Soportar
un mundo canalla
Alfonso
Morcillo
Iniciaré este texto diciendo que es de mañana y que bebo
una cerveza. Abrí el refri y lo único que había era una par de cervezas. Una
botella de tinto lucía vacía sobre la mesa. No tengo resaca. Creo que estoy un
poco lúcido.
Luego de salir a comprar el periódico y desayunar regreso
y me siento aquí y continúo la escritura. Pienso en el alcohol y en mí, en
nuestra relación de ya más de 20 años.
Hace un par de días Juan Villoro hacía una apología de Bajo el Volcán, de Malcolm Lowry, a 100
años de su nacimiento.
Hace un par de meses Nexos editó un número especial sobre
alcohol.
Hace un año colaboré con unos textos en una antología en
homenaje a Bukowski llamada Borrachos Fest.
Hace un par de años la revista Generación editó un
librito llamado Alcohol y creación en
el que incluyeron una crónica mía sobre la cantina Orizaba, en el dizque barrio
chino de la ciudad de México.
Hace unos días vi a un amigo, flaquísimo. Dicen por ahí
que está enfermo del hígado y que quizás pronto muera. Sus padres mandaron a
por él y él se gastó el dinero del vuelo en más alcohol y seguro drogas.
Hace un par de años, ya casi tres en realidad, me
detectaron esteatosis. ¿Qué cosa rara es eso? La enfermedad previa a la
cirrosis. También conocida como hígado graso, la esteatosis tiene tres niveles,
leve moderado y severo. En los casos severos la cirrosis es inminente junto con
todas sus derivaciones.
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Varios de mis amigos beben hasta el hartazgo. Los miro.
Yo me cuido, solo un poco.
He dejado el vodka y el tequila y el whisky y el mezcal
para ocasiones excepcionales. Bebo cerveza y tinto un par de veces a la semana
y no 6 de 7 días como hace unos años.
Hace poco, en la celebración por el aniversario de la
editorial Alamadía dieron mezcal
Pierde almas. Con eso terminé por perder la ecuanimidad que tenía. Luego de un
rato en que perdí la noción regresé en mí y tuve alucinaciones. Como si me
hubiera comido un peyote o metido un ácido. Veía el escenario a lo lejos, como
flotando, repleto de plantas que colgaban. Una alucinación creada con mezcal.
No les cuento la resaca del otro día. Mi resistencia y
tolerancia alcohólica han disminuido. Ignoro la evolución de mi enfermedad pues
he dejado de comer alimentos grasos y garnachas y como más verduras y bebo más
agua.
Pero si he de ser sincero debo confesar que extraño los
días en que podía pasar ebrio hasta una semana manteniendo la lucidez y el paso
recto. Podía escribir y leer con una cerveza en mano, ver películas, salir a
caminar, ir a fiestas sin perder la compostura.
El día de hoy sigo admirando a quien puede mantenerse
caminando de manera recta al salir de una cantina con 2 mil pesos menos. Admiro
la lucidez de quienes escriben desde su ebriedad y la claridad de sus ideas
expresadas al hablar sin que se les trabe la lengua.
Admiro la resistencia de sus hígados y páncreas y
riñones. He pensado en que debería haber trasplantes de hígado por riñones en
intercambio. Yo te doy un riñón sano a cambio de un hígado.
Estando sobrio he padecido las peores pesadillas. Se me
han incrementado las neurosis y los padecimientos por estrés. Sobrio me alejé
de muchos amigos, aunque ebrio perdí a otros tantos. No he sentido aquello de
que tienes amigos sólo cuando pones los tragos y cuando estás en la miseria ni
quien te invite un taco.
Si calculo vivir 70 años estoy a más de la mitad de mi
vida. Será bastante tortura y castigo tener que pasar otros 32 años sobrio. Tendré
que irme buscando la forma de soportar a este mundo canalla desde la sobriedad.
O mejor aún. Buscar el modo en que permaneciendo ebrio y lúcido muera de
manera rápida y pronta, expedita. Pero
eso no lo decido yo, en todo caso. Que el alcohol guíe nuestros pasos, y no
precisamente al matadero.



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