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lunes, diciembre 10, 2012

Los Simpson y las drogas: El lado psicoactivo de Springfield *




Por Jordi Cebrian (Barcelona, España)


Os invito a explorar un aspecto poco comentado de la gente que habita Springfield y de su pasión por las drogas, legales e ilegales. Exploraremos los secretos más ocultos y psicoactivos de esta familia y los de su entorno familiar, social y laboral.
No hay serie en televisión con tantas referencias psicoactivas. Y es de rigor que empecemos comentando algunas de las muchas referencias cannábicas que contiene.

Marihuana
En Springfield la cannabis está, desde sus orígenes, muy presente. No es de extrañar, dado que el fundador del pueblo, el ilustre Jeremías Springfield, cuando llegó a los terrenos que luego constituirían la ciudad, se dirigió así a los colonos que le seguían: "En este lugar construiremos una nueva ciudad, donde podremos celebrar nuestros cultos libremente, gobernar justamente, y cultivar vastos campos de cáñamo para fabricar sogas y sábanas".
Muchas son las muestras de la tradición cannábica de Springfield. Tenemos constancia, por ejemplo, de que el alcalde Quimby, en un armario de su despacho oficial, tiene una planta de marihuana a la que hemos visto regar a escondidas. Al conductor de autobús, Otto, la chaqueta le huele permanentemente a hierba. El director del colegio, Skinner, reconoció en un episodio: "En Vietnam fume toda clase de yerbas". La policía de Springfield no se escapa de inhalar cannabis: en un episodio en el que efectúan una redada contra un ciego que consume marihuana medicinal, toda la policía, empezando por el jefe Gorgori, acaban en casa del ciego, con los otros polis, fumando porros, y bailando al son de Bob Marley. Y eso pese a que el museo de la Policía en Springfield incluye en una de sus secciones un ejemplo de fiesta hippy con figuras de cera, donde podemos ver jóvenes con melenas escuchando música, fumando hierba y metiendo bebés en el horno, conforme a una vieja leyenda urbana antidrogas.
Pero si centramos la atención en nuestra familia preferida, los Simpson, veremos que también allí está presente la afición cannábica. Vimos a Homero y a Marge, de jóvenes, en fiestas donde se usaban bongs. Incluso hay motivos más que fundados para sospechar que cultivan marihuana. En un episodio, Lisa, disgustada porque unos promotores quieren cortar un árbol centenario, se presenta un día en el comedor de casa, donde Homero, Bart y Marge están comiendo, y dice, refiriéndose a su cruzada ecologista: "¡Ya estoy harta! ¡Voy a hacer algo!", y sale de casa. Homero, asustado, le dice a Marge: "¡Va a denunciar lo de las drogas!", a lo que Marge, enfadada, le contesta: "¡Homero! ¡Nosotros no tenemos drogas!". Entonces Homero, un poco paranoico, mira a un lado y a otro y dice: "¡Ah, sí, es verdad! ¡No tenemos drogas!", con tono de disimulo. Este cultivo clandestino explicaría los viajes a Holanda que, según otro episodio, hace Homero de tanto en tanto, si bien se da a entender que en realidad su vicio secreto son los tulipanes, cuando es sorprendido por una cámara de seguridad cuando los devora compulsivamente escondido en el lavabo.
En varías ocasiones los guionistas se burlan de la pretendida nocividad del cannabis. En una ocasión, el señor Burns rememora que en su juventud se infiltró en Greenpeace para poder denunciarles a la policía. Al desenmascarar sus planes, mientras los verdes son detenidos, les muestra un bong y confiesa: "Ja, ja... Y tenéis que saber que durante todo este tiempo sólo he fumado inofensivo tabaco". En otro momento, en una película de McBain, se muestra una reunión de mafiosos, donde el capo di tutti li capi presenta a sus colegas una nueva droga de diseño, irresistible, que van a lanzar al mercado negro, y dice de ella, para estupefacción del resto de capos, que es "diez veces más adictiva que la marihuana".
Y la parodia adopta aires de profecía cuando en un capítulo de la serie vemos que, en el futuro, Lisa se ha convertido en presidenta de Estados Unidos. Bart, que se ha convertido en una especie de posthippy reciclado y bueno para nada, le pide: "Legalízala de una vez...", y Lisa concede.

