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| (c) Alejandro Delgado _ "Crossroad Dream" (Fragmento) |
por Pablo Paniagua
¡La Postmodernidad
ha muerto!
Hoy se habla de la Postmodernidad como si todavía estuviéramos inmersos en ella, cuando hace tiempo quedó atrás.
En todas las épocas
de la historia el arte ha sido un reflejo de su tiempo y una manifestación que
nos sirve para estudiar los comportamientos sociales y culturales, y en dicho
sentido, para entender la Postmodernidad y certificar su muerte, es preciso
comprender, a su vez, el siguiente proceso evolutivo: Modernidad –
Postmodernidad – Supermodernidad, en su dimensión artística, para luego llevar
el modelo a su escala social y política. También, he de aclarar, es más preciso
utilizar los términos como están propuestos, en vez de Modernismo,
Postmodernismo y Supermodernismo, por el simple hecho de que el Modernismo es
una corriente artística surgida entre los siglos XIX y XX, que también se
conoce con los nombres, según los países, de Art Nuveau, Modernisme y
Jugendstyl, y por ello Modernismo y Modernidad no son lo mismo, pues el primero
se refiere a una corriente artística y el segundo a una época de la
Historia del Arte, de tal modo que, para igualarlos en un mismo plano
lingüístico y conceptual, son más acertados los términos propuestos. Respecto
al término “hipermodernidad”, que hoy en día emplean algunos filósofos, como
por ejemplo Gilles Lipovetsky, es del todo erróneo, pues para utilizar el
prefijo “híper” primero habría que haber pasado por lo “súper”, nomenclatura
evolutiva necesaria y aplicable en este caso.
Para ordenar este
ensayo, en el punto primero –I– abordaré la antedicha evolución en su faceta
artística; en el punto segundo –II– veremos que la misma sintomatología se
repite en los aspectos sociales y políticos; y en el punto tercero –III–
ofreceré mis conclusiones sobre la actual Época Supermoderna.
I
Hoy, con la
perspectiva del tiempo pasado, un tiempo que dejaba de ser presente para
convertirse constantemente en futuro, como una mutación de sí mismo, como fundamento
del cambio, podemos abordar para comprender, desde esta distancia, todos los
sucesos artísticos del siglo XX en lo que a las artes visuales se refiere, a
partir del concepto de “Dispersión del arte”.
Tenemos que
considerar el arte del siglo XX como una entidad en constante evolución,
tratando de superarse a sí misma a un ritmo frenético, en una lucha por
descubrir todas las formas expresivas y de representación posibles que el ser
humano pudiera crear, haciendo un paralelismo con el progreso científico y
tecnológico, por medio del cual la Humanidad llegaría a conocer lo hasta ahora
no conocido como una conquista más de la evolución.
Entre finales del
siglo XIX y principios del XX aparece en Europa el Arte Moderno, en el instante
en que el artista deja de copiar la realidad, para acabar inventándola, en ese
afán aventurero de crear lo inexistente como fin último de esa evolución
ilimitada. En ese momento, los sucesos artísticos se dan de acuerdo a una
serie de parámetros estilísticos, que los conforman como determinados
movimientos con una evidente preponderancia dentro de su medio. Estos
movimientos artísticos se suceden unos a otros, según van surgiendo diferentes
formas de expresión y representación de una realidad nueva, descubierta o
inventada. Pero, para hacer utilizables estos términos de manera conjunta,
podríamos decir que la expresión artística se da representada de manera
objetual o conceptual, según sea su determinada carga.
En un principio el
Arte Moderno se vio expresado, fundamentalmente, de manera objetual y enmarcado
en un territorio llamado europeo, o sea, concentrado en un lugar geográfico
preciso (principalmente en París) en eso que se denominarían Vanguardias
Históricas, si bien esa determinación territorial no era del todo exclusiva, pues
en Alemania, Austria e Italia antes de la primera guerra mundial, en Suiza
durante ella, y en Rusia entre los años 1909 y 1925, hubo una importante
actividad vanguardista, pero de ninguna manera tan poderosa como en la ciudad
del Sena.
