jueves, junio 20, 2013

Cosas del ruido

Ilustración: César Castillo Carrillo


Por Esther Galindo


“Estos eran dos amigos que venían de Mapimí…”
Los Cadetes de Linares


Lo particular de los fines de semana familiares era el sonido de rancheras y norteñas que salía del patio trasero de la casa. Todos cantaban a media voz: una mujer ebria se unía al coro de “un rinconcito en el cielo”. Cuando aquella mujer decidió cambiar la cinta de Ramón Ayala por una de los Cadetes de Linares se dio cuenta de que alguno de sus hijos grabó “girls just wanna have fun”, de Cindy Lauper encima.
El quejido del acordeón y los pequeños soldados que brincan en la tarola, junto con un canto monótono definieron gran parte de mi niñez. Las historias de las canciones eran, en su mayoría, perturbadoras: El recuerdo es el esqueleto de las borracheras. La música norteña que intenté desterrar infructuosamente tras considerar que se vuelve depresiva y manipuladora regresó a mí con fuerza, cumpliendo entonces con el Hado familiar.
Mi familia se dedicó a viajar por el Estado dando clases y teniendo hijos. Llegaron a lugares que mueren de secos y en los que dudo, haya habido agua alguna vez. Cuando dejaron la docencia se convirtieron en visitantes regulares; dejaron amistades que debían mantenerse e hijos muertos de deshidratación.  
El ruido va de la mano con la festividad y con el duelo. Durante las bodas, los bautizos, y los días de los santos. El ruido de las bocas cuando mastican, de las cucharas estrellándose en el fondo de los platos ¿cuál es la diferencia? Música es silencio. La melancolía es callarse un rato mientras la obsesión regresa como una oleada de lumbre.
Los pueblos en Durango tienen la capacidad de hundir a cualquiera en cierta contemplación derivada de la tristeza.
El uso de la cerveza para apaciguar los calores jamás fue bien visto en mi familia, extrañamente no eran raras las botellas de ron, coñac, tequila José Cuervo y mezcal en la casa. Incluso el alcohol para curaciones y una botella de refresco al lado. La música que ocultaba todo el arsenal etílico venía de la XEDU. Los corridos se transmitían incansablemente, los mismos día tras día. La publicidad anunciaba gallinaza, hueseros, tractores.
Cierto día, un familiar impostado decidió casarse un día de julio, cuando el calor hace mella en la carne de cualquiera. La boda se realizó en un lugar desolado, cuya gente aprendió el arte de odiar desde temprana edad (aquí debo agregar que el odio se inocula eficazmente en lugares aislados, como este). Nos fue bien, el clima tuvo misericordia; llenó la noche de aullidos y de un frío que casi congela los adobes de las casitas. El matrimonio terminó dos años después. Murieron en la carretera tras ser acribillados.
Las noches en la sierra traen consigo una música que se aprecia mejor cuando se está dormido. Lo mismo sucede cuando la calle se vuelve insoportable a mediodía: el sonido está allí, nunca deja de estar. Lo sientes cuando recién sales al mundo una mañana desolada. Los autos continúan con su marcha, las poquísimas aves que quedan trinan esperando la muerte. Los cables de la luz se mecen y silban.

1 comentario:

  1. Anónimo2:17 p.m.

    El ruido esta en nosotros, es nosotros y nuestro verbo conjugado en resistencia y existencia, me gustó muchísimo, gracias.

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