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| Dibujo: César Oropeza, "Sueño de Tonaya". |
Cruda
dominical
Ese Fong
Amanecía.
Entre las persianas se
filtraban los filos de luz madrigal. ¡Grrrrrhg, calaban ojete! Y tristes
deshelaban la oscuridad del alba. El espécimen que había viajado conmigo
en el barco de la noche, era una hembra dulce. Me incorpore en automático;
pedazo a pedazo. Escuché su estertor como trueno desintonizado: “Ya te
vas”. No la pele, ¿para qué? Caminé al baño hacia la regadera. Lo pensé dos
tres ¡cuantas veces! ¿Dónde chingados se me trepo esta ruca? (en la pulkata).
Mientras la lluvia de la ducha caía muy reconfortable sobre mi descarapelada
cabeza recordé la fiesta. ¡De noche y ebrio todas las pardas están buenas! La
morra como pudo llegó hasta el retrete, oí su cuerpo desaguar música de esfínter, llover y encender el día: muy afinada y
armoniosa. ¡Que con esa música me despidan! Escuché la voz de mi tatema. El
alucín me hizo pensar que esta noche
había durado varios meses, tal vez años.
Pinche morra, la había visto en algún bus de la ciudad, de azafata, en algún
exhibidor de pieles o artículos para pesca y caza, ofreciendo carnes frías en alguna tienda de
conveniencia, ¿Sepa el quiote? Antes tenía memoria de sobra en mi cpu, un
chingo de gigas, pero todo se acaba, hasta los papelitos de Macondo se han
borrado. Jajajajajaja, jajaja, jaja. No pude aguantarme la risa: Tienen miles
de años viviendo entre nosotros, se encendió el videotape celebral y mire
imágenes en retro a madres: como eran cuando llegaron a la fiesta, su evolución hasta llegar a apoderarse y
dominar las relaciones amorosas y como
se fueron perdiendo a si mismas, sólo por el poder, ahora tienen el poder. Sus
manos garfios armaban churros chanchos, de eso me acuerdo, sus uñas acrílicas
tenían pintada la bandera de Turquía, recordé a Capa Verde en su fortaleza
convertida en el único y verdadero manicomio del universo, los demás son
sanatorios psiquiátricos para enfermos mentales, centros de rehabilitación para
arrepentidos. “Quédate otro ratito”, me dijo mientras se metía a la ducha y
empezó a jugar, nos enredamos en el agua, su piel secretaba una sutil
fragancia, me erguí. Vino a mí una revelación, en la Facultad de
Psicología, allí estaba ella, en el
pastizal, era junio y el viento desplegaba sus alas, formaba un chancho
zeppelín para volar, su risa se oculto mientras ensalivaba el canuto. Sonrió y
soltó el control, mire en sus ojos de cordero la fuga, yo también me abandoné.
Recuperé la consciencia cuando me preguntó: ¿Te preparo un café? Lo sabia, era
un truco, salió flotando del baño, radiante con la sonrisa hiena. Cerré la
llave de la ducha, estaba atrapado, no había forma de huir, miré el cubo del
baño, Salí a la recamara, me seguía preguntado ¿Quién es esta mujer? ¿De dónde
salió? Su aroma estaba impregnado en todo el ambiente, me vestí y tuve miedo, terror de salir al
comedor, seguro estaba allí: hermosa, brillante y con una nuez entre los
dientes. La puerta se abrió, la mesa estaba servida, había café y pan. Dos
niños preciosos sentados a la mesa cuchicheaban como cocuyos: “mamá y papá ya
se contentaron”.


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