Del alucine al qué pinches está
pasando.
Luis Enrique Anguiano Torres
No
recuerdo cuando fue la última vez que caí enfermo. Ya tiene rato que no me
enfermo así, al grado de no poder hacer nada. Siempre he sido alguien de salud
más o menos sólida, salvo con algún resfriado en invierno o alguna
infeccioncilla en la garganta que al tercer día ya está bailando las calmadas. La
última vez que estuve enfermo, pero enfermo de verdad, fue hace unos 5 años.
Terminé alucinando.
Recuerdo
que Lupita, una compañera de clase me vio y riendo comentó “te va a dar un
gripononon…” y yo nada más le sonreí y algo le platiqué sobre cómo me había
sentido. Esa vez recuerdo que tuve un ataque de calentura terrible. Vivía solo
y, para mi desgracia, no tenía mucho tiempo de haberme quedado sin pareja. Ya
imaginarán.
Me
revolcaba en la pinche cama. No dejaba de sudar. Tenía calor y tenía frío al
mismo tiempo. No podía estar en una sola posición. Y de repente recuerdo que
comencé a adormilarme y, queriendo y no, llegó. Apareció ante mis ojos. Era un
cuadro obscuro del que sobresalían cuadritos grises y de colores opacos.
Edificios pequeños.
No
sabía cómo despertar. Intenté moverme, que mi cerebro reaccionara y me di
cuenta de algo: ya estaba despierto. Vi mis manos con los dedos extendidos, las
bajé y la pequeña ciudad ahí seguía. Parpadée, no me podía incorporar. Me dolía
todo. Un malestar general bien cabrón. Sentía el cuerpo cortado pero con hartas
pinches ganas. Me rendí. No podía ignorar eso que estaba ante mí.
No
sé de dónde apareció una docena de cochecitos amarillos que circulaban las
calles de esa ciudad. Extendía mi mano y la movía, los coches seguían la
dirección del movimiento. Era una sensación extraña; nunca me había pasado nada
así y los coches no dejaban de moverse. Se encimaban unos con otros. Más bien
eran como cucarachas metidas en el cuerpo de cochecitos amarillos siguiendo mi
mano, como si ésta desprendiera un olor a basura o a comida y los automóviles
amarillos tuvieran hambre.
Recuerdo
que desperté y la sábana estaba fría de la humedad condensada. Mi almohada
estaba igual de fría, con un olor raro como de bebé. Me levanté y era como si
en todas mis articulaciones hubiera una comezón que empezaba a ser rascada.
Salí a comenzar mi día y premié a mi sistema inmunológico con un litro de zumo
de naranja recién exprimido. La noche anterior no la olvidaría jamás.
No
he vuelto a alucinar desde ese entonces. No ha habido alguna otra cosa que me
despegue de la realidad de manera semejante. Salvo hace un par de días que me
pareció volverlo a hacer pero no, estaba yo muy despierto y en mis cinco
sentidos.
Todo
empezó con un video de López Dóriga y Loret de Mola en el que “El ticher”
comienza diciendo “Estoy muy contento de darle en la madre a tv azteca con el
rating…” y Loret de Mola sacando su lado más albañil.
Me
sentí ofendido con ese video. Se los juro. Estaba yo medio atendiendo otras
cosas cuando de repente veo a López Dóriga comportarse como verdulera. Ya me
habían dicho que en persona ese güey era así. Un imbécil que no mide lo que
dice.
Lo
que pocas veces me había pasado en la vida: se me cayó la pinche quijada de la
sorpresa. Claro, en ese momento le perdí cualquier rastro de respeto que
pudiera haberle tenido a ese par de chayoteros.
¿Cómo
sabes cuando estás alucinando? Uno de mis recuerdos en una fiesta es haberle
dado un par de cachetaditas a un amigo (que está bien cachetón, eso que ni qué)
y el güey habérmela respondido con hartas ganas. Andaba yo bien ebrio. Días
después le hice la pregunta: “Oye Pocholo ¿En qué estuvo que te di una
cachetada?” y él me dijo “¿Una qué?” y yo “Una cachetada güey, recuerdo que te
di una y me la respondiste” y él “No cabrón ¿Cómo? ‘Tas güey…” y decidí dejarlo
por la paz. Quizás fue a otra persona y mi cerebro me jugó una pasada al pensar
que se trataba de ese güey.
La
noche de los carritos amarillos yo sabía que estaba alucinando porque
independientemente de que yo intentara despertar, esa putadera no desaparecía.
Mis manos hicieron el reality-check y
sí, se trataba de una proyección mental que me terminó llevando al reino de
Morfeo.
El
video de López Dóriga haciéndose el graciosito no necesitaba un reality-check: yo sabía que no había
nada en mi organismo que provocara ver algo donde no lo había.
La
vez de la cachetada aún sigo pensando en qué ocurrió. Me he llegado a
transformar estando alcoholizado, tengo apagones
y muchas veces me han dicho que digo o hago cosas en un estado de cierta
lucidez. A pesar de lo mucho que me transforme el alcohol, me consta que no me
hace ver cosas que no estén ahí.
La
siguiente ocasión que ustedes se encuentren con algo que los haga irse de
espaldas, lo primero que deben hacer es preguntarse si no se chingaron un
micropunto o si están bien de salud. Si la respuesta es “sí” a ambas, no teman
porque no hay motivos para alarmarse, no se trata de una alucinación. La
realidad puede ser muy cabrona. Como dice en La guía del raitero galáctico “Don´t panic!”


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