jueves, enero 03, 2013

LOS IRREVERSIBLES: La muchacha que se acostó a morir


Ilustración: YODO


Por Ricardo Iribarren


Muere quien tiene vocación — dijiste al despertarte de pronto a las tres de la mañana. Repuse que estabas equivocada, que todos moriremos tarde o temprano, tengamos o no vocación.
Si en tu cerebro tienes la idea de la muerte morirás, pero si sólo tienes imágenes de vida, vivirás eternamente o serás muy longevo.
Tenías la blusa entreabierta y el quinqué, jugando con la penumbra y la luz, destacaba la blancura de tus pechos que se iniciaban firmes, tersos y se continuaban debajo de la tela y de mi mente.
Comenté que a tus años la vida parece eterna, pero no lo es y agregué que cuando llegues a los treinta, el miedo se filtraría como un humo lento, al principio imperceptible, pero que terminaría trayendo la certeza de la muerte.
Acercaste hacia mí tu rostro suave, con señas de insomnio. Un mechón de tus cabellos rubios y desordenados rozó mis ojos.
Si permites que el miedo crezca, consumirá tu esencia y llegará un momento en que te acuestes a morir
Te incorporaste y caminaste hacia la mesada para beber agua. La luz proyectó tu sombra contra la celosía y mi cabeza se movió con el cimbrear de tus caderas.
Eres mi primo y sabes de la malformación en mi válvula mitral. Los médicos me pronosticaron la muerte cuando hubiera cumplido dieciséis, pero tengo veinticinco y sigo viva.
A pesar de tu cuerpo perfecto, lo más sensual era tu sonrisa y por eso la recogí con la mano abierta, como si se tratara de una niebla blanda, poderosa; un tesoro que no se recibe con mucha frecuencia.
Eran las cuatro de la mañana y la cúpula de la noche había dado una vuelta completa. Dejaste que te besara, primero tímidamente y luego con más pasión. No te opusiste a que explorara tu cuerpo con mi mano derecha.
Murmuré palabras a medias mientras te mordisqueaba las orejas. Desnuda eras demasiado hermosa; una blandura entregada, caderas sugeridas y una cintura a la que podía abarcar uniendo ambas manos. Miré tu rostro mientras te abrazaba y al hacerte el amor, recordé una historia que me habías contado en tu casa materna.
Una muchacha de dieciséis años, hermosa, con un cabello largo como el tuyo, anunció a sus padres: esta noche me acostaré a morir. Nadie le prestó atención, pero a la mañana, la madre encontró el cadáver de la hija. Un colapso, inexplicable; quizá un fallo del corazón.
Gemiste entre mis brazos, excitada por la sombra incestuosa del amor entre primos, pero en tus espasmos sentí líneas heladas, como arroyos invernales corriendo por el vientre.
Las profecías que se presentaban en mi mente durante el sexo, siempre se cumplían. En el reposo que sigue al amor, tú también te acostarías a morir. La charla de la madrugada sobre la vida eterna, no era otra cosa que un anuncio de tu próximo fin.
Te dormiste, respirando apenas. Quise permanecer despierto, convencido que aquella era tu última noche, pero me abrazaste y el calor que irradiabas como un murmullo, soliviantó mi sueño.
Desperté a eso de las nueve, con el sol entrando de lleno por la ventana; te vi por un momento con los ojos cerrados y la boca entreabierta. No quise saber si respirabas, si tu cuerpo estaba frío o si una mosca caminaba lenta por tus labios.
Fui a la cocina, preparé café con tres tostadas y me senté frente a la puerta para ver al sol evaporarse en el fino polvo de la mañana.
Son las once y aún estoy aquí.
No me animo a asomarme a la habitación. Tu presencia silenciosa es un gran vacío, como si la atmósfera del cuarto se hubiera transformado en firmamento y en él flotaran las estrellas.

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