El circo viviente y Lhasa de Sela
Omar Arriaga Garcés
Cambiaron
los payasos, pero sigue siendo el mismo circo
Proverbio
argentino
Una disquisición más
elaborada sobre el origen de los circos seguramente nos trasladaría al período
de auge de cada magna civilización de la antigüedad: el Indostán milenario, la
Mesopotamia de Sargón, el Egipto de Ramsés el Grande, la Persia de la dinastía
aqueménida, la China del 600 a. n. e., la Grecia de la liga crotoniana o la
Roma de Mario y Sila y Espartaco. Sin embargo, no es este texto un compendio
sobre historia circense ni mucho menos un catálogo de rarezas.
De hecho, siempre he
detestado las carpas y las pistas y a los presentadores en zancos y a los
animales enjaulados a los que se alecciona cruelmente para que hagan trucos (no
me interesa ver un león atravesando un aro en llamas, por ejemplo). Y ya que
todos conocemos lo que un circo es, quisiera por el contrario hablar de ciertas
obras artísticas que me traen recuerdos más gratos que los momentos que durante
la infancia malgasté en los circos (desde el kinder me aterran los payasos y
más a raíz de la película Eso).
Quizá por el maltrato a los
animales haya simpatizado un poco más con el Cirque du soleil (antes de que me
aburriera definitivamente); además, sus payasos no eran como los del resto:
alguien me comentó que tales intérpretes fueron bailarines, actores y cantantes
que las grandes compañías europeas de teatro, danza y ópera habían descartado
sin más. Sea o no cierta esta leyenda urbana, dichos payasos tenían algo de esa
escuela francesa de teatro, creada por Jaques Lecoq en 1956, que exhibía el
lado ridículo del ser humano y era denominada, meramente, clown.
Término que trae a colación
una obra magnífica sobre un circo itinerante en el que más que equilibristas,
acróbatas y contorsionistas del cuerpo, encontramos un grupo de actores de
Commedia dell’arte que se ve inmerso en una desgarradora historia de amor por
el que se vive y muere: Pagliacci (Payasos), de Ruggero Leoncavallo, ópera que
nada tiene de ridículo, sobre el destino y la desgracia humanos, dirigida por
vez primera en 1892 nada más y nada menos que por el mítico director italiano
Arturo Toscanini, y con la que Enrico Caruso se pasaría a la historia como uno
de los tenores más célebres del siglo. Efectivamente, el registro de la obra
que grabara hacia 1902 se convirtió años más tarde en el primer disco en
alcanzar un millón de copias vendidas.
Y cómo no, si con este drama
hasta Plácido Domingo, del que se cuenta que no es tan buen cantante como
actor, alcanzaría notabilidad por su interpretación del aria “Vesti la giubba”,
en el filme de Franco Zeffirelli de 1981:
El pasaje va así: Canio,
comediante, hombre entrado en años al que Plácido encarna, tiene que vestirse
como Pagliaccio para salir a escena tras descubrir la traición de su joven
esposa con otro hombre y, mientras, destrozado, se maquilla para la comedia
nocturna ante el espejo, se dice: “la gente paga y quiere reír… ríe, Payaso, y
todos te aplaudirán… ríe, Payaso, sobre tu amor despedazado, ríe del dolor que
te envenena el corazón”.
Héroe casi de tragedia, al
modo de Gelsomina, personaje también circense que interpreta Giulietta Masina
en La strada (es decir, la calle) de 1954; film del neorrealismo italiano que
tan buen nombre conquistó para Federico Fellini, donde se narra la historia de
una mujer vendida por su madre a un saltimbanqui callejero del cual se enamora,
el gran Zampanó, personificado magistralmente por el actor de origen mexicano
Anthony Quinn; también protagonista de Zorba, el griego. Recorriendo las
carreteras de Italia, Zampanó irá escenificando un acto tan grotesco como
miserable para ganarse la vida, un trabajo en el que, literalmente, Gelsomina
lo dejará todo, después de que éstos hayan abandonado el circo al que
recientemente se habían unido.
La imagen de violencia
aleatoria y desamparo que Fellini tiene de la calle es análoga a la que expresa
la Maldita Vecindad, la calle como un cruento espectáculo incesante en el que
se despliega la miseria humana:
Difícil es
caminar en un extraño lugar
en donde el
hambre se ve
como gran circo
en acción
en las calles no
hay telón
así que puedes
mirar
como único
espectador
te invito a
nuestra ciudad
Fragmento de “Un gran
circo”, canción de la que este álbum ––el más representativo de la banda––,
toma su nombre: El circo (1991). En el mismo tenor podría aludirse a “Un poco
de sangre” y a otros temas del disco (no olvidemos el origen humilde de los
músicos de la Maldita Vecindad). No obstante, si se atiende a otra de las
líneas de la primera composición, recordaremos del mismo modo que este sitio,
la ciudad, la colonia, dejada de la mano de dios, paradójicamente, es algo
mágico: “mientras más pobreza hay / más alegría se ve / en las calles hay
color”, característica por medio de la que se manifiesta la otra cara del
circo: la felicidad, y la sensación de vivir al límite por el filo en el que
peligrosamente uno debe debatirse para seguir subsistiendo.