Homero y los estados alterados de conciencia
No es sólo la marihuana. Homero siente atracción irresistible hacia los estados alterados de conciencia. Y no me refiero sólo a la combinación narcótica de cerveza Duff, sillón y televisión quemaneuronas, que por sí sola daría para otro artículo, sino a experiencias psicodélicas y místicas. "¡Drogas! Conocen mis debilidades", dice Homero cuando unos isleños del pacífico le preparan un té con hierbas. Es en esa misma isla donde se aficiona a lamer sapos alucinógenos, que le dilatan las pupilas y le inducen un estado contemplativo. Esos isleños, acostumbrados a vivir entre drogas, sucumbirán en cambio a las tentaciones del alcohol que Homero introduce en la isla, y que hasta entonces desconocían. Les vuelve violentos, adictos y asociales.
Por otra parte, uno de los más elaborados viajes místicos que aparecen en la serie es el que tiene lugar cuando Homero, en la Fiesta Nacional del Chile, degusta unos explosivos chiles picantes de manicomio guatemalteco. Transportado de inmediato a un paisaje psicodélico, Homero inicia un viaje chamánico. Se le aparece una tortuga, su animal totémico, que lleva escrito en el caparazón: "Sígueme". Homero se impacienta siguiendo un animal tan lento, y acaba acelerando el viaje de la tortuga con un tremendo patadón que la manda por los aires.

Homero como narcotraficante
Al margen de sus experiencias con drogas, legales e ilegales, Homero es a menudo quien, de manera activa, contribuye a difundir las sustancias psicoactivas entre los ciudadanos de Springfield. No podemos olvidar un gran invento de Homero, el "tomaco", el resultado de mezclar semillas de tomate y tabaco en una misma plantación y abonarla con residuos radioactivos. El resultado fueron unos tomates que contienen nicotina y que resultan tremendamente adictivos para quien los prueba una sola vez, tanto que las grandes multinacionales farmacéuticas pugnan por robarle la patente genética. En otro momento mezcla una cosecha de peyote que sus primos cultivaban para su autoconsumo con unos zumos de fruta que se distribuyen por la ciudad. Resultado: todo Springfield tiene experiencias alucinógenas.
Homero es también el inventor de un cóctel tremendamente adictivo, el "llamarada Moe", cuyo ingrediente secreto es "jarabe para la tos, marca Krusty". Dado que el componente tradicional de los antitusígenos no narcóticos es el dextrometorfano, lo que el célebre cóctel provoca es el conocido coloque por DXM. Aunque, dado que el jarabe es de la marca Krusty, bien conocida por su publicidad engañosa, bien podría tratarse de codeína, un opiáceo presente en jarabes para la tos. En otro episodio, Homero y su padre se convierten en distribuidores de una sustancia afrodisíaca, fabricada clandestinamente en una bañera, y que deja al Viagra en mantillas. La gente les quita de las manos la sustancia hasta que empiezan los problemas con la ley.
Pero cuando de manera más directa se enfrenta Homero a la Prohibición es cuando se convierte en traficante de bebidas alcohólicas, en el momento en que, rescatando una vieja ley del pasado, Springfield adopta la "ley seca". Homero entonces se convierte en un adalid de la libertad de emborracharse y se dedica a distribuir alcohol de contrabando, arriesgándose a sufrir la pena que la ley impone en estos casos: ser expulsado del pueblo mediante una gran catapulta, una ley no demasiado más absurda que nuestras actuales legislaciones antidroga.

