sábado, agosto 11, 2012

SONITUS: El circo viviente y Lhasa de Sela


El circo viviente y Lhasa de Sela

Omar Arriaga Garcés


Cambiaron los payasos, pero sigue siendo el mismo circo
Proverbio argentino

Una disquisición más elaborada sobre el origen de los circos seguramente nos trasladaría al período de auge de cada magna civilización de la antigüedad: el Indostán milenario, la Mesopotamia de Sargón, el Egipto de Ramsés el Grande, la Persia de la dinastía aqueménida, la China del 600 a. n. e., la Grecia de la liga crotoniana o la Roma de Mario y Sila y Espartaco. Sin embargo, no es este texto un compendio sobre historia circense ni mucho menos un catálogo de rarezas.
De hecho, siempre he detestado las carpas y las pistas y a los presentadores en zancos y a los animales enjaulados a los que se alecciona cruelmente para que hagan trucos (no me interesa ver un león atravesando un aro en llamas, por ejemplo). Y ya que todos conocemos lo que un circo es, quisiera por el contrario hablar de ciertas obras artísticas que me traen recuerdos más gratos que los momentos que durante la infancia malgasté en los circos (desde el kinder me aterran los payasos y más a raíz de la película Eso).
Quizá por el maltrato a los animales haya simpatizado un poco más con el Cirque du soleil (antes de que me aburriera definitivamente); además, sus payasos no eran como los del resto: alguien me comentó que tales intérpretes fueron bailarines, actores y cantantes que las grandes compañías europeas de teatro, danza y ópera habían descartado sin más. Sea o no cierta esta leyenda urbana, dichos payasos tenían algo de esa escuela francesa de teatro, creada por Jaques Lecoq en 1956, que exhibía el lado ridículo del ser humano y era denominada, meramente, clown.
Término que trae a colación una obra magnífica sobre un circo itinerante en el que más que equilibristas, acróbatas y contorsionistas del cuerpo, encontramos un grupo de actores de Commedia dell’arte que se ve inmerso en una desgarradora historia de amor por el que se vive y muere: Pagliacci (Payasos), de Ruggero Leoncavallo, ópera que nada tiene de ridículo, sobre el destino y la desgracia humanos, dirigida por vez primera en 1892 nada más y nada menos que por el mítico director italiano Arturo Toscanini, y con la que Enrico Caruso se pasaría a la historia como uno de los tenores más célebres del siglo. Efectivamente, el registro de la obra que grabara hacia 1902 se convirtió años más tarde en el primer disco en alcanzar un millón de copias vendidas.
Y cómo no, si con este drama hasta Plácido Domingo, del que se cuenta que no es tan buen cantante como actor, alcanzaría notabilidad por su interpretación del aria “Vesti la giubba”, en el filme de Franco Zeffirelli de 1981:



El pasaje va así: Canio, comediante, hombre entrado en años al que Plácido encarna, tiene que vestirse como Pagliaccio para salir a escena tras descubrir la traición de su joven esposa con otro hombre y, mientras, destrozado, se maquilla para la comedia nocturna ante el espejo, se dice: “la gente paga y quiere reír… ríe, Payaso, y todos te aplaudirán… ríe, Payaso, sobre tu amor despedazado, ríe del dolor que te envenena el corazón”.
Héroe casi de tragedia, al modo de Gelsomina, personaje también circense que interpreta Giulietta Masina en La strada (es decir, la calle) de 1954; film del neorrealismo italiano que tan buen nombre conquistó para Federico Fellini, donde se narra la historia de una mujer vendida por su madre a un saltimbanqui callejero del cual se enamora, el gran Zampanó, personificado magistralmente por el actor de origen mexicano Anthony Quinn; también protagonista de Zorba, el griego. Recorriendo las carreteras de Italia, Zampanó irá escenificando un acto tan grotesco como miserable para ganarse la vida, un trabajo en el que, literalmente, Gelsomina lo dejará todo, después de que éstos hayan abandonado el circo al que recientemente se habían unido.
La imagen de violencia aleatoria y desamparo que Fellini tiene de la calle es análoga a la que expresa la Maldita Vecindad, la calle como un cruento espectáculo incesante en el que se despliega la miseria humana:

Difícil es caminar en un extraño lugar
en donde el hambre se ve
como gran circo en acción
en las calles no hay telón
así que puedes mirar
como único espectador
te invito a nuestra ciudad