Un espacio mágico, de cuento
de hadas (en el sentido etimológico), es el escenario donde se desarrolla el
circo que Tim Burton anima en la película El gran pez (2003), pero éste nada
guarda en común con el de las calles de la Ciudad de México. Antes bien, trata
de una serie de prodigios que alientan aquella noción esencial sobre el circo
como un lugar donde los participantes se arriesgan hasta el punto de rozar la
muerte por conseguir proezas nunca vistas, difíciles de igualar, para mera
delectación de la concurrencia. Empero, es en este entorno donde Edward Bloom
(personaje que representa el actor escocés Ewan McGregor) encontrará al amor de
su vida, Sandra Templeton.
Con todo, una de las obras
que con mayor intensidad capta el sentido fugitivo del espectáculo circense es
la fotografía de Belsay Maza Mora intitulada tan sólo como “Circo” (2006). Al
verla, acude a mi mente el pasaje de Pedro Paramo en el que tras el
fallecimiento de Susana San Juan, Comala se llena de gente de otros lados y
arriba un circo, “con volantines y sillas voladoras”; efluvio a pueblo fantasma
que en la obra de Maza Mora se respira.
No sé si en la foto esté
lloviendo, parecería que no, pero en Pedro Paramo entonces llovía, como llueve
cada vez que uno escucha las tétricas canciones de La llorona (1997), primero
de los tres álbumes de estudio de Lhasa de Sela, las cuales parecen una suerte
de soundtrack expresamente realizado para la novela de Rulfo, o de versión
sonora para esas lúgubres fotografías que Vida Jovanovich tomó en varios asilos
de ancianos a punto del colapso alrededor de México. Espacio vacío en el que se
desenvuelven la fábula, el mito, la propia poesía, y que no es otro que aquél
en el que la reconocida cantante “québécois” se halló desde siempre agonizando
(en su desierto, de cara a la pared, con sus pájaros y sus peces que beben en
el río).
Mas, como quiera que se
hayan desarrollado los hechos de su vida mundana, esta cantante de amplia voz
sedosa y pluvial, con un dejo a paraíso perdido, influenciada por la música
ranchera, las canciones tradicionales latinoamericanas, el american folk, la
chanson française, el blues, el soul, la música gitana de Europa del Este, el
rock alternativo, en suma, difícil de catalogar, que igual componía en español
que en inglés o francés y que nació un 27 de septiembre de 1972, de padre
mexicano y madre estadounidense, bajo el signo solar de libra en Big Indian
(Woodstock), New York, murió prematuramente, tras 21 meses de soportar un
cáncer de seno, el 1 de enero de 2010 al filo de la media noche.
¿Por qué recordar a esta
mujer en un texto sobre los circos? Por su estilo nómada, vagabundo, ambulante;
por una infancia errando a través de las carreteras de Estados Unidos y México
hasta los diez años de edad en compañía de sus padres y nueve hermanos,
organizando espectáculos teatrales y circenses cada noche; razón por la que
quizá su segundo disco, en tres diferentes idiomas, haya sido bautizado como
The living road (2003). Experiencia esta a la que años más tarde se aunaría la
de su viaje al sur de Francia para participar en la compañía de sus tres
hermanas, Circo de Teatro “Los Pocheros”: “una como payaso; otra, funambulista,
y la tercera, contorsionista y acróbata”.
En 2003, con The living
road, Lhasa de Sela daría inicio a una gira de 24 meses por 17 países para
posteriormente recibir el BBC World Award a la Mejor Artista de las Américas durante
2005. No sería hasta 2009 cuando el tercer y último de sus LPs aparecería
intitulado simplemente como Lhasa, pues la cantante consideraba este álbum como
un nuevo comienzo, y vaya si no lo fue.
Juntando fuerzas de
flaqueza, a causa de un tratamiento que la debilitaba desde 2008, daría aún
tres recitales en Montreal, Paris e Islandia; no obstante, su delicado estado
de salud fue de mal en peor al grado de hacerla cancelar el resto de los
conciertos programados. Y aunque este último disco ha sido tan elogiado por la
crítica como el precedente, y aunque La llorona sea un debut y un cenit tan
sombrío como hipnótico, ese fenómeno musical llamado Lhasa de Sela como una
manera de protestar contra la ejecución de prisioneros tibetanos es capaz de
evocar una sonrisa, pues aun en sus instantes más álgidos, nunca desaparece un
rayo con olor a paraíso perdido y a fruta madura situada en la rama más alta
del árbol: ese amor fugaz y luminoso en las tinieblas, el que siempre esperamos
que algún día regrese.
Sea esta pequeña estampa de
la cantante metáfora precisa para condensar los alcances de este gran circo en
el que todos nos hallamos inmersos.


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