Breve acercamiento y especulación con
la música
(O de cómo nunca supe tocar un
instrumento)
Manuel Noctis
Tenía 14 años cuando recién me mudé a esta ciudad tan puritana y mocha de
la cantera rosa –que se jacta de su Patrimonio Histórico y su sentido intrínseco
cosmopolita-. Bandas como Metallica, Megadeth, Iron Maiden, Therion, Cradle Of
Filth, Slayer, Sepultura, Pantera, A.N.I.M.A.L., Moonspell, Dimmu Borgir y
muchas otras más corrían por mis venas. Solía escuchar a diario el programa
Decibel de Juan Carlos Trejo (ahora un buen amigo), y digo solía porque ahora no
puedo por razones de trabajo y horario. Regresaba cada fin de semana al rancho
que me vio crecer (Téjaro) para tomar caguamas Indio (en ese entonces muy
sabrosas) en la casa de mi amigo Gera o en la azotea del buen Vitocho,
acompañados siempre de buena música con amigos como Juan Manuel, con quienes
discutíamos, conversábamos y compartíamos las novedades musicales y
discográficas del momento.
Mi vida pre-adolecente terminaba y también el ciclo escolar secundariano.
El desmadre con los amigos de la escuela (la Secundaria Federal #4, J.
Guadalupe Salto), la altanería, el cinismo y el orgullo propio de quien se
decía popular aquel entonces me llevaron a perder un año posterior a mi salida
de la secundaria. Español e inglés las materias reprobadas, motivo de burlas y
humillaciones, como cuando un amigo me dijo: Si reprobaste inglés y español es porque no sabes ¿entonces qué
idioma hablas? (obviamente me lo dijo en otras palabras y con otra carga
semántica). Yo me ruboricé y no hice más que seguir la carrilla.
Un año perdido, ¿qué había sido de aquel hijo de papá que en todo lo que
se le presentaba había destacado? ¿A qué se dedicaría entonces un joven imberbe
como yo en un espacio-paradigma al cual mis padres, hermanos y familiares no se
habían enfrentado jamás? Sin duda se trataba de un rotundo fracaso inexplicable
por la carga metódica y persuasiva que cargaba yo a cuestas y eso, era difícil
de entender en un entorno académico consagrado (mi papá maestro, ahora con más
de 38 años de carrera, y 5 o 6 tíos dedicados a la docencia, aunado a la excelsa carrera académica con promedio de 10 de mis hermanas).
Pues músico y estrella de rock
quiero ser, me dije hacia mis entrañas. Me vestí un pantalón negro de pana
entallado, una camiseta de manga larga de Metallica y sobre puesta una playera
de Nirvana, tomé la guitarra de palo escrito que mi padre solía tocar en sus
fiestas más representativas con amigos y desconocidos y me dirigí a la Casa de
la Cultura. Curso de guitarra para principiantes con un costo de 150 pesos era
lo que tenía en puerta. Me aprendí el círculo de sol, canciones como las
mañanitas, Wendoly y otras más que
apunté en una libreta que aún conservo. Hasta el requinto de Nothing else matters de Metallica (que
todo joven con guitarra practica) estaba aprendiendo en esos días. Pero la
maestra, de cuyo nombre no recuerdo pero que después supe tocaba en una banda
llamada Tupac Amaru, se dio cuenta que mi ritmo era otro, a mí me gustaba “la
música del vómito”, como solía decirme (por aquello de lo gutural). Y me retiré
muy pronto de esos ambientes, aunque no se me olvida del todo la figura de una
mozuela que diariamente (el curso lo tomaba todos los días) se paseaba por mi
salón y al verme me lanzaba una leve sonrisilla curiosa (¿qué habrá sido de
ella?).
Nostálgico, melancólico, abatido y damnificado por lo que a mi alrededor
se comentaba sobre mi situación, decidí refugiarme en mi cuarto, el cual
compartía con mi hermano Erick. Teníamos una litera. Yo dormía arriba y él
abajo. Pero ese es otro asunto (hasta parece que lo extraño al cabrón). Y en
esos trances que muchas veces mantenía en solitario (cuando no se encontraba mi
hermano) opté por la investigación musical de bandas, disqueras, festivales y
demás –en torno a la música, valga la redundancia- que me movía en aquel
entonces (y que aún me sigue poniendo machín). Fue así como llegué al disco
Cruelty and the beast de Cradle Of Filth, el cual, en sus canciones, hace una
remembranza a la figura de Elizabeth Bathory, condesa sangrienta con parentesco
cercano a Vlad Tepes, emperador/empalador del cual Bram Stoker se basó
ampliamente para escribir su multicitada obra de Drácula.
Leyendo la biografía de esta banda descubrí que sus letras se basan en
textos de autores como Baudelaire, Nietzsche, Sade y otros más. En una visita
al pueblo, recordando que mi padre tenía una pequeña biblioteca –la cual
destrocé ante mis encantos-, me dispuse a buscar entre su repertorio libresco
algunas obras de interés. Ahí encontré libros como El crepúsculo de los ídolos
y La genealogía de la moral de Nietzsche, los cuales me devoré rápidamente y a mi manera (una
vez un master me dijo, cuando le confesé mis primeras lecturas, que mis locuras
se debían precisamente a ello, al haberme adentrado en obras que “para mi
edad”, estaban cargadas de supuestos y aseveraciones que me contrariarían toda
mi vida… no se equivocó) y de ahí me adentré a otros como las Narraciones
extraordinarias de Allan Poe (en su honor la oficina Clarimondiana lleva su
nombre) y otros más.
