Ojale’y…
Luis Enrique Anguiano Torres
Todos
hemos dicho oraciones que comienzan con el famosísimo “ojalá y…” u “ojalá que…”
pero, pocas personas saben qué quiere decir esa dichosa palabra y, entre los
que saben su significado son aún menos los que entienden que se puede estar
ante una falacia atómica (de átomo, pues, que no se puede dividir).
No
soy una persona religiosa, mística o metafísica en el sentido que se le ha dado
a la palabra en las últimas dos décadas. No. Ni siquiera un patafísico. Soy un
simple ser humano para el que las explicaciones largas deben tener un objeto
realmente complejo (como la teoría de la evolución y sus ahijadas) o realmente
estúpido (como las excusas que terminan “quedando grandes”). Para mí, hay
relatos en todas partes. Esta mamada de columna es un relato. La oración
anterior, y ésta también, son microrrelatos.
Cada
relato quiere decir algo y pretende
hacerlo de manera congruente u ordenada. Hagamos un poco de semiótica básica;
una cosa es que el significante (la parte tangible del signo) esté desordenada
y que por lo tanto el significado no sea fácilmente extraíble y otra es que el
significado sea ambiguo o no esté bien construido a pesar de lo bien que esté
hecha la oración o la narración. Un ejemplo de lo primero es el cantinflear:
tantos adverbios, cambios modales, etc. Impiden entender qué chingados quiere
decir el peladito ese. Un ejemplo de
lo segundo es, que, yo al referirme al peladito
ese me esté refiriendo a Cantinflas pero varios puedan entender algún otro
tipo de peladito en cuyo caso déjenme decirles que próximamente Clarimonda
tendrá un taller de literatura erótica y que no, en esta columna casi no
hablamos de tal tema aunque igual y ya toca.
¿Sí
me explico? Una cosa es comunicar mal y otra es no saber lo que se está
transmitiendo. En el caso de alguna oración que comience con “Ojalá y dios
quiera que…” hay un error muy grave porque ojalá
quiere decir “si Alá quiere”. Es un vocablo que el español bebió del árabe.
Entonces, en la misma oración estás diciendo dos veces la misma cosa o estás
mencionando a un poder mayor al Dios judeocristiano de la tradición católica.
Sí.
Piénsalo: “dios quiera que dios quiera”. No tiene mucho sentido ¿Verdad? No, no
lo tiene y es algo bien fácil: de acuerdo a la teodicea, dios es omnisciente
(todo lo sabe) omnipotente (todo lo puede) y omnibenevolente (todo lo perdona)
¿Por qué no podemos pedir que dios permita que tal o cual cosa suceda? Porque, pensando
en la omnisciencia él ya sabría si ocurrirá o no. Vaya, él ya sabe si irás a
ver a tu prima la buenota este fin de semana y también sabe cómo acabará el
cuento entre ustedes (spoiler: te vas a quedar con las ganas) así que la cosa
está decidida y él lo sabe pero tú no ¿Por qué tendrían que cambiar las cosas?
¿Puede él hacer que cambie un resultado que ya sabe de antemano? Ahí es en
donde entra en juego la omnipotencia: si puede, entonces habría que preguntarse
por qué permitiría que todo tomara un rumbo diferente. Si no puede, no
deberíamos llamarlo dios.
Pero,
no se hagan problema. Tan fácil como que Dios no existe y ya. Es la verdad. Es
la otra cara de la moneda en este planteamiento. Ojalá y esto, ojalá y lo otro
¡Meh! Dios no existe. El porvenir tampoco. El destino igual. Nada de esas cosas
existen. Son proyecciones, anhelos, deseos, transferencias morales que nuestro
cerebro hace e inyecta a la miríada de cosas que nos ocurren a diario como una
manera de entender cómo se relaciona la realidad con lo que nosotros entendemos
que es nuestra persona.
Al
mundo le vales madre. No eres tú y el mundo, tú eres parte de un continuum bien cabrón llamado realidad y
en esa realidad no entra Dios (si observas con detalle te darás cuenta que es
una cuestión demasiado caótica). El “ojalá y…” aparte de ser falaz es fútil
porque no hay manera de regular la realidad más allá de lo que está en nuestras
manos para incidir directamente en ella.
El
“ojalá y…”, si se piensa con toda su carga semiótica, es un pensamiento falaz.
Mágico, si se quiere ver así. “Ojalá y un día me saque la lotería… Lo anhelo.
Lo deseo. Espero que una entidad mayor lo permita aún sin haber comprado mi
cachito de lotería cada mañana” Qué cómodo ¿No? Pedir a la virgen o a los
santos. Rezar.
No
hay manera de saber el futuro ni existen las máquinas en el tiempo. Lo único
cierto que hay es que no sabemos qué diablos ocurre con el perro mundo. Se
necesitan muchas herramientas para arañar su entendimiento –asumiendo que es,
como les había dicho, un continuum
inconmensurable, de un maldito tamaño pinchemente inabarcable– ante el cual eres
algo que muy a duras penas se puede llamar nada.
Pero
igual y sólo soy yo y me estoy poniendo dramático porque las cosas no me han
salido bien últimamente. Está bien. Tengo malos ratos. No lo veo como una
prueba o un reto sino como algo que ocurre y que es transitorio. Quizás un día
diga “ojalá y…” con todas las de la ley, aún no lo sé, tampoco deseo
fervientemente que pase. He ahí la parte falaz: desear –fervientemente,
inclusive– que las cosas ocurran pero no hacer nada que esté en nuestras manos
y que pueda terminar favoreciendo la situación anhelada. He ahí la parte mágica
de no hacer nada y limpiar nuestra mente de culpas.
Quizás
debería dejar de quejarme y aprender a rezar. Ojalá algún día lo haga.



Ojalá y tuvieras una columna todos los días :D
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