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| Foto archivo. |
Por Rogelio Villarreal
—Oye,
¿y la tira cómo se portó con ustedes?
—No,
pus bien, no nos metimos con ellos ni ellos con nosotros, tranquila la cosa.
Francisco,
asistente al festival.
De la represión a la
depresión
Pedro
Meyer
atestiguó con su cámara los momentos en que
se desarrollaba el movimiento estudiantil de 1968. Después de la bárbara
represión ordenada el 2 de octubre de ese año por el presidente mexicano
Gustavo Díaz Ordaz contra ese movimiento pacífico que exigía democracia y
libertades civiles, y que arrojó muertos, heridos y presos, tres años más tarde
el presidente Luis Echeverría ordenaría la represión de una marcha de
estudiantes que pugnaba por la democratización de la enseñanza pública, además
de la libertad de los presos políticos. Ese día —10 de junio de 1971— los
estudiantes salieron de nuevo a las calles y recordaron también la matanza de
Tlatelolco. A los pocos minutos la manifestación fue atacada por jóvenes
paramilitares armados —Los Halcones— y por tanques antimotines, policías y
francotiradores. Otra vez muertos, esta vez quizá más de treinta; heridos,
acaso seiscientos, y varias decenas de presos. El gobierno seguía en guerra
contra la juventud. En consecuencia, una reducida parte de ella se radicalizó y
formó grupos guerrilleros marxistas en varias regiones del país, dando comienzo
a la llamada «Guerra sucia».
Pero
la mayoría de los jóvenes mexicanos de la naciente década de los setenta quería
ser revolucionaria de otra manera: candorosa, sin programa ideológico o político, pero rebelde al fin. Deseaban que los
dejaran en paz y que no los trataran como delincuentes sólo por traer el pelo
largo y experimentar con drogas alucinógenas para expandir la conciencia ni por
practicar el amor libre y escuchar rock anglosajón y, sorpresa, verdadero rock
mexicano —no sucedáneos domesticados como los de Enrique Guzmán y Angélica
María.
La idea de hacer un festival al estilo del
que se había celebrado en Woodstock (1969) surgió como complemento a una
carrera de autos patrocinada por la compañía Coca Cola (y probablemente con la
anuencia de funcionarios que deseaban relajar un poco el ambiente político):
¿por qué no hacer la noche anterior a la carrera un gran concierto de rock con
los mejores grupos mexicanos? Los Dug Dugs, El Epílogo, La División del Norte,
Tequila, Peace and Love, El Ritual, Mayita Campos y Los Yaki, Bandido, Tinta
Blanca, La Fachada de Piedra, El Amor, Three Souls in My Mind. Con la
invitación al músico y productor Armando Molina quedó completado el proyecto:
Festival de Rock y Ruedas en la campiña de Avándaro, a dos horas de la Ciudad
de México, el 11 y 12 de septiembre de 1971, apenas tres meses después de la
represión del 10 de junio. 25 pesos el boleto.
Pedro Meyer, como tantas otras veces en su vida,
pensó que debía estar presente en ese gran acontecimiento. Ya el fotógrafo
había intuido esa necesidad juvenil a flor de piel de transformar la realidad.
No con las armas, desde luego. Quizá con la «expansión de la conciencia».
La organización del concierto fue desastrosa
—como lo afirmaron muchos de los asistentes— y al principio la presencia del
Ejército mexicano inquietaba a la muchedumbre, pero los soldados permanecieron
ateridos toda la noche y muchos de ellos se identificaron con los post-adolescentes
que fumaban mariguana y danzaban desinhibidos al compás del rock. El pésimo
equipo de sonido se colapsó poco antes del alba, y los grupos apenas cobraron
unos pesos. Encima, una lluvia torrencial se abatió sobre el campo. Todo
parecía confabularse contra el rock y los jóvenes. Sin embargo, el calor, los
coros y el desmadre de casi doscientos mil muchachos de todas las clases
sociales —si bien predominaban los de clase media baja y entre los quince y los
veinte años— fue algo inédito en la incipiente modernidad mexicana.
Cuando la banda Peace and Love tocaba «I like mariguana» y mentaba
madres al sistema se suspendió la transmisión en vivo que hacía Radio Juventud.
