De trileros y aparientes elecciones
Luis Enrique Anguiano Torres
Para
el que no sepa qué es, le voy adelantando el rollo: un trilero es una figura
callejera, a menudo un estafador, conocidos sobre todo por su juego “¿dónde
quedó la bolita?”. Ahora saben lo que es un trilero. Bueno, de hecho creo que
siempre lo han sabido pero no sabían que se llamaba así y no, un merolico es el
que vende pócimas e inventos igual, en la calle, con la misma labia y con la
misma probabilidad de ser un estafador.
A
raíz de la controversia que generó la no participación de la consagrada bandaEl Clan en la presentación de The Cure, me quedé cavilando una cavilación tan
caviladora que me mandó a besar de ladito la almohada.
Esa
noche soñé con empresas grandes, edificios metálicos y de vidrios inmaculados,
coronados por letreros de metal, plástico y luz neón en miles de colores.
Logotipos y marcas que arañaban el cielo y, desde arriba, volteaban la mirada
hacia nosotros los transeúntes con un resplandor de condescendencia mientras
platicaban entre ellos con voces graves y resonantes “Míralos, tan pequeños, en
su pequeño mundo” “Quién diría que algo tan frágil nos daría tanta fortaleza”
“Son unos pendejos, útiles, pero pendejos”.
Algunos
de esos logos se inclinaban aún más y de sus logos cefálicos comenzaron a manar
hombres grises que llovieron por entre todos nosotros, los ciudadanos de a pie.
La mayoría tomaba a la gente del cinto y metía sus manos en los bolsillos,
robando su dinero a puños y luego bajándoles los pantalones y sodomizándolos
diciendo cosas como “Irak son los malos, allá matan a los ladrones” o
“Necesitamos que apoyes al libre comercio, México no puede esperar” o “Debes
votar y ejercer tu derecho a elegir, luego no te estés quejando” o “Tu derecho
a la libertad es irrevocable, pero no estamos en tiempos de manifestarnos sino
de proponer” y diferentes cosas sin sentido pero que eran muy agradables al
oído no versado en esas cosas del análisis (ja) simbólico.
Vivimos
en una época en la que se nos vende la ilusión de la elección por pinches
kilos. Comenzando con EEUU y su política de “pelear por la libertad” y hacerla
de policía del mundo (mucha cola tienen que les pisen esos culeros) que son
capaces de pisotear los derechos humanos de poblaciones, ciudades, etnias y
culturas distintas a ellos sólo por llevar “la libertad y la democracia” a
tales lugares.
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| Manel F. - Tomada de la web. |
¿Acaso
esa gente tenía libertad de elección? Claro que no la tenía. Quizás no había
mucha al elegir a Saddam Hussein o a Muammar Gaddafi, pero hay una buena
diferencia de eso a que de repente aparezca un bombardero pilotado por alguien
que en un idioma que no entiendes diga “No te apures, lo hago por tu propio
bien” comience a bombardear tu ciudad, matar “sin querer” a civiles y te haga
vivir entre ruinas con el temor de que te pueda caer un tambo de explosivos en
cualquier momento.
El
pinche problema ahí es el “por tu bien” que telonea las acciones de la
industria y las instituciones. Les voy a poner un pinche ejemplo bien pinches
pinche; el IFE es un sistema harto monolítico y no fue después de la arenga de
López Obrador en el 2006, el “Voto x voto, casilla x casilla” que el tribunal
aceptó la modalidad de los recuentos. El PAN se opuso a pesar de que ellos en
el ’88 pedían hacer lo mismo (ahí tienes la sagrada foto de Fox, Maquío y
Fernández de Cevallos rindiendo protesta en su “simbólico gobierno legítimo”)
pero el IFE insistió y al final salió avante la propuesta.
¿Bajo
qué propósito una institución tan apocada como es el IFE hacía frente a un
partido mayoritario en cuyas cúpulas destacan los plutócratas por excelencia en
la escena política nacional? Pues bajo al propósito de darle al ciudadano de a
pie la ilusión de que, por fin, podía él hacer algo. De que estaba eligiendo un
sistema propio de conteo de votos o, aún mejor, que estaba tomando un rumbo
“más” democrático, construyendo un proyecto de nación. Y el resultado todos lo
sabemos: nos la pelamos.
En
realidad no elegimos nada en este perro mundo. Bueno, sí hay opciones, pero son
pocas, incómodas, caras, poco rentables, fáciles de descomponer y difícil de
conseguir las refacciones, sin soporte técnico, sin apoyo de la comunidad. El
valiente camina solo; a las comunidades autónomas del centro de Michoacán las
han terminado abandonando las instituciones porque han resultado un hueso duro
de roer en la cuestión de la elección política. Ellos ejercen su derecho a
elegir.
Para
diferentes sistemas, la cuestión de la elección es idéntica a lo que hace un
trilero en la calle: te ofrece un número finito de opciones (2,3,5, 100) y te
dice que la bolita, lo chido, está escondido en uno y que debes elegir
sabiamente. Te la ponen de tal manera que dudas que esté en otro lado, por
ejemplo, la mano o la manga o el suelo. No, tiene que estar en una y tú estás
obligado a decir dónde está. Debes jugar ¿No elegiste jugar? Te chingas, debes
jugar para que puedas usar tu derecho a la elección. No puedes no elegir ni
puedes elegir cosas que no estén en la mesa.
El
problema con los trileros es que son todos unos estafadores. En verdad. Lo
mismo nos pasa a nosotros: todo el tiempo somos engañados, distraídos,
amedrentados con tal de aceptar una realidad diferente a la que vivimos. ¿Pepsi
o coca? ¿Cadillac u oldsmobile? ¿Marvel o DC? Qué importa cuál se elija,
seguimos siendo parte del mismo teatro de respuestas predeterminadas y
revoluciones televisadas.



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