En 1916, en la ciudad
de Zurich, aparece el Movimiento Dadaísta, propuesto por Hugo Ball y luego
encabezado por el pensador Tristan Tzara, que junto con un grupo de artistas
hacen realidad la revolución que preconiza el fin del arte o el antiarte. Pero
la ruptura definitiva con la esencia objetual se dio en el año 1917 con Marcel
Duchamp, cuando elige un objeto cotidiano para exponerlo y firmarlo como obra
de arte: un hecho de vital importancia en la futura trayectoria del Arte
Moderno, que en ese preciso instante no supuso más que una provocación, pero
que, a la larga, cambiaría el curso de la historia.
El fin de Dada no se
hizo esperar, debido al choque ideológico entre dos gurús, el citado Tzara y
André Bretón, mentor del Surrealismo, con lo que muchos de los artistas integrados
en el dadaísmo se pasaron a las filas de la revolución surrealista.
Si Dada suponía una
negación de la realidad impuesta por los poderes dirigistas de la sociedad, el
Surrealismo reivindicaba la realidad de lo irracional.
Hasta aquí, el
“estado de concentración” que se daba en el mundo del arte era algo evidente,
pero con la llegada de la Segunda Guerra Mundial, en 1939, empieza la
“dispersión del arte”, al menos en su etapa geográfica. Aquellos movimientos
artísticos que se sucedían han de abandonar la escena donde se desarrollaban,
acabándose para dar paso a otros nuevos. El epicentro del mundo del arte sería
ahora la ciudad de Nueva York, aunque en Europa, tras el final de la guerra, la
actividad creadora continuaría pero ya no de forma tan arrolladora como en
tiempos pasados. Se pasó de la “Escuela de París” a la “Escuela de Nueva York”
y a la bipolaridad en el dominio de los sucesos artísticos.
En los Estados
Unidos de América surgió con fuerza, en torno al año 1945 (y no sin apoyo del
Estado) el Expresionismo Abstracto, como primera tendencia genuinamente
americana y como última manifestación estética del Arte Moderno; tras ésta, a
partir de 1955, aparecerían el Pop Art (europeo y estadounidense), la llamada
Nueva Abstracción o Abstracción Postpictórica (que más tarde competiría con
diversas abstracciones europeas como Grupo Cobra e Informalismo), el Op Art y
el Minimal Art. En las tendencias norteamericanas ya se aprecia una ruptura
estética más cercana a planteamientos conceptualistas, y en el caso del Pop Art
cierto “neodadaismo” en la reproducción de algunos trabajos, en los que la mano
del artista ya no está presente, y un claro comportamiento postmoderno por la
influencia iconográfica de la sociedad de consumo. Aquí, ya podemos hablar del
inicio de la Postmodernidad y señalar al Pop Art como su primera manifestación
artística. En aquella época también aparecen las artes del cuerpo (happening,
performance, etc) y el “concepto” en sus distintas manifestaciones empieza a
tomar relieve en la escena artística.
Se da, entonces,
otra ruptura sobre la concentración que ya no es meramente de lugar, sino de
contenido. Es el concepto que entra en escena, la herencia de Duchamp y el
Movimiento Dadaísta. El concepto se concreta cuando se abandona la improvisación
dadaísta, para hacer un planeamiento previo de lo que hay detrás de la idea, y
no la idea en sí. Como resultado, a partir del año 1969 comienzan las
exposiciones de Arte Conceptual como tal, viéndose legitimada esta tendencia en
el año 1972 en la Documenta 5 de Kassel.
