viernes, noviembre 23, 2012

DISONANTE: El soundtrack de algún fin del mundo



“El soundtrack de algún fin del mundo”

Judith Guzmán
@judi_jude

Dios obra según le place.
Montaigne

 

Sintonice este texto con: Sigur Ros - Ágætis byrjun 

Se volvió complejo el estado de ánimo de los seres humanos, pasamos del relajo al estrés depresivo, a la ansiedad crónica. Todo se estancó en un súbito maremoto de complicaciones propias, de envidia y materialismo inevitable; ya no somos parte de aquello que nos da la vida, por el contrario sentimos que somos los creadores y destructores de lo que nos rodea. Cuando en realidad no es así. Estamos a expensas de las circunstancias que no controlamos, de una metafísica que nos ve con hilos de titiritero y nos hace creer que nuestros movimientos son libres, pero en realidad no sabemos nada. Nos resumimos a seres de partículas químicas, sensoriales entes que transitan la vida chocando unos contra otros, sin detener el paso a conocer más allá de lo que los ojos muestran. Olvidamos utilizar la piel, nuestro órgano más grande y menospreciado, sentir el sonido que nos rodea, el viento que puede darnos un día de frío invierno, el tacto de la cara propia, ya no digamos sentir la piel ajena.
Ahora imagine que a ese sentido le agrega el olfato y el oído, de pronto el cielo se cubrirá con la “Dama de la noche” enfatizando las fosas nasales, las nubes se colapsarán en un artificial púrpura, escucharemos aquel bombo de batería que se le suma a un sutil hit-hat que marca el tiempo en nuestra cabeza, mostrando el devenir, por fin, unificador de los oídos al unísono de toda la humanidad. No habrá caballos, ni jinetes, no llegarán tormentas de fuego ni plagas a aniquilarnos, simplemente nos reunirá el sonido de la voz que con gran calma sonará en conjunto con el piano que ya se ha sumado al encanto sonoro.
Moreno Rodríguez, "El hombre actual". (carlosrafguez@hotmail.com)
Abra sus ojos, una multitud de incontables miran hacia el horizonte, el sol cae en un anaranjado arrobador que lo único que provoca es que todos queramos estar de cara a él, crea un contraste increíble con el cielo purpuroso, con los cuerpos de los presentes que se muestran en una amplia paleta de colores a la piel humana. No sienta miedo. Ahora se ha sumado una guitarra que armoniza una melodía sencilla con un delay encantador, la trompeta, el saxo y el clarinete suenan siguiendo al trombón que lleva los metales. Un bajo distorsionado nos provoca un jalón en la cabellera que inevitablemente reacciona en un escalofrío colectivo. Es ahí, en un lugar llamado Tierra, cayendo ya la noche, que suena la última pieza de la composición musical, de ese lenguaje que decían los griegos es de los dioses, pero ahora ha dejado de pertenecerle a Dios, es nuestra, está siendo creada por las últimas gotas de armonía y melodía que porta el espíritu de cada uno de nosotros.
El corazón suena al ritmo del bombo, estamos rodeados de extraños que se toman de la mano, que han olvidado el gel antibacterial, el egocentrismo y la idolatría por el materialismo, los ojos dejan de ver, el cuerpo pierde importancia, el olor se engrandece con lavanda, jazmín y gardenias, hemos olvidado lo que nos hacía sufrir, ya no existe el dolor ni el miedo, caminamos en conjunto, sigue sonando la pieza, nos expande el gozo.
Suena el piano, junto a los violines y el cello, y una voz, una voz que no se sabe si es femenina o masculina nos susurra al oído en el idioma que cada uno percibe. De pronto, el cello se vuelve vertiginoso, los metales comienzan a delirar in crescendo, el piano se golpetea entre cada tecla, el bajo toma la atmósfera y los corazones dejan de palpitar. A lo lejos, el sol nos da un adiós definitivo. El tiempo se esfuma, el clarinete suena y las lágrimas de millones de personas se escurren por los pies, llenamos el vacío de nuestras almas, de nuevo, olvidamos quienes fuimos, ahora estamos aquí, todos, terminando con el mismo atardecer.
La voz, los metales, las cuerdas y la batería se pierden en el abismo que comienza a devorarnos. Y dejamos de ser corpóreos, nos convertimos en materia, no hay fin del mundo, no hay destrucción, simplemente volvemos a ser ese polvo cósmico que alguna vez nos trajo a un lugar llamado Tierra. Hay esperanza, no hay desolación. Somos entes que transitan y que ya han corrompido en demasía esta a la que llaman “realidad tangible”.
Aunque quizás, todo esto sea un desgarrador sueño lúcido, un universo paralelo que llega al fin de la entropía con belleza celestial. Quizás, tendremos un soundtrack funesto, lleno del mismo caos y ruido que nos consume en la actualidad. Como sucedió en las Guerras Púnicas, donde la desolación se apoderó, la música eran gritos y voces de espanto, llanto, muerte de unos a otros por conseguir los últimos deseos del placer antes de que llegara la conquista románica. Quizás todo se reducirá a pánico y tragedia, sin colores ni atardeceres que nos despidan de esta vida. Pues al final de todo: ¿la humanidad merece una redención de lo que ella misma ha provocado? 

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