Por Rodrigo Landaeta
“Una
vez pregunté a una prostituta cómo llegar a cierto lugar de Osaka
y me
lo indicó haciendo un bello dibujo. En Oriente todos dibujan”
Henry Michaux
Debo
decir que empíricamente no sé nada de putas o putos, con excepción de una
lejana noche que junto a otros cuates entramos y salimos del club nocturno
“Zulema”. También recuerdo que esa noche uno de nosotros caminó sobre un auto,
tan campante como si estuviese cruzando la vereda. En todo caso, de putas y de
putos he oído toda mi vida.
La
primera vez que estuve frente a una mujer que asocié a una puta fue en mi
adolescencia. ¿Y qué entendí o malentendí por puta en ese entonces? Pues una
mujer que llamaba la atención por su cuerpo voluptuoso, por vivir sola en un
departamento, por vestir apretado, por los autos que la visitaban, en una
palabra, porque presentaba una actitud, por así decir, putil. Naturalmente,
como podrá inferirse, era yo un voyeurista, un bisagra, un amante de la
contemplación callejera. Era, sobre todo, una esponja absorbente. Como
cristiano occidental seguramente mi primera puta fue la magdalena apedreada.
En
los relatos de adolescente una puta más abstracta hizo su aparición, la puta
visitada junto al padre o los amigos más grandes, según contaban los iniciados,
elegida entre varias otras en un vestíbulo improvisado para tales efectos. Esa
puta imaginada es la que coloco en cierta fantasía que me representa platicando
con ella sobre la vida. Y de seguro esta visión me viene de alguna película, fuente
de transmisiones arque(re)típicas.
En
este ámbito del saber, y apartando las toneladas de pornografía videada, las
siguientes películas con más o menos referencia putil, han llamado mi atención:
la chilena “Julio comienza en Julio” (1979), dirigida por Silvio Caiozzi; la
norteamericana “My own private Idaho” (1991), de Gust Van Sant, conocida como
“Mi mundo privado”; y la (chilena)francesa “Le temps retrouvé” (1998), de Raúl
Ruiz.
“Julio
comienza en Julio” tiene varias putas en su trama, una de ellas objeto de un
amor adolescente. Una escena primaria observamos cuando esta bella puta inicia
sexualmente al joven aristócrata, en el marco mayor de un tiempo (1917) y un
espacio (el campo) dominados por el conservadurismo más extremo; “Mi mundo privado”,
por su lado, exhibe al mítico River Phoenix interpretando a un joven gay que
recorre las calles de Portland vendiendo su cuerpo, busca a su madre y se
duerme repentinamente porque padece narcolepsia, deviniendo la historia en una
suerte de ensueño decadente; “Le temps retrouvé”, por último, adaptación del
libro homónimo de Marcel Proust, en una de sus secuencias recrea el prostíbulo
gay regentado por Jupien, amante de Charlus. En ella se observa cómo Marcel, el
protagonista de la historia, voyerea al barón (Charlus) mientras éste recibe un
placentero escarnio, pero insuficiente. Luego el barón reparte dinero y
mordacidad entre los jóvenes del prostíbulo.
Estas
películas, junto a un poema que juega con la idea de una barra horizontal y
otra vertical, la primera como soporte para los ejercicios de danza clásica, la
segunda como viga para el striptease, constituyen una parte de lo que sabré de
putas, si no me pongo “putero” de aquí a unos años, y mi saber sea también por
experiencia.



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