Holy
Motors; La monotonía del trabajo
Martín García López
A Epifanía, quien salvó mi verano
¡Manda a esos coreanos al diablo!
Mi amiga Epifanía lleva 6
meses trabajando en una empresa. Literalmente le vendió el alma a unos
coreanos; su trabajo es el de enseñarles un español básico para que ellos sigan
subiendo puestos dentro de la empresa. En su día de descanso me invitó a su casa
y aprovechando, vimos la película de Holy
Motors del director Leos Carax y protagonizada por Denis Lavant y Édith
Scob. Ahora, que recuerdo las escenas
bizarras y llenas de un apasionamiento francés, analizo, o me viajo en el
intento de metaforizar la película con lo cotidiano de la sociedad, me
pregunto: ¿cómo es que el hombre vende su alma en la monotonía de un eterno
devenir? Porque no se sabe en qué punto uno deja de pertenecerse y le pertenece
a la empresa.
Holy
Motors inicia con
Oscar, un hombre de mediana edad que sale de su hogar con la intención de ir a
trabajar. Viste con un traje y en las afueras de su casa, se encuentra Céline,
su chofer, quien espera en una limosina blanca. Oscar ingresa al auto, revisa
unos archivos y es avisado por Céline, que él tiene nueve citas importantes ese
día. Las primeras escenas, enfocada particularmente en la imagen de un hombre
de negocio es destruida cuando de la limosina sale una vieja mendiga a pedir
dinero en las calles. ¿Cuál es el trabajo de Oscar? Él tiene la oportunidad de
ser varias personas; durante la película lo acompañaremos en su serie de transformaciones,
nueve exactamente.
En cada caso veremos una
historia y él, será un hombre completamente distinto, desde un padre que protege
y cuida a su hija, hasta un loco que secuestra a una modelo. Parece ser a
primera vista el mejor trabajo del mundo. Oscar hace lo que ama, actuar. Todos
los días es diferentes hombres en diferentes situaciones, haciendo de esto una
serie de encadenamientos para la vida de otros, quienes al parecer lo necesitan
y por eso lo contratan. Sólo que Oscar no es dueño de su propia vida.
Epifanía y yo vimos la
película atentos, seducidos por la intensidad francesa. Sus diálogos cargados
de una melancolía casi arrolladora y su surrealismo tenue, que nos iba hundiendo
dentro de lo absurdo, un hermoso absurdo que se convertía en distinto hombre al
lado de Oscar. Fue asombro entender que este actor, quien interpreta a cada uno
de los 9 individuos, no es en realidad ninguno, ni siquiera, él mismo. Ha
perdido lo que lo hace único y se ha convertido en una herramienta para una
corporación llamada Holy Motors.
Dicha compañía posee una
serie de limosinas blancas que se mueven por las calles de Francia. Adentro de
cada limosina se encuentra un actor que se maquilla, se viste y se convierte en
el individuo necesario para cierto acontecimiento, dándole así una seriedad de
causa y efecto con el fin de que la sociedad tenga, no sólo de qué sorprenderse
sino también algo con qué romper la rutina. ¿Qué es de los actores que trabajan
en Holy Motors? Como en Men in Black,
han perdido su identidad al ingresar a su trabajo. Están rodeados de una magia
que les permite sobrevivir al caos de la ciudad, la violencia y el desamor, con
la finalidad de dar estos privilegios que ellos han perdido a otros. Han
vendido su alma a una empresa.
Acompañé a Epifanía a su
trabajo durante esta semana. Todos los días en el camión que nos llevaba a la
carretera que sale a San Luis Potosí, se subían unos payasos. Ellos hacían una
serie de chistes homosexuales-misóginos que la primera vez que oímos, nos
causaron cierta risa, después, nos dimos cuenta al observarlos que repetían los
mismo chistes, a la misma hora, en el mismo lugar. De tanto decirlo se había
muerto la gracia y no sólo eso, sino que ahora al observarlos entendíamos que
ni siquiera ellos gozaban de la comedia que hacían en los camiones. Se habían
convertido en hombres grabadoras que repetían y repetían y repetían.
Epifanía me dijo, que esa
monotonía de vida, de ir de 6 a 8 a la empresa a enseñar el odioso verbo
“tener” a los coreanos, la había cansado. Recordó en ese instante a Oscar, y los
dos, en el camino que nos llevaba a su trabajo entendimos. Uno se acostumbra a
eso, lo hace repetidamente, como si se cepillará los dientes antes de dormir o
como si se duchará antes de salir a la calle. Se vuelve cotidiano, aburrido.
Oscar, tiene el mejor trabajo del mundo, tiene todos los trabajos del mundo, es
todos los hombres del mundo pero está, como muchos hombres, harto de su
trabajo.



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