miércoles, marzo 27, 2013

LOS IRREVERSIBLES: "Metempsicosis de un disconforme" por Alfredo Padilla.

Dibujo: Pablo Querea


Metempsicosis de un disconforme

Alfredo Padilla


Avenida Reforma, le dices a tus pies que caminen, y se van entregando furtivamente al pavimento como dos pequeños navíos errantes, la melodía de los walkman se te clava en la cabeza, esa sintonía sin par de la música sonidera te eriza las venas y entras a un mundo que no es nada ajeno a ti, eres parte de este pedazo de infierno llamado ciudad, representas a los hijos del arrabal, a los perros con lenguas sedientas, al ciego errabundo en las calzadas, a la prostituta afanosa en las esquinas, al enfermo colérico en los psiquiátricos, al barrio que te vio crecer. Llevas en tu cuerpo el olor de las carnicerías mohosas, del hambre en tu estomago y de la marihuana impregnada en tus dedos, representas a todos los indigentes del mundo, los pordioseros, los humildes, los desheredados y todo calificativo con que se le pueda llamar ala pobreza, has sido violado cientos de veces, tanto carnal como metafóricamente por la burguesía, tus manos están entregadas al atraco, tus pies al vértigo de las calles que te ven correr aterrorizado de miedo, la cárcel es tu cálido y segundo hogar, tu nombre es Cosme, Juan Pérez, Licántropo, Judas, Jesús. Se te ha visto robar libros de poesía en las bibliotecas, eres un mártir de la indiferencia urbana, si fueras escritor tendrías algo que decir, si fueras político seguirías malversando como lo haces ahora, si fueras alguien seguro vivirías una vida; inhalas. Este suburbio te aburre, caminas un poco más y el hambre destruye toda visión de seguir andando, sigues inhalando, te sientas bajo el ángel, los autos te envuelven como moscas gigantescas y las personas son como pequeñas larvas adosándose hacia ti. Inhalas, solo te escondes al ver la figura de los policías quienes ya te han roto tres costillas, cuatro dientes, dos dedos y toda dignidad. caminas, inhalas, te arrinconas, inhalas, te amurallas a las avenidas, esperas unas manos que te arresten, los brazos de un padre que te abrase, la voz de tu madre que te arrulle, no esperas nada, esperas el bajón y con suerte un poco de comida. Inhalas. Esta es tu andanza diaria, a las seis de la tarde ya estarás mejor para conseguir dinero y tomar el metro hacia tu barrio, o bien, puedes transitar hasta media noche y dormitar en la calle, inhalas. Uno que otro bulto que camina a tu lado, se acerca para aventarte una moneda o para vociferarte cualquier insolencia, inhalas, bajas las importunadas escaleras del metro en donde la oscuridad lo reina todo, las voces prendidas de los transeúntes dibujan fantasmas en tus ojos, tus ojos se prenden como guijarros escarlatas, como lámparas fugaces para los demás, los demás se abrazan a los vagones del metro como si fuera una figura maternal, maternal, es el sentimiento que no has conocido nunca y nunca sabrás cuál es tu origen y tu destino.
Subes al soñoliento vagón perpetuado de gente con sueños infértiles, no es necesario solicitar por un asiento, la gente te huye, sigues inhalando.
Un policía te observa fuera del vagón, tiene miedo, la inseguridad ha sembrado el temor en los corazones de los uniformados y éste no es la excepción, te mira, lo miras, oprimes la bolsa en tus manos y la envías trémulamente hacia tus labios, temblorosa, sigilosamente, te mira, lo miras, inhalas, quiere decirte algo, tal vez bajarte del tranvía y darte una paliza, no te expresa nada, no concibe nada, te observa, lo observas, tus ojos se confunden con los suyos, tus ojos son los del él, inhalas, lo observas, el vagón emprende su viaje, lo ves despidiéndose de ti con una mirada afligida, lo observas marcharse desde fuera del vagón con el saco de pegamento en su boca, trémulo, miedoso; caminas, observas la estrella de tu uniforme, miras al cielo con la cara erguida, caminando derecho, con la moral en alto,  sin voltear atrás.

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