Inseparables, la crónica y la nota roja.
Jonathan Ávila Guzmán
Hace algunas semanas me
encontraba caminando en medio del centro de la ciudad de Morelia, bella capital
del hoy mancillado estado de Michoacán. En medio de aquellas moles de piedra
que custodian las plazas públicas, descubrí una pequeña librería vieja en donde
tuve la fortuna de adquirir una crónica de Carlos Monsiváis sobre la nota roja
en México, titulado Los Mil y un
demonios.
Durante mi estancia en
aquella hermosa ciudad a la cual añoro volver en busca de una nueva historia,
fui creando grandes ideas, y entre ellas, logré formar pequeñas crónicas de
sucesos cotidianos que iba captando con mis sentidos: el camino de la gente,
las charlas de café en la esquina, el payaso a las afueras de la Catedral o
cosas de ese vivir en una pequeña pero muy concurrida ciudad como lo es
Morelia.
Sin embargo, uno de los
cuestionamientos que hice durante mi estancia, fue un breve apunte que yo
percibía en la crónica que hoy circula, y sobre todo, en un género literario
que aun no es reconocido como tal, y que es el periodismo.
Los periódicos de todo tipo,
se han convertido en periódicos amarillistas y sensacionalistas que no pasan de
dar cifras y mostrar la cabeza del decapitado que no muestra la portada del
día. Pareciera que con la actual situación que atraviesa el país, fuera el
momento glorioso del repunte de la nota roja, pero no esa nota que se limita a
contar casi de forma literaria, la increíble muerte, sino de una nota roja que
pareciera romper con los límites del respeto al derecho individual.
Otra de las inseparables de
la nota roja, es la crónica. Hoy, la crónica está deformándose con la nota
roja, no como aquella que narra Monsiváis, en la cual habla de una nota hermosa
y literaria que convierte al periodista no en un simple redactor, sino en un
escritor que le entrega sus mejores dotes literarios a algún lector voraz que
espera llenarse con esa nota del día.
Juan Villoro, habla de los
cronistas como los grandes narradores de la realidad actual, sin embargo, me
atrevo a decir que la nota roja ha llegado a invadir el ámbito literario, con
cifras y crueles realidades, los cronistas se toman el papel institucional de
narrar números y no las historias de aquellas sensibles personas que son
asesinadas en México a diario.
También hay que aclarar que
existen cronistas que se han tomado un papel en serio, y por ende su posición
como narradores, es el de contrarrestar esa poca sensibilidad a los sucesos de
terror que ocurren en nuestro país, y que la televisión se ha encargado de
crear, sí, la televisión es culpable de una insensibilidad de masas.
Por tal motivo, retomo mis
críticas y las reflejo en un elogio a los cronistas contemporáneos, porque son
ellos quienes por medio de esas historias desgarradoras, se encargan de hacer
ver la otra cara de éste conflicto de violencia que está aquejando a nuestro
continente.
La nota roja necesita ir
cambiando, y es por medio de la crónica, que se podrá lograr ese cambio de
perspectivas, los reporteros de nota roja, hoy cronistas del México
contemporáneo, deben investigar como reporteros y escribir como escritores
literarios, tomando en cuenta que no todo debe ser un surrealismo noticioso,
sino un proyectar esa realidad tan devastadora, pero que debe crear una
sensibilidad entre los lectores para poder, y no mirar a la nota roja, como el
enemigo de la moral y ética periodística.


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