La competencia entre
el “concepto” y el “objeto” está servida en forma de lucha fratricida entre dos
elementos que son como el aceite y el agua, que al ser incompatibles provocan
la dispersión de sus sustancias. Así comienza el verdadero camino hacia la
“dispersión del arte”, que no es más que el tránsito del principio de la
dispersión hasta la dispersión total y el triunfo del concepto sobre el objeto,
en lo que podríamos llamar Supermodernidad, que es el estado en el que ahora
nos encontramos.
En la Postmodernidad
se da la citada lucha entre el objeto y el concepto, a través de un conjunto de
discursos que pugnan por imponerse, fundamentados en la defensa o el ataque a
la mimesis de la realidad. La actividad artística, a su vez, se empieza a
diseminar en diferentes puntos geográficos y el eclecticismo de las formas de
expresión–representación se conforma como la tónica generalizada. El arte se
empieza a dispersar poco a poco, hasta llegar a ser un modo de expresión propio
del mundo occidental que se implanta a nivel planetario, con el triunfo final
del concepto sobre el objeto.
La Supermodernidad
está caracterizada por la mundialización del arte en la cultura global
occidental, en la que tienen cabida multitud de artistas de diferentes lugares
del planeta, que trabajan, sobre todo, en referencia al concepto. Vemos, así,
que los diversos estados de la Historia del Arte tienen paralelo con el
desarrollo de la sociedad occidental en el transcurrir del siglo XX, pues el
arte es una manifestación como reflejo emanado de un mismo cuerpo.
No entro a valorar
en este punto la supuesta crisis de la sociedad globalizada, ni la crisis del
arte expuesta de manera tan locuaz por Jean Baudrillard, simplemente unifico la
historia del arte del siglo XX bajo los conceptos de
“concentración–dispersión”, para explicar y marcar cronológicamente su
accidentado transcurrir.
II
Si en el mundo del
arte la Postmodernidad se identifica por la lucha entre el objeto y el
concepto, y la separación territorial de las diferentes manifestaciones y el
inicio de la comentada dispersión del arte, en el plano socioeconómico y
político, la Postmodernidad, de igual modo, se identifica por la lucha entre
Oriente y Occidente en lo que se denominó como Guerra Fría, con dos maneras
distintas de entender los procesos económicos entre el capitalismo y el
comunismo. Objeto-concepto en el arte, capitalismo-comunismo en el plano
político y socioeconómico. Por consiguiente, el inicio de la Postmodernidad lo
podríamos marcar en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, con la
reconstrucción europea y dentro del proceso de separación del mundo en dos
bloques políticos.
La pugna entre el
objeto y el concepto terminará con la supremacía del concepto en el mundo del
arte a finales de la década de los 80, cuando en los diferentes eventos
internacionales del arte, ferias y bienales, el concepto rebasa a las distintas
expresiones objetuales, con una sensibilidad estética más acorde a los nuevos
tiempos y frente a propuestas más envejecidas que quedan como referencia del
pasado. En la esfera política y socioeconómica, de manera similar, el
capitalismo, con la liberalización total de la economía, se impone como modelo
mundial predominante frente a un comunismo fracasado, con el final de la Era
Soviética y la caída simbólica, en 1989, del Muro de Berlín.
Si en el mundo del
arte, al final de la Postmodernidad, la dispersión de los diferentes centros
creadores se da a nivel planetario, en el plano socioeconómico y político cobra
relevancia la mundialización del liberalismo económico como modelo, en lo que
se define como “globalización”. A partir de aquí, con la dispersión total del
arte y con la globalización del modelo occidental, es cuando ya podemos hablar
del inicio de la Época Supermoderna, a partir del año 1989, con la caída del
Muro de Berlín (si bien los cambios entre épocas, Modernidad – Postmodernidad –
Supermodernidad, siempre se producen como un proceso de transición en pocos
años, con el atisbo de las primeras manifestaciones que terminan por tomar
fuerza e imponerse como pauta).