Fragmento de “Un gran circo”, canción de la que este álbum ––el más representativo de la banda––, toma su nombre: El circo (1991). En el mismo tenor podría aludirse a “Un poco de sangre” y a otros temas del disco (no olvidemos el origen humilde de los músicos de la Maldita Vecindad). No obstante, si se atiende a otra de las líneas de la primera composición, recordaremos del mismo modo que este sitio, la ciudad, la colonia, dejada de la mano de dios, paradójicamente, es algo mágico: “mientras más pobreza hay / más alegría se ve / en las calles hay color”, característica por medio de la que se manifiesta la otra cara del circo: la felicidad, y la sensación de vivir al límite por el filo en el que peligrosamente uno debe debatirse para seguir subsistiendo.
Un espacio mágico, de cuento de hadas (en el sentido etimológico), es el escenario donde se desarrolla el circo que Tim Burton anima en la película El gran pez (2003), pero éste nada guarda en común con el de las calles de la Ciudad de México. Antes bien, trata de una serie de prodigios que alientan aquella noción esencial sobre el circo como un lugar donde los participantes se arriesgan hasta el punto de rozar la muerte por conseguir proezas nunca vistas, difíciles de igualar, para mera delectación de la concurrencia. Empero, es en este entorno donde Edward Bloom (personaje que representa el actor escocés Ewan McGregor) encontrará al amor de su vida, Sandra Templeton.

Con todo, una de las obras que con mayor intensidad capta el sentido fugitivo del espectáculo circense es la fotografía de Belsay Maza Mora intitulada tan sólo como “Circo” (2006). Al verla, acude a mi mente el pasaje de Pedro Paramo en el que tras el fallecimiento de Susana San Juan, Comala se llena de gente de otros lados y arriba un circo, “con volantines y sillas voladoras”; efluvio a pueblo fantasma que en la obra de Maza Mora se respira.
No sé si en la foto esté lloviendo, parecería que no, pero en Pedro Paramo entonces llovía, como llueve cada vez que uno escucha las tétricas canciones de La llorona (1997), primero de los tres álbumes de estudio de Lhasa de Sela, las cuales parecen una suerte de soundtrack expresamente realizado para la novela de Rulfo, o de versión sonora para esas lúgubres fotografías que Vida Jovanovich tomó en varios asilos de ancianos a punto del colapso alrededor de México. Espacio vacío en el que se desenvuelven la fábula, el mito, la propia poesía, y que no es otro que aquél en el que la reconocida cantante “québécois” se halló desde siempre agonizando (en su desierto, de cara a la pared, con sus pájaros y sus peces que beben en el río).
Mas, como quiera que se hayan desarrollado los hechos de su vida mundana, esta cantante de amplia voz sedosa y pluvial, con un dejo a paraíso perdido, influenciada por la música ranchera, las canciones tradicionales latinoamericanas, el american folk, la chanson française, el blues, el soul, la música gitana de Europa del Este, el rock alternativo, en suma, difícil de catalogar, que igual componía en español que en inglés o francés y que nació un 27 de septiembre de 1972, de padre mexicano y madre estadounidense, bajo el signo solar de libra en Big Indian (Woodstock), New York, murió prematuramente, tras 21 meses de soportar un cáncer de seno, el 1 de enero de 2010 al filo de la media noche.
¿Por qué recordar a esta mujer en un texto sobre los circos? Por su estilo nómada, vagabundo, ambulante; por una infancia errando a través de las carreteras de Estados Unidos y México hasta los diez años de edad en compañía de sus padres y nueve hermanos, organizando espectáculos teatrales y circenses cada noche; razón por la que quizá su segundo disco, en tres diferentes idiomas, haya sido bautizado como The living road (2003). Experiencia esta a la que años más tarde se aunaría la de su viaje al sur de Francia para participar en la compañía de sus tres hermanas, Circo de Teatro “Los Pocheros”: “una como payaso; otra, funambulista, y la tercera, contorsionista y acróbata”.
En 2003, con The living road, Lhasa de Sela daría inicio a una gira de 24 meses por 17 países para posteriormente recibir el BBC World Award a la Mejor Artista de las Américas durante 2005. No sería hasta 2009 cuando el tercer y último de sus LPs aparecería intitulado simplemente como Lhasa, pues la cantante consideraba este álbum como un nuevo comienzo, y vaya si no lo fue.
Juntando fuerzas de flaqueza, a causa de un tratamiento que la debilitaba desde 2008, daría aún tres recitales en Montreal, Paris e Islandia; no obstante, su delicado estado de salud fue de mal en peor al grado de hacerla cancelar el resto de los conciertos programados. Y aunque este último disco ha sido tan elogiado por la crítica como el precedente, y aunque La llorona sea un debut y un cenit tan sombrío como hipnótico, ese fenómeno musical llamado Lhasa de Sela como una manera de protestar contra la ejecución de prisioneros tibetanos es capaz de evocar una sonrisa, pues aun en sus instantes más álgidos, nunca desaparece un rayo con olor a paraíso perdido y a fruta madura situada en la rama más alta del árbol: ese amor fugaz y luminoso en las tinieblas, el que siempre esperamos que algún día regrese.
Sea esta pequeña estampa de la cantante metáfora precisa para condensar los alcances de este gran circo en el que todos nos hallamos inmersos.

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