Por José Eduardo
Aguirre
Lo que provocó en Van Gogh tal arrepentimiento que se fue
a su casa para intentar un suicidio que sólo llegó a cortarse la oreja en
terrible mutilación. Gauguin le abandonaría por esto en la casa de Arles, marchándose
posteriormente a pintar las bellas aborígenes de la isla de Tahití. También se
dice que el famoso poema referente al cigarro nació al calor del ajenjo en
conversaciones de la amistad entre Manet y Mallarmé, el poeta visitó a su entrañable
amigo pintor todas los días durante una década en su estudio. Después de su
clase en el liceo, Mallarmé iba a pasar la tarde en casa del pintor, y estos
dos espíritus refinados que se comprendían y se compenetraban plenamente sostenían
conversaciones interminables. Lo único que rompió esta amistad fue la muerte de
Manet, tan sentida por el poeta que en 1884 escribía a Verlaine: “Durante los últimos
diez años he visto todos los días a mi querido amigo Manet, cuya ausencia me
parece ahora increíble”. Evoquemos
los versos de Mallarmé: Toute l’ame
resumee/Quand lente nous l’expirons/Dans plusieurs ronds de fumee/Abolis en
d’autres ronds. / Atteste quelque cigare/ Brulant savamment pour peu/ Que la cendre
se separe/ De son clair baiser de feu. Traduzco: Toda el
alma resumida/cuando lenta la consumo/ entre cada rueda de humo/ por cada rueda
abolida. / El cigarro dice luego/por poco que arda a conciencia/ la ceniza es
decadencia/ del claro beso de fuego.
En México, extraordinarios literatos han defendido el
alcohol; por ejemplo, Efraín Huerta, quien sentenció en uno de sus famosos
poemínimos: Jamás se dirá de mí/ que
nunca cumplí/ con mi beber.
Escuché alguna vez al ‘Rayo Macói’ Rafael Ramírez Heredia
en una de las sesiones de su taller literario en Coyoacán que Juan Rulfo al
dejar de escribir habría comenzado a beber. Quizá. No lo sabremos a ciencia
cierta porque citar a Rulfo es un verdadero enigma. Lo cierto es que se encerró
a piedra y lodo, se volvió hijo del silencio en su casa de Coyoacán, vecino de Fernando
Benítez quien vivía enfrente y que contaba: ‘Recuerdo que cuando visitaba a
Juan lo envolvía una niebla de humo de cigarro en su biblioteca’.
Han existido grandes bebedores: Francisco Elizalde, Alí
Chumacero; vaya poetaza este Alí. Hace ya varios años de un homenaje que se le
hizo en Morelia. Moderaba yo una de las mesas de poetas y constantemente me interrumpía
bajita la voz el poeta: ¿Ya van a acabar? ‘No maestro, todavía falta.’ Luego,
otra vez: ¿Ahora sí ya van a acabar? ‘Ya
mero maestro, nada más falta Marco Antonio Regalado y ya’. Cuando Marco terminó
su lectura volvió a preguntarme: ¿Ahora sí ya terminamos? ‘Ahora si, maestro. ¡Acabamos!’ ¡Ah bueno, entonces ya vámonos a chupar!!- me
dijo, y estalló en sonora carcajada.
Efectivamente, aquella noche chupamos con Alí Chumacero a
morir en ‘Las Mercedes’ y todavía creo que la seguimos después en la calle.
El alcohol ha sido homenajeado en el arte de tipo
comercial, baste recordar la botella del Tequila Centenario diseñada por el
creador de las Torres de Satélite, arquitecto Luis Barragán.
En el siglo pasado el centro de la Ciudad de México se distinguió
por ser el núcleo de célebres cantinas, desde la tradicional tepachería ‘La
hija de los apaches’ (Guardería de pulques finos), hasta el bar ‘La Opera ’ que reunió a
reconocidos literatos: Juan José Arreola, Juan Rulfo, Renato Leduc, Carlos
Monsiváis, Octavio Paz, Vicente Leñero, José Agustín, Jaime Sabines. Platicar
con el veterano periodista Hugo Martínez, andariego de estos lares actualmente
radicado en Morelia y refugiado del Bar Casino se vuelve un homenaje al ‘Sábado
Distrito Federal’. Iba de cantina en cantina auspiciado por sus amigos, quienes
invitaban tragos al periodista pobre; entre ellos Arreola y su gran amigo
Renato Leduc.
En Morelia fue de gran celebridad en la década de los
setentas hasta principios de los ochenta, el sitio conocido como ‘La Capilla ’, ubicado en las
inmediaciones del templo y el mercado del Santo Niño en el centro de la ciudad.
