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| Fotografía: Turismo en fotos © 2009 |
Por José Luis Castillo González
La sentencia histórica se ha cumplido. Todo se ha vuelto
paisaje distante. Hoy se congratula Morelia junto a sus moradores de ser la
plenitud del instante, el reflejo pulcro del qué queremos ser y ver de nosotros
mismos. Pero sobre todo, celebramos que finalmente el mercado y/o capital
internacional hace encrucijada con estas ciudades "polaroid", ya que
al habérseles dotado del nuevo catecismo financiero a los países del tercer
mundo como el nuestro que dicta: Servir al turismo, arrima fortuna a nuestra
tradición de ser ciudad de servicios. Pocas ciudades como esta, ha estado
esperado tan soñada cita.
Y es que desde la raíz misma, en su fundación;
Valladolid-Morelia buscó siempre lo mismo: la lejanía. Primero, de la ciudad de
indios: Pátzcuaro, y de su gobernante: Vasco de Quiroga. Al mismo tiempo,
alejarse de todo tipo de actividad productiva que ensucie la imagen de la
misma, nada de encomiendas, haciendas o rancherías que propiciaran la minería,
ganadería o agricultura. Y así como en toda Mesoamérica la ciudad fue el meta
discurso de la conquista del espacio, la lucha por el poder, la guerra y
destrucción de los imaginarios precolombinos y posterior consolidación de su
cultura e idiosincrasia.
Sin embargo, como en otras ciudades, también fue lugar
del encuentro, la mezcla de culturas y crisol subterráneo de un mestizaje
profuso que dio la singularidad a la arquitectura y demás espacios públicos
frente al resto del mundo. Los mercados en las plazas son un ejemplo de ello.
De raíz indígena, el espacio del esparcimiento europeo fue invadido por la
tradición del encuentro social y comercial del tianguis.
Ahora nos preocupa el desencuadro de lo "feo" o
incómodo. Alumnos manifestantes, tenderos, toreros y demás habitantes del
encuentro breve, han sido vistos como resultado solamente del deterioro ético,
social o de la economía y no como los herederos de tradiciones populares que
han enriquecido y son también parte de la historia, tradición con ecos
milenarios.
Decía el recién fallecido Carlos Fuentes, que el amor en
su acepción actual, nació al momento que la Celestina cruza la muralla medieval
para llevar el mensaje entre los enamorados, naciendo en ese momento la ciudad
moderna. Traspasar esas murallas son justamente la característica de las
ciudades. Pero no sólo las materiales sino la de los hábitos, ideas, ritos y
mitos que se tiene de sí mismas. La cortina de acero soviética, del nopal en
México eran reflejo de este no contacto con el mundo exterior y su defensa a
las invasiones bárbaras de la otredad.
Y no es que nuestra cortina sea precisamente de cantera
rosa, pero sí de esa melosa ansia de encontrar linaje aunque sea a través de la
mentira. Dándole unas buenas capas de barniz al inmaculado aprendizaje del mito
estamental: Hermosa, majestuosa, rosa, castilla, virreynal, novohispana,
poética, tunera, casta. Son los referentes que propios y ajenos señalan de esta
ciudad. Y es cierto, le gusten a uno o no. Pero, ¿por qué no decimos también
mestiza, negra, india, obrera, campesina, popular, pobre, media clasera, estudiambre,
ñera, roquera, cumbiera, salsera?
Imaginen justo en la Plaza Melchor Ocampo, un Tzompantli
o mural de calaveras, o una Yácata en medio del Bosque Cuauhtémoc. Más aún, un
altar pagano junto al mercado Independencia donde se perciban aún las
celebraciones de los esclavos negros traídos a la construcción de la catedral.
¿Seriamos los mismos? No lo creo. No porque no les veamos significa que no
estuvieron y están. Las huellas viven ahí, en los formidables barrios y colonias
de la ciudad que no son esa fotografía incompleta que rompe la cantera y la
tradición hispana.
Pocas ciudades han crecido tanto en tan poco tiempo. No
sólo después del temblor del 85, sino después y sobre todo, a descontrol total
por la codicia de los gobiernos municipales que dispensaron permisos sin
ninguna consideración a los propios habitantes. Pero eso nadie lo reclama. Si
no sale en la foto no existe.
Feliz aniversario sí, pero a las personas que la habitan,
que la han deconstruido por encima de las fotos panorámicas del mito. Que se
refresque con la horda de calambres que será siempre la comunidad estudiantil.
La migrante masa de los municipios cercanos y lejanos del estado y de toda la
república que desajuste el focus de la falsedad. Bienvenida la celestina
moderna que invada la hornacina de recuerdos e inaugure el mote de ciudad
rompiendo la cortina-himen de Ate y celebre los encuentros y no la casta
lejanía del Tres Marías, Altozano mundo del country club criollo perpetuo.


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