Suciedad, cine, depravación; La existencia
bajo el proyector
Alfredo Padilla
“Le
pido al cine lo que muchos estadounidenses
le piden a las drogas psicodélicas.”
Alejandro Jodorowsky
El hecho de ver
cine, en lo personal, es un acto que apela a los artilugios de la fullería y el
engaño, creo irreductiblemente, en que resignarse a las ilusiones más soeces
por medio de una pantalla de 9×19.7 o de un televisor convencional, es una
completa argucia, invoco en todo caso a los embates de la pragmática. Sin
embargo, amo tercamente la estética del film, su lenguaje, su fotografía y sumontaje.
El cine, además de ser una fuente de entretenimiento –reparando en la
obviedad-, es una droga del-etérea, un vicio que me ha incomunicado con el
resto de la humanidad. Recuerdo que cuando era joven y taimado, me inicié en la
adusta religión de ver al menos una descomedida película todos los días, de
aquel efebo pasón de cine obsceno, rememoro mis inaugurales flirteos con Harris
Glenn Milstead, actor y cantante estadounidense, especialmente conocido por su
caracterización como la drag-queen Divine,
quien participó en 18 escabrosos metrajes de la mano de directores sediciosos
como Michael Schroeder, Alan Rudolph, Paul Bartel, Malcom Whitehead, y el
actor, escritor y fotógrafo John Watters, con quien Divine trabajó como actor
fetiche en nueve largometrajes: Roman
Candles (1966), EatYourMake Up
(1968), Mondo Trasho (1969), MultipleManiacs (1970), The Diane LinklettterStory (1970), Pink Flamingos (1972), FemaleTrouble (1974) y Polyester (1974).
De esta dupla Divine-Watters se acentúa Pink Flamingos considerada como una de las cintas más insinuantes
del cine empírico, en donde Divine es la "persona más inmunda del
mundo". Por esta razón, una pareja heterosexual que suministra heroína en
los colegios y roba bebés para dárselos en adopción a parejas lesbianas, tiene
envidia de su título, y hace todo lo posible por quitárselo.
Recuerdo el guión de Pink Flamingos como una Biblia misma de
mi pasado barroco: “Te quiero más de lo que quiero a mi propia mierda”, “puede
comer mierda por lo que a mí respecta, Miss Sandstone... O tragarse cualquier
otra cosa que le apetezca. No ha asumido que no me interesan sus problemas”. John
Waters es un director que pone en vergüenza al propio Ed Wood, su cine es
imperfecto y alborotador, dos adjetivos que en mi sensatez, representan la
principal carta de presentación de un filmmaker.
Después de Watters aparecerían guionistas y directores de la misma calaña,
en mis tiempos de patinetas y desencanto, de cuando no podía consumar ni un
puto olie, en la época en que teñía mi cabello de coloraciones y perfeccionaba
el onanismo, surgieron Harmony Korine y su máquina de escribir para componer el
libreto de Kids (1995), película
dirigida por el fotógrafo y cineasta Larry Clark, que consiguió exhibir justo
lo que un joven de 20 años ambicionaba ver a través de una roñosa pantalla de
cine en los años 90, drogados hasta el culo y con la lengua de una rubia entre
las piernas.
La película lo tiene todo: Skateboarding,
malversaciones, drogas y sexo casual. El argumento se centra en la historia de Telly,
un joven de 17 años que suele acostarse sin protección con sus amigas vírgenes.
Casper, -el mejor amigo de Telly-, es quien representa el mayor índice de
perdición en las drogas. Una pareja ideal para mostrar la realidad social de
los Estados Unidos. La trama principal se da cuando Jennie –amiga de Telly-,
confiesa que es portadora del virus del SIDA, y que fue Telly quien le ha
transmitido dicha enfermedad. Toda esta confabulación indivisamente
condimentada con exquisitas referencias a los trabajos cinematográficos de
Martin Scorsese y Gus Van Sant, de quienes sus Goodfellas (1990) y Elephant
(2003) respectivamente, no me dejarían dormir en años.
