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| Lechedevirgen Trimegisto. Foto: Herani Enríquez Amaya |
Por Lechedevirgen Trimegisto
“El
placer sería despreciable si no fuese esa superación aterradora, que no es tan
sólo propia del éxtasis sexual y que los místicos de distintas religiones, y en
particular los cristianos, también conocieron. (...) esos momentos intolerables
en los que nos parece que morimos, porque el ser en nosotros ya no está ahí
sino por exceso, cuando coinciden la plenitud del horror y la del goce”
Georges Bataille,
Prefacio a “Madame Edwarda”.
Dentro
de la escena de arte actual no faltan exponentes que se integren a propuestas y
posturas estéticas y creativas que involucren elementos irreverentes,
escatológicos, abyectos y transgresivos. Mucha de la producción artística desde
el boom de los años sesentas, se ocupa de este tipo de temáticas, desde
pioneros como Duchamp y su urinario, hasta exponentes casi inexistentes y
fugaces como David Nebreda y su rostro lleno de mierda.
Mierda,
sangre, semen, genitalidad expuesta, dolor, tortura mutilación, fluidos,
cadáveres, rastros asquerosos, pruebas de acciones violentas, alteración del
orden público, ataques a la moral, exploración de la muerte y la sexualidad,
etc. El artista rompiendo las reglas. Revolucionarios o dementes paralfilicos
sustraídos y elevados a la categoría de artistas.
Genios
de lo maldito o irreverentes payasos, abusivos, semidioses, etc.
A
todos ellos, y sus obras, se antepone la pregunta ¿Esto es arte? Seguida de una
serie de rodeos sin respuesta, que termina con un montón de suposiciones sin
trascendencia, sin una finalidad precisa. No es que la problematización de
estas prácticas no sea necesaria, es tan necesaria como la crítica a cualquier
tipo de obra artística, sin embargo, lo que si sucede es que la mayor parte de
estas discusiones son causadas por un amplio y profundo sentimiento de
inseguridad. Toda persona que se pregunta sobre algo duda de ello. Esto
ocasiona la perdida de control sobre situaciones o aspectos, sobre la
dominación de conceptos, de ideologías. Todo objeto que es tabú se convierte en
sí mismo en prohibición, sin una explicación clara, pasa el tiempo y es desde
sí la restricción total de ello. No se permite romper el tabú, porque si eso
sucede se pierden los parámetros, se pierde el control. Los detractores del
arte extremo, son presa de un miedo profundo. Ya sea desde una perspectiva
erudita sobre la construcción artística contemporánea o desde una perspectiva
simple de publico mediatizado por imágenes violentas, drogados y alienados, que
ya no encuentran en estas escenas o acciones “terribles” , lo terrible de las
mismas, cosa que ocasiona una decepción que no satisface su erróneo hedonismo,
su hambre de sentirse llenos, satisfechos, gordos. Los detractores de estas
propuestas, son en sí mismos, la respuesta a su propio problema. Todo artista,
publico, gestor, curador, galerista, director, activista y demás personajes y
actores del mundo del arte de hoy, que decida guardar distancia, discriminar,
dudar, apartarse, censurar, criticar, escupir y maldecir este tipo de acciones
y construcciones artísticas, denotan en sí mismos un terror irrefutable.
¿Terror a que? No al excremento o al dolor, o la pornografía o las imágenes
viscerales y violentas, no se trata de un terror más que a lo prohibido, pero
el miedo proviene de la PERDIDA de lo “Prohibido” , entendido como eso
que debe establecer límites, que debe excluir, que debe mutilar, que debe
clasificar, que debe mantener, que se aferra a la imposibilidad de un
intersticio, de un avance, de una ruptura; en pocas palabras: todo repudio y
ataque (justificado o no) al arte extremo, denota una respuesta inmediata a un
profundo horror a ser sobre-pasado, ser sobre-salido, a salir “fuera-de-si”, a
perder el control.
Este
miedo pueril y voraz no tiene que ver
con el uso de sustancias abyectas o de conceptualizaciones “enfermas” y
“perversas”, este miedo infantil se presenta ante la idea de que si son
permitidas este tipo de prácticas, entonces ya no sé tiene un parámetro claro
para saber donde terminan las fronteras de lo que el hombre ha llamado arte, y
además a osado pensarlo con límites, como sí se tratase de un pedazo de arena
para gato donde puede orinar y cagar, sus tierras, su propio reino.
Me
atrevo a afirmar de manera completa, que toda negativa ante el arte extremo, es
sólo una prueba más del poder y el porqué de su existencia. Pensar que el arte
tiene límites, que posee fronteras, es en sí ya una imposición muy vulgar y
premeditada por parte del artista, del público, de quien sea.
