Espejo y una vaca que no es
payaso
Andrés Cisneros de la Cruz
Alguna ocasión me he metido a bares. Una de tantas me topé con un lugar de ficción, un antro, con sus cinco letras. El conductor era una travestí gorda con un vestido de señora de burguesía de plástico. Se le colgaban las lonjas de la cara y del cuerpo. Hablaba en un tono de tú a tú con un acento que te convencía de ser un pendejo. De pronto se abrió un telón negro que más bien parecía una cortina. Entró al escenario un cómico más patético que el agua del caño y empezó decir chistes de la carne que tiene por lengua; la gente se reía, y sus carcajadas eran una grabada cinta de algún programa de humor barato. Entre el balbuceo se escucha un disparo y cae muerto el cómico. Todos empiezan a ahogarse de la risa; a toda prisa entra un ventrílocuo y empieza con su show. A los pocos segundos lo matan. Pero todo sucede y parece que no sucede; y sabes que es real, pero no. El muñeco del ventrílocuo mira el cuerpo tendido y sale corriendo. El telón se cierra de un golpe. El travestí sale y tranquiliza al público que más bien ya quiere llorar de risa. Presenta otro acto. Aparecen unas bailarinas sirenas. Pero realmente son unas sirenas; se aguantan la respiración y no pueden caminar porque tienen cola. Entonces caen al suelo y empiezan a convulsionarse como peces convirtiéndose en pescados. Ya muertas. Todo es silencio. Entra un conserje y las barre del escenario y las saca como si fueran basura. Silencio. Entra una vaca y una mujer desnuda sobre ella. Abre las piernas y su sexo es un ojo. Y se queda mirando fijamente al público. De pronto el ojo se convierte en boca y empieza hablar diciendo cosas de las cuales nadie entiende nada. Sin embargo la gente comienza a convulsionarse de risa. Se azota en el suelo. Golpea con los pies. Luego la mujer se tira al suelo y besa las ubres de la vaca. La vaca se orina y se sienta sobre ella hasta asfixiarla; así, entra un carnicero y mata a la vaca de un escopetazo y la comienza a hilvanar y a desollar. Le corta la cabeza y se la pone como máscara. Corre por todo el antro y la gente lo comienza a torear. Todos dicen ole, ole. De pronto el travestí anfitrión entra y da un golpe en el piso. Todo se queda en silencio. Pone una película nazi y Hittler empieza a tener sexo con sus hijos. Todo es caos. Luces estrobo. Chispas, gays, lesbianas, fuego, lluvia y todo en un azul rayo que es lo que yo veo. Se cierra el telón y estoy sólo en el antro. Entonces todo está oscuro, de una puerta se ven venir luces de vela. Llegan junto a mí y es mi madre con sus novios y mi padre con sus esposas. Cargan un pastel y me piden que apague las velitas que trae cada uno de ellos. Las apago. Entonces se abre el telón y hay un payaso con los ojos muy abiertos mirando a la gente. La gente se ríe, se zangolotea de tanta risa que tiene; el payaso no se mueve. De pronto me doy cuenta que el payaso no tiene cara porque su cara es un espejo y cada quien se mira en este. Se ríen, se orinan riéndose. Yo mismo me orino. Después de unos minutos entra el anfitrión trasvesti y corre al payaso a gritos y a insultos. Entonces nos muestra uno de sus senos. Siento vértigo: las ventanas se abren y un viento frío entra en el lugar a la vez que algunos gatos se suben al escenario y empiezan a tocar jazz, fusión con son jarocho. Tocan estruendosamente. Terminan. Todos aplauden. Sale un jesucristo (con minúscula) gay. Se enreda el cabello en la mano y mira a todos. Les manda un beso. Toda la gente se abre el pecho y se saca el corazón. En ese instante me doy cuenta que yo no tengo corazón. Cristo levanta la túnica que trae puesta y enseña su sexo. Se hace un círculo y me carga la multitud encabezada por jesuscristo. Él se acerca a mí y me besa la boca con un beso de doble lengua. Me abren el cuerpo y cada una de las personas presentes me mete su corazón entre los pulmones y las costillas. Siento cosquillas en el alma. Cristo me carga en sus brazos y me sube al escenario y se va volando como superman. Yo me quedo mirando a la gente pero nadie tiene rostro. Se burlan de mí Yo tengo ganas de chiflar. Chiflo y todos se ríen pero no tienen cara. De pronto se escucha un disparo y me matan. Las risas crecen hasta ser un estruendo que se convierte en el silbido que yo silbaba. Entonces todo está oscuro y lo único que se oye es el silbido.


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