Marge y sus coloques
Marge no se queda atrás en cuanto a conductas adictivas. La hemos visto beoda en varias ocasiones, así como víctima de la ludopatía cuando se legaliza el juego en Springfield. Cuando los servicios sociales se les llevan a los chicos, tras pasar un test de drogas da positivo de crack y PCP. Ella afirma que se trata de un error y afirma ser adicta sólo al amor a su hijo e hijas ("Love for my Son and Daughters", y dice: "Sí, sólo necesito un poco de LSD". Corresponde claramente a un viaje por ácido la experiencia de Marge en la cocina al beber un vaso de agua contaminada durante una pugna entre vecinos en Springfield. La cocina empieza a derretirse ante sus ojos y los electrodomésticos parecen cobrar vida. Marge, reconociendo la experiencia, exclama, entusiasmada: "¡Oh, otra vez se escurren las paredes!"

Los pequeños de la casa: Bart, Lisa y Maggie
De la pequeña Maggie sólo conocemos una adicción, su chupete. Eso sí, el episodio donde más activa se la ha visto ha sido precisamente cuando lideró una rebelión de alumnos en la hiperestricta guardería donde requisaban los chupetes a los críos, para que no dependieran de ellos.
Lisa, durante un viaje al parque de atracciones de la cerveza Duff echa un trago del agua por la que están navegando en una atracción, lo que le hace perder del todo la conciencia, entra en un estado de delirio etílico durante el que ve danzar elefantes rosas, en una parodia de la escena de Dumbo en que el elefante y el ratón se emborrachan, y se cree la reina de los lagartos. Por otra parte, sabemos que durante una experiencia en un tanque de aislamiento sensorial experimentó intensas alucinaciones.
Bart, por supuesto, no se queda corto, y en alguna ocasión ha bebido más de la cuenta. Es por culpa de que las cámaras de televisión le filman borracho que la sociedad de Springfield se ve en la obligación de restaurar la "ley seca". En otra ocasión, Bart y Milhouse se atreven a probar el "Fresisuis especial", sólo azúcar, del minisúper de Apu, y sufren una sobredosis de glucosa que los vuelve hiperactivos.

¿Es eso todo?
En absoluto, la lista de referencias es interminable. Krusty se declara por dos veces adicto al Percodan. El señor Burns está encantado con sus pastillas contra el dolor que tienen por nombre Te Daré Amor, y en otro episodio se declara adicto a la morfina. El abuelo Simpson vende las pastillas que debe tomarse a adictos necesitados. Durante todo un episodio Bart aparece bajo los efectos del Focusyn, una parodia del Ritalin, un fármaco profusamente recetado por los médicos para tratar a niños hiperactivos, pues favorece su capacidad de concentración. Barney, el borrachín del pueblo, se bebe en un episodio el contenido de dardos tranquilizadores para animales. Los doctores inhalan sus propios anestésicos. El dentista comparte el ácido nitroso con toda la familia Simpson y acaban todos con la risa tonta. Y podríamos seguir y seguir...

Conclusión
Los Simpson, es sabido, son una imagen deformada de la sociedad norteamericana y, por ende, de la nuestra. Al igual que se satirizan en sus episodios prejuicios como la homofobia, el fanatismo o la pasión por las armas de fuego, se parodian también las percepciones, los miedos y los deseos ocultos que las drogas provocan en la sociedad. Lo que hace tan real a Springfield es que las drogas y lo psicoactivo existen y, por tanto, se muestran. Por contraste con el mundo triunfante de lo políticamente correcto, donde las drogas no existen y donde nadie necesita colocarse, Los Simpson equivalen a un soplo de aire fresco. Desafío a encontrar un producto televisivo destinado al consumo familiar y ampliamente seguido por niños, jóvenes y adultos, que contenga tal cantidad de referencias al mundo de las drogas y que plantee cuestiones referidas a la Prohibición con la causticidad con que lo hace ésta. Colegas, os espero en el bar de Moe.

*Publicado anteriormente en la revista Cáñamo (España).


En el siguiente enlace podrás encontrar más textos sobre la prohibición de las drogas, las razones, reflexiones en torno a ello, reacciones y demás, del mismo autor: "Sobre drogas y libertad".

sábado, noviembre 24, 2012

El debraye psicotrópico


 [Los estados alterados y su relación con la literatura]

Phil Lewis, "Sanitas".