Asimismo es
fundamental, dentro este proceso que marca el inicio de la Supermodernidad, el
surgimiento de un nuevo medio de comunicación e información global, a través de
una red de redes que se da a conocer con el nombre de Internet, cuya aplicación
abierta se empieza a implantar a partir del año 1992, con un proceso
experimental previo que se inició en el año 1989 con el primer ISP de marcaje
telefónico world.std.com. Ahora en Internet confluye y se desarrolla una nueva
“cultura global” que expande las fronteras de la comunicación y la información
de manera prodigiosa, algo totalmente inédito en la Historia de la Humanidad y
como signo de la nueva Época Supermoderna.
Si en la
Postmodernidad la sociedad occidental se ve influida en su desarrollo por la
tecnología y las tendencias consumistas, en la Supermodernidad lo está bajo un
consumismo exacerbado y la alta tecnología o hi-tech
(telefonía móvil, computadoras, pantallas de plasma, productos cibernéticos,
videoconsolas, discos compactos, nanotecnología, etcétera), en lo
que representa un salto cualitativo respecto a anteriores avances
tecnológicos. Ya la relación del humano con la tecnología es distinta, pues su
dependencia pasa a formar parte de su manera de vivir como algo imprescindible.
Salta a la vista que
la vida y las dinámicas sociales de la Postmodernidad no son las mismas, que a
partir de los procesos globalizadores que se desarrollan tras la caída del Muro
de Berlín, e hiere a la razón no percibir esta nueva realidad y seguir hablando
de los tiempos actuales como si todavía estuviéramos instalados en una especie
de Postmodernidad eterna, cuando las condiciones sociales, artísticas y
políticas ya no son las mismas, y cuando los avances tecnológicos están
cambiando los procesos evolutivos de la especie humana.
III
Habiendo ya
certificado la muerte de la Época Postmoderna y su Postmodernidad, ahora
explicaré mis conclusiones sobre la recién iniciada Época Supermoderna.
Un incierto
pensador, como es Francis Fukuyana, tergiversando a Hegel, declaró el Final de
la Historia viendo en el triunfo del “liberalismo económico” la solución a los
problemas de la Humanidad, cuando dicho modelo político, que se basa en la
avaricia, la usura y la especulación (donde se juega con la dignidad humana en
casinos llamados bolsas de valores), triunfa con sus cimientos corruptos sobre
el comunismo y es moralmente censurable cuando una minoría somete, por
interés particular, a la mayoría de los habitantes del planeta. A este respecto,
Gilles Lipovetsky se equivoca cuando dice que su mal llamada “hipermodernidad”
se funda en cuatro principios, como son los derechos humanos, la democracia
pluralista, la lógica del mercado y la lógica tecnocientífica; pues los
derechos humanos de ningún modo son respetados por unas democracias (que más
bien parecen dictaduras camufladas) que se desviven por el mantenimiento de un
sistema económico tan injusto que favorece, exclusivamente, a los dueños del
dinero; cuando dichas “democracias”, dominantes en occidente, hacen guerras
ilegales que pisotean los derechos humanos que dicen se han de valer. Y es que
la Supermodernidad, más bien, se identifica por la simulación que suponen los
presuntos valores beneficiosos del liberalismo económico, las dictaduras
disfrazadas como democracias, el respeto de los derechos humanos a
conveniencia, y sí, aquí sí, la lógica tecnocientífica.
En la sociedad
supermoderna el individuo se ve alienado por todo lo que conforma el sistema
político-económico arriba expuesto, mediante una serie de dinámicas
enajenadoras que se asumen como tipo de vida. Es la cultura del consumismo
exacerbado y de la imagen que se desprende de lo material, del tanto tienes
tanto vales, del dinero y la ostentación como sinónimo de éxito social, es la
banalidad más absoluta infectando los cimientos de la misma sociedad.
