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| Ilustración: César Castillo Carrillo |
Por Esther Galindo
“Estos
eran dos amigos que venían de Mapimí…”
Los Cadetes de Linares
Lo particular de los fines
de semana familiares era el sonido de rancheras y norteñas que salía del patio
trasero de la casa. Todos cantaban a media voz: una mujer ebria se unía al coro
de “un rinconcito en el cielo”. Cuando aquella mujer decidió cambiar la cinta
de Ramón Ayala por una de los Cadetes de Linares se dio cuenta de que alguno de
sus hijos grabó “girls just wanna have fun”, de Cindy Lauper encima.
El quejido del acordeón y
los pequeños soldados que brincan en la tarola, junto con un canto monótono
definieron gran parte de mi niñez. Las historias de las canciones eran, en su
mayoría, perturbadoras: El recuerdo es el esqueleto de las borracheras. La
música norteña que intenté desterrar infructuosamente tras considerar que se vuelve
depresiva y manipuladora regresó a mí con fuerza, cumpliendo entonces con el
Hado familiar.
Mi familia se dedicó a
viajar por el Estado dando clases y teniendo hijos. Llegaron a lugares que
mueren de secos y en los que dudo, haya habido agua alguna vez. Cuando dejaron
la docencia se convirtieron en visitantes regulares; dejaron amistades que
debían mantenerse e hijos muertos de deshidratación.
El ruido va de la mano con
la festividad y con el duelo. Durante las bodas, los bautizos, y los días de
los santos. El ruido de las bocas cuando mastican, de las cucharas
estrellándose en el fondo de los platos ¿cuál es la diferencia? Música es
silencio. La melancolía es callarse un rato mientras la obsesión regresa como
una oleada de lumbre.
Los pueblos en Durango
tienen la capacidad de hundir a cualquiera en cierta contemplación derivada de
la tristeza.
El uso de la cerveza para
apaciguar los calores jamás fue bien visto en mi familia, extrañamente no eran
raras las botellas de ron, coñac, tequila José Cuervo y mezcal en la casa.
Incluso el alcohol para curaciones y una botella de refresco al lado. La música
que ocultaba todo el arsenal etílico venía de la XEDU. Los corridos se
transmitían incansablemente, los mismos día tras día. La publicidad anunciaba
gallinaza, hueseros, tractores.
Cierto día, un familiar
impostado decidió casarse un día de julio, cuando el calor hace mella en la
carne de cualquiera. La boda se realizó en un lugar desolado, cuya gente aprendió
el arte de odiar desde temprana edad (aquí debo agregar que el odio se inocula
eficazmente en lugares aislados, como este). Nos fue bien, el clima tuvo
misericordia; llenó la noche de aullidos y de un frío que casi congela los
adobes de las casitas. El matrimonio terminó dos años después. Murieron en la
carretera tras ser acribillados.
Las noches en la sierra
traen consigo una música que se aprecia mejor cuando se está dormido. Lo mismo
sucede cuando la calle se vuelve insoportable a mediodía: el sonido está allí,
nunca deja de estar. Lo sientes cuando recién sales al mundo una mañana
desolada. Los autos continúan con su marcha, las poquísimas aves que quedan
trinan esperando la muerte. Los cables de la luz se mecen y silban.


El ruido esta en nosotros, es nosotros y nuestro verbo conjugado en resistencia y existencia, me gustó muchísimo, gracias.
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