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| Basquiat. |
Por Francisco Arriaga Villalobos
No hay nada más difícil
que enfrentarse a uno mismo. El simple acercamiento genera una angustia a veces
insalvable.
Hablemos entonces de
hablar con uno mismo antes de poder hablar con el otro; y es que lo dijo el
señor Chesterton: “Si un hombre no habla consigo mismo, es porque no vale la
pena hablar con él”, nada más acertado. El problema es entonces que no valdría
la pena hablar con el 99% de la población mundial porque, vamos ¿quién habla
consigo mismo hoy en día?
Pero le permito a mi mismo
empezar por el principio: el conocimiento de sí mismo. En los años 30’s del
siglo que terminó, el psicoanalista Jacques Lacan formula su “estadio del
espejo” que a grandes rasgos y de la forma más simplista sería: el infante de 6
o hasta 18 meses aproximadamente, se ve en el espejo de cuerpo entero, punto.
¿Qué significa esto? Significa que hasta este momento un bebé solo ha visto su
cuerpo fragmentado (brazos, piernas, etc.), incluso de adultos podríamos
suponer un retroceso a esta fase, pero no me quiero adelantar, sigo en el bebé
que piensa que su madre y todo lo que le rodea es una extensión de sí mismo
hasta que distingue una correspondencia en sus movimientos con los existentes
frente a él, en el espejo; esto, es importante señalar, nos distingue a los
animales con un desarrollo cerebral evolucionado de los no evolucionados,
aunque aún nos sitúa al lado de primates, cerdos, elefantes y urracas, que son
con quienes compartimos este reconocimiento del sí mismo (no del self, para no
extenderme en explicaciones con profesionales de la psicología).
Ahora sí, el humano que
retorna al estado previo al del espejo: el humano que percibe su imagen en el
espejo como un total… la equivalencia con la situación del bebé radica en que
no existe un reconocimiento de lo que es el ser en su totalidad, sino que
mantiene la idea del exterior: el ser humano que supone que lo que ve es lo que
hay ¡error! Lo que se ve es parte de lo que hay, parte. Aquí todos nos
creemos el 1% restante que no se basa en apariencias y que mencionaba antes.
Pues no, sigue el error in crescendo.
Antes que nada quiero establecer las dos partes del ser desde una perspectiva
social: el ser esencial y el ser continente:
El ser continente es el
que se ve, el que nos contiene, el que, según el psicoanálisis podría ser el
yo, el que es social, el que tiene contacto con los demás, el que según otros filósofos
es la máscara social. Y lo es y no lo es. La máscara social es una parte de
nosotros, es la que nos construimos en base a nuestras circunstancias y a lo
que somos. Sin embargo nuestras circunstancias y lo que somos viene de adentro.
Permítanme un ejemplo frívolo: una casa. Una casa vista desde afuera y que la
constituye la fachada, luego las paredes, luego las ventanas y la puerta… tal
vez un jardín, unos adornos, lo que sea. Sin embargo se pretende que la casa
exterior coincida con la casa interior, que exista una congruencia. Otro
ejemplo pretencioso: un libro. Un libro tiene una portada que en su
construcción semiótica, al menos en la actualidad y no en las colecciones
clásicas, pretende generar una representación de lo interno.
Pero me regreso al ser
humano, al individuo. Un individuo, lo decía el señor José Ortega y Gasset (que
es un sólo ser) "Yo soy yo y mi circunstancia” y algunos aquí cortaban lo
que sigue: “y si no la salvo a ella no me salvo yo" que es parte
fundamental de la frase. La primera parte es una tragedia y la tragedia es
propia del ser inferior. Aquí espero me disculpen, que no me perdonen, los
amantes de la tragedia griega, pero es cierto: la tragedia como circunstancia
de vida es una construcción voluntaria. Para Erich Fromm existen la dicotomía
existencial y la histórica, la primera genera nuestras circunstancias de vida,
la segunda es insalvable: dónde nacemos, quiénes son nuestros padres, nuestra
familia, a qué escuela nos envían de pequeños, qué valores nos inculcan, etc.
Lo que un inocente niño no puede controlar. La existencial es perfectamente
controlable, es la que nos enfrenta con lo que somos, lo que nos lleva a la
parte de Ortega y Gasset: “y si no la salvo a ella no me salvo yo". Una
dicotomía existencial es lo que algunos llaman conflicto existencial y que a su
vez genera la tragedia del mártir concebido como la cultura popular lo hace: un
sufrido voluntario. Y es que nuestros amados héroes trágicos griegos pudieron
evitar sus sufrimientos, Ulises/Odiseo pudo abandonar sus “Odiseas” y quedarse
con Penélope, Aquiles pudo haber usado protección en su talón, Edipo pudo ser
feliz sin buscar venganza. Pero no, los trágicos buscan la tragedia y no salvan
su circunstancia, no se salvan ellos (o si lo hacen y hasta lo desean en su
tragedia). Nosotros podemos no tener una vida trágica y llena de sufrimientos
si salvamos nuestra dicotomía existencial entre el ser y el tener o si logramos
una congruencia personal con lo que somos, queremos y tenemos. Y si ser infelices
nos hace felices pues adelante.
Sin embargo los trágicos
héroes tienen un conocimiento de causa, una congruencia de la que hablo:
existió un diálogo con un oráculo para cumplir su destino, hay un diálogo con
un coro para aclarar su vida y sus dudas. Y ¿Nosotros? ¿Con quién podemos realizar
dicho diálogo sin oráculos y sin coros? Con uno mismo. Recordemos que el
oráculo y los coros son artificios narrativos para meternos en el personaje y
sus circunstancias, para meternos en nosotros mismos lo que necesitamos es un
dialogo con nosotros mismos. Suena sencillo pero no lo es.