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| Lecgedevirgen Trimegisto, performance "Hilo dental". Foto: Sebastian Salamanca Huet. |
El
Arte como oficio, como profesión, como ritual, como hobbie, como terrorismo,
como deconstrucción de otros aspectos de la vida humana, como idea, como
filosofía, como terapia, como abstracción de relaciones humanas, como pretexto,
como industria, como mercado, como apelación a la consciencia social, como el
olimpo de la alta cultura, como mano derecha del gobierno o la iglesia, como
gestor de instituciones, etc. El arte como arte. El arte como nada. El arte
como todo. El arte como vida. El arte sin límites, porque lo abarca todo, y
todo en ello se “artistíza”. El arte como proceso de creación es sólo una de
las muchísimas caras de esta “cosa”, de este cuerpo sin órganos, de este
“algo”.
Esto
comprueba la gran trampa, la gran decepción, que mantiene a los detractores y
defensores de las buenas conciencias, de los antiguos maestros, y también de
las vacas sagradas modernas (Picasso, Lucian Freaud, Bacon, Dalí y más curiosos
especímenes del buffet de los libros de historia del arte contemporáneo) ,
rechinando los dientes de coraje, ante la imposibilidad de asirse a algo claro
que sostenga sus juicios ante la incertidumbre del abanico “asqueroso y
violento” de artistas que han sobre-pasado los límites, que han alcanzado los
fuera-de-si, y entonces que le queda al espectador machado por sangre de Franko
B, o a los que transitan una sala de Margolles entre vapores de muertos, o los
que se preguntan porque miran de cerca una vaca partida en dos, con la firma de
un tal Hirst, les queda la evasión, la triste evasión. Porque desde sus ojos,
la batalla ya esta perdida, y prefieren no conferir a este tipo de experiencias
estéticas y vivenciales, una valía a nivel artístico serio, prefiere
desacreditarlas de manera ominosa y purista, desecharlas no por sus errores,
sino por sus características mismas, lo que equivale a decir “el land art no
vale porque trabaja con la tierra”, pretende patéticamente cortar de un solo
tajo la cabeza de la medusa sin balsa, sin comprender el mito. Ante todo arte
es mito. Antes bien con culturas pasadas (según la microhistoria inexistentes e
irrelevantes, pero según los románticos, más hermosas y mejores eras) ya se tenía
este supuesto. El Arte como conexión al todo. Situado en medio de la magia y lo
cotidiano. En medio del ritual y lo político. El arte extremo explora
inevitablemente este antiguo y severo axioma, pero no es retrograda (como
querrán verlo los detractores), si bien pareciera un retorno al semidiós, al
arquetipo del rol sagrado, no es por otra cosa, más que por que eso es la única
composición prístina del arte. El arte busca a Dios y lo encuentra, cara a
cara. Lo enfrenta, nos enfrenta con el, nos confrontamos, por el arte, en él. Y
todo y sin querer, pero inevitable: a través del artista.
La
gran decepción del actual detractor del arte extremo, proviene de no querer
aceptar que sus escuelas están construidas en arena, que el arte no es como lo
plantea, y que lo “absurdo”, lo
“grotesco”, lo “violento”, lo “abyecto” (como el detractor se empecina en
nombrarlo) es muchas veces, más importante, más libre, más puro, más entero,
más poderoso, más grande que él y sus planteamientos pasteurizados y enlatados.
Prueba de ello es su sed por lo nuevo y su necesidad de consumir
justificaciones teóricas o estéticas de las obras que presciencia, ya sea en
cuanto a técnica o concepto. Entonces, si pasteurizado y enlatado: Manzoni
enlato excrementos, ¿es arte? Poco importa, la simple discusión es la respuesta
a la pregunta insoluble. No importa quien o como intente desacreditar estos actos
“horribles y desagradables”, cuantas veces se piense y se planteen como el
atajo o reducto más fácil para los artistas sin talento. Este tipo de acciones
y propuestas extremas, construyen
distopías únicas donde, si se esta en el estado de consciencia correcto (lo que
el detractor denominara como “enfermo mental” ante sus pobres, pobres ojos
tristes y legañosos) nos es posible encontrar un pedazo de lo “sagrado”, de lo
indecible, de Dios. George Bataille habla de un estado extra-límitado, el fuera
de los límites, a través de la interrelación entre el goce desmedido y el dolor
extremo, la vida y la muerte en una danza única, que al final nos revela la
belleza trágica; toda belleza es terrible, porque absorbe a quien la contempla,
lo engulle, como lo haría un agujero negro.
Es
fácil comprender que muchos se sientan ofendidos y desplazados, no por ello
habrá que generar conflicto, ante todo se piensa en el arte como un complejo de
procesos inefables, que involucran lo incluyente, nunca lo excluyente y se
habrá de tener paciencia, de todas formas si así esta escrito, esto se
propagará como plaga.



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