debes esto, debes lo otro, debes aquello. ¿Gustas comprar una camisa en oferta y a pagos sin que te genere intereses? Ah pues, primero debes contar con una línea de crédito. Debes tramitar tu tarjeta de crédito. Debes validar que la tarjeta es tuya y al final le deberás al banco como el triple de lo que pensabas gastar inicialmente.
Ni modo. Deberás trabajar para pagar esa deuda ¿Cómo es posible que debas tanto? ¿Qué imagen estás dando al mundo y de qué manera estás manchando tu apellido al no cumplir con tus deberes? No, no. Debes trabajar, debes cuidar de tu familia. Debes tratarlos bien, comprarte una vagonetita en la que quepan todos y debes llevártelos a pasear de cuando en cuando ¿Sabes? Para que no te abandones mucho al trabajo ¡Ah! Pero eso sí, debes estar el lunes a primera hora con ese informe que te encargué.
Deber, deber, deberes por todos lados.
Recuerdo que hace algunos ayeres había pensado algo sobre las pruebas de la existencia del sujeto individual. Ahora pienso que tanto pinche deber no existe a lo pendejo y que si lo hay es porque se está exigiendo algo a alguien. Así que sí; somos algo, existimos. Somos hombres, aún si somos unos payasos.

domingo, junio 16, 2013

EL IZCUINTLE: Del alucine al qué pinches está pasando.


Del alucine al qué pinches está pasando.

Luis Enrique Anguiano Torres


No recuerdo cuando fue la última vez que caí enfermo. Ya tiene rato que no me enfermo así, al grado de no poder hacer nada. Siempre he sido alguien de salud más o menos sólida, salvo con algún resfriado en invierno o alguna infeccioncilla en la garganta que al tercer día ya está bailando las calmadas. La última vez que estuve enfermo, pero enfermo de verdad, fue hace unos 5 años. Terminé alucinando.
Recuerdo que Lupita, una compañera de clase me vio y riendo comentó “te va a dar un gripononon…” y yo nada más le sonreí y algo le platiqué sobre cómo me había sentido. Esa vez recuerdo que tuve un ataque de calentura terrible. Vivía solo y, para mi desgracia, no tenía mucho tiempo de haberme quedado sin pareja. Ya imaginarán.
Me revolcaba en la pinche cama. No dejaba de sudar. Tenía calor y tenía frío al mismo tiempo. No podía estar en una sola posición. Y de repente recuerdo que comencé a adormilarme y, queriendo y no, llegó. Apareció ante mis ojos. Era un cuadro obscuro del que sobresalían cuadritos grises y de colores opacos. Edificios pequeños.
No sabía cómo despertar. Intenté moverme, que mi cerebro reaccionara y me di cuenta de algo: ya estaba despierto. Vi mis manos con los dedos extendidos, las bajé y la pequeña ciudad ahí seguía. Parpadée, no me podía incorporar. Me dolía todo. Un malestar general bien cabrón. Sentía el cuerpo cortado pero con hartas pinches ganas. Me rendí. No podía ignorar eso que estaba ante mí.
No sé de dónde apareció una docena de cochecitos amarillos que circulaban las calles de esa ciudad. Extendía mi mano y la movía, los coches seguían la dirección del movimiento. Era una sensación extraña; nunca me había pasado nada así y los coches no dejaban de moverse. Se encimaban unos con otros. Más bien eran como cucarachas metidas en el cuerpo de cochecitos amarillos siguiendo mi mano, como si ésta desprendiera un olor a basura o a comida y los automóviles amarillos tuvieran hambre.
Recuerdo que desperté y la sábana estaba fría de la humedad condensada. Mi almohada estaba igual de fría, con un olor raro como de bebé. Me levanté y era como si en todas mis articulaciones hubiera una comezón que empezaba a ser rascada. Salí a comenzar mi día y premié a mi sistema inmunológico con un litro de zumo de naranja recién exprimido. La noche anterior no la olvidaría jamás.
No he vuelto a alucinar desde ese entonces. No ha habido alguna otra cosa que me despegue de la realidad de manera semejante. Salvo hace un par de días que me pareció volverlo a hacer pero no, estaba yo muy despierto y en mis cinco sentidos.
Todo empezó con un video de López Dóriga y Loret de Mola en el que “El ticher” comienza diciendo “Estoy muy contento de darle en la madre a tv azteca con el rating…” y Loret de Mola sacando su lado más albañil.
Me sentí ofendido con ese video. Se los juro. Estaba yo medio atendiendo otras cosas cuando de repente veo a López Dóriga comportarse como verdulera. Ya me habían dicho que en persona ese güey era así. Un imbécil que no mide lo que dice.
Lo que pocas veces me había pasado en la vida: se me cayó la pinche quijada de la sorpresa. Claro, en ese momento le perdí cualquier rastro de respeto que pudiera haberle tenido a ese par de chayoteros.
¿Cómo sabes cuando estás alucinando? Uno de mis recuerdos en una fiesta es haberle dado un par de cachetaditas a un amigo (que está bien cachetón, eso que ni qué) y el güey habérmela respondido con hartas ganas. Andaba yo bien ebrio. Días después le hice la pregunta: “Oye Pocholo ¿En qué estuvo que te di una cachetada?” y él me dijo “¿Una qué?” y yo “Una cachetada güey, recuerdo que te di una y me la respondiste” y él “No cabrón ¿Cómo? ‘Tas güey…” y decidí dejarlo por la paz. Quizás fue a otra persona y mi cerebro me jugó una pasada al pensar que se trataba de ese güey.
La noche de los carritos amarillos yo sabía que estaba alucinando porque independientemente de que yo intentara despertar, esa putadera no desaparecía. Mis manos hicieron el reality-check y sí, se trataba de una proyección mental que me terminó llevando al reino de Morfeo.
El video de López Dóriga haciéndose el graciosito no necesitaba un reality-check: yo sabía que no había nada en mi organismo que provocara ver algo donde no lo había.
La vez de la cachetada aún sigo pensando en qué ocurrió. Me he llegado a transformar estando alcoholizado, tengo apagones y muchas veces me han dicho que digo o hago cosas en un estado de cierta lucidez. A pesar de lo mucho que me transforme el alcohol, me consta que no me hace ver cosas que no estén ahí.
La siguiente ocasión que ustedes se encuentren con algo que los haga irse de espaldas, lo primero que deben hacer es preguntarse si no se chingaron un micropunto o si están bien de salud. Si la respuesta es “sí” a ambas, no teman porque no hay motivos para alarmarse, no se trata de una alucinación. La realidad puede ser muy cabrona. Como dice en La guía del raitero galáctico “Don´t panic!”