Y es que,
efectivamente, el triunfo del liberalismo económico supuso el hundimiento de
las utopías, de los pensamientos que buscaban, en la evolución de la especie
humana, un mundo más justo, libre y pacífico, ofreciendo, a cambio, un sistema
económico salvaje que agranda las brechas de desigualdad económica, con el
consecuente aumento de las masas de pobreza y la hegemonía de la injusticia
como signo. Así pues, la Supermodernidad nace bajo la inercia enajenadora y la
crisis embrionaria de un sistema económico que marca el camino hacia lo
contrario que simboliza la utopía: la distopía.
A lo anterior
debemos sumar que, tras la caída del Muro del Berlín y el desmantelamiento de
los sistemas políticos comunistas, el mundo se volvió a dividir, esta vez, en
dos bloques con una manera totalmente distinta de entender la realidad, y bajo
el influjo de tradiciones marcadas por los mandatos de sus religiones
dominantes. El proceso globalizador impuesto por Occidente, bajo las reglas de
su orden económico y como forma de conquista cultural, es rechazado por parte
de las sociedades musulmanas y de los regímenes políticos teocráticos, pero con
cierta propensión retrógrada hacia postulados ultraconservadores. Se da,
consecuentemente, una lucha de civilizaciones basada en el sentir de
sus distintas religiones, cuando cada vez está más claro que los cultos
monoteístas, cuyos dioses fueron inventados por los hombres para dar sustento y
respuesta a las incógnitas sobre la existencia, sólo han servido para generar
violencia y servir a lo contrario de lo que por lógica se desprende de los
atributos que debería tener la divinidad, como son el amor, la misericordia y
el respeto ajeno, de tal modo que ahora un islamismo intransigente,
esquizofrénico, se vale de la violencia para alejarse de cualquier valor que
pudiera ser avalado por un dios verdadero, en idéntico proceso al de Iglesia
Católica a lo largo de su historia.
La falta de valores,
la simulación, la alienación del individuo por el poder y por el sistema
económico consumista, la adicción tecnológica y la esquizofrenia religiosa, son
los valores de una nueva Época Supermoderna sumida en la banalidad. La especie
humana, por lo visto, camina hacia la distopía. Habrá que esperar, mientras
tanto, el nacimiento del hombre posthumano, ése que vivirá en paz en este
planeta tras el derrumbe de la actual Humanidad.
BIBLIOGRAFÍA:
El presente ensayo, para estar más acorde con el método propuesto por Michel de Montaigne, se aparta del academicismo que domina en el género y por ello ofrece la bibliografía consultada habiendo omitido las especificaciones al texto:
–Simón Marchán Fiz. Del arte objetual al arte de concepto (epílogo sobre la sensibilidad postmoderna). Ediciones Akal, S.A. 1988. Madrid, España.
–Mario De Micheli. Las vanguardias artísticas del siglo
XX. Alianza Editorial S.A. 1988. Madrid, España.
–Edward Lucie-Smith.
Movimientos artísticos
desde 1945. Ediciones Destino S.A. 1994. Barcelona, España.
–Jean Baudrillard. La ilusión y la desilusión estética.
Monte Avila Editores 1998. Caracas, Venezuela.
–Arthur Danto. El final del arte. “El Paseante” (décimo aniversario) 1995. Ediciones Siruela S.A. Madrid, España.
–Arthur Danto. El final del arte. “El Paseante” (décimo aniversario) 1995. Ediciones Siruela S.A. Madrid, España.
–Joseph Maria
Montaner. La modernidad
superada (arquitectura, arte y pensamiento del siglo XX). Editorial
Gustavo Gili S.A. 1999. Barcelona, España.
–Jorge Juanes. El arte posthumano.
“Artelugio” No 5, año 2002. Dirección de comunicación y difusión cultural
Universidad Autónoma de Querétaro. México.
–Francis Fukuyama. El fin de la historia y el último
hombre. Editorial Planeta 1992. Barcelona, España.
–Gilles Lipovetsky. Los tiempos hipermodernos.
Ed. Anagrama 2006. Barcelona, España.
*De próxima aparición en la edición impresa de la revista Clarimonda.


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