domingo, junio 09, 2013

EL IZCUINTLE: El rayo verde.


El rayo verde

Luis Enrique Anguiano Torres


Hay una película que se llama así. “El rayo verde”. Un compañero de mi clase de francés me la había recomendado hace ya algo de tiempo. No le entendí ni madres. Es de ese cine europeo lento, anquilosado, más pinche a vuelta de rueda que la infancia de Heidi. De esas películas que te hacen dudar sobre si el estúpido en turno eres tú, el director, el guionista, el que te la recomendó o todos.
No. Éste era diferente. No era una película francesa con intervenciones de suizas nudistas. Era otro rayo verde. Uno más… Ehm… Más pueblo. Todo fue un viernes…
La alarma sonó. Mis ojos ardieron con la luz del sol. Presioné el botón de “10 minutos más” y cuando la alarma empezó a chingar otra vez, decidí levantarme. Me incorporé buscando un pantalón. Olí la atmósfera de aire tibio y seco inundado por repelente para los pinches moscos. Bajé las escaleras. Apuré la cafetera con el agua y el grano molido. Preparo dos tazas de café y me pongo a leer las noticias de cada mañana. De repente noto que estoy solo en la cocina. Noto que mi novia no ha bajado. Pregunto “¿Quieres tu café sin leche?” No hay respuesta. Qué raro.
Subo al cuarto y ahí estaba, sobre el colchón. Despierta pero con un gesto de incomodidad. Tenía un dolor en el torso. Me acosté y la apapaché. El calor y sus brazos hicieron que me adormilara otra vez. Cuando abrí los ojos faltaban 10 minutos para mi hora de entrada ¡En la madre! Salí corriendo de mi casa.
Iba yo, en chinga hasta la parada y veo allá, lejos, una combi adelantada por tres cuartos de kilómetro. Desesperanzado, aminoré mi paso –ya qué pinches–. Saqué mi celular y le di play a Gorillaz.
A mi izquierda, a un tercio de kilómetro se levantaba una polvareda. Un vehículo blanco que aceleraba y brincaba en los baches de terracería. A medida que el vehículo se acercaba, mis lentes confirmaban, uno por uno, el polarizado color verde, el spoiler, los colgantes en el retrovisor, tapones de plástico cromado, faros modificados. El sonido de banda con bajos profundos rompe por un momento a “last living souls”. Una combi marca Volkswagen tuneada; más pinche auto del pueblo no se puede.
Desapareció por un momento, sus llantas rodaron en putiza sobre los adoquines de la colonia que alberga mi domicilio. Del otro lado de la manzana aparece otra combi de la misma línea, más normal y lenta que la otra. Comencé a sospechar que me tocaría viajar en esa, pero el pinche chofer se detuvo frente al Modelorama de la otra acera y se bajó, supongo que a desayunarse unas chelas. Me desconcerté. Era ya hora de entrar y aún no aparecía una primer combi que me llevara.
Segundos después, aparece la combi tuneada. Blanco con verde botella y Cuisillos a todo lo que da, motor viejo de ronroneo carrasposo y característico da la vuelta a la manzana, pasa sobre el puente con el acelerador a fondo y se detiene ante mi señal.
La maneja un cholo de lente obscuro, como debe ser. Me subo, todos responden a mi “buenos días” costumbre que apenas se ve por estos rumbos de Dios (q.e.p.d.).
Por las prisas e irle mentando la madre a la fracción parlamentaria que votó por darle continuidad a los gasolinazos no me fijo y me doy un chingadazote con el pasamanos en plena frente. Dejo caer mi gordo trasero sobre el asiento y una abuela joven me pregunta con interés algo que pudo ser “¿Te duele?” o “¿Estás bien?” o “¿Te cae bien Heidegger?”. El bajo del clímax de “last living souls” en mis audífonos y el bajo de “Peeeena traaaas penaaaaa,---- laaaasquedeeeestrozaaaan ‘mëëëë vëëë-ëh-daaaaaaahhh” aunado al ronroneo carrasposo del motor impiden que sepa qué es lo de la doña me pregunto. Le respondo un neutral “Nah, no duele mucho…”.
Extiendo mi mano con los ¡¡SIETE!! pesos de tarifa ya oficial ¡Puta madre! A diferencia de la combi que abordo, el pasaje no tiene nada de popular.
La combi arranca. Pero arranca, así, con huevos. El cholo que la maneja no me dijo que no había cinturones de seguridad ¡Puta madre! Voy a morir aquí. No traigo papel y lápiz en el que escribir que mi última voluntad ¡Fuck! ¿Qué dirá mi madre cuando sepa que su hijo yace, regado en abonos chiquitos, entre los escombros de una combi tuneada manejada por un cholo?
Me sigo sobando la frente y me doy cuenta que la combi ha hecho un trayecto de 10 minutos en poco más de 3. Ni ha subido gente. Me bajo tres cuadras delante de la casa de empeños. Soy el único que lo hace, todos los demás pasajeros siguen arriba, hasta la doña que preguntó por Heidegger. Me bajo con un “gracias” bien sonoro.
Antes de que de mi primer paso, la combi arranca en verguiza como lo hizo hace escasos minutos. En la defensa media caída tiene pintadas con letras cursivas medio malhechonas “El rayo verde”. Mote bien merecido y, por alguna razón, mucho mejor utilizado que en la pinche película francesa.
Vi la hora. 9:35. A tiempo para no llegar tarde y todo gracias a una combi tuneada. Mi día salvado por el poder de la expresión del pueblo. En los siguientes pasos rumbo a mi trabajo comencé a pensar, con un poco de dolor en el hueso de la chompa, que el valor de la cultura populachera es el poder sobreponerse a la alta cultura. Y así será siempre.

3 comentarios:

  1. Anónimo10:39 p.m.

    7 pesos? Recuerdo que yo pagaba 3.50

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  2. Wow!!! Esta es mi favorita, y eso que he leído muchas muy buenas. Feliz aniversario.

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  3. Anónimo8:56 p.m.

    Bien..... tos huracanados!!!

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