sábado, junio 22, 2013

8MM: Las Poquianchis (1976) de Felipe Cazals.


Las Poquianchis (1976) de Felipe Cazals

Arnulfo Valdez


La gente se acumula alrededor de un hueco improvisado. Entre ellos la prensa nacional e internacional, grita por medio de los flashes de sus camarógrafos asignados la escena del crimen. Los civiles se alborotan y empiezan a calumniar a tres mujeres apodadas “Las Poquianchis”, mientras un policía desentierra a una joven carcomida por gusanos. Así es como empieza la película con la que Felipe Cazals cierra su trilogía de la violencia (Canoa 1975) (El apando 1975) (Las poquianchis 1976).
Felipe Cazals narra un suceso que cambió el periodismo en México por el alto contenido de violencia de tres mujeres que explotaban a grandes grupos del mismo sexo. Fueron bautizadas con el mote de “Las Poquianchis” por sus enormes caderas, y éstas engañaban a las familias prometiéndoles una buena vida estable para sus hijas  y otras veces se las robaban, todo con el fin de prostituirlas en estados como Guanajuato y Jalisco.
Estas madrotas obligaban a sus mujeres a abortar si les salían embarazadas y a golpearse hasta la muerte entre ellas, esto último con el fin de no volverse a embarazar y deshacerse de las más viejas, pues ya no le servían en el trabajo. Cazals nos narra cuestionando ambos lados a manera de “falso documental” como lo hizo en Canoa (1975) al exponer los testimonios tanto de las victimas como de las victimarias. También hace una denuncia social a las autoridades exponiendo el problema de los agraristas al ser violentados por la quita de tierras por la delegación agraria. 
¿Qué hace a este film uno de culto? Como se comentó en el primer párrafo del texto, es el manejo preciso para representar la violencia por parte de Cazals. A través de un buen empleo de recursos estilísticos (encuadres, planos, movimientos de cámara), este director nos regala secuencias llenas de una violencia tanto interna como una animalesca colectiva, claro, sin perder ese estilo soft-gore; pues a comparación de Tarantino, que puede mostrarnos como le quita la oreja a un policía, o mostrarnos un batazo justo en la cabeza de un Nazi, el mexicano no se excede, minuciosamente nos regala una imagen justa, sin pasar más allá del morbo y no bajarse a lo light; se mantiene, digamos, en esa imagen que nos dará un impacto al verla explícitamente bien lograda.
Lo único que puede hacer un poco pesada la película son sus constantes saltos de tiempo, ya que ésta se narra como un “documental”, va hacia atrás y adelante, y luego en medio, al final, y de nuevo al comienzo. Esto por su puesto, puede provocar confusión en el espectador en cuanto al orden de los sucesos que se proyectan.
No obstante, el producto final es una película llena de violencia. No hablo sólo de la violencia física, sino la manifestación de ésta en general. Por ejemplo, la deshumanización de “Las Poquianchis” gracias a las grandes exageraciones que arremete la prensa contra éstas, y la comercialización de las víctimas como objetos de venta para la infección social que es la comunicación global.
Felipe Cazals nos regala un aullido a cualquier forma de violencia aplicada por la gente alta, una denuncia a todas las instituciones burocráticas por la violación de los supuestos derechos del agrario y unos puntos suspensivos para abrir un cuestionamiento a la resolución del caso.

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