Las
Poquianchis
(1976) de Felipe Cazals
Arnulfo Valdez
La gente se acumula
alrededor de un hueco improvisado. Entre ellos la prensa nacional e
internacional, grita por medio de los flashes de sus camarógrafos asignados la
escena del crimen. Los civiles se alborotan y empiezan a calumniar a tres
mujeres apodadas “Las Poquianchis”, mientras un policía desentierra a una joven
carcomida por gusanos. Así es como empieza la película con la que Felipe Cazals
cierra su trilogía de la violencia (Canoa 1975) (El apando 1975) (Las
poquianchis 1976).
Felipe Cazals narra un
suceso que cambió el periodismo en México por el alto contenido de violencia de
tres mujeres que explotaban a grandes grupos del mismo sexo. Fueron bautizadas
con el mote de “Las Poquianchis” por sus enormes caderas, y éstas engañaban a
las familias prometiéndoles una buena vida estable para sus hijas y otras veces se las robaban, todo con el fin
de prostituirlas en estados como Guanajuato y Jalisco.
Estas madrotas obligaban a
sus mujeres a abortar si les salían embarazadas y a golpearse hasta la muerte
entre ellas, esto último con el fin de no volverse a embarazar y deshacerse de
las más viejas, pues ya no le servían en el trabajo. Cazals nos narra
cuestionando ambos lados a manera de “falso documental” como lo hizo en Canoa (1975) al exponer los testimonios
tanto de las victimas como de las victimarias. También hace una denuncia social
a las autoridades exponiendo el problema de los agraristas al ser violentados
por la quita de tierras por la delegación agraria.
¿Qué hace a este film uno
de culto? Como se comentó en el primer párrafo del texto, es el manejo preciso
para representar la violencia por parte de Cazals. A través de un buen empleo
de recursos estilísticos (encuadres, planos, movimientos de cámara), este
director nos regala secuencias llenas de una violencia tanto interna como una
animalesca colectiva, claro, sin perder ese estilo soft-gore; pues a comparación de Tarantino, que puede mostrarnos
como le quita la oreja a un policía, o mostrarnos un batazo justo en la cabeza
de un Nazi, el mexicano no se excede, minuciosamente nos regala una imagen
justa, sin pasar más allá del morbo y no bajarse a lo light; se mantiene, digamos, en esa imagen que nos dará un impacto
al verla explícitamente bien lograda.
Lo único que puede hacer
un poco pesada la película son sus constantes saltos de tiempo, ya que ésta se
narra como un “documental”, va hacia atrás y adelante, y luego en medio, al
final, y de nuevo al comienzo. Esto por su puesto, puede provocar confusión en
el espectador en cuanto al orden de los sucesos que se proyectan.
No obstante, el producto
final es una película llena de violencia. No hablo sólo de la violencia física,
sino la manifestación de ésta en general. Por ejemplo, la deshumanización de “Las
Poquianchis” gracias a las grandes
exageraciones que arremete la prensa contra éstas, y la comercialización de las
víctimas como objetos de venta para la infección social que es la comunicación
global.
Felipe Cazals nos regala
un aullido a cualquier forma de violencia aplicada por la gente alta, una
denuncia a todas las instituciones burocráticas por la violación de los
supuestos derechos del agrario y unos puntos suspensivos para abrir un
cuestionamiento a la resolución del caso.


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