No fue cantina sino más bien lugar de esparcimiento gremial, siendo cronista de
esta época el gran Rafael Gama. En su libro “La Capilla y sus bohemios”,
relata que el destacado personaje fue un tipo al cual se le conocía con el mote
de ‘El diablo’ pero tenía varios apodos: Chamuco, Coyote de San Jasmeo,
Lucifer, Vampirín, Luzbel, etc. Se cuenta que de entre los famosos parroquianos
a este recinto del dios Baco, húbo un doctor que curó a un desahuciado que había
ido a Houston buscando alivio a una extraña enfermedad del hígado. Pues lo que
no le hallaron en Houston con sus eminencias vino a curarle aquel médico capillense
con unas “pastillitas”, lo que causó el asombro y la admiración de todos los
asiduos a La Capilla.
En La
Capilla era chupe oficial el Tequila Cuervo y en el patio había
un busto del Dr. Ignacio Chávez, un baño y camastros para amortiguar “las
pedas”. Solían curárselas en las carnitas del mercado del Sto. Niño, o la seguían
allí mismo e iban a visitar las casas de los amigos “pa’ la coperacha”. Fue tan
célebre con tantos personajes conocidos que en alguna ocasión enviaron
patrullas reportando a la XEI
‘Micrófono Abierto’ que en ese lugar se hacían escándalos. Luego resultó que
los patrulleros iban a ese lugar a beber, pues aquí se daban cita: músicos,
artistas, licenciados, políticos, periodistas, profesionistas, etc.
Al Colectivo Artístico Morelia solían llamarle
“Alcoholectivo” por las borracheras de sus integrantes: José Luis Rodríguez
(quien hace ya unos años que se volvió abstemio), Carlos Oseguera, Carlos
Arenas q.e.p.d, Juan Iriarte, Emeterio Payá Valera q.e.p.d, Heriberto Guzmán,
Gilberto Ramírez q.e.p.d. y otros más quienes le entraban duro al chupe. De la
época un poco posterior a la bohemia cultural festiva del colectivo me hice
amigo de Emeterio Payá Valera (quien llegó a México procedente de España en los
años treintas, siendo uno de los famosos ‘Niños de Morelia’ que fundaron el
internado España-México). Contaba: por Lalo Aguirre “el chaval” conozco casi
todas las cantinas de Morelia. Tenía razón. Lo llevé al Artista Jr., a El
Oasis, a El Juguete, al Marle, al Bar Casino, a La Enramada , incluso a
cantinas en los arrabales de la ciudad como El Saturno y La Iguana.
Al calor de las pedas Emeterio llegó a evocar su memoria
de la España
Republicana , el dolor del exilio y el sufrimiento que le
provocaba su propia familia el incomprenderlo en su historia.
El poeta republicano Pedro Garfias vivió en Morelia una
temporada, del cual Emeterio me contó: Pedro llegó un día a la casa de un amigo
suyo a dormir, pero iba acompañado de un perro callejero que le había seguido
durante el día. Su amigo viendo al compañero de marras, dijo ‘el perro no puede
entrar’. A lo que el poeta respondió: ‘Entonces nos vamos porque vengo con el
perro y si no hay lugar para mi amigo, no hay lugar para nadie’. Y se fue.
Pedro Garfias murió de tristeza por el dolor que le provocaba el exilio. En
Morelia escribía sus poemas en las servilletas de las fondas donde podía comer.
De memorable historia son ‘Los Precios de México’, lugar
del que me precio haber sido su cronista en la despedida. Y es que reunió a
personajes de la talla de Pito Pérez (¿ah, verdad? pa’ los que crean que fue
invento de José Rubén Romero), Ramon Martínez Ocaranza y Pablo Neruda. Antes
cantina funcionó como “chelería” camuflada de esquina abandonada en las calles
de Abasolo y San Cristóbal Ecatepec, allá a mediados de los años ochenta
durando hasta finales de los noventa. Rogelio, su dueño, a quien llamábamos
‘Roger’, fue el gran protagonista de este otróra entrañable sitio de México.
Y como el tiempo y
el espacio es efímero para seguir evocando recuerdos mejor aquí le paramos,
esperando que lo aquí expuesto pueda servirles de material para alguna pronta
‘convebencia etílica’.
Me despido porque ya me seco.
¡Salud y buena fortuna! –dijera otro gran ebrio, amigo y
pintor moreliano q.e.p.d : Manuel Sordo.
*Texto e imagen publicados en la edición impresa #23: Alcohol(icos) & Borrachos.


En horabuena Lalo, muy ameno tu reportaje en favor, creo, del chupe....ay! y yo que ya soy abstemia. Espero eso se cure.
ResponderBorrarSaludos grandes.