Lo más maravilloso de las
aventuras difíciles es que
nos dotan para enfrentarnos
con aventuras más difíciles
Ramón Martínez Ocaranza
Nada
de remordimientos, de epidérmicas antisepsias (cutres cosméticas), ni de
“conciencias” tratando de echar mano de actos de caridad con veladas
intenciones: ¿quién más vulgar, cuando no más similar al idiota jugando al mecías,
que quien sueña en sacralizar los tufos del mundillo? Si por ejemplo, invito a
mi chavola a algún pordiosero (de preferencia cubierto de costra y rasta, aparejado
con atavíos tipo gris-aceite-mugre), jamás procedo a ello con la cola entre las
patas, queriendo ganarme el cielo o mitigar mi espeso karma: es el gozo puro (Deleuze)
y en estado salvaje lo que a ello me conmina; tampoco me manejo partiendo de
presupuestos subrepticios de magnanimidad –¿quién soy yo para representar semejantes
malabares?– o pretendiendo dar cátedra a helmintos de arriba para abajo: postura rancia y en lo que respecta a la
pedagogía, aciaga, maleducadora.
No,
señores y donceles, damitas, señoras mías (y poniendo énfasis en estas últimas,
ante todo en las adúlteras y sinvergüenzas): mi acción se sustenta en el
divertimento y sobre la mera pasión de congeniar con tipos tan ilustres y
transmutados, antiquísimos y postcivilizados, como lo son esos vagabundos sin dharma. (Nada tan dionisíaco como el convivio y trueque entre los
gremios.)
Quizá
haya también algo de (comunicante) coincidencia, entre corchetes, en el placer
hallado a lo ancho de la calle y en la vida marginal. Simplemente poco me
complace echar mano de imperativos categóricos dieciochescos y percudidos:
holgadamente me confío en lo que es menos que una convicción (propia de quien
quiso ser no siendo) y quizá algo más que una certeza: al nómada golfante mi
presencia muy sin cuidado lo tiene, y poco le desvela quién ha de convidarlo a
su mesa –casi cualquiera, desnaturalizadamente, claro está– o cuándo habría de
prestarse la oportunidad para saciar su espíritu parasitario; ni aún le afecta el
no menos burdo cómo con que otros
mistifican lo que suponen denominarse “clientelismo”.
Carpe diem y punto. Unas cuantas
monedas para alcohol y dispersión serían mi más grata recompensa en una
sociedad precaria [o presocial y denigradora de planetas por ella misma
carcomidos, engullidos cuántas veces no en esta ñoña farsa de antropocidas;
como quien quisiese revelar nuestra nulidad a cada bocado y esnifada,
saboreando una victoria jamás a término culminada, al punto del esplín y del
desquicio], lo mismo que contenedores de impurezas bien surtidos (deshechos y
despojos, lixiviados).
Toda
mi aspiración terrenal podría cifrarse en arribar a puentes y parques (eriales),
covachas, palacetes. ¡Oh harto dichoso sería entonces! Pero nada de eso. Como
que no me alcanza. Por más que intento allegarme algo de gracia sólo recolecto
infierno de entre el asfalto y los motivosos semblantes, la morralla; razón de
más, visto el caso desde su cara amable, para apelar en lo muy particular (niños: no lo intenten en sus casas) a la
diosa melopea –yo, dipsómano atascado– hasta lograr el estado de equilibrio,
esto es, ponerme bastardo, botar la conciencia en algún resquicio incalculable
de cantina.
Por
lo demás, no encuentro motivos (que no son lo mismo que razones) para sustentar
una postura sobria, ni menos para hacer panchos y alharaca –acaso irremediar la
riñas justificantes. Si, por una parte, cuido tener en mente las peroratas
nietzscheana y sádica contra los débiles, el lumpen y la limosna, ya por la
otra y a destiempo recuerdo que en budismo ‘compasión’ significa antes que otra
cosa el recto modo elevado, por excelencia, de la comprensión. Luego, me resta
si acaso 1- echar los pies en polvorosa, a la primera ocasión, del predatorio
contexto en que mutó lo social (Kierkegaard) o bien; 2- rastrear las
concordancias (: reconciliaciones) entre posturas –sólo en apariencia– tan
ambiguas y contrarias como lo son el intelecto y la estulticia. Analogías.
Pero
por otra arista del discurso, ¿no somos nosotros mismos constructores de las
letrinas donde solemos arrojar nuestra vapuleada pertenencia al género? Ello me
recuerda al término alemán Trugschluss,
que vendría a simbolizar algo así como la rata que, por imprudente y advenediza,
termina mordiéndose la cola. Algo habrá pues que hacer para evitar los
precipicios (o lo que viene a ser lo mismo: conservar la presencia de la nada);
tal vez comenzar por arrojarse a ellos. Ya que donde yace el peligro, si no mal
recuerdo al clarividente Hölderlin, ronda a la par lo que salva.
Amén
de que dar forma a algo, definirlo (lo
que sea, por reprochable que os parezca. Qué sé yo, una idea, los sentimiento
rositas o cualquiera entre los básicos instintos), es el modo más eficaz de
perpetuarlo en las tinieblas; y a la inversa: ponerse rudo, hegeliano,
pretender anular a ese algo –como
quienes a sus rupestres autoridades atacan; que les devuelvan la bofetada es lo
que de mínimo éstas esperan, y por tanto significa también seguirles la jugada–
mediante truculentas dialécticas (: ardides), se resuelve en no ir más allá de
lo que significa el término obediencia: rendir culto al daimon de las quimeras,
concederle dominio sobre nos a ajenas
voluntades (Foucault), carroñeras. A
todo esto, podríamos bien puentearles la dinámica a los amos, boicotearles. ¿Pero cómo? Precisamente deviniendo
impredecibles, adelantando un pasito (o un par) a los herrumbrosos mecanismos
de sus psiques podridas.
De
lo anterior se desprende, al menos en mi caso, una seria consideración en torno
a la vigilia que es noche que es aquelarre, festín, orgía (Bajtín) y cese de la
conciencia vertical: abrir de tajo el horizonte mental mediante el tótem
etílico: la curda. De ahí que estos crepusculares fríos arrecien, devengan un
hervidero al cabo de la risa. Tales paisajillos me consuelan del tedio,
deshilvanan recuerdos, amainan la obsesión que es la alegría, y amplifican los
sonidos ignorados. En esta penumbra o quizá al amanecer asomará su rostro
apabullante el deleite puro y sin estorbos. Miedo sólo a qué habrán de decir
los carrizales (posterior ya a toda moralia y dictadura de los egos). Mañana,
al dar comienzo la resaca –iniciático estado, en verdad metapoyético– podré
haber bien realizado mi ensayado acto de escapismo (el salto mortal), así como burlado
a las púas que pretendían descuartizarme: la vida es una botella.
Yo
por lo pronto haré mi esmerada y solemne contribución por vomitar esta
humanidad mía por las banquetas, por evidenciar sus huellas: lanzarme en loca
búsqueda tras el picaporte que intestinos
y bofes reaviva. “La charité est cette clef. — Cette inspiration prouve
que j'ai rêvé” Jean Arthur
Rimbaud.

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