lunes, noviembre 05, 2012

EL LIBRERO: Los rumores del miedo, Darío Zalapa Solorio.



Sobre un sillón nocturno veo un televisor apagado, 
un rumor frío me toca la oreja y...

José Agustín Solórzano


Sí, me imagino, como el mismo Darío lo haría si yo fuera uno de los personajes de Los rumores del miedo, echado sobre un sillón desvencijado; con una playera sucia y perfumada con el sudor espeso de cuatro o cinco días. Mi trabajo, porque todos trabajamos para comer y luego descomer lo que comimos, sería uno de esas ocupaciones simplonas que se resumen en atender un negocio de renta de videos, ser cajero en un supermercado o ejercer de profesor de nivel medio superior; frustrado, porque cómo no va a frustrarse alguien en este rincón del universo al que llamamos mundo. Me imagino entonces echado sobre el sillón más frío de mi sala, mirando un televisor acortinado por una telaraña de polvo y en el que me venden una colección de relatos que bajo el eslogan de: El miedo es un lugar donde puedes decir la verdad, me prometen hacer surgir de dentro mío mis temores más profundos.
            Yo, como buen personaje de relato, me haría preguntas del tipo: pero ¿qué es el miedo?, ¿tengo miedo? Y si es así, ¿a qué le tengo miedo? ¿Por qué la gente pagaría por encontrar su miedo? Esa parte suya que es tan monstruosa que le provocaría querer arrancarse la piel para luego sacársela de sus entrañas. ¿Será el miedo realmente monstruoso?, ¿o será un ángel silencioso que nos infecta por la noche un sudor frío y una tembladera incontrolable que hace que palidezcamos como una hoja en blanco?
            No lo sé. Soy sólo un personaje atemorizado por él mismo. Un ser a la deriva que deambula entre el ser escrito y escribir su propia historia. Soy una indefensa creación que se debate entre caer en un agujero terrible o enfrentarse con su creador. ¿No es eso también la vida?
            Darío Zalapa es el demiurgo desatinado que hace de la blancura del papel una hecatombe anímica. O de qué otra manera entender a Margarita, un chico que se enfunda en el cadáver materno lleno de lentejuelas para dar luz a un relato enfermizo sobre la relación incestuosa entre él y su padre. O a Pepe, el joven aprendiz de maistro que construye una historia ladrillo sobre ladrillo, una casa inhabitable que se transforma en el hogar de los fantasmas de su madre, su padre, el abuelo (un viejo cabrón y amañado) y un par de tortugas que lentamente se nos suben al cuello y se nos cuelan por las orejas para encajarnos un mar que luego escucharemos como si fuéramos un feto estancado en su vientre, un feto lleno de un pelo siniestro e infinito; el lanugo que nos protege de una ola asesina y de todo aquello que el mar tiene de terrible. ¿Jeremías, el pezcador y gurú oceánico,  tendría la certeza de que en Pichilinguillo sólo puede darse a luz a la muerte? El miedo no es para Zalapa algo que viene de fuera; sino un espejo, un árbol de raíces profundas que nos crece adentro y deja caer cicatrices sobre nuestras entrañas, cicatrices que se pudren y quedan tatuadas en el cuerpo. El miedo es una garra de gato que araña las espaldas de Lucia y su abuela. Es la tristeza profunda y desgarradora que habita en las heridas de Augusta al pensar en la ausencia filosa que le dejaría su nieta si ésta hiciera su vida; una vida más o menos común y corriente.
            Pero en este libro no hay nada común ni corriente; si acaso un trío de adolescentes que salen de la escuela para correr a masturbarse a casa de la abuela de uno de ellos: ahí la sangre y el semen se mezclan en una historia alucinante que termina en una tortura atípica y alumbradora: el miedo no es la negrura del alma, sino una luz blanca y espesa que ciega desde dentro. Esto parecen decirnos los personajes seudoinfantiles del último relato. Para ellos, esos individuos ficticios que descubrimos o se descubren a sí mismos al abrir la puerta de los cuentos de Zalapa, el miedo es el rumor primero de un huracán que se nos echará encima y nos arrancará de los cimientos; el miedo es el vértigo de encontrarnos dentro de nosotros mismos, en la parte más alta de nuestras profundidades, y quizás por eso es el único sitio donde nos es posible decir la verdad.
            La literatura, y lo sabemos quienes tenemos el cinismo de escribirla, es el artilugio del que se sirve la mentira para vestirse de gala y entrar a la cena de las verdades trascendentales. Este libro es una fiesta donde las mentiras abundan y nos hacen la corte para invitarnos a descubrir la verdad trascendental tras sus lenguas teloneras: el juego de espejos que nos presenta Darío Zalapa nos asusta porque nos refleja fraccionados, desgarrados y echados sobre nuestro personal sillón desvencijado. Si buscara la analogía idónea: Los rumores del miedo sería para mí como esa tele empolvada en la que vemos la programación nocturna; no importa tanto lo que aparece en la pantalla, sino lo que se proyecta dentro de nosotros mismos. Mirar el televisor a solas y desde nuestra propia ruina, así como leer el libro de este joven escritor, es una suerte de exorcismo donde la página (o la pantalla) se convierte en el pretexto para contarnos nuestras propias historias, para descubrir o redescubrir nuestros propios miedos; así sea con el morbo por conocer esos márgenes de la naturaleza humana a los cuales hay que pintarles una raya para no cruzar hasta ellos.
             Así, aunque el miedo sea un lugar donde se puede decir la verdad; la mentira, incluso, puede ser más real que cualquier verdad. La verdad nos descubre en este mundo aberrante y solitario, en este mundo nihilista que nos muestra Darío en sus rumores; pero la mentira nos transforma, nos re-crea: así sus personajes han tenido, (como nosotros, entes supuestamente reales en este mundo real) que recurrir a la mentira para confeccionarse un disfraz grotesco y salir al mundo de papel que les ha creado el autor. ¿El culpable? Darío ¿las víctimas? Los lectores todos. ¿Por qué usted compraría el miedo para guardarlo en el librero de su casa? Mi recomendación: espárzalo, no se lo quede para sí; cada quién vera en ese espejo otra cara y otra persona. El televisor acortinado por polvo que es el libro de Zalapa sólo terminará de apagarse cuando el lector encuentre el control remoto debajo del sillón más frío de su sala; pero ¿tendrá las agallas de buscar entre las sombras luego de leer la programación nocturna que es este inquietante volumen?


Los rumores del miedo, Darío Zalapa Solorio
Fondo Editorial Tierra Adentro (2012)

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