Deseo
locamente comprarme una bicicleta
Luis
Enrique Anguiano Torres
Deseo
locamente comprarme una bicicleta y tengo muchas razones para ello. Sería
difícil describirlas todas porque después de todo se trata de un único impulso:
quiero una pinche bicicleta. Puedo decir que no quiero contaminar más o porque
haría ejercicio o porque está de moda. No importa si son todas al mismo tiempo
o de una por una, simplemente quiero una bicicleta.
Desear
es parte de la naturaleza humana. Nuestras vidas se basan en el deseo: deseo
económico, deseo material, deseo sexual y deseo que dejes de fregar porque ya
te dije que me duele la cabeza y hoy no hay.
Ya
lo dijera Leonardo DiCaprio “A donde sea que vayas el deseo es el deseo” y no
importa el canal al que le cambies, el deseo aparecerá en tu pantalla y entrará
por tus oídos.
Hay
más de un tipo de deseo. Por ejemplo, desear que alguien tenga buena suerte no
tiene el mismo peso que desearte buena suerte para tener a alguien. Desear una
bicicleta forma parte de lo segundo aunque lo disfracemos de lo primero. La
diferencia la hace la excusa con la que deseamos.
Deseamos
ir a la fiesta de Juanita porque sentimos que nuestra vida social está apagada
y últimamente no hemos hecho nada con ella, hemos tenido mucho estrés por la
escuela y las notas que hay que mandar semanalmente al blog, porque nos hace
falta espacio y nuestra propia música y porque mamá, andale! Papá, dile que
diga que sí, ya casi ni salgo, es más, prometo que voy a llegar temprano y en
estado decente, andale ¿sí? Ándale! Anabel va conmigo! Fer estará ahí y todos
los del salón!.
Deseamos
ir a esa fiesta porque en realidad deseamos ir porque deseamos ver a ese chavo
que nos tiró la onda hace unos días en el bar y deseamos que esa noche ocurra
algo y comenzamos a desear que tal deseo no sea muy evidente porque desear ampliar
nuestro círculo social simplemente lo podemos satisfacer en cualquier momento y
bajo cualquier circunstancia. Tener algo con ese chavo no es fácil y depende de
la circunstancia. Yo y mi circunstancia que me tiene deseando que me pasen
cosas buenas.
Desear,
desear y desear. El deseo es algo tan básico que prácticamente la economía
mundial gira alrededor de ello, pero no te atrevas a decir en voz alta una
oración que comience con la palabra deseo
porque está mal, es políticamente incorrecto decir que quieres que aquel se
muera y porque no, porque Moisés dijo que está mal desear a la mujer de tu
prójimo a pesar de que no puedes evitar sentir ese impulso cada que la ves de la mano de ese imbécil.
No
hay más! No se puede vivir sin desear. Es prácticamente imposible. Pero
volvemos al caso de la jeune fille qui
prie beaucoup. O sea, al problema de la rogona; cuando se tiene un deseo de
verdad, de neta, buscarás satisfacerlo. No importa el cómo o el dónde y mucho
menos el porqué. ¿Por qué mucho menos el porqué? Pues porque es algo que el
deseo no suele tener entre sus cualidades.
El
deseo es como Susana Zabaleta: no existe para ser explicado, dominado,
entendido o desglosado. Existe para disfrutarlo y complacerlo. Llenarlo. Y
cuando lo dejamos a medias aguas se nos pone difícil y viene la cruda llamada
frustración.
Deseas
que llame. Deseas que no vuelva a llamar. Deseas que te llame llorando para
poder decirle que deje de llorar. Deseas matar a esa secretaria. Deseas tener
menos panza. Deseas que ese abrazo nunca acabe. Deseas que le vaya mal –sí,
porque esa de “ojalá sea feliz con ella” no se la cree nadie, deja de engañarte
ya– Deseas que sea feliz con ella. Deseas tener más dinero. Deseas tener más
likes. Puedes desear todo. Cosa que harás si te pusieran en manos una lista con
los números y claves de una docena de tarjetas de crédito de gente que no
conoces.
Los
deseos no-zabaletianos sí suelen tener un origen y una explicación (deseo que
esta impresora funcione, deseo que me paguen, deseo que este artículo pegue y
me den chance) y siempre están a tres pasos y algo de salivita de convertirse
en los otros, en los deseos zabaletianos que exigen que cumplas y que lo hagas
bien. Desear una bicicleta, por ejemplo, puede surgir de la necesidad de que te
urge un transporte y no tienes ni para el enganche de un chevy. Puedes seguir
pagando la combi, el camión o usar tus encantos para que el tarugo de la
oficina que desea más que nada que le cumplas uno de sus tantos sueños pase por
ti. Deseas comprar una bicicleta que te lleve al trabajo que está a 6 cuadras,
una por peso en la combi, y se te hace mucho irte caminando. Al fin, después de
checar en internet y consultar con tus amigos decides ir a buscar una.
Mira,
esta se ve bien pero ¿por qué no aquella de montaña es un poco más barata? Ay
no! Es que está toda tosca. Pero tiene amortiguadores ¿Y qué, o sea, que no es para montaña? Es que es más sólida,
mira, tiene un mejor cuadro. Pero está toda pesada, además el sillón está bien
angosto. Se le puede cambiar. Ah no! Qué joda hacer eso, luego con la suerte
que tengo de seguro le compro uno y no le queda. Tiene una parrilla y
guardalodos. Pero son de plástico, no hay nada más pedestre que el plástico.
Mira, es Turbo es marca mexicana y de
las mejo–No! No no, no me gusta el color no me gusta ese triángulo –Cuadro. Lo
que sea! La quiero porque se ve bien retro y mira! Tiene su campanita y su
cesta de mimbre!
Y es
ahí cuando te das cuenta que tu deseo “fundamentado” se acaba de convertir en
un deseo Zabaleta. Un capricho. Realmente no tienes una razón de peso para
comprar ESA bicicleta porque sabes que hay otras con mejores cualidades o que
cumplirían su función de mejor manera. Pero tú quieres ESA bicicleta que te
hace ver bien, a la moda y te agrega 50 puntos de clase.
A la
chingada la funcionalidad! Yo lo que busco es status! Y te compras la
bicicleta. De repente recuerdas que tiene años que no te subes a una y que no
eres precisamente la mejor figura del ciclismo. Pero ya tienes la bicicleta que
querías.


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