domingo, julio 28, 2013

EL IZCUINTLE: Los idiomas de las personas


Los idiomas de las personas

Luis Enrique Anguiano Torres


Una oficina ordinaria de esas que rentan las compañías. Fotos de gente junto a maquinaria de construcción. Un par de cascos de protección a un lado de la puerta. Una docena de hombres y una secretaria. Al centro, una mesa con algunos refrescos, platos, servilletas, cucharas y un pastel en forma de rosca decorado con frutos secos. Es el cumpleaños del arquitecto en jefe y toda la oficina está ahí.
La atención recae en la voz de la secretaria quien empieza a pedir orden “…Orden todos, por favor.” –Silencio no muy sepulcral– El ingeniero se levanta de su asiento y dice unas palabras en tono ceremonioso: “Colegas, compañeros, señorita… Agradezco hoy el que estén aquí, acompañando a éste su servidor en mi cumpleaños. Quiero decirle al licenciado Díaz que es un excelente colaborador y el pastel es un gran detalle de su parte. Reitero mi agradecimiento a todos y cada uno de ustedes, son un excelente equipo, un aplauso para todos los aquí presentes y ya, sin más preámbulos, adelante con la primer rebanada… Lupita, si me hace el favor…”
Los aquipreséntes aplauden y Lupita, la secretaria que pidió orden prestidigita un cuchillo de pala. Todos en la sala continuaron la charla y aparecieron algunas risas. El arquitecto comienza a cuchichear y a reír a carcajadas con alguien que se sienta a un lado. Hablan sobre asuntos del vulgo como dos ciudadanos normales. Grupúsculos de comensales dialogan sobre temas que no son de la oficina. Ríen, bromean.
Una llamada. Todos callan; es el teléfono de la compañía. El cumpleañero se levanta, carraspea un poco la voz y responde el teléfono con voz firme y oficial. “Hernández… Sí… Sí licenciado… El avance se contempla que para octubre esté todo concretado… Sí, la lista de colaboradores decrece y… Sí, el tiempo apremia, claro… No, no es necesario, las condiciones de desarrollo se han vuelto positivas…”
Los aquipreséntes se miran entre sí. Se oye algún cuchicheo que es escudriñado por una mirada de pistola proveniente de los ojos marrones del cumpleañero.
“…Claro licenciado, cuente usted con eso… Claro, buen día… A usted…” y el cumpleañero cuelga el auricular. Camina rumbo al asiento que dejó hace un instante, trae una cavilación atorada al cincuenta por ciento. Se deja caer en la silla de manera pesada. Su anterior interlocutor, un señor de corbata gris y lentes amarillentos ya algo entrado en años pregunta “¿Era Genaro?” a lo que el cumpleañero le responde “Sí ca’on… Ese hijo de la chingada le va a dar en la madre al proyecto… ¿Tú crees? Le habla a Manríquez y le dice que los periodos de construcción se adelantan para junio, y el muy cabrón lo aprueba todavía, como si tuviéramos la suficiente maquinaria y el tiempo para andar haciendo pinches carreteras donde sea…”
Estresado, el arquitecto mueve la cabeza en señal de negación. Golpea ligeramente sus rodillas con las manos abiertas y suelta un enérgico “En fin…”. Levanta la cabeza, mirando a todos los aquipreséntes y dice “¿Qué? ¡Todavía no me muero! ¡Órale, sírvanse! ¿O esperan que les sirva yo?” acto seguido sigue carcajeando, secundado por las risas ahora un poco nerviosas de los aquipreséntes. La tertulia se reanuda.
Entre el estanque de voces se escucha algún “sssse–hijo’esuputamadre…” o algún “…pinches deslaves con las lluvias…” o algún furtivo “…calcular el peso del puente…” en un parloteo mixto, entreverado de tecnicismos y vulgaridades. Un coctel lingüístico que lo mismo arroja frutos meramente políticos como el ceremonioso agradecimiento del ingeniero o más personales como la queja que escuchó el señor de los lentes amarillentos. En una fracción de hora, la retórica será muy distinta. Pongan atención:
Los aquipreséntes comienzan a regresar a sus escritorios después de una fracción de hora y la oficina se llena de un momentáneo y no muy grave ajetreo. Algunos en ropa de trabajo se catean los bolsillos y revisan sus herramientas. Los de camisa y corbata intercambian números y pendientes. Alguien había escondido un teodolito detrás de la puerta y está preguntando por el odómetro. Otro más le grita a un sujeto de gafas obscuras y tez morena si el GPS está calibrado correctamente. La secretaria pregunta a alguien sobre las circulares del departamento tal y el oficio cinco de la zona quince.
La vida en la oficina se reanuda y en pocos minutos del festejo habrá algunas risas reminiscentes entre dos o tres trabajadores. Personas ordinarias con una preparación extensiva que les permite hablar el idioma del carnicero y del herrero, pero también del político, del laboratorista y del burócrata, del amigo y de la familia. Todos ellos imbuidos en el mismo lenguaje, el español de toda la vida invadido por anglicismos y barbarismos. Capas de compatibilidad lingüística creadas por una raíz empírica que sale desde lo más individual de todos los aquipreséntes.
No es evidente al principio, pero una observación más a detalle y un poco de lógica nos dictan que cada uno de ellos habla idiomas extra que no suele compartir con sus compañeros de la oficina; El resto no lo sabe, pero el del sombrero habla el idioma cholo y aquel del bigotito habla el idioma del narco, la secretaria habla el idioma de los músicos y el del chaleco habla el de los motociclistas.
Quién sabe, igual y entre ellos hay alguno que hasta hable inglés…

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