sábado, mayo 12, 2012

SONITUS: ¿Alguien sabe cuándo empezó la posmodernidad?



¿Alguien sabe cuándo empezó la posmodernidad?

Rogelio Villarreal

La única manera de despojar de su solemnidad a las densas notas de la Novena Sinfonía de Schubert es que alguna desenfadada sonora tropical se decida a hacer una rumbosa versión de ella: conservando los mismos tonos pero dando rienda suelta a su inventiva en todo lo demás. Esto, que parece una verdad obvia, no lo es tanto si pensamos en los miles de tonadas que pudieron haberse vestido con otros ropajes rítmicos y armonías diferentes. Supongamos que una misma melodía (entendida en su más mínima expresión, es decir, como una sucesión de tonos o frecuencias) brotara en diversas épocas y regiones del mundo: una aldea polaca del siglo pasado, cualesquiera de las islas anglófonas del Caribe en los años cuarenta y la Academia de Policía en el Distrito Federal en 1996. En el primero de los casos el canturreo habría dado origen a una alegre polka; en el segundo, a un cadencioso calipso y, en el tercero, a una atronadora marcha militar. Los ejemplos podrían crecer de manera exponencial: ¿qué tal si a este sobrio jazz sincopado lo volvemos una jacarandosa guaracha y a esta sonata una ronda infantil? ¿Y si a estos sensuales cantos árabes los convertimos —con todo y melismas— en agitados merengues o, de plano, en canciones rancheras? ¿Cómo se escucharía un atropellado rap en la dulce voz de una soprano con un meloso acompañamiento de cuerdas? ¿No es esto lo que hacen mal que bien las populares bandas de quebradita? Ya en la década de los setenta Xavier Passos incluía una cumbia francesa («Et moi alors?») y un audaz popurrí de los Beatles en uno de sus elepés —mucho antes de que los redescubrieran Los Fabulosos Cadillacs—, y, hablando de los Beatles, hay que oír el extraordinario arreglo a «Ticket to ride» de la cantante de ópera Kathy Berberian. Quizá sea ésta una de las intenciones que animaron a Café Tacuba a recomponer la inusual, desconcertante y avasalladora Avalancha de éxitos.
¿Alguien sabe cuándo empezó la posmodernidad? Paradójicamente, en el eterno presente que vivimos ya hay un lugar para la nostalgia. El rocanrol anglosajón prendió en México gracias a las puntuales versiones —es decir, a los covers— que una veintena de grupos locales hicieron con más premura que ingenio. Lo demás se consigna en el accidentado anecdotario mexicano del proteico y, por lo mismo, más extendido género musical en la faz del planeta. Pero, ¿qué hay más allá del fin de la historia del rock? Los de Café Tacuba —chilanga banda del noroeste de la gran urbe1—, con la suficiente visión de la que suelen carecer otras agrupaciones, entendieron que no se trataba más de un conjunto de rock sino de música popular, dispuesto a ensayar todos los géneros y empeñado en buena medida en la recreación sensible y novedosa del background musical de nuestro pasado más o menos reciente —lo que a la fecha no le perdonan comentaristas obtusos.


Café Tacuba —en pleno goce de su madurez como músicos— bien podría ser una banda exclusivamente de punk o de rap o una redova norteña o un conjunto de soneros o un cuarteto romántico dedicado tan sólo a interpretar boleros en bares y cantinas y, cómo no, también una sofisticada orquesta de lounge music o de easy listening, pero... ¿por qué no tocar todo eso junto y más? ¿Para qué limitarse a un solo género si todos nos resultan familiares, esquizofrénica y entrañablemente propios?
Más que un desplante gratuito, la interesante y lograda aventura musical de Café Tacuba arranca con el implante nostálgico provocado por la intemporalidad del espacio radiofónico —Leo Dan cantaba «Cómo te extraño» cuando ellos apenas nacían y el ska emprendía la conquista del mundo anglosajón— y culmina con la irreconocible versión de «No controles», de las Flans, que aprobarían impasibles los tipos duros de Ministry. En «No me comprendes» el timbre adolescente de Rubén Albarrán rinde homenaje a la «voz de manguero» del revolucionario Bola de Nieve en medio de irónicos efectos espaciales (a la manera de las mejores piezas de otro genio redescubierto, Juan García Esquivel) y como hacen también con la versión instrumental de «Perfidia», a la que emparientan candorosamente con aquella insustituible pieza de todas las fiestas de quinceaños, «Los cañones de Navarone», así como con el peculiar requinto de Santo y Johnny Farina («Venus»)y hasta con «El mar», la obra cumbre de Ray Conniff (que hay que escuchar ahora en la versión techno de DJ Salim); sin embargo, un insistente rumor de fondo la hace parecer más bien un delirante producto de The Residents o de Badalamenti, autor de la música de Blue Velvet y Twin Peaks, entre otras películas de David Lynch. Dos piezas puntales y predecesoras alcanzan mayor contundencia de la que nunca soñaron sus autores con la ejecución y los arreglos irreprochables de Café Tacuba: de Jaime López «Chilanga banda» y de Botellita de Jerez «Alármala de tos»: dechados de lírica popular urbana, la primera se reviste de finos destellos de acid jazz y hip hop y la segunda de un hipnótico ritmo discotequero que acentúa la truculencia de la anécdota. Por su parte, si Juan Luis Guerra hubiera nacido en la sierra veracruzana habría podido igualar el jubiloso son huasteco en que se transformó «Ojalá que llueva café», y seguramente los modestos integrantes de Axis estarán agradecidos toda la vida por el sugerente vestido nuevo de «Metamorfosis», la saga de una oportunista chica del suburbio llamado Ciudad Satélite.
Antiguos sonidos reformateados. Viejas canciones reanimadas mediante la infusión de precisos experimentos tonales, rítmicos y vocales —los coros van de la dulzura a la ironía lindando casi con la burla. El soundtrack ideal para una película del futuro —y el futuro, como sabemos, ya está aquí. Café Tacuba no sólo tiende puentes vertiginosos entre géneros disímbolos, crea también nuevos vasos comunicantes entre los múltiples tiempos y espacios del inmensurable territorio de la música contemporánea, del Caribe a la Polinesia y de Europa a Sudamérica, del siglo XVII a los albores del XXI, desarticulando prejuicios y nociones esclerosadas para proponer en cambio, con maestría y soltura, los covers deliberadamente posmodernos de ocho rolas que, de cualquier modo, se seguirán escuchando hasta el fin de la historia en peseros y torterías.
[1997]
Notas
1. La cual, en un arranque de venganza punk, nos condenó —a Naief Yehya y a mí— al encierro académico para copiar enunciados y para, gulp, teorizar (en «La Pinta», la rola más slamera y quizá la menos lograda de Re), sólo por haber cuestionado acerbamente sus desleídas cuan vergonzosas presentaciones en la inefable televisión mexicana (véase el video El rock sí tiene la culpa, de V. Mariña y R. Villarreal, 1992-1993).


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Rogelio Villarreal (Torreón, Coah., 1956), periodista, escritor y editor, es autor de Cuarenta y 20 (Moho, 2000), El dilema de Bukowski (Ediciones Sin Nombre, 2004), El periodismo cultural en los tiempos de la globalifobia (Conaculta-Ediciones Sin Nombre, 2006) y de Sensacional de contracultura (en prensa). Ha publicado prólogos e introducciones para catálogos y diversos libros, y colaborado en varios libros colectivos. Colabora eventualmente en diarios y revistas del país y del extranjero. Dirigió las revistas La Regla Rota y La Pus moderna y actualmente es editor de la revista Replicante.

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