El dueño de la estación fue encarcelado y multado por el gobierno por esa
razón. La libertad que tanto anhelaban los jóvenes se resistía a llegar. La
cámara de Meyer fue una de las pocas que recogieron la ansiedad de miles y
miles de chavos por experimentar la libertad —así fuera por una sola noche. Las
fotografías de esa inédita jornada de alta intensidad son uno de los pocos
testimonios del sentimiento de toda una generación de mexicanos, pues hubo
pocos fotógrafos independientes, y los escasos testimonios fotoperiodísticos
acabaron en los cestos de basura de las redacciones. ¿A quién le importaban los
jóvenes y el rock? Peor aún: ¿a quién le importaba entonces la memoria gráfica
de la historia mexicana?
La primera generación de gringos nacidos en México
—Un desmadre, un desmadre.
—¿Por qué, maestro?
—La música bien, pero el ambiente... Mira, no estamos capacitados
para eso.
Gerardo, asistente al
festival.
Grupos reaccionarios del gobierno y de la
prensa —las revistas Avance, Impacto— clamaban por un castigo ejemplar a
los organizadores, ya que en el festival se había ofendido —mentían— a la
bandera mexicana al estampar en ella el logo de amor y paz que distinguía al
movimiento hippie y porque eso había sido —difamaban— una bacanal de ruido
infernal, drogas, sexo y hasta muerte. Ese fue el comienzo de una larga noche
que duró casi quince años, una absurda época de prohibiciones, represión y
estigmas a todo lo que oliera a rock en vivo, sobre todo nacional.
Pero no solamente la derecha en el poder reaccionaba contra el
rock y la contracultura. El prominente escritor Carlos Monsiváis también había
abominado de la exaltada juventud de greñas largas y colgajos hippies que colmó
Avándaro. En una carta desde Londres dirigida al dibujante Abel Quezada el
escritor se quejaba de la reciente y violenta represión de los estudiantes a
manos de los Halcones el 10 de junio: «Y me volví a aterrar —quizás en forma
más implacable— con las fotos del pseudo “Woodstock». 150 mil gentes, las
mismas que no protestaron por el 10 de junio, enloquecidas porque se sentían
gringos. El horror [...] Creo que la “Nación de Avándaro” es el mayor triunfo
de los mass media norteamericanos [...] Es uno de los grandes momentos
del colonialismo mental en el Tercer Mundo» —concluía el intelectual mexicano
por antonomasia sin darse cuenta de que miles de esos jóvenes eran niños en el
68 y apenas salían de la adolescencia en el 71. Sólo querían un poco de rock,
sexo y psicodelia, cuando esa tríada era más subversiva que los tres tomos de El
Capital... Aunque poco después Monsiváis habría de retractarse públicamente
el daño era ya irreparable —algo que también José Agustín le recrimina en La
contracultura en México (Grijalbo, 1997)—: el rock ya había sido proscrito
desde el poder, como unos años antes lo habían sido las aspiraciones
democráticas de millones de ciudadanos.
La fotografía de un Valle de Avándaro
desolado, lleno de basura y un bosque de ensueño al fondo queda como una triste
alegoría de lo que sería el país las décadas siguientes. Pero también las
imágenes captadas por Pedro Meyer —inéditas hasta ahora en su mayoría— la tormentosa
noche del 11 de septiembre y la soleada mañana siguiente dan fe de las inmensas
ganas de una parte considerable de la juventud mexicana de identificarse con la
de otras regiones del mundo occidental. La otra globalización. El espíritu de
la rebeldía y de la libertad recorría toda Europa y las América del Norte y del
Sur, el rock se escuchaba y se adaptaba a todas las lenguas del mundo —incluso
de manera clandestina en la falsamente revolucionaria isla de Castro— y los
cambios se hacían sentir gradualmente. Quizá hoy el planeta no sea mejor que
entonces, pero sí más diverso.
[2006-2007]
*Texto extraído del libro "Sensacional de contracultura" del mismo autor. Editado por Ediciones Sin Nombre , México DF, 2009. Publicado también en la edición impresa Clarimonda #24: Aciditos.


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