Florifondia: La vampira vegetariana
Carlos Rojas (Caliche Caroma)
La
noche cae en esta ciudad que no calla su boca ni un segundo, las sirenas
sustituyen a los grillos del campo y un murmullo interminable arrulla a los
indigentes que tienden sus roídas mantas sobre la cantera rosa que apesta a
meados de perro, gato y humano. Florifondia sale de su cubículo secreto, con
paso lento se aproxima a las húmedas calles que la han visto pasar tantas
veces, este maldito animismo que nunca nos abandona hace que las iglesias
tiemblen al verla pasar. El destino de nuestra vampira es la plaza principal,
inexplicablemente llamada plaza de armas, donde se reúnen todas las hordas
contraculturales existentes hasta el día de hoy. Florifondia se sienta en la
misma banca desde hace cinco años, pareciera que las nalgas se han marcado en
la piedra, y éstas sólo tengan que encontrar el ensamblaje perfecto para hacer
una sola pieza con los dos cuerpos. Uno
a uno, saliendo de quién sabe dónde, sus
condiscípulos comienzan a llegar junto a ella. De entre todos los
darkistranquis, hay uno que llama la atención, pues no va vestido de negro, ni
tiene esos motivos en rojo y morado que a Juan García Ponce gustaban tanto, no,
el singular tipo lleva un ajustado
pantalón de mezclilla, un suéter verde pasto pisado. Usa lentes que denuncian
una ceguera de hace ya varios años, tendrá veintitantos años. Su nombre es
Romualdo y es sacerdote, ¿qué hace ahí, junto con todos los vampiritos de media
noche? Está enamorado de Florifondia, la vampira vegetariana, esa que no come
tacos de tripa, moronga ni hamburguesas de los portales y que camina todas las
noches hasta esa plaza. Una vez que la mira ahí, fumando sus cigarrillos
mentolados, recuerda su primer encuentro, aquel que marcaría su vida entera.
Hace cincos años Romualdo estaba recibiendo los hábitos en Catedral, una muchachita de piel blanca con su playera
de Lacrimosa y los labios pintados de negro, cuando su mirada se cruzó con la
de ella, sus ojos parecían que le suplicaran que dejara todo
ese ritual estúpido y corriera a sus brazos, pero no lo hizo. Mientras se hacia
sacerdote su pensamiento estaba entretenido en saber si los pechos serían igual
de blancos que sus mejillas. Al terminar la ceremonia, la mamá de Florifondia,
señora muy amiga del Obispo, invitó a todos los nuevos soldados de Dios a una
comida en su casa. Ese encuentro fue decisivo para que Romualdo quedara prendado
de aquella mujer. Pasó el tiempo y junto con él la desesperación de no poder
verla se volvió una manía. La siguió buscando por todas partes, hasta que logró
que fuera suya, nada difícil, un motelito, unas cervezas y un préstamo de 500
pesos para la pobre muchacha que tenía que pagar su colegiatura. El encuentro
fue tan ardiente que Romualdo tuvo que confesarse diez veces, ir hincado por la
calzada de San Diego hasta que le sangraran las rodillas y dejara de violar a sus monaguillos por un mes. A pesar de
todo, ahí estaba de nuevo, él, queriendo irse de ahí, pues la gente podía hablar,
y ella, que lo mismo le daba acostarse con el sacerdote que comerse una
zanahoria, lo miraba con esa mezcla entre el desprecio y el deseo que es
característico en todas las mujeres que tienen sus nalgas marcadas en las
bancas de las plazas de pueblos que se han convertido en ciudades. Florifondia
se levantó e hizo una seña para que Romualdo la siguiera, entró al Oxxo del
portal y se dirigió a la sección de bebidas refrescantes, él iba detrás. Tomó
una sangría y fue rumbo a la caja,
mientras que el cura prefirió una Coca-Cola. Se detuvo frente a la señora con
mandil rojo y cara de aburrimiento y espero a que él pagara, ¡o terror!
Romualdo no traía dinero, Florifondia se enfureció, se acercó a la cara de su
enamorado y le escupió el chicle que masticaba, salió del lugar y se quedó
afuera de Sanborn’s con un amigo neo-hippie que mientras le mostraba sus
collarcitos con una mano, con la otra le agarraba las nalgas. Romualdo miró la
escena un minuto, agachó la cabeza, dio media vuelta y se dirigió a la avenida
ruidosa que nada sabía de la pena del muchacho. De esto hace ya más de
cincuenta años, el viejo Romualdo aún ama a Florifondia, sigue dando misas en
Catedral y cada vez que ve a un hippie en la calle una lágrima corre por su
mejilla arrugada y gastada por los años y las chaquetas mentales.


Excelente historia.
ResponderBorrar"Las plazas de los pueblos que se han convertido en ciudades" es una frase genial.
*Aplaude*