Mauricio
Orozco Vázquez
Ayer, como a eso de las 9 de
la noche, estaba poniéndome una buena peda con un par de amigos en casa del Pitirijas,
ya saben, había que ir entrando en calor para las fiestecitas del fin de año.
Con tres caguamas encima y unos buenos tanques de mostaza ya todo comenzaba a darme
vueltitas. Me levanté de mi asiento a petición de mi vejiga, encaminándome con
paso tambaleante a miarbolito y, después de descargar un prolongado chorro del
dorado líquido de los dioses del orinimpo, me dispuse a lavarme las manos;
pedo-pedo, pero limpio. De pronto, me percaté que en el espejo del baño comenzó
a formarse una figura nebulosa, y antes de que pudiera descifrar qué chingados
estaba pasando, ya había un rostro nítidamente dibujado. Era como el wey del
espejo de la bruja en el cuento de Blanca Nieves, pero este estaba prieto y traía
en la cabeza una madre parecida a las chingaderas que se pone Alejandra Guzmán
en sus conciertos. Inmediatamente se dio color de mi cara de “qué putas”, y
cuando vio que iba a salir hecho la chingada, y antes de que mis patitas
reaccionaran, me dijo:
-Mira, cabroncito, mírame bien, soy un pinche Maya, y de los chingones,
no creas que cualquier mamada. Me dieron oportunidad de advertirles a veinte
humanos que en realidad el mundo, ese pinche mundo hermoso en el que yo mismo
habité, pero que ustedes han convertido en la mierda más culera del universo,
efectivamente se va ir a la chingada. Al saber esto, mi plan fue avisarles a
algunas personas que yo consideré que disfrutarían al máximo este último día,
que estarían con sus familias y les demostrarían todo lo que las quieren. Pero
ya estoy muy cansado de andar como pendejo apareciendo en todas partes, y
además me parece bastante interesante saber qué hará en
su último día un pinche fracasado borracho como tú. Regresaré mañana mismo,
justo unos minutos antes de que todo se vaya a la chingada, para que me cuentes
lo que hiciste y ver si valió la pena quemar este chance contigo. Siéntete
libre de hacer lo que quieras, al fin ya nomás te queda este día. Apenas terminó
de decir eso su rostro desapareció súbitamente del espejo.
“A la verga”, pensé. Salí del
baño y le conté a mis amigos, pero traían una risueña de aquellas, y
contándoles yo lo que me acababa de suceder se cagaban de la pinche risa hasta
que se les salían las lágrimas. Los mandé a la mierda. Me chingué un buen buche
de chela y salí a pensar qué iba a hacer. Un día anterior había recibido el
pago de mi quincena, tenía suficiente dinero como para comprar una buena dosis
de chelas, pero para qué putas quería dinero si podía hacer lo que se me
ocurriera sin necesitar esa mierda que tanto daño le ha hecho a la humanidad.
Llegué a mi casa; estaba
sola como siempre –como estaba yo siempre que estaba en ella-. No les contaré
todo el desmadre que hice ahí porque eso es perder tiempo, sólo les diré que a
las 12 de la noche exactamente, justo empezando el día de hoy, ya estaba yo
bien preparado para disfrutar como nadie el último puto día del mundo. Salí de
mi casa con un disfraz de payaso, uno que había utilizado el año anterior en
una obrilla de teatro a la que me invitaron unos cuates. Ya bien disfrazado, como
todo buen pendejo que se enfrenta a su último día de existencia, preparé una
lista de las cosas que pretendía hacer.
Salí a la calle y detuve
al primer taxi que pasó.
-Bájese a la chingada.
-No me haga nada, por
favor. –Exclamó el taxista sin quitarle su pinche mirada aterrorizada a mi
pistolita (de agua).
-Que te bajes, putito,
déjate de jotadas.
El chofer descendió del
vehículo cagado de miedo y yo me monté frente al volante con la pinche
arrogancia más cabrona del universo. “Ja-ja, pendejo”, y presionando el gatillo
de mi fusca, me aventé un chorrito de whisky en el hocico. “¿Y ahora qué?”, me
dije a mí mismo. Saqué de entre mi pinche peluca de colores la listita de las
cosas que iba a hacer y me quedé viéndola. La leí de principio a fin y determiné
que eran puras mamadas, pero al fin qué, no creo que nadie en su último día de
existencia vaya a planear quedarse a ver películas en su pinche casa o a
dormirse temprano para que el apocalipsis lo agarrara bien descansadito.
