La masculina obligación del deber
Luis Enrique Anguiano Torres
Uno
como hombre tiene bastantes deberes: debe ser independiente o debe ser
proveedor. Debe afrontar, debe hablar, debe dar la cara, debe dar mantenimiento
a la casa, debe la mensualidad del coche, debe hacer fila para el re-emplacado,
debe firmar el contrato del teléfono, debe educar al niño para hacerlo un
hombre de verdad o debe de poner lo mejor de su parte si el niño no tiene
rastro de que le gusten las niñas.
El
hombre debe un chingo de cosas. Uno nace ya sin la torta bajo el brazo; ésta ha
sido sustituida por una pequeña lista con las cosas que debe cumplir a lo largo
de su vida si es que quiere ser un hombre de verdad. Un triunfador de nuestros
tiempos.
Aún
al más rebelde le entran ganas de un poco de comodidad cotidiana ¿Les repito el
monólogo de Renton? “Lo deseo, quiero ser igual que ustedes…” ¿Lo recuerdan,
no? Cuando va por la calle con los fajos de billetes y va pensando en el coche,
la casa, el plan dental, el perro, el “seguir adelante hasta el día que te
cargue la chingada”.
Pues,
más o menos a eso me refiero. A que uno como hombre debe hacer y cumplir con
una ristra de requisitos. El problema es que para cumplir con algunos puntos en
la lista que traías en el sobaco cuando apareciste entre las piernas de tu
madre, es necesario endeudarte porque simplemente no se puede tener todo y
pagar de un madrazo el coche.
Los
que lo hacen, son otro tipo de hombres. No es que sean menos o más hombres o
que su hombría esté en duda. Son otra especie y ya. Son vatos con los que no te
debes meter. Son gente que reacciona de malas maneras. Son narquillos. Son
hijos de papi. Son mirreyes. Lavan dinero o su familia lo hace. Hacen “chambas”.
Se chingaron a alguien. A ese otro tipo de hombres me refiero. A “los que están
por encima”.
¿Qué
tienen en común todos esos güeyes aparte de cierto halo de superioridad? ¿Por
qué son necesariamente más hombres que uno? ¿Por ser más violentos, más
agresivos o por tener una ventaja tan de peso y a la vez tan simbólica y etérea
como es el dinero? Todos esos cabrones sienten que han venido a este mundo
cobrando, no debiendo. Que son los que dicen que tienen las riendas de la casa
y del mundo.
El
policía que es capaz de hacer obedecer al infractor. El papichulo que amenazó
con cerrar tu restaurant. El narco que tiene propiedades de proporciones más
bien pantagruélicas y un sentido de la ostentación mal educado. Esos güeyes no
deben nada y lo que deben seguir no lo siguen. Siguen siendo hombres, pero sin
los deberes del hombre común. Sin seguir el camino de la gran mayoría.
A
ellos debes guardarles algo de distancia. A menos, claro, que seas un trepador
social, un lamehuevos, igual de falto de valores que esos cabrones, en cuyo
caso déjame decirte que ya no habría mucha diferencia. Retomando nuestro punto,
vaya, son hombres de otra naturaleza. El humano es curioso, pero también es
precavido y desconfiado: no se fía del otro. Los que se fían del otro a la
primera terminan jodidos.
Es
lo que la historia muestra. Hubo un periodo de la humanidad en que todo mundo
era Europa: tierras conquistadas, terrenos ganados, naciones saliendo de la
tierra al amparo de banderas ajenas. De gente que venía de allá, de donde no
sale el sol, donde no hay calor. Donde la sangre nunca se sacrificó por un
amor.
Los
que les extendieron la mano se chingaron. Los pasaron a putear. Los robaron,
los despojaron, los relegaron. Les quitaron derechos y arruinaron la virtud de
sus culturas.
Si
te confías, te carga la chingada. Si abres las puertas para que el desconocido
entre, probablemente te quedes sin comida. Sin espacio. Sin comodidades.
Por
eso es que debes ser precavido y no abrir la puerta a cualquiera. Ah, pero para
eso debes saber quién es cualquiera y quién no lo es. Debes leer el periódico cada
mañana –que aunque a muchos les parezca extraño, siguen siendo una forma bien
organizada de compilar información– y debes estar al tanto de las noticias.
Debes
esto, debes lo otro, debes aquello. ¿Gustas comprar una camisa en oferta y a
pagos sin que te genere intereses? Ah pues, primero debes contar con una línea
de crédito. Debes tramitar tu tarjeta de crédito. Debes validar que la tarjeta
es tuya y al final le deberás al banco como el triple de lo que pensabas gastar
inicialmente.
Ni
modo. Deberás trabajar para pagar esa deuda ¿Cómo es posible que debas tanto?
¿Qué imagen estás dando al mundo y de qué manera estás manchando tu apellido al
no cumplir con tus deberes? No, no. Debes trabajar, debes cuidar de tu familia.
Debes tratarlos bien, comprarte una vagonetita en la que quepan todos y debes
llevártelos a pasear de cuando en cuando ¿Sabes? Para que no te abandones mucho
al trabajo ¡Ah! Pero eso sí, debes estar el lunes a primera hora con ese
informe que te encargué.
Deber,
deber, deberes por todos lados.
Recuerdo
que hace algunos ayeres había pensado algo sobre las pruebas de la existencia
del sujeto individual. Ahora pienso que tanto pinche deber no existe a lo
pendejo y que si lo hay es porque se está exigiendo algo a alguien. Así que sí;
somos algo, existimos. Somos hombres,
aún si somos unos payasos.


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