La Bestia de la vecindad
Sergio Fong
Me vine a vivir al cantón
de La Costy, porque no me quedo de otra; mi chava cambio la combinación de la
chapa y mi llave no abre la pinche puerta, Lucrecia había envuelto en una
sabana todas mis garras, cuando toque el timbre para que me abriera se asomo
por la azotea y me aventó el bulto. Me grito: -Lárgate a la chingada, no quiero
volverte a ver. Le conteste: -Otro día regreso por el resto de mis cosas.
Asumí la bronca de la
separación con tranquilidad, nuestra
relación amorosa había girando de lo maravilloso a lo tormentoso hasta
convertirse en mil demonios, no podíamos respirar el mismo aire. A casa solo
iba a bañarme y cambiarme de ropa y a veces, cada vez menos, a dormir. De modo
que acepte mi libertad de nuevo, aunque tuviera que ser yo el corrido. Le llame
por teléfono a mi compa el Chavo, para
decirle que si rentaría el cuarto que me había ofrecido días atrás con el fin
de compartir gastos. Me contestó: “Cámara carnal, llégale acá te esperamos”.
Tomé un carro de alquiler y le pedí al chofer que me llevara a la calle de
Venustiano Carranza y la Otra, en la Colonia Constitución. El taxista de volada
me sondeo: -para allá te va a salir en un toleco compa, porque esta cabrón
arriesgarse, y me tienes que pagar por adelantado, ¿si quieres? Chale con los
servidores públicos, todos son iguales de manchados, saqué el billete de 50
varos y aventé el tambache al asiento trasero. El Obrero del volante, agüevo,
se aventó la bromita: -¿a dónde vamos a tirar el muertito?, entonces me di color
de que la pinche garra apestaba a rayos, pero la neta apestaba mas la casa, con
la pinche insoportabilidad de mi ruca o ¿mi ex ruca? Al taxista le salió el
psicoanalista que todos llevamos dentro (cuando la bronca no es de uno) y en la
primera oportunidad me aconsejo: -mándala al birote, hay un chingo de rucas, de
rato apañas una que te aliviane y te de hasta para tus vicios, nomás aguanta-. ¡Nombre,
la reencarnación de Mauricio Garcés y el puto Froid en persona y de taxista!
Llegue al Cantón de la
Costy, mientras me abrían se me acerco un bato down, que me miraba y me decía
que le diera un cigallo, el compa estaba golpeado, traía un ojo morado y sobre
su cabello se le veían costras de mugre y sangre, las marcas del sudor eran como
de sanguacha y su gesto terrible: dame un cigallo, un cigallo; hacia la finta
con el índice y el medio como si trajera un cigarro invisible, jalaba el humo, también invisible y luego lo
soltaba poco a poco, aferrado a que le diera un cigallo. Como pude saque mi
cajetilla de Delicados y le pase un tabaco. Ahora si, se lo puso en la
boca, saco una cajita de cerrillos para
encenderlo y se fue riendo, echando humo como chacuaco, entonces se abrió la
puerta y salió el Chavo, en chinga me dijo: -¿Ya te vacuno el cigallos, verdá?
Le contesté que si, luego le pregunté porque estaba tan madreado. Me contesto,
mientras me ayudaba a pasar el bulto, que su jefa lo golpea porque le da
vergüenza que ande pidiendo cigallos. Ya adentro del cantón el Chavo me condujo
a la recamara que me tocaba, salude a Kiko que estaba sentado en el sillón de
la sala con los pies sobre la mesa de centro, traía unas sandalias verdes
fosforescentes, que nomas me dio cura, el bato movió la cabeza en son de
quehuboleyhastahi. El cuarto no tenia casi nada de muebles; un catre, una
mesita, una silla con el logotipo de la cerveza corona y en la pared un cuadro con
unos perros jugando billar. El closet vacio. -¿Cómo ves, te late?, me pregunto el
Chavo y continuo diciendo, -esta más chida que el pintón. Nos quedamos viendo
en silencio aceptando el trato, el Chavo se tiro un pedo y nos reímos. Salimos
a la sala, Kiko estaba armando un poderoso gallo. Les dije que me tenía que ir
a trabajar pero que en la noche nos veíamos para platicar con calma. Kiko contestó que simón, que nos wachábamos
para brindar con unas chelas y darme la bienvenida. El Chavo afirmó: -¡agüevo!