I
La relación entre el arte y diferentes sustancias que tienen la capacidad de modificar la conciencia –las cuales han actuado de una manera específica en la forma de explicar, comprender e interpretar el mundo (Hugo F. Tangarife Puerta, 2010)-, ha sido tema de discusión a través de la historia del arte. Hay quienes mencionan que la utilización de cualquier sustancia no es en definitiva un recurso para la creación, incluso pensarían que resulta contraproducente, como lo menciona Damien Hirst: “el arte tiene que ver con la vida, la droga no. La droga es una vía de escape (…) Como artista te encuentras delante de una tela vacía y es la cosa peor del mundo”. En esta misma sintonía Aníbal Tobón en su artículo Líneas alteradas menciona que “una sola ‘línea’ de buena poesía puede ser más psicotrópica y estimulante que cien gramos de cocaína”. (Guillermo Fadanelli en este caso pensaría tajantemente todo lo contrario). Sin embargo, hay que resaltar que un gran porcentaje de creadores y en particular de escritores han utilizado en algún momento sustancias para alterar esa percepción. De alguna manera la droga ha ejercido de musa celestina para sus visiones/creaciones. Pero ¿a qué se debe esta relación paradigmática? Según Vilma Torselli “la droga evita la inhibición y libera la creatividad de la barrera del racionalismo, y quizás por esto en el mundo del arte y la cultura ha tenido muchos profetas, muchos teóricos y –sobretodo- muchos practicantes”, lo cual iremos apreciando a continuación.

