Revólver para un duelo contra el espejo
R. Israel Miranda
Levantarlo,
sentir el peso, dejarse llevar por su extraño encanto de metal, vaciar las
recámaras salvo una, echar a andar la ruleta.
Halar del
gatillo o no.
Es aquí donde
mengua el valor de la mayoría de los hombres, y comienzan las dudas y los
pretextos y las reconciliaciones. El temor a la muerte, que no es más que el
temor a una vida siempre a medias, el miedo a perder lo que nunca se tuvo pero
que, igualmente, nunca se buscó. Miedo disfrazado de altas expectativas.
Rogelio no
duda en jalar del gatillo, tal vez porque nunca ha esperado demasiado de nada,
tal vez porque se ha percatado de que este mundo es sólo una interminable
colección de despedidas, tal vez porque ha entendido, a la mala, que todo es,
en el fondo, una gran mentira. Jala el gatillo con la seguridad del que sabe
que las despedidas, a fin de cuentas, son principio de vida y el amor,
principio de muerte.
Rogelio
dispara, primero, contra sí mismo, contra aquello en lo que creía, contra el
joven siempre al borde del colapso epiléptico, contra el militante de las
causas perdidas, contra el hombre sumido en la nostalgia de envases rotos de
cerveza en las calles de la ciudad.
Pero este no
es un acto suicida, no obedece a una necesidad de silencios, al contrario,
busca reinventarse en la ferocidad del ruido.
Dueñas es
estridente, su revólver no tiene silenciador, así que el primer disparo es sólo
presagio de tormentas.
Rogelio es un
altavoz con sobredosis. Un ojo a punto de salirse de su cuenca, estertores que
sofocan todo excepto su canto metalero a los tendederos de azotea, a las noches
de cerveza, a los toquines de rock y marihuana, a su amor azul eléctrico.
Sí, Dueñas es
estridente. Arremete contra el Estado, contra el sistema, contra los falsos
profetas. Contra las mujeres que mal le pagaron (o que mucho le cobraron) y las
manda de puntitas bien bien lejos, eso sí, perfectamente ataviadas con
zapatillas de ballet y tutú (tú tú chingas a tu madre, les dice encabronado).
El libro, el
revólver, tiene distintos pulsos, seguramente por haber sido concebido en
distintos tiempos. Tiene distintas voces, seguramente porque son varios los
Dueñas que ahí hablan, pero eso no es raro, Rogelio, como todos sabemos, es un
obsesivo compulsivo paranoico esquizofrénico de hospital, así que está bien si
le sobrevivimos, por algún azar, a sus muchos yos.
Así pues, de
las distintas voces del revólver me quedo, y esto es más bien por mi propio
carácter, con el Dueñas citadino, y más preciso, con el del barrio salvaje,
donde la sangre se confunde con la cerveza derramada, donde los orgasmos se
entremezclan con el aullido de los perros y los escapes de los coches, donde el
amor tiene un distorsionador furioso de fondo, donde las esperanzas se renuevan
a medio día sobre sendos platos con migas, donde un adiós duele tanto pero no
lo suficiente como para derrotarnos, y nos lleva a decir que, esta madrugada,
Otro es el gallo que hoy me fumo y canta. Canta.
Conocí al
buen Dueñas hace algunos años por accidente en el Alicia, creo que me dio sus
dos únicas cervezas por un libro, obviamente salí ganando pues abandoné el
lugar más ebrio de lo que esperaba y, además, con un buen amigo.


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