viernes, junio 15, 2012

Sed de sangre


Por Armando Vega-Gil

La sed es una sensación totalizadora (¿una pulsión, como en el vampiro?), una necesidad bárbara y vital, una alarma que brota desde los adentros más profundos, filtrada desde las fracturas invisibles de la presión osmótica de nuestras células; la sed es un circo de células que se desecan sin remedio y comienzan a volverse polvo y a morir ante la falta de agua... o de sangre, porque pulvis eris et in pulverem reverteris. Yahvé, lo sabemos, tuvo que amasar barro, tierra y agua para esculpir un remedo de su imagen: un hombre... Y la tierra sin agua no es más que materia inerte, tolvanera, negación absoluta de la afirmación relativa. Y en el imperfecto ídolo de arcilla divina que es el ser humano, el agua es la sangre, y la sangre-lodo es sustento del soplo que Dios ventiló en su hijo: el alma. La sangre y la carne son soporte y sustento de la conciencia del bien y, por inferencia, del mal. El sustento de la sangre y la carne es el agua, y en el cuerpo la conciencia que el hombre tiene de sí es lodo... Su contrario es, entonces, la sed: la sed es animalidad, irrazón, atavismo.
Y el vampiro es la manifestación más alta de la sed y el delirio. Sed de sangre. Sed simplemente.
La sed (saciarla) es, en el ser, un instinto, una necesidad más elemental e impostergable que el hambre pues su efecto en los cuerpos desérticos y psiques ardorosas es de mayor contundencia e inmediatez. Pasa de la mansedumbre a lo salvaje en un instante, pues sedientos sobreviviremos mucho menos tiempo que el hambriento (¿y si la sed sustituye al hambre, como en el vampiro?). La sed permanente deviene angustia. La sed es desesperación exasperada cuando llega a sus estados de escasez más álgida. Y en su escasez, la sed primigenia se concentra en un espectro lúbrico y se traduce en el territorio del deseo como una oleada fresca, líquida y expansiva entrando como marejada por nuestro tracto digestivo..., aunque en la realidad sólo sea un riachuelo tibio y sucio lo que nos inunda sin anegarnos (¿un hilillo de sangre... como en el vampiro?), lo que nos reanima en un instante sin saciarnos, lo que nos revive para prolongar la agonía, esa agonía que nos martiriza cuando tenemos la plena y trágica conciencia que no habrá más líquido vital para nosotros: la frontera de la sed son los ríos vacíos, los grifos muertos, las nubes secas como trozos de cecina y sal, los labios agrietados, la piel aterida, el carbón. Porque la sed se debe saciar, no hay otra solución más que cancelarla. A la sed no se le puede ignorar, no debemos dejarla para mejores tiempos. Y en el vampiro la conciencia de la sed absoluta es un cuerpo desangrado, los trombos estacionados en las venas que no surten más líquido, el corazón que no late y pasma la circulación del plasma por las venas y arterias, las costras que obstruyen, la sangre corrompida, el cuajarón. El vampiro sacia su sed no con podre o coágulos sino con sangre fresca: el vampiro no tiene hambre sino sed. Sed de sangre.
En el cosmos microscópico de nuestras carnes, mucosas, huesos y fluidos que fuera del cuerpo no son más que corrientes nauseabundas y ominosas (si nos viéramos por dentro nos horrorizaría lo que habríamos de encontrar, esos secretos que podemos espectar en los pálidos adelantos que nos da la enfermedad: la pus barnizándonos de perfumes acres, vómitos de sangre oscura y aterradora brotando con voluntad propia de nuestra garganta, mocos y bilis escurriendo en tonalidades fantásticas de verde y amarillo glauco, orina espesa y mierda), y allí dentro, las membranas de nuestras células más íntimas y desconocidas deben permear y contener puñados de moléculas de H2O para fluir y encadenarse, y allí la sed nos advierte de los bajos niveles de líquido que amenazan su existencia. Sin embargo, hay una sed que no se sacia: la polidipsia, un desorden mágico que supera la escalada acuática de la osmosis y envía señales erráticas al cerebro en sinapsis descontrolada. Y la sed entonces no se resguarda en la falta de fluidos sino que se trastorna en un deseo irrefrenable: no hay agua o sangre suficiente para acabar con ella. Cuando uno realiza un deseo, mata al deseo, aniquila al deseo, lo neutraliza y da paso al nuevo anhelo. Pero si el deseo es infinito, inmortal, no hay agua suficiente para apagar su lumbre, y así, el vampiro, a diferencia del hombre frágil y momentáneo, le aqueja una sed permanente. La inmortalidad se transforma en una pesadilla sedienta, y para despertar de ella hay que despertar a la vida, porque la vida es su contrario: la muerte, ying yang. La única manera de saciar la sed total es, entonces, para el vampiro, el suicidio, dejarse consumir por el sol, el sol que deseca, el sol que evapora nuestros fluidos, para convertirse de nuevo en polvo, en ceniza, y vencer la sed de carne, la sed de sexo, la sed de amor, la Sed de sangre.

Sed de sangre (Corea del Sur, Estados Unidos, 2009) 
Dir. Park Chan-wook. Con Kang Ho-Song, Ok-bin Kim y Hae Sook-Kim.


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