Los idiomas de las personas
Luis Enrique Anguiano Torres
Una
oficina ordinaria de esas que rentan las compañías. Fotos de gente junto a
maquinaria de construcción. Un par de cascos de protección a un lado de la
puerta. Una docena de hombres y una secretaria. Al centro, una mesa con algunos
refrescos, platos, servilletas, cucharas y un pastel en forma de rosca decorado
con frutos secos. Es el cumpleaños del arquitecto en jefe y toda la oficina
está ahí.
La
atención recae en la voz de la secretaria quien empieza a pedir orden “…Orden
todos, por favor.” –Silencio no muy sepulcral– El ingeniero se levanta de su
asiento y dice unas palabras en tono ceremonioso: “Colegas, compañeros,
señorita… Agradezco hoy el que estén aquí, acompañando a éste su servidor en mi
cumpleaños. Quiero decirle al licenciado Díaz que es un excelente colaborador y
el pastel es un gran detalle de su parte. Reitero mi agradecimiento a todos y
cada uno de ustedes, son un excelente equipo, un aplauso para todos los aquí
presentes y ya, sin más preámbulos, adelante con la primer rebanada… Lupita, si
me hace el favor…”
Los
aquipreséntes aplauden y Lupita, la secretaria que pidió orden prestidigita un
cuchillo de pala. Todos en la sala continuaron la charla y aparecieron algunas
risas. El arquitecto comienza a cuchichear y a reír a carcajadas con alguien
que se sienta a un lado. Hablan sobre asuntos del vulgo como dos ciudadanos
normales. Grupúsculos de comensales dialogan sobre temas que no son de la
oficina. Ríen, bromean.
Una
llamada. Todos callan; es el teléfono de la compañía. El cumpleañero se
levanta, carraspea un poco la voz y responde el teléfono con voz firme y
oficial. “Hernández… Sí… Sí licenciado… El avance se contempla que para octubre
esté todo concretado… Sí, la lista de colaboradores decrece y… Sí, el tiempo
apremia, claro… No, no es necesario, las condiciones de desarrollo se han
vuelto positivas…”
Los
aquipreséntes se miran entre sí. Se oye algún cuchicheo que es escudriñado por
una mirada de pistola proveniente de los ojos marrones del cumpleañero.
“…Claro
licenciado, cuente usted con eso… Claro, buen día… A usted…” y el cumpleañero cuelga
el auricular. Camina rumbo al asiento que dejó hace un instante, trae una
cavilación atorada al cincuenta por ciento. Se deja caer en la silla de manera
pesada. Su anterior interlocutor, un señor de corbata gris y lentes
amarillentos ya algo entrado en años pregunta “¿Era Genaro?” a lo que el
cumpleañero le responde “Sí ca’on… Ese hijo de la chingada le va a dar en la
madre al proyecto… ¿Tú crees? Le habla a Manríquez y le dice que los periodos
de construcción se adelantan para junio, y el muy cabrón lo aprueba todavía,
como si tuviéramos la suficiente maquinaria y el tiempo para andar haciendo
pinches carreteras donde sea…”
Estresado,
el arquitecto mueve la cabeza en señal de negación. Golpea ligeramente sus
rodillas con las manos abiertas y suelta un enérgico “En fin…”. Levanta la
cabeza, mirando a todos los aquipreséntes y dice “¿Qué? ¡Todavía no me muero!
¡Órale, sírvanse! ¿O esperan que les sirva yo?” acto seguido sigue carcajeando,
secundado por las risas ahora un poco nerviosas de los aquipreséntes. La
tertulia se reanuda.
Entre
el estanque de voces se escucha algún “sssse–hijo’esuputamadre…” o algún
“…pinches deslaves con las lluvias…” o algún furtivo “…calcular el peso del
puente…” en un parloteo mixto, entreverado de tecnicismos y vulgaridades. Un
coctel lingüístico que lo mismo arroja frutos meramente políticos como el
ceremonioso agradecimiento del ingeniero o más personales como la queja que
escuchó el señor de los lentes amarillentos. En una fracción de hora, la retórica
será muy distinta. Pongan atención:
Los
aquipreséntes comienzan a regresar a sus escritorios después de una fracción de
hora y la oficina se llena de un momentáneo y no muy grave ajetreo. Algunos en
ropa de trabajo se catean los bolsillos y revisan sus herramientas. Los de
camisa y corbata intercambian números y pendientes. Alguien había escondido un
teodolito detrás de la puerta y está preguntando por el odómetro. Otro más le
grita a un sujeto de gafas obscuras y tez morena si el GPS está calibrado
correctamente. La secretaria pregunta a alguien sobre las circulares del departamento
tal y el oficio cinco de la zona quince.
La
vida en la oficina se reanuda y en pocos minutos del festejo habrá algunas
risas reminiscentes entre dos o tres trabajadores. Personas ordinarias con una
preparación extensiva que les permite hablar el idioma del carnicero y del
herrero, pero también del político, del laboratorista y del burócrata, del
amigo y de la familia. Todos ellos imbuidos en el mismo lenguaje, el español de
toda la vida invadido por anglicismos y barbarismos. Capas de compatibilidad
lingüística creadas por una raíz empírica que sale desde lo más individual de
todos los aquipreséntes.
No
es evidente al principio, pero una observación más a detalle y un poco de
lógica nos dictan que cada uno de ellos habla idiomas extra que no suele
compartir con sus compañeros de la oficina; El resto no lo sabe, pero el del
sombrero habla el idioma cholo y aquel del bigotito habla el idioma del narco,
la secretaria habla el idioma de los músicos y el del chaleco habla el de los
motociclistas.
Quién
sabe, igual y entre ellos hay alguno que hasta hable inglés…


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