Para que vean de lo que les
hablo, les mostraré las acciones que más o menos contenía mi listado y que,
valiéndome verga todo, realizaría para poder desaparecer feliz.
1.- Disfrazarme de payaso
(tenía que estar vestido de algo que representara la alegría de saber que,
junto conmigo, se iba a morir toda la pinche basura de la humanidad).
2.- Robar algo,
preferiblemente un vehículo para poder hacer el desmadre.
3.- Gastarme el dinero de
mi quincena en una putita bien sabrosa (esto no era nada nuevo, pero de todas
maneras se me antojó hacerlo en mi pinche último día de vida, ¡ps´-qué-chin-ga-dos!).
4.- Chingarme a la zorrita
en el taxi, vestido (de la mitad pa´arriba) de payaso, estacionado frente a la
casa de mi ex, mientras le gritaba que chingara a su reputa madre.
5.- Pedirle matrimonio a
la prosti, y si me decía que sí, decirle que era broma, que si no veía mi
pinche cara de payaso. Cagarme de la risa en su cara, meterle todo el varo de
mi quincena en el brassier, y acto seguido, aventarla del carro en movimiento y
largarme por unas chelas (robadas).
6.- Quemar el vehículo en
el estacionamiento de alguna tienda departamental, juntarme un nutrido grupo de
indigentes y regalarles una buena dotación de bombones para que los asaran con
el fuego del coche (no conseguí más que tres weyes; se acabaron los bombones
antes de poder decirles que tenían que asarlos. Ni pedo.)
Después del punto seis, mi
lista ya no era una lista como tal, sino una serie de actividades
desordenadamente pendejas en las que pretendía consumir toda la mañana y la tarde
de este día. Decía más o menos lo siguiente:
“Robarme un poni. Pintar
el poni de rojo y dirigirme, montado en él -cual quijote de la mancha-, a la
calle principal del centro de la cuidad a piropearme a cuanta mamacita se me
atraviese en el camino. Largarme antes de que la policía me la haga de pedo. Dar
un rol por todo el centro cantando alguna de las rolas más culeras de Amandititita.
Irme a tragar como cerdo para luego vomitarlo en el atrio de la catedral.
Eructar, cagar, dormir (un ratito nada más), pistear, blasfemar, fumar y hacer
el resto de esas cosas deliciosas que hacemos y que se consideran como
actividades negativas, de mal gusto o desagradables. Romper cristales, jugar
maquinitas, hacer bromas telefónicas e improvisar el mayor número de pendejadas
que puedan ocurrírseme.”
Hice la mayoría de esas
cosas sin que nada ni nadie me lo impidiera y al final, ya como a eso de las
11:30 de la noche, vi una vinatería con un putero de botellas bien cabronas en
el exhibidor. Era raro, ya estaba cerrada pero las luces aún estaban encendidas.
Me trepé como simio por un poste, subí al techo, rompí un cristal de la parte
superior y, cuando intentaba jalarme una botellita de Black Label, perdí el
equilibrio y rodé hacia adentro, cayendo entre los estantes hasta estrellarme
en el piso. Qué buen putazo me di, además, un chingo de botellas se cayeron y
terminé bañado en una mezcla extraña de whisky, vidrios y sangre.
Y ahora estoy aquí, con
una pierna rota y escuchando cómo los policías intentan forzar la cerradura
para entrar por mí. Estoy tirado en el piso, disfrazado de payaso, con vidrios
clavados en todo el cuerpo y sobre un charco de sangre con alcohol, pero
pisteando bien a gusto y, para ser sincero, me vale verga lo que el resto de la
humanidad esté haciendo en este momento. Faltan diez minutos para que sean las
12 y del pinche maya ni sus luces, creo que ese wey fue una simple alucinación
provocada por toda la mierda que me metí ese día, pero al fin y al cabo, se
termine el mundo o no, para mí ya todo ha acabado. Feliz fin del mundo,
culeros, y si no se acaba pues… Ni pedo. Ojalá alguien cuide de mi poni.
*Texto extraido del libro-antología "Adiós mundo cruel; las historias más bizarras antes del fin del mundo", editado por Clarimonda Drunk Ediciones, 2011.


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