Houston, tenemos un pinche problema
Luis Enrique Anguiano Torres
Las
misiones espaciales son harto complejas. Más difíciles de lo que uno cree ¿Han
visto alguna foto de las cabinas de las lanzaderas espaciales? Están llenas de
botones, palancas, niveles, indicadores y demás alquimia del siglo veintiuno.
Los
astronautas deben ser gente bien preparada. De las personas más listas que las
agencias espaciales puedan encontrar: algunos son (o eran) pilotos militares de
pruebas, otros son científicos de trayectoria académica envidiable. Esta
situación no es gratuita ya que en una misión espacial pueden salir mal
muchísimas cosas si no se usa bien la cabeza. Los astronautas suelen ser
técnicos especializados en el mantenimiento de la nave, así que cuando la voz
de uno de ellos suena por un altavoz diciendo “Houston, tenemos un problema”
todos los que estén en la sala de control se aperran junto al aparato de
transmisión porque saben que no es una cosa estilo “se me reinició la
computadora” o “la cámara se quedó sin pilas”. Por si no lo saben, en los
cuartos de controles hay gente las 24 horas del día, los 365 días del año
checando un resto de cosas entre
lecturas, grabaciones, datos, etc.
Los
que, como yo, hayan intentado arreglar una computadora a distancia saben lo
frustrante que puede ser dar indicaciones y que a la persona al otro lado del
teclado o del teléfono no le estén saliendo las cosas. Es entonces cuando
ponderas medio kilo de razones por las que las cosas no pueden estar saliendo
bien: algún factor no previsto, atolondramiento o pendejismo de la otra
persona, etc.
Me
ha ocurrido que estoy fuera de mi casa o en otra ciudad y tengo que estar dando
auxilio técnico a la familia (ya saben, la maldición de ser “el que sabe de
computadoras”) y a veces es desesperante tener que andar adivinando lo que la
otra persona hace. Ahora imaginen con una pinche nave espacial. Lo bueno es que
los técnicos de la NASA cooperan con gente que no es estúpida.
Quizá por eso las personas que trabajan en soporte técnico tienen tan mal talante
para con los clientes: es de diario tener que andar solucionando problemas
ajenos por un medio tan inflexible como es el teléfono. El otro lado de la
moneda es que están lidiando con personas que probablemente tengan un dominio
técnico de las computadoras en un nivel, digamos, más bien rupestre (En cuyo
caso no debe sorprenderles que las cosas están saliéndoles mal o simplemente
empeoren).
En
el mejor de los casos se trata de una sencillez que el usuario simplemente no
ha detectado o no sabe que está afectando al problema: es bien pinche célebre
la frase de Chris O’Doud en “IT Crowd” cuando le llamaban con alguna queja
sobre la computadora y él preguntaba “¿Ya intentó prenderla?” para acto seguido
decir “Sí, sí, de nada” y colgar. Cuando la sugerencia anterior no funcionaba,
la siguiente pregunta era “¿Y ya intentó conectarla?” para después decir “Sí,
claro, estamos para servirle” y colgar.
De
hecho, hay una abreviatura entre algunos dadores de servicios técnicos de habla
inglesa que tienen que llenar informes sobre el problema resuelto: PEBCAK, que
quiere decir “el problema está entre la silla y el teclado”. O sea, está
diciendo que el problema no está en el dispositivo sino en el pendejo que lo
maneja. Otras abreviaturas son PICNIC (problema en la silla, no en la
computadora) o ID-10-T (ese se explica sólo).
Arreglar
broncas de manera remota tiene su chiste. Hay que saber ser paciente, perder y
también esperar lo peor. Hacerla de servicio técnico de manera remota no es una
postura fácil y requiere de mucha diplomacia porque a veces uno puede estar
subestimando al pendejo que está solicitando ayuda por teléfono. Es una
situación que no se puede remediar al tratarse de dos desconocidos que no se
están viendo las caras. Es lo que tiene el teléfono, que te deja todo a la
imaginación y, por consiguiente, puede despertar una gama de emociones como
fielmente retratara Benedetti en su cuentito “Familia Iriarte”. Nada más que,
al menos en las situaciones que conozco, quien llama no es una mujer de voz
particularmente hermosa y el que atiende el teléfono no termina navegando entre
pensamientos amorosos sino todo lo contrario.
Alguna
vez intenté ser amable con una chava que me estaba ofreciendo ayuda sobre cómo
arreglar mi módem; era evidente que la chava no tenía ni pinche idea de qué era
lo que me estaba diciendo y, de hecho, su voz sonaba muy cansada. Como
ahogándose en el desgano. En ese momento me dije a mí mismo “no presiones güey,
la chava tuvo un mal día, entiéndela…” y, de alguna manera, logré calmarla y
entre ambos nos fuimos paso por paso. Ya los dos, con los músculos del alma
relajados, casi al final de la llamada no recuerdo qué cosa le dije que la hice
reír. Nos dimos las gracias mutuamente –ella por la risa, yo por el módem– y
colgamos.
No
todos los que solicitamos ayuda a los servicios técnicos somos unos pendejos. A
veces el problema es una falla dialéctica, un bache en la comunicación. Una
simpleza en la amabilidad equivalente a un “¿Intentó encenderlo?” que hemos
pasado por alto. A veces el “Houston, tenemos un problema” debería ser
secundado por un “muchas gracias”.



Soy tu fan número tres.. esta es mi columna preferida, la espero cada semana y cada vez es mejor. Esta es una de mis preferidas.
ResponderBorraresta genial enrique solo que te falto decir que los primeros austronautas eran perros o monos o ambos e imaginate que pedo para decirles , Hey mickla ( o algun nombre ruso) deja d emorder ese hueso d eplastico y checa el censor 2 24k del area de combustibles averages.
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