Por Armando Vega-Gil
La sed es una sensación totalizadora (¿una pulsión, como
en el vampiro?), una necesidad bárbara y vital, una alarma que brota desde los
adentros más profundos, filtrada desde las fracturas invisibles de la presión
osmótica de nuestras células; la sed es un circo de células que se desecan sin
remedio y comienzan a volverse polvo y a morir ante la falta de agua... o de
sangre, porque pulvis eris et in pulverem
reverteris. Yahvé, lo sabemos, tuvo que amasar barro, tierra y agua para
esculpir un remedo de su imagen: un hombre... Y la tierra sin agua no es más
que materia inerte, tolvanera, negación absoluta de la afirmación relativa. Y
en el imperfecto ídolo de arcilla divina que es el ser humano, el agua es la
sangre, y la sangre-lodo es sustento del soplo que Dios ventiló en su hijo: el
alma. La sangre y la carne son soporte y sustento de la conciencia del bien y,
por inferencia, del mal. El sustento de la sangre y la carne es el agua, y en
el cuerpo la conciencia que el hombre tiene de sí es lodo... Su contrario es,
entonces, la sed: la sed es animalidad, irrazón, atavismo.
Y el vampiro es la manifestación más alta de la sed y el
delirio. Sed de sangre. Sed
simplemente.
La sed (saciarla) es, en el ser, un instinto, una necesidad
más elemental e impostergable que el hambre pues su efecto en los cuerpos
desérticos y psiques ardorosas es de mayor contundencia e inmediatez. Pasa de
la mansedumbre a lo salvaje en un instante, pues sedientos sobreviviremos mucho
menos tiempo que el hambriento (¿y si la sed sustituye al hambre, como en el
vampiro?). La sed permanente deviene angustia. La sed es desesperación
exasperada cuando llega a sus estados de escasez más álgida. Y en su escasez,
la sed primigenia se concentra en un espectro lúbrico y se traduce en el
territorio del deseo como una oleada fresca, líquida y expansiva entrando como
marejada por nuestro tracto digestivo..., aunque en la realidad sólo sea un
riachuelo tibio y sucio lo que nos inunda sin anegarnos (¿un hilillo de sangre...
como en el vampiro?), lo que nos reanima en un instante sin saciarnos, lo que
nos revive para prolongar la agonía, esa agonía que nos martiriza cuando
tenemos la plena y trágica conciencia que no habrá más líquido vital para
nosotros: la frontera de la sed son los ríos vacíos, los grifos muertos, las
nubes secas como trozos de cecina y sal, los labios agrietados, la piel
aterida, el carbón. Porque la sed se debe saciar, no hay otra solución más que
cancelarla. A la sed no se le puede ignorar, no debemos dejarla para mejores
tiempos. Y en el vampiro la conciencia de la sed absoluta es un cuerpo
desangrado, los trombos estacionados en las venas que no surten más líquido, el
corazón que no late y pasma la circulación del plasma por las venas y arterias,
las costras que obstruyen, la sangre corrompida, el cuajarón. El vampiro sacia
su sed no con podre o coágulos sino con sangre fresca: el vampiro no tiene
hambre sino sed. Sed de sangre.
En el cosmos microscópico de nuestras carnes, mucosas,
huesos y fluidos que fuera del cuerpo no son más que corrientes nauseabundas y
ominosas (si nos viéramos por dentro nos horrorizaría lo que habríamos de
encontrar, esos secretos que podemos espectar en los pálidos adelantos que nos
da la enfermedad: la pus barnizándonos de perfumes acres, vómitos de sangre
oscura y aterradora brotando con voluntad propia de nuestra garganta, mocos y
bilis escurriendo en tonalidades fantásticas de verde y amarillo glauco, orina
espesa y mierda), y allí dentro, las membranas de nuestras células más íntimas
y desconocidas deben permear y contener puñados de moléculas de H2O para fluir
y encadenarse, y allí la sed nos advierte de los bajos niveles de líquido que
amenazan su existencia. Sin embargo, hay una sed que no se sacia: la polidipsia,
un desorden mágico que supera la escalada acuática de la osmosis y envía
señales erráticas al cerebro en sinapsis descontrolada. Y la sed entonces no se
resguarda en la falta de fluidos sino que se trastorna en un deseo irrefrenable: no hay agua o sangre suficiente
para acabar con ella. Cuando uno realiza un deseo, mata al deseo, aniquila al
deseo, lo neutraliza y da paso al nuevo anhelo. Pero si el deseo es infinito,
inmortal, no hay agua suficiente para apagar su lumbre, y así, el vampiro, a
diferencia del hombre frágil y momentáneo, le aqueja una sed permanente. La
inmortalidad se transforma en una pesadilla sedienta, y para despertar de ella
hay que despertar a la vida, porque la vida es su contrario: la muerte, ying
yang. La única manera de saciar la sed total es, entonces, para el vampiro, el
suicidio, dejarse consumir por el sol, el sol que deseca, el sol que evapora
nuestros fluidos, para convertirse de nuevo en polvo, en ceniza, y vencer la
sed de carne, la sed de sexo, la sed de amor, la Sed de sangre.
Sed
de sangre (Corea del Sur, Estados Unidos, 2009)
Dir.
Park Chan-wook. Con Kang
Ho-Song, Ok-bin Kim y Hae Sook-Kim.


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