domingo, mayo 19, 2013

EL IZCUINTLE: Aparienciesexualidad


 
Aparienciesexualidad


Luis Enrique Anguiano Torres

 

Me vi frente al teclado con la mente en blanco y los dedos sin saber qué tecla presionar primero hasta que recordé que tenía anotadas mentalmente un par de columnas ¡Ah! Ser escritor amateur tiene sus bemoles: por un lado tienes la libertad de hablar de lo que se te hinchen los aguacates sin temor a censura más grande que la que te pueda poner el direcpunx de la revista, pero aún hace falta disciplina para traer uno la libretita de notas, el moleskine™ o la servilleta manchada de salsa de tacos o algo así.
La cosa es, hablando de cosas de comer, que anoche masticaba mentalmente el último show trasvesti que me tocó presenciar hace ya unos meses. Una pasarela.
Fue un trabajo semi-etnográfico, sólo que no llevaba libreta de apuntes y no había plan de investigación más allá de sólo tener bien abiertos los ojos y no dejar caer la chela.
Mi informante se hace llamar Prisma. Llegué un par de minutos tarde a la puerta y ahí estaba él con sus tacones, su peluca rubia y su blusa brillante. Me saludó, entramos, el show ya había comenzado: Miss Gay Zacapu 2013.
Chela va, chela viene y yo poniendo atención a algunos vatos inconformes con lo que tienen entre las piernas pretendiendo ser alguna otra cosa. Prisma me presentó a varios de sus… Ehm… Personas que conoce… La verdad ya no recuerdo ni cómo se llaman, pero apuesto a que alguno de ellos se llamaba Hernán o Maximiliano. Era un vato más alto y fornido que yo, con sus tacones y su chongo andaría llegando al metro noventa. En su mano, una coronita bien fría parecía un crayón de etiqueta amarilla.
Max Corona platicaba con Prisma mientras yo veía a los concursantes en una tarima al centro del salón. Casi todos escuálidos, de piernas garrudas, maquillaje cargado, uñas barrocas. Bajaban y subían del estrado en diferentes vestidos, curvas aparecían y desaparecían misteriosamente: por ejemplo, uno de ellos para usar una falda corta tuvo que lucir unas piernas bien torneadas, pero en otro cambio tuvo que usar sus piernas de verdad y lucir un pantalón ceñido ¿Cómo le hizo? Usó esponjas.
Piernas, senos, caderas, partes de cuerpo hechas de poliuretano espumoso y cuyo uso bien dependerá del esquema de belleza que el individuo quiera mostrar.
De repente un vestido mal puesto aparece en la tarima. Alcanzo a ver que Prisma se lleva la mano a la sien y con expresión de vergüenza murmura “¡Ay, esta pendeja…!” y me da risa la naturalidad con que suelta una de mis palabras favoritas. Pendeja.
El presentador –“La Enemiga” por cierto contexto suyo– irrumpe con su voz amplificada electrónicamente y anuncia que no se trata sólo de un certamen de belleza. También de inteligencia. Y entre quienes responderán ciertas preguntas que les hará La Enemiga, reconozco a alguien. No recuerdo cómo le dicen, pero le pregunto a Prisma por su escolaridad y me dice con un poquito de desfachatez “¡Ésta cabrona ni la secundaria acabó y mírala, haciéndose la inteligente!” Y me da más risa aún porque las preguntas eran algo así como “¿Cuál es la capital de El Salvador?”
Era surreal. Se había anunciado como una pasarela, un concurso de belleza de lo más típico (nada más que con hombres en lugar de mujeres) y resultó ser un carnaval. Una fiesta de disfraces en todas sus dimensiones; desde la apariencia física de quienes concursaban hasta su apariencia mental. Entre el público reconocí a un par de personas que jamás pensé ver ahí. A otras tantas era fácil imaginar por qué estaban ahí pero no te imaginabas qué era lo que hacían afuera.
La señora que vende los boletos en la terminal por las tardes era mesera en ese show nocturno, por ejemplo; la vi mover unas mesas y limpiar en chinga una cerveza que se había estrellado en el suelo. Alaska, que por lo general corta los boletos en ese lugar, peluca y maquillaje siempre presentes, en esta ocasión llevaba camisa y pantalón..
En alguna oportunidad me asomé al improvisado camerino. Quienes concursaron parecieron no preocuparse por mi esporádica y breve aparición. Vi esponjas y vestidos, escuché voces pero también encontré algo: cooperación. Se ayudaban mutuamente. No se sentía una competencia reñida. Creo que ya se sabía quien iba a ganar y la intención era seguir con el show. Aparentar una competencia. Nunca le pregunté a Prisma si ese concurso estaba arreglado.
El evento cierra con broche de lujo: salió “Mónica Naranjo” e hizo playback. Con esa técnica podrías cantar ópera y a la primera tener resultados excelentes. El premio, chapado en algún metal brillante que parecía ser oro y una corona tachonada de diamantes de fantasía.
La noche terminó. Me quedé pensando en qué era lo que había visto. Si era un espectáculo, una pasarela, un concurso, un carnaval… Creo que entendí que era el único en ese lugar que esperaba ver otra cosa. Ya saben “la sexualidad alterna”, la “vida gay” y demás mamarrachos conceptuales. No, no había visto nada de eso. Lo que había visto horas antes era una fiesta de apariencias, una celebración de la falsedad bienintencionada. Mutatis mutandis, una fiesta de lo postizo y lo confuso, ofrecido como un concurso de belleza. Todo era falso, pero a la vez sumamente real y presente.

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