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| Francisco Zúñiga |
Serían como las siete
ochenta de la noche cuando regrese. En el camino pensé; en por qué chingados no
le pedí una copia de la llave al Chavo para no tener que tocar y esperar que me
abrieran. Ya estaba casi en la puerta cuando se me apareció el cigallos, de
nuevo me vacuno, pero esta vez me detuve tratando de descifrar el mapamundi de
cicatrices que tenía en su cara de tanto madrazo. Llamé a la puerta, me abrió
Kiko, me dijo: -¿Ya conociste al cigallos? vive aquí al otro lado, luego
haciendo una caravana me señalo un sillón en la sala. El recibimiento fue con
unas Kawasakis y desde luego Kiko encendió el Flavio, llenamos los vasos de
plástico con chela y brindamos por el encuentro. La neta si alguien me hubiera
dicho que la vecindad se iba volver a reunir no lo hubiera creído. Conversamos
de los tiempos juidos, de las peripecias del Chavo en el gabacho, de cómo se
jode la raza en los Esclavos Unaites, de cómo y porqué se largo de trampa, sin
paipers, ¡así, a la brava loco! por la
bronca que se aventó con Don Ramón por culpa de la Chilindrina. Ja, jajaja pinchi chiliskis al final se prendió machín,
se le subieron los humos y se fue a volar, seguíamos llenando los vasos y hasta
el churro nos chingamos. Salió canija la chiliskis, se montó en su macho y nos dio
pa´tras a todos los de la vecindad. Dicen que dejo de visitar a su jefe y corrió el rumor de que no
le fue muy bien, que la andaban exhibiendo en un circo. Kiko nos tenía a risa y
risa, nos platico que él también se había metido en un circo pero le fue mal,
lo traían de rancho en rancho, peor que a Capulina, pero se volvió
internacional, anduvo por toda Latino América hasta que se estableció en Chile,
con unos tipos que lo contrataron para un programa de televisión pero tampoco le
fue como el esperaba, entonces se puso a vender anfetas y otros polvos para
sacar el varo, en ese bisne le fue mejor, se conecto con Don Ramón para hacer
trafique del Cono Sur al D.F.. Primero se fue Don Ramón a Chile con el paro de
hacer el programa de televisión juntos y luego iniciar el negocio, pero eso valió
ched, en el tercer envió aperingaron a Don Ramón y soltó la sopa, de modo que
Kiko tuvo que pagar con cárcel 8 años, una condena de 16 por tráfico de drogas,
crimen organizado y ve tú a saber cuantas agravantes. Pinche Kiko, de la risa se fue al llanto,
mientras se forjaba otro churro, se entristeció por los años perdidos y por que
no pudo estar en el sepelio de su jefa. El Chavo se pulió ajerándolo con que
era un pinche llorón, que a poco creía que su jefa le iba a durar toda la vida,
que siempre fue un niño mimado, que hasta creía que se iba a hacer maricón,
siempre atrás de las faldas de doña fodonga. ¡Uta, con el Chavo! Estaba viendo
la mar desbordarse y le echaba más sal a la llaga. Kiko, se puso serio y nomas
resollaba como toro, se empezó a poner rojo de encabronando. Le dije al chavo
que cambiaros de tema. Las chelas se habían terminado. El Chavo propuso ir por
otras. - ¡vamos pinche Kiko para que te calmes!, le dije mientras agarrábamos
los envases de las kawas. -Simón, loco. Dijo el Chavo, nomás cámbiate de
chanclas porque con esas pareces puto. Ja, jajaja. –Ni madres culero, así me voy si quieren y
sino, pos vayan y chinguen a su madre, refunfuño Kiko. Ya estaba caliente el perro, entonces se me
ocurrió que podía calmar el acelere si me tendía yo sólo a la tienda por las
pinches kawas, pero nel, cada cabrón agarro su envase y nos lanzamos por la
causa.
