El prejuicio es mi señor y nada me
parecerá.
Luis Enrique Anguiano Torres
Más
de una vez me han dicho que soy una persona prejuiciosa. La primera vez que
entendí qué significaba esa oración me sentí ofendido porque yo sabía que no
era del todo cierto. Vamos, no tanto como la persona que me lo estaba diciendo,
y conste que no me estoy disculpando, la diferencia era que aunque él tenía
relativamente pocos prejuicios siempre actuaba en consecuencia de lo que su
cerebro interpretaba mas nunca de lo que la vista y los pies le sugerían. Por
el contrario, mis prejuicios casi siempre se reducen a vociferar o quejarse
sobre X o Z.
Es
algo natural. El prejuicio lo tenemos todos en cierto nivel, mayor o menor,
pero todos somos prejuiciosos de cierta forma. El prejuicio y el racismo van
emparentados como las tenias y la mala nutrición: comes mal, te sale una tenia,
empiezas a tener problemas para comer, te sale otra pinche tenia… Y cuando te
das cuenta, ya tienes en tus tripas una docena de gusanos que miden lo mismo que
el ancho de la calle.
Bueno,
deshacerse del prejuicio y el racismo es prácticamente imposible. No se hagan
pendejos. No digan que no hay personas prejuiciosas porque es algo que
ejercitamos casi diario. Establecer diferencias con los que “no son como nosotros”
es una cuestión genética de todos los animales que viven en manadas.
Así
que, sí, vamos por la vida siendo un poco racistas y prejuiciosos. Lo difícil
es admitir que uno tiene esas semillas del mal bien incrustadas en solo Dios
sabe dónde. No te hagas como que la pinche Virgen te habla: tú también tienes
un poco de eso.
Vamos
por la vida haciendo prejuicios de “pinche cholo” o “pinche indio” o “pinche
normalista pendejo” o “pinche fresita” o “pinche mirrey” o “pinche marihuano” o
“pinche vano” y es algo completamente normal. En serio, así, de neta. Señalar a
otro porque sea “un pinche prejuicioso” es verdaderamente ridículo.
Lo
que me parece que sí es algo dañino es esta madre de estar actuando con base en
el mero prejuicio y no nada más dejarlo en una impresión. Por ejemplo, esta
madre de que cada que te detiene un tránsito es porque te viene con la mordida
es un prejuicio bien cabrón. En el imaginario popular tenemos tan incrustada la
imagen del chota corrupto que ya no podemos actuar de otra manera cuando
tenemos a uno enfrente.
O
también del pinche burócrata caguengue que nunca quiere hacer nada –aunque
déjenme decirles que esto más que prejuicio es una realidad– y la gente anda
por ahí sin hacer trámites o buscar a los encargados de cierto puesto nada más
porque saben que los cabrones en lugar de hacer un trámite en 3 horas te la
harán de pedo durante semana y media.
Ahora,
lo que se dice así ra-cis-mo en toda la extensión de la palabra, pues, pocas
veces es algo que veamos en nuestro México lindo y qué herido. Por alguna razón
el mexicano no es tan racista con los negros o con los japoneses o con los
judíos, sino que es racista con el mexicano mismo. Esa parte me rompe las
pelotas porque es algo que en lo personal detesto pero que sé que yo también lo
practico.
Me
cae mal el hecho de que se use la palabra “indito” pero me cae más mal la
persona que la dice y sé que es un fresa, un pinche vato al que le dieron todo,
un pendejo mimado que de seguro no creció en una zona rural, puto fresita mamón
que…
Y
así me la podría llevar todo el día. Señalando a los que me caen mal por
señalar. ¿So what? ¿No es lo que hacemos siempre, acaso? O sea, hay cosas de
las que sabes que tienes un prejuicio y aunque tratas de entender, no les ves
por dónde o no saboreas el chiste de la situación. Y eso está bien. Tampoco te
sientas muy acá ya por decir “Oh, me animé a meterme a un barrio bajo para
entender mejor la situación de la vida marginal del cholo, ese esfuerzo merece
una capiseñal” porque no es algo que merezca muchas loas sino todo lo
contrario, es algo que debería ocurrir más a menudo.
La
sociedad mexicana tiene un prejuicio bien grande contra la cultura gay. O sea,
no es que estén en contra de los gay (me doy cuenta que nos tomamos eso algo a
la ligera y que los encuentros homosexuales fortuitos de “nomás este y ya” es
algo un poco más común de lo que imaginan) sino que el prejuicio está en
contra, por ejemplo, del travestismo, del transexual, de las demostraciones
públicas de amor… Y no entiendo por qué. Realmente. Esta madre de las “buenas
costumbres” es un pinche discurso rancio que heredamos de no sé quién pero que
definitivamente no era como nosotros.
Realmente
no entiendo esa actitud de mojigatería que impera a lo largo y ancho de nuestra
nación, eso me da igual. Los dobles estándares es algo que caracteriza la vida
privada del mexicano y en este caso son el motor principal del prejuicio.
“Ay
no ¿Cómo voy a andar con esa morra? Está bien prieta así como bien fea” o “¿Yo
andar con Juan Ruiz? ¿Qué te pasa? No” y aunque sabemos que lo más probable es
que, con unas chelas de más, lo hagan con todo el gusto que nos estaban
ocultando desde un principio. El prejuicio siempre es un poco más frágil de lo
que parece.
Yo
lo único que me pregunto es ¿qué cosa eran antes de ser hipsters y qué cosa
serán cuando dejen de serlo?



No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Deja tu comentario aquí