miércoles, marzo 20, 2013

LOS IRREVERSIBLES: "Cruda dominical" por Ese Fong.


Dibujo: César Oropeza, "Sueño de Tonaya".


Cruda dominical

Ese Fong


Amanecía.
Entre las persianas se filtraban los filos de luz madrigal. ¡Grrrrrhg, calaban ojete! Y tristes  deshelaban la oscuridad del alba. El espécimen que había viajado conmigo en el barco de la noche, era una hembra dulce. Me incorpore en automático; pedazo a pedazo. Escuché su estertor como trueno desintonizado: “Ya te vas”. No la pele, ¿para qué? Caminé al baño hacia la regadera. Lo pensé dos tres ¡cuantas veces! ¿Dónde chingados se me trepo esta ruca? (en la pulkata). Mientras la lluvia de la ducha caía muy reconfortable sobre mi descarapelada cabeza recordé la fiesta. ¡De noche y ebrio todas las pardas están buenas! La morra como pudo llegó hasta el retrete, oí su cuerpo desaguar música de esfínter, llover y encender el día: muy afinada y armoniosa. ¡Que con esa música me despidan! Escuché la voz de mi tatema.  El alucín me hizo pensar que esta noche había durado varios meses, tal vez años. Pinche morra, la había visto en algún bus de la ciudad, de azafata, en algún exhibidor de pieles o artículos para pesca y caza, ofreciendo carnes frías en alguna tienda de conveniencia, ¿Sepa el quiote? Antes tenía memoria de sobra en mi cpu, un chingo de gigas, pero todo se acaba, hasta los papelitos de Macondo se han borrado. Jajajajajaja, jajaja, jaja. No pude aguantarme la risa: Tienen miles de años viviendo entre nosotros, se encendió el videotape celebral y mire imágenes en retro a madres: como eran cuando llegaron a la fiesta, su evolución hasta llegar a apoderarse y dominar las relaciones amorosas  y como se fueron perdiendo a si mismas, sólo por el poder, ahora tienen el poder. Sus manos garfios armaban churros chanchos, de eso me acuerdo, sus uñas acrílicas tenían pintada la bandera de Turquía, recordé a Capa Verde en su fortaleza convertida en el único y verdadero manicomio del universo, los demás son sanatorios psiquiátricos para enfermos mentales, centros de rehabilitación para arrepentidos. “Quédate otro ratito”, me dijo mientras se metía a la ducha y empezó a jugar, nos enredamos en el agua, su piel secretaba una sutil fragancia, me erguí. Vino a mí una revelación, en la Facultad de Psicología, allí estaba ella, en el pastizal, era junio y el viento desplegaba sus alas, formaba un chancho zeppelín para volar, su risa se oculto mientras ensalivaba el canuto. Sonrió y soltó el control, mire en sus ojos de cordero la fuga, yo también me abandoné. Recuperé la consciencia cuando me preguntó: ¿Te preparo un café? Lo sabia, era un truco, salió flotando del baño, radiante con la sonrisa hiena. Cerré la llave de la ducha, estaba atrapado, no había forma de huir, miré el cubo del baño, Salí a la recamara, me seguía preguntado ¿Quién es esta mujer? ¿De dónde salió? Su aroma estaba impregnado en todo el ambiente,  me vestí y tuve miedo, terror de salir al comedor, seguro estaba allí: hermosa, brillante y con una nuez entre los dientes. La puerta se abrió, la mesa estaba servida, había café y pan. Dos niños preciosos sentados a la mesa cuchicheaban como cocuyos: “mamá y papá ya se contentaron”.

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