domingo, junio 23, 2013

EL IZCUINTLE: La masculina obligación del deber.


La masculina obligación del deber

Luis Enrique Anguiano Torres


Uno como hombre tiene bastantes deberes: debe ser independiente o debe ser proveedor. Debe afrontar, debe hablar, debe dar la cara, debe dar mantenimiento a la casa, debe la mensualidad del coche, debe hacer fila para el re-emplacado, debe firmar el contrato del teléfono, debe educar al niño para hacerlo un hombre de verdad o debe de poner lo mejor de su parte si el niño no tiene rastro de que le gusten las niñas.
El hombre debe un chingo de cosas. Uno nace ya sin la torta bajo el brazo; ésta ha sido sustituida por una pequeña lista con las cosas que debe cumplir a lo largo de su vida si es que quiere ser un hombre de verdad. Un triunfador de nuestros tiempos.
Aún al más rebelde le entran ganas de un poco de comodidad cotidiana ¿Les repito el monólogo de Renton? “Lo deseo, quiero ser igual que ustedes…” ¿Lo recuerdan, no? Cuando va por la calle con los fajos de billetes y va pensando en el coche, la casa, el plan dental, el perro, el “seguir adelante hasta el día que te cargue la chingada”.
Pues, más o menos a eso me refiero. A que uno como hombre debe hacer y cumplir con una ristra de requisitos. El problema es que para cumplir con algunos puntos en la lista que traías en el sobaco cuando apareciste entre las piernas de tu madre, es necesario endeudarte porque simplemente no se puede tener todo y pagar de un madrazo el coche.
Los que lo hacen, son otro tipo de hombres. No es que sean menos o más hombres o que su hombría esté en duda. Son otra especie y ya. Son vatos con los que no te debes meter. Son gente que reacciona de malas maneras. Son narquillos. Son hijos de papi. Son mirreyes. Lavan dinero o su familia lo hace. Hacen “chambas”. Se chingaron a alguien. A ese otro tipo de hombres me refiero. A “los que están por encima”.
¿Qué tienen en común todos esos güeyes aparte de cierto halo de superioridad? ¿Por qué son necesariamente más hombres que uno? ¿Por ser más violentos, más agresivos o por tener una ventaja tan de peso y a la vez tan simbólica y etérea como es el dinero? Todos esos cabrones sienten que han venido a este mundo cobrando, no debiendo. Que son los que dicen que tienen las riendas de la casa y del mundo.
El policía que es capaz de hacer obedecer al infractor. El papichulo que amenazó con cerrar tu restaurant. El narco que tiene propiedades de proporciones más bien pantagruélicas y un sentido de la ostentación mal educado. Esos güeyes no deben nada y lo que deben seguir no lo siguen. Siguen siendo hombres, pero sin los deberes del hombre común. Sin seguir el camino de la gran mayoría.
A ellos debes guardarles algo de distancia. A menos, claro, que seas un trepador social, un lamehuevos, igual de falto de valores que esos cabrones, en cuyo caso déjame decirte que ya no habría mucha diferencia. Retomando nuestro punto, vaya, son hombres de otra naturaleza. El humano es curioso, pero también es precavido y desconfiado: no se fía del otro. Los que se fían del otro a la primera terminan jodidos.
Es lo que la historia muestra. Hubo un periodo de la humanidad en que todo mundo era Europa: tierras conquistadas, terrenos ganados, naciones saliendo de la tierra al amparo de banderas ajenas. De gente que venía de allá, de donde no sale el sol, donde no hay calor. Donde la sangre nunca se sacrificó por un amor.
Los que les extendieron la mano se chingaron. Los pasaron a putear. Los robaron, los despojaron, los relegaron. Les quitaron derechos y arruinaron la virtud de sus culturas.
Si te confías, te carga la chingada. Si abres las puertas para que el desconocido entre, probablemente te quedes sin comida. Sin espacio. Sin comodidades.
Por eso es que debes ser precavido y no abrir la puerta a cualquiera. Ah, pero para eso debes saber quién es cualquiera y quién no lo es. Debes leer el periódico cada mañana –que aunque a muchos les parezca extraño, siguen siendo una forma bien organizada de compilar información– y debes estar al tanto de las noticias.
Debes esto, debes lo otro, debes aquello. ¿Gustas comprar una camisa en oferta y a pagos sin que te genere intereses? Ah pues, primero debes contar con una línea de crédito. Debes tramitar tu tarjeta de crédito. Debes validar que la tarjeta es tuya y al final le deberás al banco como el triple de lo que pensabas gastar inicialmente.
Ni modo. Deberás trabajar para pagar esa deuda ¿Cómo es posible que debas tanto? ¿Qué imagen estás dando al mundo y de qué manera estás manchando tu apellido al no cumplir con tus deberes? No, no. Debes trabajar, debes cuidar de tu familia. Debes tratarlos bien, comprarte una vagonetita en la que quepan todos y debes llevártelos a pasear de cuando en cuando ¿Sabes? Para que no te abandones mucho al trabajo ¡Ah! Pero eso sí, debes estar el lunes a primera hora con ese informe que te encargué.
Deber, deber, deberes por todos lados.
Recuerdo que hace algunos ayeres había pensado algo sobre las pruebas de la existencia del sujeto individual. Ahora pienso que tanto pinche deber no existe a lo pendejo y que si lo hay es porque se está exigiendo algo a alguien. Así que sí; somos algo, existimos. Somos hombres, aún si somos unos payasos.

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