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| Dibujo: Pablo Querea |
Metempsicosis
de un disconforme
Alfredo
Padilla
Avenida Reforma, le dices a tus pies que caminen, y se van entregando
furtivamente al pavimento como dos pequeños navíos errantes, la melodía de los walkman
se te clava en la cabeza, esa sintonía sin par de la música sonidera te
eriza las venas y entras a un mundo que no es nada ajeno a ti, eres parte de
este pedazo de infierno llamado ciudad, representas a los hijos del
arrabal, a los perros con lenguas sedientas, al ciego errabundo en las
calzadas, a la prostituta afanosa en las esquinas, al enfermo colérico en los
psiquiátricos, al barrio que te vio crecer. Llevas en tu cuerpo el olor de las
carnicerías mohosas, del hambre en tu estomago y de la marihuana impregnada en
tus dedos, representas a todos los indigentes del mundo, los pordioseros, los
humildes, los desheredados y todo calificativo con que se le pueda llamar ala
pobreza, has sido violado cientos de veces, tanto carnal como metafóricamente
por la burguesía, tus manos están entregadas al atraco, tus pies al vértigo de
las calles que te ven correr aterrorizado de miedo, la cárcel es tu cálido y
segundo hogar, tu nombre es Cosme, Juan Pérez, Licántropo, Judas, Jesús. Se te
ha visto robar libros de poesía en las bibliotecas, eres un mártir de la
indiferencia urbana, si fueras escritor tendrías algo que decir, si fueras
político seguirías malversando como lo haces ahora, si fueras alguien seguro
vivirías una vida; inhalas. Este suburbio te aburre, caminas un poco más y el
hambre destruye toda visión de seguir andando, sigues inhalando, te sientas
bajo el ángel, los autos te envuelven como moscas gigantescas y las personas
son como pequeñas larvas adosándose hacia ti. Inhalas, solo te escondes al ver
la figura de los policías quienes ya te han roto tres costillas, cuatro
dientes, dos dedos y toda dignidad. caminas, inhalas, te arrinconas,
inhalas, te amurallas a las avenidas, esperas unas manos que te arresten,
los brazos de un padre que te abrase, la voz de tu madre que te arrulle, no
esperas nada, esperas el bajón y con suerte un poco de comida. Inhalas. Esta es
tu andanza diaria, a las seis de la tarde ya estarás mejor para conseguir
dinero y tomar el metro hacia tu barrio, o bien, puedes transitar hasta media
noche y dormitar en la calle, inhalas. Uno que otro bulto que camina a tu lado,
se acerca para aventarte una moneda o para vociferarte cualquier insolencia,
inhalas, bajas las importunadas escaleras del metro en donde la oscuridad lo
reina todo, las voces prendidas de los transeúntes dibujan fantasmas en tus
ojos, tus ojos se prenden como guijarros escarlatas, como lámparas fugaces para
los demás, los demás se abrazan a los vagones del metro como si fuera una
figura maternal, maternal, es el sentimiento que no has conocido nunca y nunca
sabrás cuál es tu origen y tu destino.
Subes al soñoliento vagón perpetuado de gente con sueños infértiles, no
es necesario solicitar por un asiento, la gente te huye, sigues inhalando.
Un policía te observa fuera del vagón, tiene miedo, la inseguridad ha
sembrado el temor en los corazones de los uniformados y éste no es la
excepción, te mira, lo miras, oprimes la bolsa en tus manos y la envías
trémulamente hacia tus labios, temblorosa, sigilosamente, te mira, lo miras,
inhalas, quiere decirte algo, tal vez bajarte del tranvía y darte una paliza,
no te expresa nada, no concibe nada, te observa, lo observas, tus ojos se
confunden con los suyos, tus ojos son los del él, inhalas, lo observas, el
vagón emprende su viaje, lo ves despidiéndose de ti con una mirada afligida, lo
observas marcharse desde fuera del vagón con el saco de pegamento en su boca,
trémulo, miedoso; caminas, observas la estrella de tu uniforme, miras al cielo
con la cara erguida, caminando derecho, con la moral en alto, sin voltear
atrás.


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