domingo, abril 21, 2013

EL IZCUINTLE: Ojale’y…



Ojale’y…

Luis Enrique Anguiano Torres


Todos hemos dicho oraciones que comienzan con el famosísimo “ojalá y…” u “ojalá que…” pero, pocas personas saben qué quiere decir esa dichosa palabra y, entre los que saben su significado son aún menos los que entienden que se puede estar ante una falacia atómica (de átomo, pues, que no se puede dividir).
No soy una persona religiosa, mística o metafísica en el sentido que se le ha dado a la palabra en las últimas dos décadas. No. Ni siquiera un patafísico. Soy un simple ser humano para el que las explicaciones largas deben tener un objeto realmente complejo (como la teoría de la evolución y sus ahijadas) o realmente estúpido (como las excusas que terminan “quedando grandes”). Para mí, hay relatos en todas partes. Esta mamada de columna es un relato. La oración anterior, y ésta también, son microrrelatos.
Cada relato quiere decir algo y pretende hacerlo de manera congruente u ordenada. Hagamos un poco de semiótica básica; una cosa es que el significante (la parte tangible del signo) esté desordenada y que por lo tanto el significado no sea fácilmente extraíble y otra es que el significado sea ambiguo o no esté bien construido a pesar de lo bien que esté hecha la oración o la narración. Un ejemplo de lo primero es el cantinflear: tantos adverbios, cambios modales, etc. Impiden entender qué chingados quiere decir el peladito ese. Un ejemplo de lo segundo es, que, yo al referirme al peladito ese me esté refiriendo a Cantinflas pero varios puedan entender algún otro tipo de peladito en cuyo caso déjenme decirles que próximamente Clarimonda tendrá un taller de literatura erótica y que no, en esta columna casi no hablamos de tal tema aunque igual y ya toca.
¿Sí me explico? Una cosa es comunicar mal y otra es no saber lo que se está transmitiendo. En el caso de alguna oración que comience con “Ojalá y dios quiera que…” hay un error muy grave porque ojalá quiere decir “si Alá quiere”. Es un vocablo que el español bebió del árabe. Entonces, en la misma oración estás diciendo dos veces la misma cosa o estás mencionando a un poder mayor al Dios judeocristiano de la tradición católica.
Sí. Piénsalo: “dios quiera que dios quiera”. No tiene mucho sentido ¿Verdad? No, no lo tiene y es algo bien fácil: de acuerdo a la teodicea, dios es omnisciente (todo lo sabe) omnipotente (todo lo puede) y omnibenevolente (todo lo perdona) ¿Por qué no podemos pedir que dios permita que tal o cual cosa suceda? Porque, pensando en la omnisciencia él ya sabría si ocurrirá o no. Vaya, él ya sabe si irás a ver a tu prima la buenota este fin de semana y también sabe cómo acabará el cuento entre ustedes (spoiler: te vas a quedar con las ganas) así que la cosa está decidida y él lo sabe pero tú no ¿Por qué tendrían que cambiar las cosas? ¿Puede él hacer que cambie un resultado que ya sabe de antemano? Ahí es en donde entra en juego la omnipotencia: si puede, entonces habría que preguntarse por qué permitiría que todo tomara un rumbo diferente. Si no puede, no deberíamos llamarlo dios.
Pero, no se hagan problema. Tan fácil como que Dios no existe y ya. Es la verdad. Es la otra cara de la moneda en este planteamiento. Ojalá y esto, ojalá y lo otro ¡Meh! Dios no existe. El porvenir tampoco. El destino igual. Nada de esas cosas existen. Son proyecciones, anhelos, deseos, transferencias morales que nuestro cerebro hace e inyecta a la miríada de cosas que nos ocurren a diario como una manera de entender cómo se relaciona la realidad con lo que nosotros entendemos que es nuestra persona.
Al mundo le vales madre. No eres tú y el mundo, tú eres parte de un continuum bien cabrón llamado realidad y en esa realidad no entra Dios (si observas con detalle te darás cuenta que es una cuestión demasiado caótica). El “ojalá y…” aparte de ser falaz es fútil porque no hay manera de regular la realidad más allá de lo que está en nuestras manos para incidir directamente en ella.
El “ojalá y…”, si se piensa con toda su carga semiótica, es un pensamiento falaz. Mágico, si se quiere ver así. “Ojalá y un día me saque la lotería… Lo anhelo. Lo deseo. Espero que una entidad mayor lo permita aún sin haber comprado mi cachito de lotería cada mañana” Qué cómodo ¿No? Pedir a la virgen o a los santos. Rezar.
No hay manera de saber el futuro ni existen las máquinas en el tiempo. Lo único cierto que hay es que no sabemos qué diablos ocurre con el perro mundo. Se necesitan muchas herramientas para arañar su entendimiento –asumiendo que es, como les había dicho, un continuum inconmensurable, de un maldito tamaño pinchemente inabarcable– ante el cual eres algo que muy a duras penas se puede llamar nada.
Pero igual y sólo soy yo y me estoy poniendo dramático porque las cosas no me han salido bien últimamente. Está bien. Tengo malos ratos. No lo veo como una prueba o un reto sino como algo que ocurre y que es transitorio. Quizás un día diga “ojalá y…” con todas las de la ley, aún no lo sé, tampoco deseo fervientemente que pase. He ahí la parte falaz: desear –fervientemente, inclusive– que las cosas ocurran pero no hacer nada que esté en nuestras manos y que pueda terminar favoreciendo la situación anhelada. He ahí la parte mágica de no hacer nada y limpiar nuestra mente de culpas.
Quizás debería dejar de quejarme y aprender a rezar. Ojalá algún día lo haga.

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