Fraguando la noche…
Manuel
Noctis
Sé, de
antemano, que cuando escriba de ello, todo se mirará mejor: la nostalgia es un
arma que embellece nuestros recuerdos.
Rafa Saavedra, La noche
soy (Crossfader, 2009)
Una infinidad de
bares y antros han ido y venido
en la ciudad de Morelia. Dentro de toda esta gama y oferta que nos ha
presentado la noche (y también el amanecer), algunos pocos han pasado a ser los
puntos de encuentro para las minorías: la banda underground, emergente,
pacheca, culturosilla, alternativa y hasta fresoide. En donde el “libre”
esparcimiento y las manifestaciones culturales independientes han tenido un
desemboque, la mayoría de las veces efímero, pero no por ello significativo. Varios
de estos lugares se convirtieron momentáneamente en nuestros refugios, en nuestros
foros, en nuestros recintos, donde confluimos directa e indirectamente con
todas las posibilidades que nos brindaba la noche misma.
Es así como rememoro algunos de estos
lugares (la mayoría del primer cuadro de la ciudad), los que me habitaron inicialmente (en una primera etapa) y que
frecuenté continuamente; siempre acompañado de un buen amigo, aunque nunca
faltaba encontrar alguien conocido ahí o, simplemente hacerme de más aliados de
batalla.
En este correr de los años la vida nocturna
me llegó un poco tarde. La escena musical alternativa me transportó
directamente al mundillo que se vive cuando “las
sombras dominan al día”, como decía el camarada Braulio Cárdenas (+),
fundador de la tienda Black Wear. Los
constantes tokines de rock, metal y posteriormente electrodark me garantizaban
poder salir de casa y fraguar la noche, pero todo de una manera discreta y
moderada; era mi época preparatoriana. No fue sino hasta los inicios
universitarios (por ahí del 2004) cuando me re-encontré vivamente con la señora
noche; yo, un wanna be poet
neo-romántico (apócrifo lector empedernido de Edgar Allan Poe) comencé a
transitar –junto con el Colectivo Sangre
de Erato- por la cantina-bar La
Leyenda, que se encuentra frente al Bosque Cuauhtémoc. Requerí ese lugar
porque anteriormente había asistido a algunos eventos electro-performanceros, y
además nos facilitaban el espacio para poder discutir en torno a nuestro
quehacer poético pañalero.
Nos congregábamos todos los jueves (o
martes?) durante algún par de meses con los que conformábamos este colectivo, todos
estudiantes de Letras (UMSNH), entre ellos Daniel Wence, poeta –y gran amigo- con
quien durante cuatro años conformamos el equipo de la revista Clarimonda, y César Andrade, músico que
de metalero pasó a formar parte de las bandas de reggae Roots Purhé, Audiorootstika
y actualmente Jammital; de estos
encuentros salió la memorable presentación “Sin máscaras de inocencia” (título
desprendido de un poema de nuestra amiga Brenda Oronoz), nuestra primera
intervención poética en público, con una célebre pareja de gringos eufóricos
por nuestras infames cantaletas en el entarimado.
Con el tiempo el colectivo se disolvió y por
azares del destino nos encontramos con el desaparecido bar Zöy, que se ubicaba contra esquina del Jardín de las Rosas. Un
lugar donde se congregaba en su mayoría comunidad metalera, esto porque la
banda –que traía una vocalista muy guapa y además con espléndida voz- tocaba
varios covers ruidosos y pesados, nada despreciables para quienes después de
una buena chela disfrutábamos de hacer el slam.
A ese lugar asistía con dos amigos (Wence,
que continuaba en la batalla y “La Doña”, que recién se agregaba al contingente)
y continuamente podíamos debrayar con el público presente sobre música, charlar
de bandas heavy’s, intercambiar discos, compartir los tokines; de ahí mismo obtenía
la revista Revés que dirige el amigo
Paco Valenzuela (ahora en digital). En ese lugar se presentaron situaciones
memorables como cuando salimos hasta las chanclas tratando de enseñar a
alburear a “La Doña”, discerníamos sobre las características lingüísticas del
albur frente a la Biblioteca Pública (hasta la fecha aún no aprende); en otra ocasión
después de haber participado con lectura poética en una puesta dancística con
el grupo Iberia, nos fuimos a
“celebrar” y esa noche, bajo los seudónimos de Foco y Cocodrilo (luego les platicó por qué nos llamamos así) versamos
improvisadamente lo siguiente: Bebiendo y
gozando en esta noche/ La gente pasa y nos maldice/ Pero que importa/ Si no
saben ni lo que dicen/ Refundidos en este bar/ Cantando y pidiendo canciones/
Queriendo de encanto/ Cagarnos hasta en los calzones../ Y que venga la tierra y
nos trague/ Que venga el cielo y nos consuma/ Que venga el infierno y nos
escupa/ Que venga la vida y nos llore/ Arrodillada ante el alcohol que no nos
confunde:/ Que nos lleva a una realidad más sincera/ Perdidos en un bar
cualquiera. Otra más fue cuando recién regresando de una fiesta del pueblo
en Plaza del Limón, Mich. (en la frontera con Jalisco), nos abastecimos de chelas y plática (contra)culturosa,
para terminar con el trip de cómo serían nuestros respectivos funerales el día
que nos cargara la huesuda (yo pedía siempre una canción de Lacrimosa). Dice el
escritor tijuanense Rafa Saavedra que “La
noche abre sus piernas y penetramos en ella. Suave y directo como una estrella
porno experimental” (Crossfader,
2009); nosotros a esas alturas ya estábamos bien metidos en el espasmo de sus (in)flujos.