Me decidí a escribir. Pero como yo pretendía ser músico, mi intención era
crear canciones, entonces en alguna ocasión, lo recuerdo bien, me acerqué a mi
padre (espero lo recuerde) y le dije (mi padre es músico, tiene más de 35 años
como cantautor y compositor): Oye papá, ¿para hacer una canción primero escribes
la letra y después le pones la música, o primero haces la música y después le
pones la letra? Él me dijo que podía ser de ambas maneras, entonces corrí de
nuevo a mi cuarto (mi guarida) y con una sonrisa en el rostro reinterpreté una
canción de una banda que se llamaba Oxido, de la cual no recuerdo de dónde era
ni nada al respecto (pero era de metal). Contento porque había escrito mi
primera rola llamaba a distintas estaciones de radio y comentaba mi afición por
la creación de rolas, cosa que seguramente a los titulares de aquellas
estaciones les provocaba algo de risa.
Seguí escribiendo durante ese año, pero había un problema, no aprendía
por ningún lado a tocar siquiera la flauta (alguna vez le comenté a alguien que
fui parte de la banda de guerra de mi escuela, pero no, ni siquiera el tambor
sabía tocar, hasta la fecha). Entonces decidí que lo que hacía, por las
lecturas de libros de autores como Ramón Martínez Ocaranza, Baudelaire y otros,
era algo emparentado con la poesía y sí, me hice “poeta” (poeto, o puto mal
versado). Un diez de mayo, atrevido y confrontado con mi realidad le escribí un
poema a mi madre, el cual conserva en un cuadro maltrecho (pero con todo su amor de madre). Después le escribí a
mis amoríos preparatorianos, sin respuesta favorable alguna. Pero no desistí, y
con orgullo (gracias a Nietzsche), seguí escribiendo en mi libreta, en
servilletas, en papeles sueltos, en las bancas de la escuela, en las hojas de
los trabajos que mis maestros me revertían por irreverencia, en los exámenes
cuando no estudiaba (nunca estudié para un examen en toda mi carrera escolar) y en las manos de mis
compañeras, cundo estas me lo permitían a razón de que yo les explicaba que un
día sería aquel famoso que apreciarían por televisión, y que el hecho de
escribirles en la mano les sería de gran orgullo y satisfacción posteriormente.
Hasta una novela escribí y publiqué, se llama Dani Morgan: ente de la oscuridad, y un chingo de errores son los
que se aprecian en su lectura más que la historia misma. No contento con ello
me involucré como dj (lo mío seguía siendo la música). De ahí lo de Noctis. Llegaron
bandas como Hocico, The Cure, Bauhaus, Sisters Of Mercy, Lacrimosa, Stoa, y
otras más. Y apareció Clarimonda: mi musa, mi chica, mi amante, mi vida,
mi señora y guía espiritual, mi todo, mi peor es nada, gracias a la lectura de un fragmento de La muerta enamorada de Théophile Gautier. La que me ha brindado
todos los placeres mundanos, hedonistas, irreales, subjetivos, psicotrópicos,
noctambularios y erotómanos.
Hace unos años, en el bar La Vecindad (que después se convirtió en Limbo
y ahora en Kitsch), solía subirme al escenario para cantar unas rolas con mi
amigo el Mil y su banda Matanzas Club. Eso me permitía estar más enrolado en la música. Dejé de hacerlo cuando mi chica en ese entonces invitó a
sus padres al lugar. Después seguí con mi faceta (o andaba de faceto) de dj,
programando rolas en bares, fiestas y hasta bodas. Lo abandoné prontamente
(esta también es otra historia). Pero jamás desistí de la connotación musical y
siempre tuve al tanto géneros en los cuales quería yo desenvolverme, desde el
metal, hasta el electrodark y el darkwave, el ambient y el punk, lo
experimental y lo cumbianchero al hip hop, el reggae y el ska, incluso la
música clásica. Pero nada me salió.
Una vez un buen amigo (al que aprecio mucho y con el cual me gustaría
reencontrarme) me prestó un libro de Heriberto Yépez (que
aún tengo en mi poder) y en una de sus páginas encontré escrita a lápiz una frase breve,
de la cual no tengo referencia alguna quién la haya escrito, pero que, sin
pretenderlo, parece resumir todo lo que anteriormente estuve comentando, y reza
así: En realidad yo soy un músico –más
bien un músico frustrado- atrapado en un cuerpo de escritor.
Amen de este cuerpo incróspito para la música.


Me uno al grupo de los músicos atrapados en cuerpos de escritores. En algún momento también tuve una banda, no tocaba ningún instrumento, pero componía, descomponía y cantaba. Finalmente me di cuenta que era mejor contando cosas que tratando de hacer música. Lo genial de todo esto es que escribiendo puedes crear, ser, hacer y tener lo que quieras.
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