II
Los poetas malditos por Enri Fatin-Latour
Los considerados Poetas Malditos como Baudelaire, Rimbaud y Verlaine hicieron de la bohemia su particular estilo de vida. Estos engendros de la vida parisina marcaron una época importante para la literatura y el arte del siglo XIX. Su destreza influenció movimientos pictóricos como el Fauvismo (característico por el empleo provocativo del color), y además experimentaron en su creación con sustancias como el alcohol, el hachís y el opio. Su acercamiento a estas sustancias se debió, quizá, a que las drogas formaban parte de lo prohibido, lo cual resultaba muy atrayente. Baste recordar que su uso fue durante un largo periodo asociado a determinadas clases sociales y tempranamente a los círculos de la creación. El ejemplo claro de esta experimentación se presenta en el poema Hachís de Baudelaire, donde describe una situación relacionada con esta sustancia: “Te quedarás mirando/ un rato sospechosamente largo/ las nubes azuladas que emanan de tu pipa/. Sentirás cómo la idea de una lenta/ continua y eterna evaporación se evapora de tu mente/… y una singular ofuscación te hará creer que eres tú quien se evapora y atribuirás a la pipa el extraño poder de fumarte” (Bolaños, 2007: 117).
Colage "Generación Beat"
En la década de los cincuenta, en un Estados Unidos sumergido en guerras sin explicación y una vida vista desde el retrovisor, apareció la Beat Generation con los consabidos William S. Burroughs, Jack Kerouac y Allen Ginsberg encabezando la cuadrilla, quienes llagaron para poner a la cultura estadunidense de cabeza y sobre todo a los más conservadores de la poética con el grito en el cielo. Esto debido a sus múltiples excentricidades, y sobre todo, a sus experimentaciones estructurales en la escritura de su poesía. Los Beats comenzaron a practicar la creación poética de una manera directa y totalmente explícita con sustancias psicotrópicas como la marihuana, mezcalina, peyote, ácido lisérgico y LSD. “Una bolsa de marihuana, un viejo Cadillac con cinco dólares de gasolina en el tanque, Charlie Parker a todo volumen, un papel en blanco y el sol que se sumergía en una carretera desolada era todo lo que necesitó este brote de autores para cosechar una de las épocas más pintorescas de la literatura” (Alejandro García, 2011). No está por demás la mencionada historia de que Ginsberg escribió su extenso poema Howl (Aullido) –principalmente la segunda parte- bajo los efectos del peyote. Esta experimentación con sustancias psicotrópicas se debió fundamentalmente a la incursión pretensiosa que tuvieron con el “viaje espiritual”; una forma de vida enraizada en la meditación bajo el influjo de las drogas, los viajes paradisiacos e incluso como una manera directa y concreta para allanar las ideas mediante la escritura libre y auténtica –de ahí que varios de ellos siempre proclamaran que la escritura no debía sufrir alteraciones (modificaciones en su estructura y escritura)-. Lo cual siempre caracterizó a sus obras, matizándolas como literatura “escandalosa”, por su crudeza en el lenguaje.   
Aldous Huxley
En los sesentas los Beats dieron paso a la Cultura Hippie, y de estos al movimiento y Arte Psicodélico. Una etapa de gestación y expresión de la psique. Donde lo que se pretendía era abrir un camino distinto en la exploración de formas de expresión, enfocadas a investigar los fenómenos internos del inconsciente a través del uso de las drogas (Hugo F. Tangarife Puerta, 2010). Este movimiento se vislumbró principalmente por la creación pictórica/plástica (caracterizada por la utilización de colores fuertes, exaltados, con gran movimiento y soltura, tratando de reproducir y transmitir la experiencia), pero la experiencia psicodélica parte de los escritos publicados por Aldous Huxley (mucho antes de su conjunción como movimiento), que relatan la experiencia con LSD y psilocibina, y más tarde se le agregarían personajes como Timothy Learry (master de la contracultura), Ernst Jünguer, Henry Miller, Thomas de Quincey, entre otros. Quienes relataron en sus obras gran parte de las experiencias evocadas por estas sustancias. El químico e intelectual (también contracultural) Albert Hofmann menciona al respecto: “Los primeros autoensayos no médicos fueron realizados por escritores, pintores, músicos y personas interesadas en las ciencias del espíritu (…) Se desarrolló un género artístico especial, que se ha hecho famoso con el nombre de arte psicodélico (…) Las obras del arte psicodélico no se crearon durante la acción de la droga, sino sólo después, influenciado por lo experimentado”. Una encuesta realizada por el doctor S. Krippner a 91 artistas en 1961, dejó como resultado que las sustancias más utilizadas eran el LSD, tomada por 84; marihuana, por 78; DMT, por 46; peyote, por 41; mezcalina, por 38; y hachís, por 31 (Marchán, 1974).