El mismo Wence vivía en la calle de Juan
José de Lejarza, a dos cuadras de la Av. Lázaro Cárdenas. Ahí nos reuníamos todos los viernes desde las 7 pm para iniciar el viacrucis nocturno, posteriormente nos íbamos
caminando al bar Zöy, pero una noche
en ese trayecto nos encontramos a Víctor (que en ese tiempo traía el proyecto
de Night Visions, ahora dueño del bar
Fuxion –The Wall-), nos invitó a un
evento y decidimos acompañarlo. Fue así como conocimos al bendito Vinyl Stereo Bar (disculpen la
reverencia), que se ubicaba sobre la misma calle de Lejarza, a una cuadra de la
Avenida Madero. En esa ocasión se presentaron varios DJ’s de la escena oscura,
pero el bar giraba sobre la música electrónica, principalmente psycho.
Ese día nos hicimos amigos de la mesera del
lugar y de inmediato se convirtió en nuestra patrocinadora incansable de noches
enteras llenas de alcohol de contrabando o bajo precio y sobre todo de
interminables after partys (que se
alargaban hasta tres días seguidos) por toda la ciudad, algunos eran un tanto
clandestinos, donde se congregaba lo más inn
de la fauna alternativa y yuppie (varias veces en el local de Carlos Nieves,
antes de que se remodelara para ser Foro
38). También esa noche supimos de la presencia de dos féminas un tanto
extrañas, refugiadas en la mesa donde el árbol que había a media pista de baile
hacía la mayor sombra del lugar. Eran dos señoras (cuarentonas) de pelo chino
esponjado, vestían todo de negro y tenían colmillos vampirezcos, las vimos dos
o tres veces más, siempre sentadas en ese mismo lugar, mirándonos fijamente,
pero nunca supimos que rollo con ellas (¿de verdad existían o era nuestro éxtasis
nocturno?).
Después de esa noche de electro oscuro no
dejamos de frecuentar el lugar durante algunos años, todos los viernes caíamos
ahí (en algunas ocasiones también los sábados), donde ya nos aguardaba un lugar
reservado por la amiga mesera. Ahí se reunía mucha de la banda que ahora está
dispersa en distintos ámbitos musicales (principalmente en el rock), también se
desprendieron varios proyectos artísticos (colaboraciones entre unos y otros),
colectivos se concretaron, ideas fluyeron, toques se quemaron… Hubo riñas entre
crews (donde una ocasión me tocó
auxiliar a un herido), hubo roces con la ley (también despreocupados con la
ley); ahí conocí al buen amigo Java (q.e.p.d.) de la vieja guardia en la escena
oscura, quien era el encargado de seguridad del lugar, nos achacaba constantemente
en el patio donde estaban los baños, era muy flexible ante nuestro desmadre,
siempre nos daba una oportunidad de reingresar a la pista, a otros si los
sacaba del lugar.
De ahí también salieron situaciones
memorables, como cuando en nuestro delirio creímos que debíamos $8000 pesos por
un cartón de cervezas que nos habíamos tomado y no sabíamos que hacer, según no
completábamos el dinero (andábamos bien saycofly’s);
otra cuando me rompí un diente con un huevito de chocolate tratándolo de cachar
con mi boca después de aventarlo al aire; cuando bajamos literalmente rodando
por la calle (sí, rodando como pelotas) hasta llegar a la casa de mi amigo
Wence; cuando un amigo “jugando” golpeó al otro en la cara con su celular; las
volteretas y desgastes físicos en las míticas “hurracarranas” (que le dieron
paso al “finicuteo”); o cuando una de nuestras amigas en un desplante se cortó
la muñeca con una botella que ella misma rompió en la mesa (la sangre inundó la
barra del lugar, donde fue auxiliada por nuestra diler mesera); en fin, situaciones
en el extremo suicida se presentaban continuamente. Al respecto menciona el
mismo Rafa Saavedra que “en la noche
brillamos (casi) todos. No hay dioses, sino caóticas relaciones casi familiares
que nos revelan lo incestuoso de su origen. Interactuamos bajo normas no
establecidas, seguimos ciertas jerarquías y políticas de la convivencia no
siempre (pre)visibles, participamos sin ser, a veces, sujetos activos. Nos
enredamos en ella y tratamos de sobrevivir con el menor daño posible. La noche
es, entonces, un peligro.
