Mi amigo nigeriano
Luis Enrique Anguiano Torres
Antes de proseguir, déjenme
decirles que no tengo ningún amigo en Nigeria ni conozco a alguien de ese país.
Elegí ese nombre a propósito de la canción que hicieran los Residents de
acuerdo al llamado fraude nigeriano.
Para los que llevan
demasiado pinche Facebook en sus venas o son lo relativamente jóvenes como para
haberlo vivido, el fraude nigeriano se dio por montones a principios de este
nuevo siglo. Algunos de ustedes, quienes aún revisen sus polvorientas bandejas
de correo, se darán cuenta que de repente llegan correos a nombre de alguna
empr… ¡Meh! ¿Para qué les sigo diciendo? Ni siquiera los abren.
El chiste del pinche fraude
nigeriano era que te hacían creer que te habías sacado la lotería en ese país,
que un pariente tuyo lejano había muerto en un accidente en ese país y había
dejado una gran herencia, que resultaste ser acreedor de una enorme cantidad de
billetes que te regaló un millonario nigeriano –de seguro un mandingo ex actor
porno– o alguna marihuanada por el estilo. Para poder tú recibir el susodicho
premio (que siempre era un buen montón de millones de dólares) tenías que hacer
un pago por adelantado para que te liberaran la lana: pagarle a aduanas, al
banco, demostrar ante la empresa que tenías capacidad de solvencia, etc.
El chiste era que, una vez
que habías pagado ¡Bam! Adiós. Hasta la vista, hasta luego, hasta nunca. No se
vuelve a saber más de ellos.
Recuerdo que por allá del
’99 fue que vi un reportaje en la tele sobre este tipo de fraudes. Lo había
hecho una reportera de televisa que ya luego haría otro reportaje sobre un
centro de arte urbano en el DF (No se pierdan la siguiente edición de
Clarimonda sobre el arte urbano. Tendremos invitados de lujo) y, bueno, en
aquel entonces la versión más extendida de tal estafa era la de un tal príncipe
nigeriano que necesitaba huir de su país y se mochaba con un porcentaje de su
riqueza si se la guardabas por un rato en lo que llegaba al tuyo. O sea, a
México.
Supongo que varios de esos
güeyes debieron forrarse de lana hace década y media en países en los que
apenas estaba germinando la brecha tecnológica. Qué cagado que para ser un país
“al día” se tenga que romper con una dimensión social vuelta problema como es
el dominio tecnológico.
Les decía, pues pinche
estafa nigeriana a la fecha se sigue dando y aún hay gente que la cree. Hace
poco había leído de un fulano que le compró a un negro marroquí o algo por el
estilo una bolsa de basura llena de billetes que él había tintado para sacarlos
del país. Le había dicho que los dejara remojando en una solución de no sé qué
líquido durante un día y listo, se les caería el color negro y tendría unos
fajos de dólares listos para ser depositados en el banco. El nigeriano
inclusive le dio un número de teléfono al pendejo que le compró la bolsa “por
si no le salía el movimiento” ¿Cuándo pinches le iba a salir? ¿A qué güey se le
ocurre que unos papeles dejados en un tipo de ácido toda la noche iban a salir
intactos? Para quitarle un tinte tan fuerte a un material tan particular como
es el papel moneda y que salga ileso… Bueno, se necesitaría mucho más que
dejarlo remojando la noche entera.
Cabe decir que el pendejo de
la historia llegó a llamar a su amigo nigeriano para quejarse porque llevaba ya
días con el dinero en el ácido y éste no se despintaba. El príncipe nigeriano
casi casi le dijo un amable “Sigue intentando, ahí la vemos”. Lo que quedó de
tal episodio fue un vato relatando su historia en su blog personal y quejándose
amargamente de los amigos nigerianos.
Dijera Carl Sagan: “Es mejor
encender una vela que maldecir la obscuridad”, y es que ese idiota tenía el
motivo adecuado para quejarse (se lo habían hecho más pendejo que de costumbre)
pero el objeto de la queja completamente equivocado (se quejaba del negro en
lugar de quejarse de su inteligencia). Ahora, los africanos son más famosos por
sus atributos físicos que por sus atributos mentales: no gozan de fama de
trinqueteros como los gitanos o los judíos, así que alguien que caiga en una de
esas es porque, de plano, está frito.
Antes ser pendejo era fatal:
podías morir si no eras lo suficientemente avispado. Te tragaba un oso, caías
en un barranco o morías envenenado por alguna planta; viéndolo así, la pendejez
es totalmente necesaria en un sentido evolutivo. Hay gente tan torpe que
realmente merece que le pasen cosas malas.
Ahora, ninguno de nosotros
está totalmente exento de que lo engañen. Todos hemos sido engañados de la
manera más simple en algún momento, pero una cosa es ese margen de propensión y
otra es ser un inocente que cree que vive en otro tipo de mundo. El fraude
nigeriano es un mal relativamente pequeño. Pequeñísimo. Puede dejar en la
miseria a una persona que tenía la misma probabilidad de ser devorada por un
oso. Así que ¿Qué prefieren? ¿Que sea pobre o que sea un cadáver? No se
necesita ser el rey de la sabiduría para ponderarlo. Y hablando de reyes, acabo
de recordar que tengo un amigo que pertenece a la realeza de Senegal, está
detenido en la aduana y necesita de alguien que pague su multa…



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