El rayo verde
Luis Enrique Anguiano Torres
Hay
una película que se llama así. “El rayo verde”. Un compañero de mi clase de
francés me la había recomendado hace ya algo de tiempo. No le entendí ni madres.
Es de ese cine europeo lento, anquilosado, más pinche a vuelta de rueda que la
infancia de Heidi. De esas películas que te hacen dudar sobre si el estúpido en
turno eres tú, el director, el guionista, el que te la recomendó o todos.
No.
Éste era diferente. No era una película francesa con intervenciones de suizas nudistas.
Era otro rayo verde. Uno más… Ehm… Más pueblo.
Todo fue un viernes…
La
alarma sonó. Mis ojos ardieron con la luz del sol. Presioné el botón de “10
minutos más” y cuando la alarma empezó a chingar otra vez, decidí levantarme. Me
incorporé buscando un pantalón. Olí la atmósfera de aire tibio y seco inundado
por repelente para los pinches moscos. Bajé las escaleras. Apuré la cafetera
con el agua y el grano molido. Preparo dos tazas de café y me pongo a leer las
noticias de cada mañana. De repente noto que estoy solo en la cocina. Noto que
mi novia no ha bajado. Pregunto “¿Quieres tu café sin leche?” No hay respuesta.
Qué raro.
Subo
al cuarto y ahí estaba, sobre el colchón. Despierta pero con un gesto de
incomodidad. Tenía un dolor en el torso. Me acosté y la apapaché. El calor y
sus brazos hicieron que me adormilara otra vez. Cuando abrí los ojos faltaban
10 minutos para mi hora de entrada ¡En la madre! Salí corriendo de mi casa.
Iba
yo, en chinga hasta la parada y veo allá, lejos, una combi adelantada por tres
cuartos de kilómetro. Desesperanzado, aminoré mi paso –ya qué pinches–. Saqué
mi celular y le di play a Gorillaz.
Desapareció
por un momento, sus llantas rodaron en putiza sobre los adoquines de la colonia
que alberga mi domicilio. Del otro lado de la manzana aparece otra combi de la
misma línea, más normal y lenta que la otra. Comencé a sospechar que me tocaría
viajar en esa, pero el pinche chofer se detuvo frente al Modelorama de la otra
acera y se bajó, supongo que a desayunarse unas chelas. Me desconcerté. Era ya
hora de entrar y aún no aparecía una primer combi que me llevara.
Segundos
después, aparece la combi tuneada. Blanco con verde botella y Cuisillos a todo
lo que da, motor viejo de ronroneo carrasposo y característico da la vuelta a
la manzana, pasa sobre el puente con el acelerador a fondo y se detiene ante mi
señal.
La
maneja un cholo de lente obscuro, como debe ser. Me subo, todos responden a mi
“buenos días” costumbre que apenas se ve por estos rumbos de Dios (q.e.p.d.).
Por
las prisas e irle mentando la madre a la fracción parlamentaria que votó por
darle continuidad a los gasolinazos
no me fijo y me doy un chingadazote con el pasamanos en plena frente. Dejo caer
mi gordo trasero sobre el asiento y una abuela joven me pregunta con interés
algo que pudo ser “¿Te duele?” o “¿Estás bien?” o “¿Te cae bien Heidegger?”. El
bajo del clímax de “last living souls” en mis audífonos y el bajo de “Peeeena
traaaas penaaaaa,---- laaaasquedeeeestrozaaaan ‘mëëëë vëëë-ëh-daaaaaaahhh”
aunado al ronroneo carrasposo del motor impiden que sepa qué es lo de la doña
me pregunto. Le respondo un neutral “Nah, no duele mucho…”.
Extiendo
mi mano con los ¡¡SIETE!! pesos de tarifa ya oficial ¡Puta madre! A diferencia
de la combi que abordo, el pasaje no tiene nada de popular.
La
combi arranca. Pero arranca, así, con huevos. El cholo que la maneja no me dijo
que no había cinturones de seguridad ¡Puta madre! Voy a morir aquí. No traigo
papel y lápiz en el que escribir que mi última voluntad ¡Fuck! ¿Qué dirá mi
madre cuando sepa que su hijo yace, regado en abonos chiquitos, entre los
escombros de una combi tuneada manejada por un cholo?
Me
sigo sobando la frente y me doy cuenta que la combi ha hecho un trayecto de 10
minutos en poco más de 3. Ni ha subido gente. Me bajo tres cuadras delante de
la casa de empeños. Soy el único que lo hace, todos los demás pasajeros siguen
arriba, hasta la doña que preguntó por Heidegger. Me bajo con un “gracias” bien
sonoro.
Antes
de que de mi primer paso, la combi arranca en verguiza como lo hizo hace
escasos minutos. En la defensa media caída tiene pintadas con letras cursivas
medio malhechonas “El rayo verde”. Mote bien merecido y, por alguna razón,
mucho mejor utilizado que en la pinche película francesa.
Vi
la hora. 9:35. A tiempo para no llegar tarde y todo gracias a una combi
tuneada. Mi día salvado por el poder de la expresión del pueblo. En los
siguientes pasos rumbo a mi trabajo comencé a pensar, con un poco de dolor en
el hueso de la chompa, que el valor de la cultura populachera es el poder
sobreponerse a la alta cultura. Y así será siempre.


7 pesos? Recuerdo que yo pagaba 3.50
ResponderBorrarWow!!! Esta es mi favorita, y eso que he leído muchas muy buenas. Feliz aniversario.
ResponderBorrarBien..... tos huracanados!!!
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