En la calle Kiko iba muy
anchón, como barquito de papel, el Chavo alegando que el cabrón de Kiko todavía
no conocía bien el barrio y ya andaba de faramalloso, que la onda era serena
porque la banda del terreno es muy sácale punta. -Me vale gaver, dijo Kiko, a
ver quien se quiere pasar de tolonga y le mostró al Chavo la cacha de un cuete
que traía fajado. -Chale, dije nomas para mí, este cabrón esta loco. Me entro
la paranoia; volteaba de un lado a otro, veía a los compas tumbados del barrio tirando
cotorreo y pensaba, ojala nadie se la haga de pedo y le miraba las sandalias al Kiko y neta que si
parecían de joto y me daba risa, pero no decía ni madres, nomas me reía pa’dentro.
Llegamos a la tienda y pusimos los
envases en el mostrador, yo busqué unas papitas, cacahuates, cualquier
chingadera para bajar avión, apañé un paquete de papas fritas, las abrí y
empecé a tragar, En eso se escucharon sirenas de patrulla y me saqué de onda,
me asomé a la calle y waché el corredero de raza como si hubieran rociado Baigon,
unos rancholos se metieron a la tienda y bajaron la cortina, por la ventana se
veían dos tres tiras apañando banda. Volteé a ver a Kiko y el bato me hizo la
seña de que me calmara, con el dedo índice sobre su boca me hizo el iris de:
¡Chitón! Seguramente me vio alterado, saqué del refrigerador una coca cola, la abrí y me la empecé a
tomar, en ese momento apagaron la luz y alguien dijo susurrando que nadie hiciera
ruido.
Pasaron como 20 minutos,
cuando alguien de afuera golpeó la cortina y le gritó a doña Lucha que ya se
había calmado todo, que abriera la tienda. A mi ya se me había bajado el avión,
entonces prendieron la luz, nosotros pagamos las chelas, las cocas y la botana
y nos fuimos al cantón. La calle estaba ausente, desgentada, solo se barría un
cuchicheo en el empedrado que rebotaba en las paredes del barrio: los tiranos se
llevaron a más de cuatro monos. El Chavo nos comento que estas redadas son muy
frecuentes y mirando al Kiko le dijo: ¡para que te pongas trucha! Todos de
acuerdo por lo del trueno. Ya en el cantón y con las pilas bajas nos pusimos a
oír la graba, el Chavo puso un casset con rolas de Pink floy, luego Kiko se despidió y se metió a su cuarto, antes
el Chavo le apunto con el dedo índice a la espalda y haciendo el iris de que tenía
una pistola le disparo.
Yo me fui a mi aposento,
sacudí el catre y me acosté, pensando en que
todo este desmadre no era normal.
Me quede mirando el techo blanco, empecé a escuchar unos golpes secos, primero
fue como si estuvieran talando un árbol, como golpeando un tronco con un
machete. No fueron muchos, pero me llamo la atención que fueran breves y contundentes.
Luego se vino un silencio, me levanté, crucé la sala y salí al patio, se venían
las siluetas de los árboles meneándose al compás del viento, la luna estaba
como mordida y hacia fresco, entonces vino un estado de friques; se empezó a
escuchar un mugido como una brama, un canto de dolor, mas bien, un resuello
culero. Entré de nuevo a la sala, el Chavo estaba aplastado en el sillón, seguía bebiendo y le
había subido todo el volumen a la grabadora. Se me quedo de clavo como
diciéndome: -¿que pedo? Le pregunté que si había oído los madrazos, los quejidos,
el llanto cabrón. Me contestó: que por eso ponía la música a todo volumen, para
no escuchar.



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