"Rechinado
de dientes"
Un viaje por los sonidos del día.
Por: Judith Guzmán
@judi_jude
Lector,
sí solamente nos representamos entre letras, ¿dónde quedaría el sonido de la
noche?
sea
libre, haga lo que quiera conmigo mientras me lee.
Al
final, solo nos representamos entre letras.
Se
activa el despertador, lo primero que rompe ese mundo onírico en el que te
encuentras es una canción cargada de melancolía. Despiertas con los ojos aún
temblorosos por la profundidad del sueño, el sol aún no sale y la cama sigue
oliendo a noche. Te quedas ahí, en la penumbra, mirando el techo que soporta a
ese dios inexistente y la música transporta lo último del sueño a un lugar que
sólo por azar reencontrarás de nuevo. Piensas en todo sin entender nada. La
lista de pendientes del día está hecha.
Vuelve
a sonar el despertador, son las 5:45 am y es hora de levantarse. Prendes la
cafetera que contiene la dosis de activación necesaria, conectas la computadora
y abres la regadera. Con el chorro escurriendo por la nuca, el shuffle -ese
dios existente- te lleva a reactivar las neuronas. Es un día de supervivencia,
de enfrentamiento a la cotidianidad. La voz, el contoneo, todo es permitido a
estas horas de la mañana, donde el cuerpo se recupera del viaje sensorial del
sueño y comienza a reconocer una realidad tangible.
Ya
avanzó el día, el desayuno aparece en presentación de barrita y termo. Los
audífonos bien colocados, la mochila en los hombros y la primer hazaña por
atrapar la ruta 25. La cabeza se mueve, los ojos se entrecierran, escuchas las
notas que te aceleran el paso. Hace sol, ya son las 7:00am y el movimiento
matutino comienza a reconocerte como parte de la coreografía. Hay un bajeo con
buen groove que suena y esa agresividad en la voz y los sintetizadores te pone
con atención a los actos ajenos que puedan consternar ese andar, ese contoneo
que no ha terminado desde que saliste de la regadera.
El
camión se atiborra de olores, de cabellos engrasados y zapatos lustrosos. No
tienes la fortuna de sentarte, pero sí de admirar una variedad ecléctica de
manos, que aferradas al tubo, pelean en contra de los arrancones del chofer.
Todos son desconocidos que comparten territorio en movimiento por más de un
minuto. La calma llega por un momento, nadie habla, cada cabeza tiene su propia
dosis de día dentro de ella, cada una pelea por encontrar soluciones a
problemas inexistentes; somos extraños que se distancian por kilómetros estando
uno al lado del otro.
Viajeros
que caen en este tiempo, en este mundo, en esta ciudad y con el cuerpo
prediseñado que se nos ha otorgado. Eso somos. Un espacio entre la comida que
ingerimos y la mierda que desechamos. Llegas a tu espacio de desenvolvimiento
por las siguientes 8 horas, quizás 6 quizás 10, no lo sé. La música se ha
puesto en pausa y sigues tarareando la última melodía. El tiempo se escurre.
Vives
a expensas del día. Te detienes por instantes, reflexionas quizás, regresas a
la parada de autobús. Ahora estás frente al espejo de la mañana, el sol cae, la
noche se avecina y no hay más plan que regresar a casa. Retorna el sonido a tus
oídos. El camino no es más largo ni más corto, sentado mientras la cabeza
golpetea contra el sueño de la tarde, suena en la boca del estomago el hambre
por estar fuera de todo y dentro de la nada. ¿Será un hastío? sólo se es una
única molécula, un único átomo que se presenta a los ojos de la sociedad, un
cumplimiento por dar y generar, un entregar lo que eres a lo que se quiere que
seas. No hay más. No hay límite entre la necesidad y el deseo, las líneas
rompen el entendimiento y sólo puedes tener algo por seguro: "Todo, tiene
un pinche fin".
Se
activa el despertador, lo primero que rompe ese mundo onírico en el que te
encuentras es una canción, un sonido que te transportará por el resto de tu
día. En un convertible, en el camión, pedaleando por las calles, simplemente
caminando al destino que a todos nos espera. Moverse es vivir, es desprenderse
de lo que se fue antes, recrear. Somos como ese tiempo que se escurría, como
ese cigarrillo que se consume aunque no lo fumes, tenemos un lapso y un
momento, entre más nos fumemos se consume lo que éramos y jamás se volverá a
ser ese cigarro completo de nuevo.


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