Encuentros
y desencuentros con el circo
Manuel Noctis
El
espectáculo se desarrolla en una pista circular, un mandala, una representación
del mundo, del universo. La misma puerta es a la vez entrada y salida. Eso
quiere decir que la meta es el origen. Sales de la nada, llegas a la nada.
Alejandro
Jodorowsky. La danza de la realidad.
El Circo, a través de los
tiempos, se ha caracterizado por ser un espacio donde la “familia aún puede
convivir de manera plena y sana”. Siempre como sinónimo de alegría y festejo. Donde
se desbordan las emociones de una manera cómplice con el espectáculo, distinto
a como sucede en el futbol, por ejemplo, donde muchas veces esas emociones desembocan
en un punto cercano a la barbarie, como lo menciona Denis Diderot: Del fanatismo a la barbarie sólo media un
paso. Este sentido recíproco entre público y espectáculo lo comenta más
factiblemente Víctor Inzúa Canales en su texto “El circo en la cultura”: Parte de su naturaleza radica en la emoción
que provoca al espectador. Llega un momento en que no se es espectador, sino
participante: en el riesgo del trapecista, en el desplante del domador, en la
alegría del payaso. Luego entonces, el espectáculo del circo se modula
finalmente para provocar estados de ánimo precisos en los asistentes, ése es su
arte. Alternan diversión, risa, susto, admiración, terror. El espectador llega
a ser cómplice de los artistas, salen de sí mismos, de su ser cotidiano y se
identifican con artistas, bohemios y súper-dotados, etc. (Revista Generación, no.60).
Pero desde hace tiempo
también, el Circo, se ha convertido en el punto de controversia por la
condición del espectáculo con animales que muchos de estos manejan; sean
perros, gatos, mandriles, elefantes, llamas, camellos, ponys, caballos, tigres,
leones o hasta boas, tortugas y demás, es algo que para las consciencias
críticas debería desaparecer dentro de los actos que se muestran bajo la carpa.
Al respecto de la participación animal, en su texto “Soy un clown místico” nos
comenta Jodorowsky: Cuando vemos trabajar
en la pista hermosos caballos, elefantes, perros, pájaros y toda clase de
fieras, comprendemos que la conciencia puede domar nuestra animalidad, no
reprimiéndola, sino dándole oportunidad de realizar tareas sublimes. La bestia,
al saltar a través de un aro en llamas, vence el temor a la perfección divina y
se sumerge en ella. La fuerza del elefante se pone al servicio de la
construcción. Los felinos aprenden a colaborar. (La danza de la realidad, 2001).
Podremos estar de acuerdo o no con esas palabras, pero ante todo, lo que sí sabemos
y hay que tomar en cuenta es sobre las condiciones precarias en que mantienen a
los animales, el sufrimiento y desgaste que les representa viajar de clima en
clima; se sabe de animales abandonados, de relaciones truculentas entre
Zoológicos y Circos para arreglar las ventas de animales, se sabe de muchas
cosas que le han restado prestigio y, sobre todo público. Yo no estoy de
acuerdo con el uso de los animales para sus shows, incluso no estoy de acuerdo
con ningún espectáculo que tenga como actores importantes a los animales. Esto
podría ser un tema extenso de discusión, sin embargo aún con todo ello el gusto
personal por el Circo ha estado siempre presente, más allá de estas cuestiones,
porque deviene ampliamente por otras circunstancias, una –quizá la más
importante- tiene que ver demasiado con mi infancia. No pretendo contarles lo
que hacía cuando niño, pero si me gustaría compartirles algunas situaciones que
me llevaron a involucrarme directamente con La Gran Carpa, lo más rescatable de
estos encuentros y desencuentros:
1. Viví hasta
los 14 años en un pueblo cercano a Morelia y, recuerdo bien cuando llegaban los
circos, todos los chavitos de la primaria nos lanzábamos al terreno o lugar donde
se instalaban y ayudábamos a montar las carpas, con sus tubos y lonas
pesadísimas, a cambio de un par de boletos para la función estelar, cosa que a
veces ni nos daban.
2. En una ocasión
llegó un circo con las famosas “Patinadoras Salvajes”, dos chavas hermanas de
quienes prácticamente nos enamoramos todos los chaquetos pubertianos. Hubo
cuates que incluso fueron a todas las funciones con tal de verlas. Yo un
domingo me vestí una camisa nueva (porque los domingos estrenábamos la ropa
nueva), me puse perfume de mi padre y me lancé con la pandilla al circo, pero ¡oh
decepción! Ese día no salieron las patinadoras, una de ellas se había lastimado
un tobillo la noche anterior. Una lástima, porque no las volvimos a ver jamás
(si alguien las ha visto avisen, ahorita tendrán unos 30 o 32 años).
