lunes, octubre 22, 2012

EL LIBRERO: Calibre .38, Rogelio Dueñas



Revólver para un duelo contra el espejo

R. Israel Miranda


Levantarlo, sentir el peso, dejarse llevar por su extraño encanto de metal, vaciar las recámaras salvo una, echar a andar la ruleta.
Halar del gatillo o no.
Es aquí donde mengua el valor de la mayoría de los hombres, y comienzan las dudas y los pretextos y las reconciliaciones. El temor a la muerte, que no es más que el temor a una vida siempre a medias, el miedo a perder lo que nunca se tuvo pero que, igualmente, nunca se buscó. Miedo disfrazado de altas expectativas.
Rogelio no duda en jalar del gatillo, tal vez porque nunca ha esperado demasiado de nada, tal vez porque se ha percatado de que este mundo es sólo una interminable colección de despedidas, tal vez porque ha entendido, a la mala, que todo es, en el fondo, una gran mentira. Jala el gatillo con la seguridad del que sabe que las despedidas, a fin de cuentas, son principio de vida y el amor, principio de muerte.
Rogelio dispara, primero, contra sí mismo, contra aquello en lo que creía, contra el joven siempre al borde del colapso epiléptico, contra el militante de las causas perdidas, contra el hombre sumido en la nostalgia de envases rotos de cerveza en las calles de la ciudad.
Pero este no es un acto suicida, no obedece a una necesidad de silencios, al contrario, busca reinventarse en la ferocidad del ruido.
Dueñas es estridente, su revólver no tiene silenciador, así que el primer disparo es sólo presagio de tormentas.
Rogelio es un altavoz con sobredosis. Un ojo a punto de salirse de su cuenca, estertores que sofocan todo excepto su canto metalero a los tendederos de azotea, a las noches de cerveza, a los toquines de rock y marihuana, a su amor azul eléctrico.
Sí, Dueñas es estridente. Arremete contra el Estado, contra el sistema, contra los falsos profetas. Contra las mujeres que mal le pagaron (o que mucho le cobraron) y las manda de puntitas bien bien lejos, eso sí, perfectamente ataviadas con zapatillas de ballet y tutú (tú tú chingas a tu madre, les dice encabronado).
El libro, el revólver, tiene distintos pulsos, seguramente por haber sido concebido en distintos tiempos. Tiene distintas voces, seguramente porque son varios los Dueñas que ahí hablan, pero eso no es raro, Rogelio, como todos sabemos, es un obsesivo compulsivo paranoico esquizofrénico de hospital, así que está bien si le sobrevivimos, por algún azar, a sus muchos yos.
Así pues, de las distintas voces del revólver me quedo, y esto es más bien por mi propio carácter, con el Dueñas citadino, y más preciso, con el del barrio salvaje, donde la sangre se confunde con la cerveza derramada, donde los orgasmos se entremezclan con el aullido de los perros y los escapes de los coches, donde el amor tiene un distorsionador furioso de fondo, donde las esperanzas se renuevan a medio día sobre sendos platos con migas, donde un adiós duele tanto pero no lo suficiente como para derrotarnos, y nos lleva a decir que, esta madrugada, Otro es el gallo que hoy me fumo y canta. Canta.
Conocí al buen Dueñas hace algunos años por accidente en el Alicia, creo que me dio sus dos únicas cervezas por un libro, obviamente salí ganando pues abandoné el lugar más ebrio de lo que esperaba y, además, con un buen amigo. 

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