Tradicionalmente el ser
humano rehúye a sí mismo, al individuo por una suposición-imposición social,
por buscar la integración en la sociedad que nos rodea abandonamos a nosotros,
pensando, erróneamente, que si somos individualistas negamos a la sociedad y viceversa.
Pues no, el ser individual es el primer paso para llegar al correcto ser
social. Pero para llegar a nosotros mismos es necesaria una introspección,
decía Ludwig Wittgenstein que “los limites de nuestro lenguaje son los limites
de nuestro conocimiento” o de nuestro mundo o de lo que gusten, pero el
lenguaje es la clave y el lenguaje es absolutamente nada si no lo usamos
y si no lo usamos primero con nosotros estamos usando una teoría mal aplicada,
la práctica es absurda si no estamos familiarizados con el lenguaje y nuestro
primer interlocutor es uno mismo, desde nuestra infancia el primero que sabe
que tenemos hambre somos nosotros, los que conocemos nuestras necesidades
primero, antes que la sociedad y que el ser social o el ser contingente es el
ser esencial.
Regreso al ejemplo de la
casa y paso al ser esencial desde una perspectiva Hegeliana. Una casa es una
constitución de lo que ya decíamos, pero es más compleja desde dentro, sin
embargo sigue existiendo la congruencia con lo exterior, entramos por la puerta
y vemos lo que contienen los muros, donde a veces, incluso, se cuelgan cuadros,
fotos, pinturas, etc. El ser humano esencial es el que está dentro y fuera, la
esencia esta dentro, pero es complementaria con lo que está afuera, el error es
confundirlo, lo de adentro debe definir lo de afuera y no viceversa, hay que
construirnos de adentro hacia afuera. Pero el hombre actual busca solo el contacto
exterior y luego se queja de que somos manipulados por la apariencia ¡Por
supuesto que es así! Y es que generalmente buscamos placebos, buscamos lo que
nos da satisfacción momentánea para suponer que somos felices en lugar de
buscar el bien ulterior. Hoy preferimos deleitarnos con una pareja físicamente
atractiva en lugar de una pareja intelectualmente desafiante e interesante,
olvidamos que lo primero es un cascarón con fecha de caducidad, lo segundo es
un desarrollo continuo. Es un cliché. Pero es cierto. Si fuéramos congruentes
no buscaríamos el placer que nos otorgan los minutos de goce físico sino las
horas de diversión que obtenemos con los seres queridos, confundimos el amor
con el deseo desde que confundimos el exterior con el interior y no como una
parte de.
El ser humano para
crear un exterior debería crear primero un interior a través de un dialogo y el
dialogo es lo más difícil.
Podemos convenir y lo hemos hecho, en que ab
y son el color azul para mi, mientras que para alguien más ese mismo tono lo
perciba como ac y el acuerdo es
concreto, lo que no genera problemas ya que sus variantes pueden seguir siendo
aceptadas, sin embargo, dentro de cada uno la percepción es distinta, tu azul ab lo percibo como mi azul ac y no pasa nada, si antes entendí la
diferencia del otro y del yo.
Lo anterior no es
complicado si entendemos el proceso del dialogo interno como un puente para el
dialogo externo.
El hombre debe tener como
finalidad inicial el dialogo consigo mismo, hay que vernos como un rompecabezas
de deseos y de necesidades, que tenemos que armar para poder ser felices. Pero
todo tiene consecuencias, aquí entra en juego el exterior, el ser continente
como puente ante la sociedad que nos rodea. Yo no puedo satisfacer mi
hambre si no tengo dinero para comprar alimento y no hay donde cazar o no
conozco otra forma de conseguir alimento, por lo que tengo que trabajar para
conseguir dinero y comprar comida como la sociedad, o ese ente social
masificado lo estipula. Entonces, la pieza de mi rompecabezas interno entra en
diálogo con las otras piezas, generan un acuerdo para satisfacer una necesidad
sin dañar la otra necesidad: la social. Este es un ejemplo muy simple, pero es
el primero que nos permite entender los otros.
El dialogo interno genera
tres cosas principalmente: el individuo maduro y sanamente conformado, el ser social constructor y al
humano feliz…
El hombre a partir de
conocerse a si mismo conoce el universo. El hombre genera una serie de conceptos que han partido
de dentro de sí mismo. Entonces conocernos es conocer al otro, conocer al
universo, dialogar con nosotros mismos es conocernos.
El ser social por
excelencia y que esté por encima del ser social mediocre es el que se conozca a
sí mismo, es el que sin temor a encontrar traumas, desgracias, tragedias, se
sumerge dentro de él para acceder a su ser, a sus circunstancias que se busca y
se ha buscado.
Ese es un ser sano para la
sociedad, el que ha entendido que la sociedad surge de dentro, no de fuera y
que la sociedad es la perspectiva que tenemos de nosotros mismos. El ser social
enojado está enojado consigo mismo, desde dentro, no con el mundo, el mundo es
sólo ese espejo donde se busca, se encuentra, se ve y se ataca, el ser
antisocial que no va en contra de nadie sino de sí mismo y de esa carencia del
dialogo interior. Y por ende, el ser social que genera la guerra con su hermano
porque no aprendió a hablar con él mismo, jamás entenderá al otro, ni las
necesidades propias ni las del otro, ni la vida propia, ni el deseo propio, ni
al niño, adulto, anciano interior, menos al otro.


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