Charles Bukowski
También en Estados Unidos se presentó un caso excepcional; el viejo indecente Charles Bukowski y su férrea relación con el alcohol. En una entrevista que le realizara el actor Sean Peen en 1987 (para la revista Interview) menciona: “el alcohol es posiblemente una de las cosas más grandiosas que llegaron a la Tierra (…) la llevamos bien, últimamente se ha vuelto muy destructivo con la mayoría de la gente. Pero yo no soy uno de ellos. Yo hago todo mi trabajo creativo mientras estoy intoxicado (…) Es una liberación, porque básicamente yo soy muy tímido (…) y el alcohol me permite ser éste héroe” (Revista Generación, traducción de Francisco Jaymes, 2003). Ésta relación paradigmática le llevó a escribir centenares de poemas y múltiples escritos narrativos, además de varias novelas, donde es muy clara y notable la alusión al alcohol, los bares y toda la situación marginal que esta bebida provoca y desencadena. Un elemento “mítico” que deambula en la historia de Bukowski fue cuando le detectaron una úlcera maligna provocada por el consumo excesivo de alcohol, le advirtieron de las consecuencia fatales, lo cual no le impidió que siguiera escabulléndose por sus veredas. Actualmente, en este mismo contexto, menciona Carlos Martínez Rentería que una de las lacras más pusilánimes del mundillo cultural la constituyen aquellos que creen que por el simple hecho de drogarse y ponerse hasta la madre ya son "Bukowskitos", esto le ocurre a centenares de jóvenes que se creen grandes autores sólo porque andan de pedotes, nada más falso (Fanzine La Vacaloka, 2012).
José Agustín y banda de La Onda
A México se trasladó la psicodelia y los jipitecas se encargaron de expandir ese rango de la experimentación con las drogas. Con este suceso y el desemboque social a la represión proveniente de la dictadura del PRI se gestó la Literatura de la Onda, un movimiento formado por jóvenes que pretendían una ruptura con la literatura tradicional a través de un lenguaje más abierto y franco. Entre los destacados estuvo José Agustín, Gustavo Sainz, René Avilés Fábila y el irredento Parménides García Saldaña. Este grupo se caracterizó por sus constantes alusiones al sexo, la guerra de Vietnam, el Rock and Roll y las drogas, sin llegar a tomar religiosamente los postulados básicos de la psicodelia, adoptaron muchos rangos de la contracultura, especialmente (…) el lenguaje (…) De esta manera se formó la onda (…) jóvenes mexicanos que habían filtrado los planteamientos jipis a través de la durísima realidad del movimiento estudiantil –del 68- (José Agustín, La contracultura en México, 1996). Estos jóvenes –de su tiempo- se inmiscuían con drogas como el peyote, los hongos, los ácidos y sobretodo el alcohol. Menciona José Agustín en su texto “Mis viajes por la contracultura”: Yo era pedote nada más, hasta que de pronto me vi envuelto en Terribles Broncas Emocionales y juzgué adecuado entrarle a los alucinógenos como vía terapéutica y para exorcizar mis demonios (…) me metí kilos de mota y cientos de ácidos, hongos, peyote, aloliuqui, mescalina, silocibina, DMT, STP, MDMA, y a veces “coca” y “anfetas” (Carlos M. Rentería, José Agustín; diez años por la contracultura, 2006). El otro extremo fue Parménides García Saldaña, hijo de padre comunista y desfachatado de la condición social “políticamente correcta”. A menudo se reventaba con alcohol y anfetaminas. Armaba escándalos: a Carlos Fuentes le hizo un pancho en su famoso coctel La Ópera; a Octavio Paz le recriminó –en las oficinas de Vuelta- el no haberlo incluido en una de sus antologías de escritores jóvenes, a su madre trató de matarla. En su libro originalmente titulado El callejón del blues (después Víctor Juárez lo tituló En algún lugar del rock) deja clara la evidencia de la desfachatez y locura que ya presentaba (provocada por su atascada manera de consumir drogas); varios textos son incoherentes y demasiado “viajados”. Parménides estuvo constantemente recluido en cárceles y manicomios, hasta que murió debido a una pulmonía.
Guillermo Fadanelli
Actualmente existen varios escritores mexicanos que no precisamente experimentan su creación con las drogas, pero que si mantienen una relación afectiva y consagrada con ellas, principalmente con la cocaína y el alcohol. Estos escritores son sobre todo los que emergieron del movimiento underground: la Literatura basura, el periodismo charter-posthumano, la contracultura. En sus textos es muy recurrente que se hable de estas sustancias y de todo lo que les despierta la bohemia, los bares, las cantinas y todo lo que tenga que ver con la vida nocturna y las realidades paralelas.

