¡Ganamos, ganamos!
Luis Enrique Anguiano Torres
Hay
fútbol por todos lados en este momento; España, México, Brasil… Bueno, de hecho
en Brasil la gente está que se agarra a pedradas y macanazos por el gasto del
gobierno en el mundial. Pero hay fut. Hoy hay fut.
Hoy
se sacan las chelas y el amigo que tiene la pantalla más grande terminará
sufriendo la visita del resto de la pandilla. A la esposa o a la novia le
tocará armar una buena botana y si es soltero, entonces pedirá una cooperacha
para los sabritones.
Básicamente
es un ritual. Algo muy simbólico todo: las banderas, la playera, la comida,
inclusive el canal por el que se vea es parte de los ingredientes de un espacio
simbólico. Vas por el súper y varios empleados están con algunos espectadores en
la zona de televisores y electrónicos. Compradores de la high fraternizando con los vendedores, unidos por un evento
deportivo en el que ninguno de los dos está participando pero con el que se
identifican en algún sentido.
La
sala, el apartado de electrónicos, la taquería, la caseta de los taxis e
inclusive el camión se convierten por un momento en gradas fuera del estadio en
donde juega el tricolor. O el América. O las Chivas. O lo que sea. Se trata de
un sentido de pertenencia a la tribu bien cabrón. Esa es la columna vertebral
de los espacios simbólicos: la similitudes, no físicas, evidenciables que
pueden hacer que un fresa pipirisnaiscotorrée con la prole en la que, en otro
momento, pudo haber insultado por traerle la televisión equivocada o dejarla caer
mientras la subía a su camioneta.
Un
espacio simbólico es la línea invisible que rodea a los vatos que se juntan
para ver fútbol y dice “de aquí para acá, es nuestro territorio y acá creemos
que el Atlante le va a ganar al América”. Bueno, hay definiciones más
rigurosas, más atropológicas y más académicas, pero una aplicada a la vida
cotidiana viene a ser más o menos eso. Un espacio físico que goza de
características virtuales, éstas pueden ser definitivas como es el caso de una
iglesia o una mezquita. O temporales, como la casa del Pepe.
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| Tomada de futnius.com |
Las
casillas durante los tiempos de elección son, por ejemplo, un espacio
simbólico. Diría que es uno de los espacios simbólicos-temporales por
excelencia en nuestra vida “democrática” de las últimas décadas. Salir a elegir
a nuestros verdugos, identificados todos como ciudadanos con una preferencia
partidistBRRRRTTTT…
No
¡No, no, no y no! Eso no está bien.
No
está bien la “democracia” que hay en México, pero no es mejor la posición
partidista del voto duro. Del voto que
se otorga por el color, no por el mérito.
En
las elecciones del año pasado nos quedó bien claro que los que votaron por el
PRI pertenecían a uno de tres grupos: el primero es la gente de zonas
marginales (a nivel nacional) que está más preocupada por sobrevivir que por
las formas en que la política se desenvuelve. Ellos fueron los que recibieron
su tarjetota de Soriana.
El
segundo grupo (que está relacionado con el tercero) son las personas allegadas
a alguna figura en el partido y que mueven redes entre sus vecinos, familiares,
empleados, etc. con el fin de promover el voto. De viaje por Hidalgo me di
cuenta que éste sector, por aquellos rumbos, es mayoría: que si el dueño de la
tienda de pastes le va al PRI, ahí va el resto de los empleados a tomarse una
foto con el candidote, a pesar de que el descontento sea evidente en el rostro
de algunos de ellos.
El
tercer grupo son las familias tradicionalmente priístas. A menudo el pater familias es un allegado a alguna
figura ya con posición en el partido.
Cuando
las elecciones pasadas, hubo mucha gente que le iba al PRI (perteneciendo a
alguno de éstos tres grupos) que nos echaron en cara, a los no-priístas, que
habíamos perdido. Gritaban, tocaban el claxon, sacudían las banderas, brincaban
de sus sillones, no gritaban “¡Goooooool!” pero gritaban alguna otra cosa. Se
abrazaban, daban saltos, coreaban “ooooe-oe-oe-oe…” como si fuera domingo y
hubiera ganado la selección. El espacio simbólico del voto de medio día se
había convertido en una celebración en la que los celebrantes gritaban “Les
ganamos, LES GANAMOS”.
Nos
ganaron. ¿A quiénes? ¿A los que no votamos por el mismo pendejo? ¿De qué
pinches me perdí o en dónde estaba que no puse atención cuando dijeron que las
elecciones eran más un partido de fútbol y no un evento en donde se decide el
futuro de la república por los siguientes 6 años? Sí, nos ganaron.
Y
entre esa confusión, se cuela una gran verdad: no importa quién chingados gane
el partido, es sólo el color de la camiseta lo que cambia porque la copa sirve
para entregarse y México así como está sólo sirve para venderse por piezas, por
refacciones.
Había
escuchado que decir “¡Ganamos!” después de ver un partido de fútbol es igual
que decir “¡Qué bien cogimos!” después de ver una porno. Me parece muy cierto
eso.
El
espacio simbólico, en pocas palabras, es cuando terminas poniéndote la camiseta
tan, pero tan en serio, que terminas pensando en colores y logotipos. En ningún
momento te acuerdas de ponerte en los zapatos del otro. Bueno ¿Quién necesita
ponerse en los zapatos del seguidor de un güey que acaba de perder?



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