La nata mediática de México
Luis Enrique Anguiano Torres
La
nata es una capa gruesa, concentrada, rígida hasta cierto punto. Se forma en la
parte superficial de los volúmenes de leche aunque fenómenos parecidos se dan
en otros químicos como la pintura o la sangre.
México
tiene en su haber una gran tradición en películas under, por así decirlo, que nunca han gozado de la fama o el
renombre de las que hacen Gael y Diego. Películas de todo tipo, desde la
experimentación con los tintes documentales o costumbristas estilo “Mecánica
nacional” o “Presagio” hasta fantasías más despegadas y ramplonas como la saga
de Los albañiles o las de Alfonso
Zayas.
Ahora,
una de las cosas que más se producen en México son las chingaderas televisivas.
Contrario al cine b mexicano que podríamos clasificar como harto variado, la
televisión mexicana tiene una gama más limitada. A menudo se reciclan fórmulas
y más que darle prioridad al fondo argumental se lo dan a la forma: ¿Qué si
Soraya Montenegro de la Vega Montalbán no es un personaje con los suficientes
matices y la complejidad necesaria? ¡Ah! Pues déjame decirte que aparte de
tirarse a Nandito le metió sus chingadazos a la maldita lisiada y a media
docena de güeyes.
¿Qué
si la saga de las Marías (Mercedes, del Barrio y del Mar), Las vías del amor y varias de las novelas que pasan a las 9 por el
canal 2 en realidad son repeticiones de la misma fórmula? ¡Qué importa! Lo que
el público quiere es esa masturbación cerebral de desear que a fulano o a
sutana se la chinguen de una vez y deje de estar inventando cosas porque la
pobre Tita ya cree que Nandito la ha dejado de amar para siempre.
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| Fotograma de "Entre ficheras anda el diablo". |
Las
chingaderas televisivas de ese tipo no son registros fieles de la vida típica
mexicana. Vamos, ni siquiera mucho del cine del que me refería hace rato,
apadrinado por los Fábregas, los Garcéses, los Ibáñez o los Polivoces eran
registros exactos de sus tiempos pero veías una diferencia muy grande entre,
por ejemplo, la saga de las Marías y la película de Canoa.
Bueno,
igual y no es justo comparar una cosa con otra y salir con algo estilo “Oh sí,
claro, la producción televisiva en México es muy deficiente”. No, eso último es
algo que no está a discusión. El estrato de la producción audiovisual
contemporánea, entonces, forma esa suerte de nata de identidades en la que se
ve reflejada la vida mexicana sólo que en lugar de leerse pa’ fuera, hay que
leerlo al revés. O sea, para adentro.
Vaya,
que una película como Entre ficheras anda
el diablo no quiere decir que en México se coja un chingo o que si le
hablabas chiqueado a lo que en ese entonces era Sasha Montenegro, a los 3
minutos ya estuviera aflojando el calzón. No. La producción del cine de
ficheras habla del comienzo de la decadencia mexicana a mediados de los 70’s en
todos los sentidos. No es que la película lo retrate, es que es una imagen
motivada por condiciones de otro tipo (la rentabilidad de enseñar chichis y
explotar una sexualidad satírica) vaya, que es una cuestión capitalizada de la
misma manera que EU capitaliza la figura del héroe de acción.
Vaya,
que puede haber referencias o similitudes a un nivel máximo pero no total. Y
eso por hablar de obras consagradas en el imaginario estilo Mecánica nacional donde el costumbrismo
rezuma por todos lados y es creíble en muchos sentidos, inclusive la escena de
los yuppies que pierden los modales al comer –En la película se ve de manera
harto chusca, pero sé de gente que es así– aunque, claro, es cine y aunque
evite exagerar para parecerse lo más posible a una situación real siempre
quedará ese resabio de “meh, es una película… excelente, pero es una película”.
Por
otro lado, las pinches novelas tratan de exagerar lo más posible para que uno
al verlas diga “no mames, es una novela pero así me siento yo, totalmente… Sí,
así soy… Y esa pinche chismosa es igual que las vecinas… ¿Cuándo llegará mi
Fernando Colunga?” y a veces uno termina pasando por alto la primer parte, el
reconocimiento de que se trata de una representación basada en la
emocionalidad.
Ambos
productos (una excelente película y una novela cualquiera) forman parte de esa
nata de narraciones. Una nata motivada, por así decirlo, en un estira y afloja
entre la producción de material audiovisual que “refleja” la historia de
nuestros días y la aparición de nichos de mercado que desean recibir tales
mamadas. Aunque, bueno, de repente aparecen excelentes obras entre tanta
mamarrachada.
El
tema de los cholos, por ejemplo, que siempre tiene una buena fracción en la
producción videohomíl, va reculando poco a poco con la aparición de títulos
dedicados al narco. Es lo que vende ahora. El movimiento alterado. El mafioso
sinaloense que se da una vida de lujo y glamour. El cuerno de chivo. El reloj
de diamantes.
Nada
de lo anterior es parte de la vida común del mexicano, representa una
aspiración solamente. La nata mediática se forma de relatos, espejismos y
sueños. A lo que Calderón de la Barca se refiriera con “la vida es sueño y los
sueños sueños son”.



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