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| Típico cartel de "El Circo de Capulina". |
3. Una ocasión
un circo llegó con el hipnotizador, nadie teníamos la remota idea de qué se
trataba el asunto, hasta que un tío recién llegado de los United States nos lo contó porque lo había visto allá. Cuando fui a
verlo pasé junto con 19 personas más para que nos hipnotizaran, fui el único al
que no pudo hipnotizar el señor este, pero me hice tonto, no abrí los ojos,
hasta que el hipnotizador pidió que imitáramos a un gato: maullar y caminar
como tal, lo cual me pareció demasiado estúpido, abrí los ojos y corrí a las
gradas con mis papás.
4. Una tarde
mientras comíamos (normalmente entre las 2 y las 3 de la tarde en las calles no
se veía gente caminar, la mayoría en el pueblo comía a esa hora) se escuchó un
ruido de avión muy bajo, era una avioneta que circulaba por los aires de mi
pueblo, quien anunciaba la magnánima presentación del circo Atayde Hermanos, al
cual siempre había querido ir. De la avioneta además soltaban varios
papelillos, estaban aventando boletos para la función. Esa fue la primera vez
que vi demasiados chavitos en la calle a las 2:30 de la tarde, atentos a los
boletos que circulaban por los aires. Y la primera vez que pude ir a un Circo
en Morelia.
5. De ahí
muchos circos fueron y vinieron, a muchos los vi, a otros no, la decadencia
circense comenzaba a hacerse presente, al menos en mi pueblo, y para mi
infortunio. El primer caso fue cuando se corrió el rumor de que uno de los
circos había abandonado a un oso en el pueblo, el cual estaba matando las
gallinas, perros y hasta vacas de los habitantes. Se creó toda una ola de
expectación alrededor de todo esto… obvio, sólo fue invento del pueblo.
6. Otro infortunio
fue cuando una noche mi madre nos mandó a mi hermano y a mí a buscar a mi
padre, quien se andaba poniendo una borrachera con sus amigos. Mientras lo
buscábamos alguien nos corrió el rumor de que lo había visto por el circo que
estaba instalado en ese momento, nos dirigimos hacia allá y efectivamente lo
encontramos sentado y dormido muy cerca de donde tenían a los ponys originales
de la Barbie (eso decían). La cosa es que se rumoró que mi padre había sido
secuestrado por La Encantadora de Serpientes, no lo sé, aún no me atrevo a
preguntarle.
7. Otra
situación fue cuando vinimos a Morelia, a las instalaciones de la antigua Feria,
a ver a otro circo, en esa ocasión llegamos con varios de mis tíos, primos y
amiguillos que se nos pegaron. Ya cuando terminó la función abordamos coches y
camionetas y llegamos a nuestras casas, el infortunio fue que uno de mis primos
insospechadamente había sido abandonado, mi tía lloraba y el tío inmediatamente
se regresó a Morelia por él, afortunadamente lo encontró ahí sentadillo afuera
del estacionamiento. Mi primo cuenta que durante las horas que estuvo ahí
solillo se le acercó una de las trapecistas, quien le dijo que si no se quería
ir con ellos, que lo cuidarían, a lo cual él le respondió que no, que prefería
ordeñar vacas y hacer quesos a andarse descolgando de un columpio.
8. Lo que me
alejó por muchos años del circo fue cuando se rumoró que el señor Capulina (que
dios lo tenga en su santa gloria) abusaba sexualmente de los chavitos en su
camerino, por lo cual mis padres pensaron que en todos los circos pasaba lo
mismo y ya jamás me volvieron a llevar a un show.
Pasaron varios
años para re-encontrarme con un Circo, fue como motivo de un regalo de
cumpleaños. Obviamente los nervios, risa y adrenalina estuvieron a flor de piel
durante todo el show, lo único desagradable fue que la chica que me invitó no
dejó de hablar de los pectorales de los arte-marcialistas chinos. La última vez
que asistí al Circo, fue en un pueblo en Oaxaca, era un circo pequeño, el
trapecista era el domador y a la vez el payaso. Lo sorprendente y crítico fue
cuando sacaron a un león desnutrido, sin jaula, reja ni nada que nos resguardara
de aquel animal. No suelo nunca acostumbrar sentarme en la fila de hasta
adelante, pero esa vez ahí estaba. Durante el show el león perdió un poco la
atención y desvió su mirada justo hacia donde yo me encontraba, me miró
fijamente por largo tiempo y, por primera vez estuve cerca de sentir lo que es
orinarse en los pantalones. Actualmente aún sueño la mirada directa y penetrante de ese león
desnutrido, a final de cuentas una fiera salvaje desprendida de su hábitat.



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