“El soundtrack de algún fin del
mundo”
Judith Guzmán
@judi_jude
Dios obra según le
place.
Montaigne
Sintonice este texto con: Sigur Ros - Ágætis byrjun
Se volvió complejo el estado de ánimo de los
seres humanos, pasamos del relajo al estrés depresivo, a la ansiedad crónica. Todo
se estancó en un súbito maremoto de complicaciones propias, de envidia y
materialismo inevitable; ya no somos parte de aquello que nos da la vida, por
el contrario sentimos que somos los creadores y destructores de lo que nos
rodea. Cuando en realidad no es así. Estamos a expensas de las circunstancias
que no controlamos, de una metafísica que nos ve con hilos de titiritero y nos
hace creer que nuestros movimientos son libres, pero en realidad no sabemos
nada. Nos resumimos a seres de partículas químicas, sensoriales entes que
transitan la vida chocando unos contra otros, sin detener el paso a conocer más
allá de lo que los ojos muestran. Olvidamos utilizar la piel, nuestro órgano
más grande y menospreciado, sentir el sonido que nos rodea, el viento que puede
darnos un día de frío invierno, el tacto de la cara propia, ya no digamos
sentir la piel ajena.
Ahora imagine que a ese
sentido le agrega el olfato y el oído, de pronto el cielo se cubrirá con la
“Dama de la noche” enfatizando las fosas nasales, las nubes se colapsarán en un
artificial púrpura, escucharemos aquel bombo de batería que se le suma a un
sutil hit-hat que marca el tiempo en nuestra cabeza, mostrando el devenir, por
fin, unificador de los oídos al unísono de toda la humanidad. No habrá
caballos, ni jinetes, no llegarán tormentas de fuego ni plagas a aniquilarnos,
simplemente nos reunirá el sonido de la voz que con gran calma sonará en
conjunto con el piano que ya se ha sumado al encanto sonoro.
![]() |
| Moreno Rodríguez, "El hombre actual". (carlosrafguez@hotmail.com) |
Abra sus ojos, una
multitud de incontables miran hacia el horizonte, el sol cae en un anaranjado
arrobador que lo único que provoca es que todos queramos estar de cara a él,
crea un contraste increíble con el cielo purpuroso, con los cuerpos de los
presentes que se muestran en una amplia paleta de colores a la piel humana. No
sienta miedo. Ahora se ha sumado una guitarra que armoniza una melodía sencilla
con un delay encantador, la trompeta, el saxo y el clarinete suenan siguiendo
al trombón que lleva los metales. Un bajo distorsionado nos provoca un jalón en
la cabellera que inevitablemente reacciona en un escalofrío colectivo. Es ahí,
en un lugar llamado Tierra, cayendo ya la noche, que suena la última pieza de
la composición musical, de ese lenguaje que decían los griegos es de los
dioses, pero ahora ha dejado de pertenecerle a Dios, es nuestra, está siendo creada
por las últimas gotas de armonía y melodía que porta el espíritu de cada uno de
nosotros.
El corazón suena al ritmo
del bombo, estamos rodeados de extraños que se toman de la mano, que han
olvidado el gel antibacterial, el egocentrismo y la idolatría por el
materialismo, los ojos dejan de ver, el cuerpo pierde importancia, el olor se
engrandece con lavanda, jazmín y gardenias, hemos olvidado lo que nos hacía
sufrir, ya no existe el dolor ni el miedo, caminamos en conjunto, sigue sonando
la pieza, nos expande el gozo.
Suena el piano, junto a
los violines y el cello, y una voz, una voz que no se sabe si es femenina o
masculina nos susurra al oído en el idioma que cada uno percibe. De pronto, el
cello se vuelve vertiginoso, los metales comienzan a delirar in crescendo, el piano se golpetea entre
cada tecla, el bajo toma la atmósfera y los corazones dejan de palpitar. A lo
lejos, el sol nos da un adiós definitivo. El tiempo se esfuma, el clarinete
suena y las lágrimas de millones de personas se escurren por los pies, llenamos
el vacío de nuestras almas, de nuevo, olvidamos quienes fuimos, ahora estamos
aquí, todos, terminando con el mismo atardecer.
La voz, los metales, las
cuerdas y la batería se pierden en el abismo que comienza a devorarnos. Y
dejamos de ser corpóreos, nos convertimos en materia, no hay fin del mundo, no
hay destrucción, simplemente volvemos a ser ese polvo cósmico que alguna vez
nos trajo a un lugar llamado Tierra. Hay esperanza, no hay desolación. Somos
entes que transitan y que ya han corrompido en demasía esta a la que llaman
“realidad tangible”.
Aunque quizás, todo esto
sea un desgarrador sueño lúcido, un universo paralelo que llega al fin de la
entropía con belleza celestial. Quizás, tendremos un soundtrack funesto, lleno
del mismo caos y ruido que nos consume en la actualidad. Como sucedió en las Guerras
Púnicas, donde la desolación se apoderó, la música eran gritos y voces de
espanto, llanto, muerte de unos a otros por conseguir los últimos deseos del
placer antes de que llegara la conquista románica. Quizás todo se reducirá a
pánico y tragedia, sin colores ni atardeceres que nos despidan de esta vida.
Pues al final de todo: ¿la humanidad merece una redención de lo que ella misma
ha provocado?



No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Deja tu comentario aquí