Güeyeando, que es gerundio
Luis Enrique Anguiano Torres
Uno
de los rasgos más característicos del mexicano es –cómo pinches no- el güeyeo:
se ha teorizado bastante sobre ésta práctica y ríos de tinta y pixeles han
corrido hablando sobre el tema. Si la memoria no me falla, y parafraseándolo
con su “cito de memoria, así que puede que no lo esté haciendo bien”, Carlos
Monsiváis hablaba que probablemente guardaba su origen en la igualdad de
condiciones de los dos bueyes que jalan una yunta.
Los
dos bueyes se encuentran bajo el mismo yugo, ambos en la misma ruta y bajo el
mando del mismo agricultor. Un mismo motor, dual
core agrario. Decirle a otro “buey” era, para Monsiváis (recalco que no
estoy del todo seguro si fue él quien teorizó todo lo anterior pero la memoria
dicta que sí) llamarle a otro “buey” o “güey” era reconocer una igualdad de
circunstancias. Una fraternidad astada y atada a un yugo de madera.
Decirle
a otro “güey” pues, es reconocerlo como un igual.
No
sé ustedes, pero a mí me basta y me sobra –para fines prácticos– con ésa
definición porque hasta donde la experiencia me permite ver, es casi del todo
cierto.
La
escena que les voy a contar se desarrolla en la fila de acceso a un concierto
de Roger Waters en el Distrito Federal. En la fila van dos señores maduros,
ambos de cabello ya entrecano, uno con chamarra de mezclilla de letras bordadas
y un logotipo: Alan Parsons Project. El otro de vestimenta un poco más
ordinaria.
A
escasos centímetros de ellos, un joven y apuesto aspirante a columnista de
revista contracultural escuchaba de manera etnográfica la cantidad de güeys que
se decían el uno al otro. No era una cantidad asombrosa, digamos en el rango de
lo normal. Hice un pequeño experimento, les pregunté si ese era el acceso que
decía en mi boleto, el de la chamarra normal me respondió “Sí, es éste, joven.
Va bien” para voltear con su compañero y decir “Sí güey, y el del pinche
jetta…”
¿Por
qué a mí no me güeyeó? Porque no compartía su circunstancia. Debió ser el
acento, igual y la edad, igual y lo que sea, pero no ameritaba yo que ese
cuarentón amante del rock suave me güeyeara.
¡Cielos!
Hasta mi papá me ha dicho así. Mi hermana me dice así. A mi novia se le sale de
repente decirme así. ¿Por qué? Porque comparto la circunstancia de todos ellos.
Mis amigos, igual. Bueno, con algunos nos decimos cosas peores pero ya es cosa
de los Average Crew® insultarse y llevarse pesado. No nos decimos “güey” no.
Los Average® nos decimos “Pinche perra” o “Puta sifilítica, hazme un paro
pinche niño cagón”.
Cosa
curiosa (y quizás esto es la respuesta al episodio de la fila del concierto) no
entiendo que desconocidos con los que no comparto mi rango de edad me güeyeen o
yo güeyearlos. Si llego con un señor “en onda” un hippie ya de edad o algún
rocker que comenzó a vivir tarde por lo general uso otro apelativo como
“hermano” o inclusive el muy tibio “amigo”. Ya en el último de los casos igual
y hasta “vato” o de plano ninguno y todo se queda en un “Disculpa ¿Cómo llego a
la cantina del Cito?”
No
sé por qué me incomoda terriblemente güeyear a alguien que no está en mi
circunstancia o no parece compartirla; Desconocidos me han dicho, pidiendo ride
por ejemplo, “Te vas derecho y llegas a tal entronque güey” o “Nel güey, por
acá no llegas a Sinaloa” y son gente más o menos de mis años. Pero cuando se
trata de alguien muy joven –las peripecias de los veinteañeros– o muy mayor que
me dicen “sí güey…” no me queda de otra que ignorar esa palabra. En el peor de
los casos pongo cara de “Puta madre, ganó Peña Nieto” y pedir que por favor no
me hablen así.
Alguna
vez compartí casa con un taxista. Un señor ya sesentón, con un hijo en
secundaria. Cuando llegó a la vecindad y le estaba yo mostrando en la cocina
qué cosas eran mías, él comenzó a güeyearme. “Sí güey, para que no haya confusiones…
Sí güey, poner nombres a los tópers del refri… Sí güey, yo trabajo en el Sitio
Anaya…” hasta que al tercera o cuarta güeyeada le dije “Disculpe si esto no le
parece, pero si por favor se abstuviera de decirme güey me llevaría mejor con
usted” ya nada más puso cara de pendejo y me dijo “Sí, no hay problema ‘mano…”
El
chiste era que el señor ese quería sentirse en onda conmigo o quería que
sintiera yo que la circunstancia era la misma. No, no era la misma por estar
viviendo en la misma casa. La circunstancia no es la pinches misma aún si los
dos escucháramos la misma música (por cierto, cuando se fueron de ahí, su hijo
me robó “Famous Monsters” de los Misfits). La circunstancia no era la misma
porque él tenía sus problemas, yo los míos y nada tenía yo que andar haciendo
en sus cosas. Igual y estoy siendo muy duro con un señor que sólo quería
fraternizar.
Creo
que a estas alturas del relato –aplauso a quienes llegaron hasta éste párrafo–
el punto queda bastante bien explicado: güeyear es un acto simbólico de decir
“yo comparto tu circunstancia” pero, como la oración misma lo dice, no lo
puedes decir a cualquiera. No puedes ir por la vida güeyeando a todos, es
irresponsable y es estúpido. Hay que elegir a la persona y, ahora sí, güeyeando
que es gerundio.


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