Dragon Ball es científicamente correcto
(los adultos no existen)
Luis Enrique Anguiano Torres
Soy
un niño en el cuerpo de un adulto. Todas las personas que conozco lo son. Una
computadora, por ejemplo, es un juguete tecnológicamente avanzado pero un juguete
al fin y al cabo. Los celulares. Los coches. Muchas cosas “tan del mundo
adulto” son en realidad juguetes para los que hemos aprendido a caminar en dos
pies y comemos verduras sin rechistar.
Nel,
no creo que exista algo como un hombre adulto de verdad adulto. Quizá cambiamos
físicamente y nuestras actitudes aumentan en número e intensidad pero en el
centro seguimos siendo los mismos. Cuando estamos solteros y tenemos un empleo,
entonces es como si nos dijeran “será 6 de enero al menos más de una vez al año”.
Gastamos el dinero que nos hemos procurado en juegos y juguetes para grandes.
Ahora,
una de esas cosas que tiene de bueno o de malo ser adulto –que significa
también ser niño– es que puedes ver las
cosas con una perspectiva más amplia. Un enfoque que no sólo permite que nos
carcajeemos con el pastelazo que acaba de recibir el gordo sino que lo
contextualicemos como una obra postmoderna de negación del yo en el que el
individuo con sobrepeso es víctima moral de acciones concretas que están
relacionadas con su depreciación subjetiva en un plano sociorelacional agravado
(o agraviado) por determinada condición de su pasado. O algo así.
Dicho
de otra forma: mientras nos reímos del gordo le andamos buscando chichis a las
gallinas. Un ejemplo de esto son los muy famosísimos “fuera de lugar” que tanto
se dan en el fútbol: gritamos y festejamos o nos deprimimos y nos avergonzamos
de irle al América (estas reacciones son equivalentes a reírse del gordo)
mientras nos ponemos a pensar en si es válido eso que Zidane acaba de hacer o
que si Iker Casillas está en mejor forma que la temporada pasada, inclusive
discutir con otros sobre si era un fuera de lugar válido o no (eso es buscarle
chichis a las gallinas).
Se
habrán dado cuenta que no sé de futbol.
Una
de las cosas que me gusta hacer es convivir con uno de mis primos menores:
juegos de mesa, tocar la guitarra, algún videojuego de vez en cuando pero sobre
todo Dragon Ball. Y, bueno, el otro día estábamos viendo un episodio especial
dedicado al padre de Gokú. En este capítulo, Bardock viaja al pasado gracias a
una bola de energía que le arroja Freezer para destruir el planeta-hogar de los
saiyajin. Mi primo me preguntó que por qué Bardock no había muerto, le dije
“está en el pasado” y me preguntó el temible “¿y por qué?” y fue cuando me
callé. Me puse a pensar que en otra película, el villano Turlece (que es
idéntico a Gokú, se pronuncia ‘Tarles’) recibe una genkidama y su cuerpo
comienza a deformarse y deformarse hasta parecer algo como una playera estirada
o un fideo mal cocido. En otra ocasión, Gokú está apunto de recibir una
esfera-ataque energético y en lugar de morir termina en una dimensión perdida.
Mi
sobrino exclamaba “¿Viste? ¿Viste? ¡Se salvó! ¿Pero por qué terminó en la
dimensión de la oca?” y mi respuesta automática “Por la cantidad de energía del
ataque de Baby…” hizo que me cayera el veinte: ¡Claro güey! Los ataques en
Dragon Ball se comportan a veces como hoyos negros y a veces como estrellas de neutrones.
Estos dos tipos de objetos están hechos de materia densa, muy densa. La más
densa que se conoce.
¿Recuerdan
esa adivinanza tonta del kilo de plumas y el kilo de plomo? Bueno, pues viene a
ser más o menos lo mismo: tanto los hoyos negros como las estrellas de
neutrones son un chingo de materia comprimida en un solo cuerpo de dimensiones
notables. Su campo magnético es tan encabronadamente fuerte que, literalmente,
el tejido espaciotemporal se distorsiona en su periferia. Esto explicaría
algunas cosas: el imposible estiramiento (sí, son caricaturas, pero no son los
Looney Tunes) sería resultado de la órbita del sujeto (Turlece, en este caso)
respecto al objeto denso, cosa que cabe en las descripciones teóricas de los
efectos de un hoyo negro.
Por
si no lo sabían, los hoyos negros no se pueden recrear experimentalmente en un
laboratorio. Y no, eso de que el LHC iba a crear uno es una leyenda urbana.
Por
otro lado, el viaje en el tiempo y el viaje a otras dimensiones sería posible
si se toman en cuenta algunos postulados sobre la simetría del espacio-tiempo.
Vaya, que la Teoría de la Relatividad en sus dos vertientes puede estar detrás
de ambos efectos.
No,
no estudié física. Por eso lo explico tan mal.
Y
bueno, al ver la sonrisa de Juan Carlos al decir “Sobrevivió” que se
desvanecían ante la duda de “¿Cómo es que terminó en esa dimensión?” hizo que
lo mirara fijamente, mi niño interno agarró sus libros y los puso en mi mesa
cerebral. Empezó a sacar apuntes y momentos después levantaba el brazo, lápiz
en mano, diciendo un sonoro “yo sé, yo sé…” y el cuerpo adulto que contiene a
ese niño medio esbozó una sonrisa, pausé el video y comenzó la explicación:
“Imagínate, Juan, que el universo es como una piscina pero que en lugar de agua
tiene sábanas, una encima de otra, y nosotros somos un nudo en una de ellas…”
A
veces es perrón no haber perdido la infancia.



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