La humildad, ese pequeño don de Dios
Luis Enrique Anguiano
La
humildad es de esas cosas que nos ayudan a hacer de este planeta un mejor lugar
para vivir; no sólo la recomiendan en las entrevistas de trabajo, también
recomiendan una dosis diaria cuando se vive en pareja y es la panacea para
cuando sueles tener problemas personales. La humildad es un tipo de carácter en
el que el humildante no se remonta moralmente sobre los humildados y deja de
mostrar actitudes de pedantería o superioridad en algún sentido.
Ser
humilde se pide y se requiere como lubricante natural para la interacción
social y es que nunca está de más serlo, hay personas a las que se les da serlo
por ratos y hay personas que son permanentemente así. Sobra decirlo que hay
gente a la que casi no se le da y parece que no están interesados en que eso
ocurra. Ese tipo de gente es la gente mamona.
No
son muchos, pero conozco a gente que siente que no tienen razones para ser
humildes cuando la humildad es algo que se debe de practicar porque sí, simplemente
por ser una buena persona.
Una
anécdota ilustrativa: en el aeropuerto del Distrito Federal me tocó conocer a
Carlos Monsiváis, coincidimos en la aerolínea y la hora de recoger el boleto
“Disculpe ¿me puedo tomar una foto con usted?” “Claro, claro que sí ¿A dónde te
diriges?” “A Alemania, es un viaje de estudios” “¡Ah! Felicidades, ojalá que
aproveches el viaje” “Muchas gracias, eso haremos ¿Usted a dónde va?” “A
Monterrey, a una conferencia, nomás que me cambiaron la hora del vuelo, a ver
si no me retraso mucho” y esa última frase me dio a entender dos cosas: la
primera es que Carlos Monsiváis se preocupaba por llegar temprano ¡El pinche
‘Monsi’ quería llegar temprano! Qué importa que era quien era. Qué importa que
se moviera desde los círculos del rock que su voz aparezca en “El Circo” de La
Maldita Vecindad y que dos días después se codeara con personas como Günter
Grass o Carlos Fuentes. Qué pinches importaba su crítica social y la cantidad
de libros en su haber, Carlos Monsiváis no era un rockstar que hacía
berrinchitos de diva.
Lo
otro que me puse a pensar es que era imposible que llegara tarde porque, en
caso de ocurrir y de no ser una demora sustancial, de seguro la gente en la
conferencia se hubiera quedado a esperarlo.
Ser
humilde es todo un arte. Bueno, supongo, porque yo no soy de esas personas que
lo son sino que me llega a ratos sí y a ratos no pero por lo general evito ser
un cretino o un mamón a pesar de que son las dos cosas que parece que más me
caracterizan. De hecho creo que son las razones por las que tengo esta columna.
Cuando
conoces a alguien que es humilde y no tienes la menor idea de quién es, la
persona te cae bien. Todos los humildes caen bien. Son gente sencilla. Cuando
sabes que estás ante alguien con suficientes razones para no ser humilde y aún
así lo son entonces dejan de caerte bien para más bien dejar una huella y una
notita mental que dice “A ver si le aprendes algo, cabrón” y es que con la
humildad vienen agregados como la accesibilidad y la honestidad, a veces, porque
ser humilde de cierta forma se trata de ocultar una fracción sustancial de la
personalidad.
Creo
que me acuerdo más de los pocos momentos que he intercambiado con la gente
humilde que los ratos que he compartido con la gente mamona.
De
hecho, ahora que lo pienso, entre mis amigos hay gente que a momentos son una
oda a la patanería. Inclusive dejé de ser amigo de uno o dos por que parecía
que la palabra “humildad” era un adjetivo de alguna lengua muerta como el
sánscrito o el vikingo. Todos conocemos gente así y sabemos que la mejor manera
de cerrarles el hocico es, precisamente, haciendo eso: cerrándoles el hocico y
dándoles una brevísima pero contundente lección de vida. El modo y el motivo
cada quién lo podrá tener o acomodar a su gusto.
Ser
humilde abre puertas, te evita problemas, te llena de amigos. Es un verdadero
aliciente entre la porquería que es este mundo saber que aún hay gente que no
ve mal sentarse contigo a echarse una chela banquetera a pesar de que en su
agenda haya cosas en las que tú eres uno entre cientos o miles de espectadores.
¿Cuál
es la mejor manera de que un ateo no te ataque en una de esas desesperantes y
eternas discusiones? Ser humilde. ¿Cuál es la mejor manera de que un pejefan o
pejezombie no te ataque verbalmente? Ser humilde. ¿Cuál es la mejor manera de
que un pro-gay (o gay pro) no te tache de basura de persona? Sé humilde. Con
ellos y con muchas otras personas porque nunca sabes cuándo te van a soltar
algún granadazo opinativo que haga que les pierdas un par de rayitas de respeto.
Ser
humilde consiste bastante en evitar las posturas extremas en las primeras
impresiones. Vaya, que no porque alguien sea activista pro-derechos gay y vive
al margen social significa que ya es humilde o que es agradable. Hay que tener
cuidado con eso, pero para recordar lo que es la humildad nada mejor que un
viejo slogan visto por ahí: ni Obama ni Osama, paz y marihuana.
Salud.


Gracias jiki! Saludos! joc
ResponderBorrar