Sobre un sillón nocturno veo
un televisor apagado,
un rumor frío me toca la oreja y...
un rumor frío me toca la oreja y...
José Agustín
Solórzano
Sí, me imagino, como el mismo Darío lo haría si yo
fuera uno de los personajes de Los
rumores del miedo, echado sobre un sillón desvencijado; con una playera
sucia y perfumada con el sudor espeso de cuatro o cinco días. Mi trabajo,
porque todos trabajamos para comer y luego descomer lo que comimos, sería uno
de esas ocupaciones simplonas que se resumen en atender un negocio de renta de
videos, ser cajero en un supermercado o ejercer de profesor de nivel medio
superior; frustrado, porque cómo no va a frustrarse alguien en este rincón del
universo al que llamamos mundo. Me imagino entonces echado sobre el sillón más
frío de mi sala, mirando un televisor acortinado por una telaraña de polvo y en
el que me venden una colección de relatos que bajo el eslogan de: El miedo es
un lugar donde puedes decir la verdad, me prometen hacer surgir de dentro mío
mis temores más profundos.
Yo,
como buen personaje de relato, me haría preguntas del tipo: pero ¿qué es el
miedo?, ¿tengo miedo? Y si es así, ¿a qué le tengo miedo? ¿Por qué la gente pagaría
por encontrar su miedo? Esa parte suya que es tan monstruosa que le provocaría
querer arrancarse la piel para luego sacársela de sus entrañas. ¿Será el miedo
realmente monstruoso?, ¿o será un ángel silencioso que nos infecta por la noche
un sudor frío y una tembladera incontrolable que hace que palidezcamos como una
hoja en blanco?
No
lo sé. Soy sólo un personaje atemorizado por él mismo. Un ser a la deriva que
deambula entre el ser escrito y escribir su propia historia. Soy una indefensa
creación que se debate entre caer en un agujero terrible o enfrentarse con su
creador. ¿No es eso también la vida?
Darío
Zalapa es el demiurgo desatinado que hace de la blancura del papel una
hecatombe anímica. O de qué otra manera entender a Margarita, un chico que se
enfunda en el cadáver materno lleno de lentejuelas para dar luz a un relato
enfermizo sobre la relación incestuosa entre él y su padre. O a Pepe, el joven
aprendiz de maistro que construye una
historia ladrillo sobre ladrillo, una casa inhabitable que se transforma en el
hogar de los fantasmas de su madre, su padre, el abuelo (un viejo cabrón y
amañado) y un par de tortugas que lentamente se nos suben al cuello y se nos
cuelan por las orejas para encajarnos un mar que luego escucharemos como si
fuéramos un feto estancado en su vientre, un feto lleno de un pelo siniestro e
infinito; el lanugo que nos protege de una ola asesina y de todo aquello que el
mar tiene de terrible. ¿Jeremías, el pezcador y gurú oceánico, tendría la certeza de que en Pichilinguillo
sólo puede darse a luz a la muerte? El miedo no es para Zalapa algo que viene
de fuera; sino un espejo, un árbol de raíces profundas que nos crece adentro y
deja caer cicatrices sobre nuestras entrañas, cicatrices que se pudren y quedan
tatuadas en el cuerpo. El miedo es una garra de gato que araña las espaldas de
Lucia y su abuela. Es la tristeza profunda y desgarradora que habita en las
heridas de Augusta al pensar en la ausencia filosa que le dejaría su nieta si
ésta hiciera su vida; una vida más o menos común y corriente.
Pero
en este libro no hay nada común ni corriente; si acaso un trío de adolescentes
que salen de la escuela para correr a masturbarse a casa de la abuela de uno de
ellos: ahí la sangre y el semen se mezclan en una historia alucinante que
termina en una tortura atípica y alumbradora: el miedo no es la negrura del
alma, sino una luz blanca y espesa que ciega desde dentro. Esto parecen
decirnos los personajes seudoinfantiles del último relato. Para ellos, esos
individuos ficticios que descubrimos o se descubren a sí mismos al abrir la
puerta de los cuentos de Zalapa, el miedo es el rumor primero de un huracán que
se nos echará encima y nos arrancará de los cimientos; el miedo es el vértigo
de encontrarnos dentro de nosotros mismos, en la parte más alta de nuestras
profundidades, y quizás por eso es el único sitio donde nos es posible decir la
verdad.
La
literatura, y lo sabemos quienes tenemos el cinismo de escribirla, es el
artilugio del que se sirve la mentira para vestirse de gala y entrar a la cena
de las verdades trascendentales. Este libro es una fiesta donde las mentiras
abundan y nos hacen la corte para invitarnos a descubrir la verdad
trascendental tras sus lenguas teloneras: el juego de espejos que nos presenta
Darío Zalapa nos asusta porque nos refleja fraccionados, desgarrados y echados
sobre nuestro personal sillón desvencijado. Si buscara la analogía idónea: Los
rumores del miedo sería para mí como esa tele empolvada en la que vemos la
programación nocturna; no importa tanto lo que aparece en la pantalla, sino lo
que se proyecta dentro de nosotros mismos. Mirar el televisor a solas y desde
nuestra propia ruina, así como leer el libro de este joven escritor, es una
suerte de exorcismo donde la página (o la pantalla) se convierte en el pretexto
para contarnos nuestras propias historias, para descubrir o redescubrir
nuestros propios miedos; así sea con el morbo por conocer esos márgenes de la
naturaleza humana a los cuales hay que pintarles una raya para no cruzar hasta
ellos.
Así, aunque el miedo sea un lugar donde se
puede decir la verdad; la mentira, incluso, puede ser más real que cualquier
verdad. La verdad nos descubre en este mundo aberrante y solitario, en este
mundo nihilista que nos muestra Darío en sus rumores; pero la mentira nos
transforma, nos re-crea: así sus personajes han tenido, (como nosotros, entes
supuestamente reales en este mundo real) que recurrir a la mentira para
confeccionarse un disfraz grotesco y salir al mundo de papel que les ha creado
el autor. ¿El culpable? Darío ¿las víctimas? Los lectores todos. ¿Por qué usted
compraría el miedo para guardarlo en el librero de su casa? Mi recomendación:
espárzalo, no se lo quede para sí; cada quién vera en ese espejo otra cara y
otra persona. El televisor acortinado por polvo que es el libro de Zalapa sólo
terminará de apagarse cuando el lector encuentre el control remoto debajo del
sillón más frío de su sala; pero ¿tendrá las agallas de buscar entre las
sombras luego de leer la programación nocturna que es este inquietante volumen?
Los rumores del miedo, Darío Zalapa Solorio
Fondo Editorial Tierra Adentro (2012)


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