Aún determinado a esto, ya fuera solo o
acompañado, el Vynil vino a
representar mi lugar de esparcimiento concreto, donde descubrí infinidad de sensaciones,
ideas, personas, bebidas… donde trastoqué mis alcances creativos, donde
vislumbré mis fracasos, donde soslaye los temores y miedos, donde Zaratustra me contuvo de un zarpazo. La
noche era mía, la manejaba a mi antojo… yo era la noche (no por algo me dicen Noctis).
La transición sistemática personal ocurrió
meses después, o quizá años, de asimilar la ausencia del bar Vynil. Algunas personas cambiaron, otras
nos re-encontramos y fue en el bar Mukai
(que se encontraba cerca del demolido
Seguro Social) donde sucedió de nuevo. Ese lugar fue principal punto de
encuentro para la banda rastafari y pacheca (también para malandrines y
extranjeros). Los viernes de reggae que organizaba el buen Caras (de la Nesta
Crew) sólo eran pretexto para salir nuevamente de casa y pasar unas buenas
noches en compañía de gente que en ese tiempo no conocía pero que con el paso
de las semanas se convirtieron en buenos amigos, colegas y colaboradores.
Constantemente se realizaban eventos
culturales para creadores emergentes; exposiciones, performance; recuerdo al
Carlos Rojas alias “Toallín” o “Caliche” (ex integrante de Olubathá y bandas como Matanzas
Club y Los Cocodrilos Verdes)
realizando a cada rato cualquier cosa que se le ocurría. Una ocasión
acompañamos al MC Bubba (ahora Inquilino) en la presentación de su primer CD,
nosotros presentamos la edición de Clarimonda
dedicada a la marihuana. De ahí nos encontramos también con los del colectivo Chac Mool (el buen Chinito, que antes de
ser rasta era homie, y antes de ser homie era metalero); la banda Meketrefes (especie de continuación de
la mítica Dulcinea) ya hacía mucho
ruido, los Skautomatiks y Macehual comenzaban a sonar. Eran constantes
esas memorables noches que regresábamos caminando a casa junto con los carnales
de la extinta banda Roots Purhé,
mientras ellos componían una canción yo me cenaba unos tacos (en la Av.
Guadalupe), así ellos incrementaban rolas para sus shows y yo incrementaba mi
desgaste de flora intestinal.
Una ocasión llegó la AFI (o era PFP? Qué
importa, son la misma cosa) a realizar un operativo, era el Día Internacional
de la Juventud y a muchos de nosotros nos madrearon, nos ultrajaron, nos
violentaron, pero los muy torpes no interrumpieron la noche. A varios amigos
les prometí que escribiría de eso y así lo hice, la crónica se publicó en el
suplemento cultural Letras de Cambio, que
dirige el amigo Víctor Rodríguez (la puedes leer AQUÍ)
y varia banda agradeció el gesto. Pero también con el tiempo menguó el debraye,
la banda chaca frecuentaba cada vez más el lugar, solamente iban a fumarse un
porro, tecatearse y hacerla de tos a alguien. Los constantes reclamos,
desmadres en la calle, las discusiones, empujones y acaloradas broncas en la
puerta dieron al traste con el lugar. Así terminaba ese bar y también se
terminaba una serie de residencias y muros habitables convertidos en bares, los
cuales me contuvieron en mis desplantes junto con una célebre fauna más que a
partir de ahí se dispersó y que ahora se congrega indistintamente por la gama
de antros y bares que hay en la actualidad.
Finalmente, me doy cuenta del desparpajo y
el embrollo en que nos hemos encauzado durante estos últimos años. Y ante todo
esto me pregunto: ¿Qué antros o bares frecuentaré en un futuro medianamente cercano?
¿Me ofrecerán realmente lo que a mis necesidades requiera en ese entonces?
¿Requerirán de la exigencia que las nuevas generaciones puntualicen? ¿Llegará
algún día un antro o bar que realmente amalgame a toda la fauna comprendida
dentro del underground o seguirán en el ensueño de un sector mayoritariamente
juvenil proclive a los excesos? No lo sé, nunca me ha satisfecho la idea de
vislumbrar ese futuro (quizá ese futuro ya está aquí y no nos hemos dado
cuenta), pero bueno, a final de cuentas hay una cosa que rescatar de todo esto,
y no es más que la cantidad de imágenes insólitas almacenadas de cada uno de
nuestros instantes en estos lugares. Por lo cual espero que la pila (o mis
entrañas) me garantice muchos años más para deambular por las venas exquisitas que
la fatalidad nocturna nos ofrece a diario y así seguir aglomerando estas
vicisitudes que una rata de alcantarilla puede deambular.


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