Aparienciesexualidad
Luis Enrique Anguiano Torres
Me
vi frente al teclado con la mente en blanco y los dedos sin saber qué tecla
presionar primero hasta que recordé que tenía anotadas mentalmente un par de
columnas ¡Ah! Ser escritor amateur tiene sus bemoles: por un lado tienes la
libertad de hablar de lo que se te hinchen los aguacates sin temor a censura
más grande que la que te pueda poner el direcpunx de la revista, pero aún hace
falta disciplina para traer uno la libretita de notas, el moleskine™ o la
servilleta manchada de salsa de tacos o algo así.
La
cosa es, hablando de cosas de comer, que anoche masticaba mentalmente el último
show trasvesti que me tocó presenciar hace ya unos meses. Una pasarela.
Fue
un trabajo semi-etnográfico, sólo que no llevaba libreta de apuntes y no había
plan de investigación más allá de sólo tener bien abiertos los ojos y no dejar
caer la chela.
Mi
informante se hace llamar Prisma. Llegué un par de minutos tarde a la puerta y
ahí estaba él con sus tacones, su peluca rubia y su blusa brillante. Me saludó,
entramos, el show ya había comenzado: Miss Gay Zacapu 2013.
Chela
va, chela viene y yo poniendo atención a algunos vatos inconformes con lo que
tienen entre las piernas pretendiendo ser alguna otra cosa. Prisma me presentó
a varios de sus… Ehm… Personas que conoce… La verdad ya no recuerdo ni cómo se
llaman, pero apuesto a que alguno de ellos se llamaba Hernán o Maximiliano. Era
un vato más alto y fornido que yo, con sus tacones y su chongo andaría llegando
al metro noventa. En su mano, una coronita bien fría parecía un crayón de
etiqueta amarilla.
Max
Corona platicaba con Prisma mientras yo veía a los concursantes en una tarima
al centro del salón. Casi todos escuálidos, de piernas garrudas, maquillaje
cargado, uñas barrocas. Bajaban y subían del estrado en diferentes vestidos,
curvas aparecían y desaparecían misteriosamente: por ejemplo, uno de ellos para
usar una falda corta tuvo que lucir unas piernas bien torneadas, pero en otro
cambio tuvo que usar sus piernas de verdad y lucir un pantalón ceñido ¿Cómo le
hizo? Usó esponjas.
Piernas,
senos, caderas, partes de cuerpo hechas de poliuretano espumoso y cuyo uso bien
dependerá del esquema de belleza que el individuo quiera mostrar.
De
repente un vestido mal puesto aparece en la tarima. Alcanzo a ver que Prisma se
lleva la mano a la sien y con expresión de vergüenza murmura “¡Ay, esta
pendeja…!” y me da risa la naturalidad con que suelta una de mis palabras
favoritas. Pendeja.
El
presentador –“La Enemiga” por cierto contexto suyo– irrumpe con su voz
amplificada electrónicamente y anuncia que no se trata sólo de un certamen de
belleza. También de inteligencia. Y entre quienes responderán ciertas preguntas
que les hará La Enemiga, reconozco a alguien. No recuerdo cómo le dicen, pero
le pregunto a Prisma por su escolaridad y me dice con un poquito de desfachatez
“¡Ésta cabrona ni la secundaria acabó y mírala, haciéndose la inteligente!” Y
me da más risa aún porque las preguntas eran algo así como “¿Cuál es la capital
de El Salvador?”
Era
surreal. Se había anunciado como una pasarela, un concurso de belleza de lo más
típico (nada más que con hombres en lugar de mujeres) y resultó ser un carnaval.
Una fiesta de disfraces en todas sus dimensiones; desde la apariencia física de
quienes concursaban hasta su apariencia mental. Entre el público reconocí a un
par de personas que jamás pensé ver ahí. A otras tantas era fácil imaginar por
qué estaban ahí pero no te imaginabas qué era lo que hacían afuera.
La
señora que vende los boletos en la terminal por las tardes era mesera en ese
show nocturno, por ejemplo; la vi mover unas mesas y limpiar en chinga una
cerveza que se había estrellado en el suelo. Alaska, que por lo general corta
los boletos en ese lugar, peluca y maquillaje siempre presentes, en esta
ocasión llevaba camisa y pantalón..
En
alguna oportunidad me asomé al improvisado camerino. Quienes concursaron
parecieron no preocuparse por mi esporádica y breve aparición. Vi esponjas y
vestidos, escuché voces pero también encontré algo: cooperación. Se ayudaban
mutuamente. No se sentía una competencia reñida. Creo que ya se sabía quien iba
a ganar y la intención era seguir con el show. Aparentar una competencia. Nunca
le pregunté a Prisma si ese concurso estaba arreglado.
El
evento cierra con broche de lujo: salió “Mónica Naranjo” e hizo playback. Con
esa técnica podrías cantar ópera y a la primera tener resultados excelentes. El
premio, chapado en algún metal brillante que parecía ser oro y una corona
tachonada de diamantes de fantasía.
La
noche terminó. Me quedé pensando en qué era lo que había visto. Si era un
espectáculo, una pasarela, un concurso, un carnaval… Creo que entendí que era
el único en ese lugar que esperaba ver otra cosa. Ya saben “la sexualidad
alterna”, la “vida gay” y demás mamarrachos conceptuales. No, no había visto
nada de eso. Lo que había visto horas antes era una fiesta de apariencias, una
celebración de la falsedad bienintencionada. Mutatis mutandis, una fiesta de lo postizo y lo confuso, ofrecido
como un concurso de belleza. Todo era falso, pero a la vez sumamente real y
presente.



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