III
Edgar Allan Poe
Decía William Blake que “el camino de los excesos lleva al palacio de la sabiduría”, y muchos de estos engendros literarios experimentaron por ese camino, deambularon a pies descalzos y muchos de ellos pudieron llegar al otro lado. Muchos otros se quedaron en el camino, como el excelso caso de Edgar Allan Poe, quien murió –aún sin precisarse- a causa del alcohol y las drogas. Ante todo este panorama pudiéramos pensar –y concluir- mencionando que varios de estos escritores –quizá- no llegaron a escribir una sola línea rescatable justo en el momento de sus estados alterados, en el punto álgido de su delirio, pero también habría que ser consientes con la idea de asegurar que sin la experiencia y emoción provocada por estas sustancias muy posiblemente no habrían construido las obras que los respaldan más allá de su época, porqué, ¿quién asegura que la sobriedad garantiza un talento?

miércoles, diciembre 28, 2011

El negocio de la Marihuana


Por Andreu Llorente
[Tortosa, Barcelona, España. 1985]



Ya desde pequeño, y posiblemente por mi ubicación geográfica (vivo en un pueblito a 200 Km. de Barcelona) mi visión sobre la marihuana ha sido, desde mi punto de vista, poco o nada distorsionada o manipulada por fuentes gubernamentales o represivas. Lo cierto es que en mi pueblo gran parte de los jóvenes (y no tan jóvenes) se cultiva sus matas para el autoabastecimiento. Este hecho, aunque no esta dentro ni fuera de la ley (puesto que en España esta permitido el consumo en sitios privados de la marihuana y sus derivados, como el hachís), esta fuertemente extendido y arraigado. La ley no es concreta sobre este tema: uno puede consumir en su casa, pero no puede comprar, vender, o poseer esta sustancia en la vía pública. Entonces surge la pregunta: ¿como voy a consumir en mi casa, si no tengo donde comprar de forma legal, y además no puedo andar por la vía pública con esta sustancia?
La alternativa más eficaz, más segura, más extendida y más agradable (puesto que el fumarse tus propias matas es como comerse los alimentos cultivados por uno mismo) es el autocultivo. No esta muy clara la situación legal, pero viendo los cientos de casos sobre sentencias que han absuelto a pequeños, medianos y hasta grandes cultivadores (gente con mas de 100 plantas) me atrevo a afirmar que cultivar marihuana en España SIN FINES LUCRATIVOS (es decir, sin la intención de venderla) no es un delito. Lo máximo que puede ocurrir es la destrucción del cultivo, y en el peor de los casos, una sanción administrativa, es decir, una multa. Cuando se trata de un delito de venta, el asunto cambia totalmente, puesto que el estado si que penaliza la venta y la apología del consumo de la marihuana con multas desorbitadas e incluso penas de cárcel.
La marihuana, como cualquier sustancia alteradora del estado de conciencia, no se puede prescribir para cualquier persona por varias razones. La primera y más fundamental es que el THC (Tetrahidrocannabidol), que es el principal alcaloide de la marihuana, no afecta de la misma manera a todas las personas. Lo que a mi me puede producir sensación de relax, placer o inspiración, a otro le puede afectar de forma totalmente distinta. Esto no ocurre solo con la marihuana, sino que pasa exactamente lo mismo con cualquier otro fármaco (desde barbitúricos y medicamentos corrientes, hasta drogas de síntesis, pasando por plantas mágicas como hongos alucinógenos y cactus que contienen mezcalina). 
La situación acá en Venezuela, y en gran parte de Suramérica, es muy distinta. La simple posesión de un pedazo de esta sustancia le convierte a uno en un criminal, en un delincuente. Son muchos los motivos y las interpretaciones que se pueden tomar al respecto. Personalmente creo que uno de los principales problemas es que en Suramérica en general, la marihuana se equipara con la cocaína, debido a la forma en que se distribuye. La venta de marihuana es un gran negocio, debido básicamente en que hay unos países productores que la cultivan y la distribuyen de forma clandestina. Se han creado redes de narcotráfico con la marihuana, al igual que con la cocaína.
Es más. Me atrevo a decir que las grandes redes de narcotráfico trabajan indistintamente con una u otra sustancia, con el único propósito de obtener un beneficio económico a corto plazo. Esto significa una mercantilización del producto, significa un negocio ilegal a gran escala, que se tiene que combatir de cualquier forma y a cualquier precio. Otro factor que determina la satanización en toda América (incluido EEUU) de la planta de Salomón son los efectos que la hierba sagrada, denominada ganja por los Rastafaris provoca. Los productos que se le añaden para potenciar los efectos y para disimular el olor a la hora de hacer el transporte a gran escala es lo que provoca la mayoría de los efectos indeseados, como paranoia, malestar, ataques de nervios y surgimiento de malaltias psíquicas o brotes sicóticos. La lista de adulterantes no tiene fin: pesticidas, insecticidas, amoniaco, orina, detergentes, productos químicos de cualquier tipo, etc.

Sin duda, estos dos hechos son los que marcan la satanización de esta planta sagrada, tan o más antigua que el hombre. El narcotráfico y la creación de mafias y redes de distribución y los efectos desproporcionados (no debidos a las substancias que contiene en si la planta, sino a todo lo que le añaden) imposibilitan la visión de una legalización o despenalización a corto y medio plazo en América Latina.


*Texto publicado en la edición impresa de Clarimonda #19: Marihuana