La esperanza del pinche consuelo
Luis Enrique Anguiano Torres
Como
algunos saben, no sólo formo parte del staff de Clarimonda; estoy involucrado
en otros grupos, otros proyectos y también hago cosas por mi cuenta. Pues bien,
escribo esto desde un estado entre etílico (porque pinches quiero, tampoco
crean que un problemilla de estos me iba a estar quitando el sueño) otro de autoreflexión
y un “puta madre ¿por qué estoy tan pendejo?” que me cuelga de la cabeza con
tanto peso que a momentos creo que hay algo que me jala de la cabeza.
Bien,
el problema en cuestión… Y que conste que no me considero ningún profesional
pero sí lo suficientemente mayorcito como para no andarla regando a ese nivel…
Fue que cometí el error de expresar una opinión personal a título del proyecto.
Vaya, un error muy muy básico, de principiantes prácticamente. Las
consecuencias no se hicieron esperar, en menos de 10 minutos había yo recibido
lo que en toda la semana no recibí de comentarios simplemente por mostrar una
opinión “retrógrada y machista”.
Vaya,
me fue mal, pero peor aún: al equipo le fue mal sólo por mi metedura de pata.
Nadie es perfecto y, como dijera el güey de Alex Lora “no siempre se puede
tener la razón”, sólo dos que tres pinches necios que conozco opinan lo
contrario: que toda opinión personal es válida y que el cambio de postura ni
siquiera es una posibilidad.
Ahora,
esta situación tiene varios matices desde donde la vean: primera ¿a quién le
estás soltando la llave de tu proyecto? Y es que en estos lares se supone que
todos somos mayores de edad o ya estamos en edad de entender. De discernir, de
pensar de manera clara, que debes de ser, mínimo, un pinche adolescente o un
puberto para saber en qué parte de los internets te estás metiendo.
¿Qué
es lo que debes decir? ¿Cuál es el límite del respeto en un medio en el que la
capacidad de elección del contenido prima por sobre otras cosas? Existen páginas
porno y no por eso todas las visitan, existen páginas de ultraviolencia y no
todos entran en ella, existen los “barrios bajos” y no todos saben cómo o por
qué motivo entrar. En el internet la cosa es elegir y saber elegir ¿Pero qué
pasa cuando esa elección se rompe y te encuentras con algo que tú no elegiste
ver? Comienza la protesta. Y es perfectamente entendible; estás ahí por una
razón y la razón de repente desaparece. Comienzas a preguntarte dónde chingados
está y qué chingados estás haciendo ahí.
No
voy a profundizar en la polémica, eso no interesa ya y este no es un medio en
el que se mastique lo que ocurre en otro proyecto. Suficiente se habló ya en
los comentarios como para ponerle una raya más al tigre, excusarme,
disculparme, meditar o algo así. Creo que tuve algún motivo para decir lo que
dije y asumo con responsabilidad los resultados de tal expresión, nada más que
se me olvidó que para decir lo que pienso está esta columna que a veces no
llega el día que debe, mientras que en los demás se deben de decir otras cosas.
Lo
que me tiene con el Jesús en la boca era que el equipo llegó a meter las manos
por mí –cosa que agradezco porque en ese momento no estaba yo al pendiente de
la pantalla– y la cosa se pudo contener, más o menos ¿Qué pasó? Que no
eliminamos comentarios, se asumió la culpa y yo, en lo personal, sí me siento
arrepentido de haber expresado una conjetura por demás arriesgada sin siquiera
haber pedido una segunda opinión. Ya ni siquiera del equipo, de alguien más.
Vaya,
que fue un comentario de lo más visceral. Yo por esa parte achacaría al público
el hecho de no saber discernir entre un yerro individual y una postura formal
del staff respecto a tal o cual cosa. Por ese lado pienso que quizás no fue tan
grave el hecho de que las cosas hayan salido como hayan salido. De que va a
terminar afectándonos, eso es un hecho; al momento de redactar estas líneas es
imposible saber cuántos seguidores y cuántos suscriptores se perdieron o,
siquiera, cuál será la manera en que el alcance de la página se vea mermado.
A
la petit-crude moral, súmenle un
hecho que a mí particularmente me parece terrible: el haber caído en el error
que alguna vez se señaló. Y es que, de verdad, me pareció un error terrible el
hecho de que a otro proyecto de cuyo nombre no quiero acordarme porque me caen
bien mal (como pista les diré que se identifican por un astronauta haciendo una
seña militar) fue que alguien salió a atacar a un chavo que se quejaba porque
no le habían entregado una cortesía para un concierto. En ese momento me
pareció un error garrafal. Irrepetible. Un pecado.
Y
esta ocasión terminé haciendo algo parecido. Meter la pata y poner en tela de
juicio el formato en que se maneja el proyecto. Vaya, no agredimos a nadie más
y nos disculpamos en la medida en que fue un acto sin mayor premeditación que
la de un güey que se levantó de malas y fue una barbaridad lo primero que se le
ocurrió decir.
En
fin, dijera el pinche Alex Lora “no siempre las cosas son como debieran ser, no
siempre se puede tener la razón”. La cagué y la única esperanza de algún
consuelo (nombre tomado de un perfil de alguien que no conozco) es que las
disculpas hayan sido aceptadas. Yo, por mi parte, voy a tener que aprender a
pensar doble antes de poner el teclado en el recuadro textual del proyecto
ajeno. Ni modo.


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