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| Ilustración: YODO |
Por Ricardo Iribarren
Muere quien tiene vocación
— dijiste al despertarte de pronto a las tres de la mañana. Repuse que estabas
equivocada, que todos moriremos tarde o temprano, tengamos o no vocación.
Si en tu cerebro tienes la
idea de la muerte morirás, pero si sólo tienes imágenes de vida, vivirás
eternamente o serás muy longevo.
Tenías
la blusa entreabierta y el quinqué, jugando con la penumbra y la luz, destacaba
la blancura de tus pechos que se iniciaban firmes, tersos y se continuaban
debajo de la tela y de mi mente.
Comenté
que a tus años la vida parece eterna, pero no lo es y agregué que cuando llegues
a los treinta, el miedo se filtraría como un humo lento, al principio
imperceptible, pero que terminaría trayendo la certeza de la muerte.
Acercaste
hacia mí tu rostro suave, con señas de insomnio. Un mechón de tus cabellos
rubios y desordenados rozó mis ojos.
Si permites que el miedo
crezca, consumirá tu esencia y llegará un momento en que te acuestes a morir
Te
incorporaste y caminaste hacia la mesada para beber agua. La luz proyectó tu
sombra contra la celosía y mi cabeza se movió con el cimbrear de tus caderas.
Eres mi primo y sabes de la
malformación en mi válvula mitral. Los médicos me pronosticaron la muerte cuando
hubiera cumplido dieciséis, pero tengo veinticinco y sigo viva.
A
pesar de tu cuerpo perfecto, lo más sensual era tu sonrisa y por eso la recogí con
la mano abierta, como si se tratara de una niebla blanda, poderosa; un tesoro
que no se recibe con mucha frecuencia.
Eran
las cuatro de la mañana y la cúpula de la noche había dado una vuelta completa.
Dejaste que te besara, primero tímidamente y luego con más pasión. No te opusiste
a que explorara tu cuerpo con mi mano derecha.
Murmuré
palabras a medias mientras te mordisqueaba las orejas. Desnuda eras demasiado
hermosa; una blandura entregada, caderas sugeridas y una cintura a la que podía
abarcar uniendo ambas manos. Miré tu rostro mientras te abrazaba y al hacerte
el amor, recordé una historia que me habías contado en tu casa materna.
Una muchacha
de dieciséis años, hermosa, con un cabello largo como el tuyo, anunció a sus
padres: esta noche me acostaré a morir.
Nadie le prestó atención, pero a la mañana, la madre encontró el cadáver de la
hija. Un colapso, inexplicable; quizá un fallo del corazón.
Gemiste
entre mis brazos, excitada por la sombra incestuosa del amor entre primos, pero
en tus espasmos sentí líneas heladas, como arroyos invernales corriendo por el
vientre.
Las
profecías que se presentaban en mi mente durante el sexo, siempre se cumplían. En
el reposo que sigue al amor, tú también te acostarías a morir. La charla de la
madrugada sobre la vida eterna, no era otra cosa que un anuncio de tu próximo
fin.
Te
dormiste, respirando apenas. Quise permanecer despierto, convencido que aquella
era tu última noche, pero me abrazaste y el calor que irradiabas como un
murmullo, soliviantó mi sueño.
Desperté
a eso de las nueve, con el sol entrando de lleno por la ventana; te vi por un
momento con los ojos cerrados y la boca entreabierta. No quise saber si
respirabas, si tu cuerpo estaba frío o si una mosca caminaba lenta por tus
labios.
Fui
a la cocina, preparé café con tres tostadas y me senté frente a la puerta para
ver al sol evaporarse en el fino polvo de la mañana.
Son
las once y aún estoy aquí.
No
me animo a asomarme a la habitación. Tu presencia silenciosa es un gran vacío,
como si la atmósfera del cuarto se hubiera transformado en firmamento y en él
flotaran las estrellas.


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