Posteriormente volcó el
cine-clona-zepam de Werner Herzog y mi himeneo deslumbrado con Klaus Kinski,
coprolálico actor alemán adicto al sexo y la perfección, de un carácter
irascible, especialista en hacer enemigos. Kinski trabajó al lado del director
alemán en cinco metrajes: Aguirre, Der
Zorn Gottes (1972), Woyzeck
(1979), Nosferatu: Phantomder Nacht (1979),
Fitzcarraldo (1982) y Cobra Verde (1987). Herzog relata en el
documental Meinliebster Feind (1999) esa relación de amistad-amor-odio
que llegó incluso al enfrentamiento físico y las amenazas de muerte por parte
de ambos.
Una de las secuencias más poéticas y horripilantes que se haya filmado en
la indisoluble historia del cine, proviene justamente de La Tragedia de Franz
Woyzeck, cinta basada en la obra teatral berlinesa de Georg Büchner en donde Woyzeck
es un soldado sumiso, cuya esposa permanece en casa junto a su hijo recién
nacido. El soldado gana algo de dinero extra con servicios especiales para su
capitán, y la cooperación en experimentos del “Señor Doctor”, dichos
experimentos exigen de él una dieta de frijoles y el consumo de pastillas
privativas, lo que lo convierten en un ser cada vez más débil. Cuando se entera
de que su mujer lo engaña con el cabo de su compañía, enloquece, la asesina y a
la postre se suicida.
La escena final está dotada de una belleza imprescindible, Woyzeck (Klaus Kinski)
asesta con un cuchillo de cocina el cuerpo de Marie, (Eva Mattes), en los
parajes de un fastuoso paisaje teutón, en donde únicamente el murmullo de un
riachuelo irrumpe el temperamento del soldado, que acuchilla con furor a su
mujer al compás de la música de Fidel Quartett Telč y Harald Maudy.
No fue hasta una mañana del actual tercer milenio en que conocí a uno de
los cineastas que más ha influenciado en mi trabajo. Mientras un cúmulo de
personas saltaban de las Torres Gemelas al momento en que éstas ardían en
llamas, yo vislumbraba a través de la pantalla grande la obra tardía de un
rabioso argentino radicado en Francia, su obra está entregada a la provocación,
de una violencia sublime y un guión envidiable.
No tengo recuerdos de alguna otra
película que me haya quitado el habla por completo y me hiciera evacuarme en
mis pantalones, un metraje de una belleza sobrehumana como lo es Carne (1991) short film o carta de presentación
de Gaspar Noé en el cual presenta la historia de un carnicero
francés (Philippe Nahon)
que vive solo con su hija luego de ser abandonado por la madre de ésta. Un día
la niña tiene su primera regla y corre hasta la carnicería de su padre, que, al
ver la sangre, cree que la pequeña ha sido violada. Éste sale enfurecido de la
tienda y termina agrediendo a un inocente. La niña es internada y él encerrado
en prisión. Al salir, años después, intentará empezar una nueva vida junto a
otra mujer que queda embarazada. Ambos se van a vivir fuera de París con la
madre de ella. Harto de su situación familiar, su actual trabajo y agitado por
pensamientos de violencia y destrucción, termina agrediendo brutalmente a su
mujer. Esa misma noche se decide a retornar a París, donde se propone empezar
de nuevo. Sin embargo, el mundo con el se que topa mientras recorre la ciudad
en busca de trabajo lo predispondrán a la violencia.
Comparecerían inmediatamente un sin
número de artistas visuales, directores de cine y libretistas a cubrir el papel
de dealer particular de mis madrugadas
en vigilia, artífices insubordinados como Dusan Makavejev, KoenMortier, György Pálfi, Steve Mcqueen, Paul McGuigan, Sean
Ellis, Jonas Åkerlund, Leos Carax y
Richard Bates Jr. Entre otros, cuyos nombres sólo entorpecen la coordinación de
este texto y hacen escalar mi ego. John Cassavetes decía que el cine es una
investigación sobre nuestras vidas. Sobre lo que somos. Sobre nuestras
responsabilidades –si las hay- Sobre lo que estamos buscando. Yo que soy un
perdido, aún espero en esta pesquisa, en este acto de existir en el cine, tropezarme
conmigo.
“Yo no soy un
perverso soy un curioso de esta fuerza enorme que está en mí.” Alfredo Padilla
es narrador, periodista cultural y orgulloso papá de André. Estudió
comunicación en San Luis Potosí. Escribe sobre literatura, música y cine para
varias revistas y periódicos del país. Twitter: @_PadillaAlfredo.

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